A orillas del río Piedra me senté y lloré

A orillas del río Piedra me senté y lloré

by Paulo Coelho
     
 

Tras once años, una mujer se reencuentra con su amado. La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Hoy, la vida los ha llevado por caminos muy distintos: ella vive en Zaragoza, preparara oposicones y ha aprendido a dominar sus sentimientos. Él ha viajado por todo el mundo, posee el don de la curación y ha encontrado en… See more details below

Overview

Tras once años, una mujer se reencuentra con su amado. La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Hoy, la vida los ha llevado por caminos muy distintos: ella vive en Zaragoza, preparara oposicones y ha aprendido a dominar sus sentimientos. Él ha viajado por todo el mundo, posee el don de la curación y ha encontrado en la religión un refugio para huir de sus conflictos interiores. Pero en el reencuentro, a ambos los unirá un único deseo: el de cumplir sus sueños.
A orillas del río Piedra me senté y lloré es una novela sobre el amor
y la esencia de la vida, porque las historias de amor encierrar en
sí todos los secretos del mundo.

Product Details

ISBN-13:
2940000227251
Publisher:
Sant Jordi Asociados
Publication date:
05/08/2012
Sold by:
Sant Jordi Asociados Agencia
Format:
NOOK Book
Sales rank:
165,680
File size:
1 MB

Read an Excerpt

Primera Parte

Me senté y lloré. Cuenta una leyenda que todo lo que cae en las aguas de este río —las hojas, los insectos, las plumas de las aves—se transforma en las piedras de su lecho. Ah, si pudiera arrancarme el corazón del pecho y tirarlo a la corriente; así no habría más dolor, ni nostalgia, m recuerdos.

A orillas del río Piedra me senté y lloré. El frío del invierno me hacía sentir las lágrimas en el rostro, que se mezclaban con las aguas heladas que pasaban por delante de mi. En algún lugar ese río se junta con otro, después con otro, hasta que -lejos de mis ojos y de mi corazón- todas esas aguas se confunden con el mar.

Que mis lágrimas corran así bien lejos, para que mi amor nunca sepa que un día lloré por él. Que mis lágrimas corran bien lejos, así olvidaré el río Piedra, el monasterio, la iglesia en los Pirineos, la bruma, los caminos que recorrimos juntos.

Olvidaré los caminos, las montañas y los campos de mis sueños, sueños que eran míos y que yo no conocía.

Me acuerdo de mi instante mágico, de aquel momento en el que un sí o un no puede cambiar toda nuestra existencia. Parece que sucedió hace tanto tiempo y, sin embargo, hace apenas una semana que reencontré a mi amado y lo perdí.

A orillas del río Piedra escribí esta historia. Las manos se me helaban, las piernas se me entumecían a causa del frío y de la postura, ytenía que descansar continuamente.

—Procura vivir. Deja los recuerdos para los viejos—decia él.

Quizá el amor nos hace envejecer antes de tiempo, y nos vuelve jóvenes cuando pasa la juventud. Pero �cómo no recordar aquellos momentos? Por eso escribia, para transformar la tristeza en nostalgia, la soledad en recuerclos. Para que, cuando acabara. de contarme a mí misma esta historia, pudiese jugar en el Piedra; eso me había dicho la mujer que me acogió Así —recordando las. palabras de una santa— las aguas apagarian lo que el fuego escribió

Todas las historias de amor son iguales.

Habíamos pasado la infancia y la adolescencia juntos. Él se fue, como todos los muchachos de las ciudades pequeñas. Dijo que quería conocer el mundo, que sus sueños iban más allá de los campos de Soria.

Estuve algunos años sin noticias. De vez en cuando recibía alguna carta, pero eso era todo, porque él nunca volvió a los bosques y a las calles de nuestra infancia.

Cuando terminé los estudios me mudé a Zaragoza, y descubrí que él tenía razón. Soria era una ciudad pequeña y su úinico poeta famoso había dicho que se hace camino al andar. Entré en la facultad y encontré novio. Comencé a estudiar para unas oposiciones que no se celebraban nunca. Trabajé como dependienta, me pagué los estudios, me suspendieron en las oposiciones, rompí con mi novio.

Sus cartas, mientras tanto, empezaron a llegar con más frecuencia, y al ver los sellos de diversos países sentía envidia.Él era mi más viejo amigo, que lo sabia todo, recorría el mundo, se dejaba crecer las alas mientras yo trataba de echar raíces.

De un día para otro, sus cartas empezaron a hablar de Dios, y venían siempre de un mismo lugar de Francia. En una de ellas, manifestaba su deseo de entrar en un seminario y dedicar su vida a la oración. Yo le contestépidiédole que esperase un poco, que viviese un poco más su libertad antes de comprometerse con algo tan serio.

Al releer mi carta, decidi romperla: �quién era yo para hablar de libertad o de compromiso? Él sabía de esas cosas, y yo no.

Un día supe que estaba dando conferencias. Me sorprendió porque era demasiado joven para ponerse a enseñar nada. Pero hace dos semanas me mandó una carta diciendo que íria a hablar ante un pequeño grupo en Madrid, y que deseaba contar con mi presencia

Viajé durante cuatro horas, de Zaragoza a Madrid, porque quería volver a verlo. Quería escucharlo. Queria sentarme con él en un bar y recordar los tiempos en que jugábamos juntos y creíamos que el mundo era tan grande que no se podía recorrer.

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