América: La última esperanza (Volumen I): Desde la edad de descubrimiento al mundo en guerra

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Estados Unidos, ¿qué tanto conoce su historia?
Todos necesitamos saber más acerca de esta tierra que queremos. En esta historia apasionante de una nación, el pasado de nuestro país cobra vida. Aquí tiene la historia de aquellos que escogimos para que nos guiaran y lo que hicieron con el asombroso poder que les dimos. De la valiente y brillante mente del autor de gran éxito de ventas, William J. Bennett, llega este relato emocionante de las virtudes y vicios de nuestro gran país ...

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Estados Unidos, ¿qué tanto conoce su historia?
Todos necesitamos saber más acerca de esta tierra que queremos. En esta historia apasionante de una nación, el pasado de nuestro país cobra vida. Aquí tiene la historia de aquellos que escogimos para que nos guiaran y lo que hicieron con el asombroso poder que les dimos. De la valiente y brillante mente del autor de gran éxito de ventas, William J. Bennett, llega este relato emocionante de las virtudes y vicios de nuestro gran país y los muchos hombres y mujeres osados que lo convirtieron en la poderosa nación que es hoy. Una historia arrasante de iniciativa humana, lucha y victoria, Bennett capta excepcionalmente lo singular de Estados Unidos.

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Editorial Reviews

Alan Wolfe
Liberal readers will be wary of his explicitly nationalistic history. They ought instead to recognize what a tribute to liberalism this book is. Precisely because he is so proud of his country and wants to celebrate its greatness, Bennett calls attention to all those movements toward liberty and equality that enabled the United States to expand its ideals and strengthen its citizens. The fact that so prominent a conservative as Bennett accepts nearly all the major reforms of the 19th century suggests just how much the current American consensus remains a liberal consensus.
— The Washington Post
Publishers Weekly
Bennett, a secretary of education under President Reagan and author of The Book of Virtues, offers a new, improved history of America, one, he says, that will respark hope and a "conviction about American greatness and purpose" in readers. He believes current offerings do not "give Americans an opportunity to enjoy the story of their country, to take pleasure and pride in what we have done and become." To this end, Bennett methodically hits the expected patriotic high points (Lewis & Clark, the Gettysburg Address) and even, to its credit, a few low ones (Woodrow Wilson's racism, Teddy Roosevelt's unjust dismissal of black soldiers in the Brownsville judgment). America is best suited for a high school or home-schooled audience searching for a general, conservative-minded textbook. More discerning adult readers will find that the lack of originality and the overreliance on a restricted number of dated sources (Samuel Eliot Morison, Daniel Boorstin, Henry Steele Commager) make the book a retread of previous popular histories (such as Boorstin's The Americans). This is history put to use as inspiration rather than serving to enlighten or explain, but Bennett does succeed in shaping the material into a coherent, readable narrative. (May 23) Copyright 2006 Reed Business Information.
Library Journal
Bennett (The Book of Virtues), President Reagan's second-term secretary of education, has taken on the gargantuan task of chronicling America's history in the hopes, he says, of helping Americans see past today's cynicism and find pride and enjoyment in their country once again. In the first of two projected volumes, he strives to present America's history in a balanced and reasoned manner, and in this he pretty much succeeds, paying attention to the good in American history while also acknowledging the bad. Basing his work not on original research but on some of the best secondary sources available as well as notable period writings, Bennett does a good job of presenting historical events in a fair and even light. One of the work's strengths is Bennett's inclusion of considerable information on the personal characteristics of the men and women he covers, as well as more unusual events, such as Thomas Jefferson and the gift of the "Mammoth Cheese." Such details make history come alive for general readers and students. Bennett does not break new ground or analyze why history unfolded as it did, but he does present American history in an optimistic and engaging manner. Recommended for all public libraries.-Lisa A. Ennis, Univ. of Alabama at Birmingham Lib. Copyright 2006 Reed Business Information.
School Library Journal
Adult/High School-This exhaustive political and military history is well organized, with an excellent table of contents, 13 chapter titles that include dates, and each chapter divided into sections with headings for easy scanning. The chronological narrative covers familiar content, and Bennett writes in a conversational tone. In each chapter he sets the stage, relates events in detail, sprinkles in quotes from personages or literature of the time, and then shifts into editorial mode on such issues as slavery, the treatment of Native Americans, and child-labor practices. He humanizes the "main characters" with physical descriptions and anecdotes. This lively book acknowledges mistakes and shortcomings, yet patriotically asserts that the American experiment in democracy is still a success story.-Sondra VanderPloeg, Tracy Memorial Library, New London, NH Copyright 2006 Reed Business Information.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781602552838
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 12/22/2009
  • Language: Spanish
  • Pages: 608
  • Product dimensions: 6.20 (w) x 9.30 (h) x 1.40 (d)

Meet the Author

Dr. William J. Bennett es una de las voces más importantes,
influyentes y respetadas de Estados Unidos sobre asuntos culturales, políticos y educativos. Es presentador del programa radial
Morning in America y autor y editor de 18 libros.

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América La Última Esperanza

VOLUMEN I: Desde la Edad de Descubrimiento al Mundo en Guerra


By William J. Bennett

Grupo Nelson

Copyright © 2010 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-0-7180-2592-2



CHAPTER 1

Rumbo al oeste

(1492-1607)


Para los europeos América aparece poco a poco, más allá del horizonte occidental. Liderados por Cristóbal Colón, una serie de exploradores valientes y aguerridos, compiten por lograr nuevos descubrimientos y afirmar la soberanía sobre vastas regiones. España busca el imperio y también Portugal. Habiendo liberado a la Península Ibérica de setecientos años de dominio musulmán, conservan aún una horrible práctica de los moros: la esclavitud humana. Francia e Inglaterra llegan más tarde, estableciendo colonias respectivamente en Canadá y a lo largo de la plataforma marítima del Atlántico. Los ingleses, aun habiendo llegado tarde, desafían el hambre imperial de los españoles, tomando al fin el control de los mares, arrebatándoselo a los amos españoles que hasta entonces habían dominado. El miedo a lo desconocido, a las enfermedades, las privaciones, los animales salvajes y a los nativos a veces hostiles, no impidió que los europeos se sintieran irresistiblemente atraídos a las posibilidades de una nueva vida en el Nuevo Mundo.


I. Colón: «El que lleva a Cristo»

Bartolomé Díaz con sus dos barcos debió regresar un tanto maltrecho al puerto de Lisboa en diciembre de 1488, portando noticias asombrosas: había logrado navegar rodeando el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. La ruta marítima hacia las riquezas de la India y las Islas de las Especias en Asia, estaba abierta para los marinos portugueses. Entre los que esperaban a Díaz en Lisboa con el objeto de llevar su informe al rey Juan II, se encontraba un capitán pelirrojo, alto y procedente de Génova. Un italiano llamado Cristóbal Colón. El triunfo de Díaz significaría más años de desaliento para el marino italiano. Porque si se podía llegar a la India navegando hacia el este, el rey no mostraría interés en la gran empresa de Colón: un viaje a las Indias, navegando hacia el oeste.

Los portugueses llevaban un siglo de intentos por avanzar a lo largo de la costa de África. A diferencia de sus vecinos españoles, que habían pasado la mayor parte del siglo quince luchando por liberar a su país de los moros musulmanes, Portugal había estado unido y explorando. El príncipe Enrique el Navegante, había inaugurado una famosa escuela en Sagres, donde se enseñaba todo lo concerniente a la navegación, la cartografía y las destrezas de los marinos. El príncipe Enrique envió unas quince expediciones al Cabo Bojador, en África, al sur de las Islas Canarias. Y todos sus capitanes volvían afirmando que la poca profundidad y las fuertes corrientes hacían que ese punto fuera el último en su itinerario. Era insuperable. Finalmente el príncipe Enrique ordenó que Gil Eannes navegara más allá del cabo. Eannes lo hizo en 1434, navegando hacia el oeste para internarse en el Atlántico antes de virar y dirigirse de nuevo hacia la costa africana. Había logrado navegar más allá del temido cabo. Este mismo Eannes volvería diez años más tarde con su primera carga de doscientos esclavos africanos. Gomes Eanes de Zurara, contemporáneo portugués de Eannes, escribió que las desesperadas madres africanas «abrazaban a sus niños y, echándolos al suelo, los cubrían con sus cuerpos, sin que les importara que las hirieran con tal de impedir que las separaran de sus hijos». Zurara intentó minimizar el horror de esas escenas, asegurándoles a sus lectores que los esclavos «eran tratados con amabilidad, y que no se hacía diferencia entre ellos y los sirvientes de Portugal, nacidos en libertad». Dijo que se les enseñaban oficios, que se les convertía al cristianismo y que se les alentaba a los casamientos mixtos con los portugueses. Pero deja entrever la realidad, cuando escribe: «¿Qué corazón podría ser tan duro como para no sentir compasión al ver a esa gente?» La presencia de algunos africanos de tez un tanto más clara, sugería que al menos algunos habían sido comprados en los mercados de los «desaprensivos mercaderes musulmanes».

La esclavitud fue parte ineludible de la vida de África. Mansa Musa, devoto musulmán, ocupó el trono de Malí (hoy parte de Nigeria). Vendió catorce mil esclavas para financiar su viaje a El Cairo en 1324. Los árabes siempre estaban «arrebatándonos a nuestra gente, como mercancía», se quejó el rey negro de Borne (hoy, ciudad de Nigeria) al sultán de Egipto en la década de 1390. Con la expansión del islam a la «Costa de Oro» del oeste de África, el tráfico de esclavos aumentó de manera notable. Los portugueses, aunque cristianos, favorecieron esa práctica. Trescientos años antes de la adopción de la Constitución de los Estados Unidos, las decisiones tomadas en Europa y África tendrían consecuencias enormes y terribles para una nación todavía no imaginada y para un pueblo que todavía no tenía nombre.

Los esfuerzos de Portugal cobraron nuevo impulso cuando los turcos otomanos musulmanes finalmente conquistaron Constantinopla en 1453. Eso significaba que las ciudades-estado como Génova y Venecia tendrían que comerciar con los turcos si deseaban tener bienes tan preciados como la pimienta, el jengibre, la canela, la nuez moscada o el clavo de olor. Y los reinos del Atlántico debían entonces abrirse hacia el exterior.

Colón había tenido que rogarle al rey Juan II que le diera un salvoconducto a Lisboa, porque temía que le arrestaran a causa de sus deudas. Por supuesto que Colón era capaz de dirigir la aventura que proponía. Había viajado incluso hasta Islandia y Gran Bretaña, y por todo el Mediterráneo, en un momento en que la mayoría de los marinos no se atrevían a perder de vista la costa. Con todo, a Colón le llevó años de súplicas conseguir apoyo para su gran proyecto.

Una de las cosas con las que Colón no necesitó enfrentarse fue la con la idea de que la tierra fuera plana. Aunque como concepto errado era creencia común en su época, todos los académicos del momento sabían bien que la tierra tenía forma de esfera. Lo que no sabían era cuál era su circunferencia. Y en eso fue que Colón equivocó sus cálculos. Pensó que Japón estaba a solo unos 3,500 kilómetros al oeste de las Islas Canarias.

Colón escuchó el informe de Díaz al rey de Portugal, y regresó a España con las manos vacías. Fueron años de gran frustración para Colón y los monarcas españoles —Fernando e Isabel—, cuya máxima preocupación era la de expulsar a los moros de la Península Ibérica. Finalmente, en 1492 los gobernantes españoles lograron liberar a su país de setecientos años de dominación mora. Fernando e Isabel consideraron que su victoria había sido un regalo de Dios. Y se autodenominaron «Reyes Católicos». La devota fe religiosa de Colón fue de gran ayuda en sus muchas apelaciones ante los reyes. Tomaba muy en serio su nombre de pila, cuyo significado es «el que lleva a Cristo». Así que rogó pidiendo una oportunidad de llevar el cristianismo a tierras y pueblos allende los mares.

Colón partió del Puerto de Palos el 2 de agosto de 1492, con tres barcos pequeños, llamados carabelas. Con viento a favor y cielo despejado, la Niña, la Pinta y la Santa María —carabela principal— navegaron las distancias en poco tiempo. Pero aun con condiciones favorables, los marineros españoles que acompañaban a Colón pronto empezaron a quejarse. Si los vientos soplaban siempre de manera estable hacia el oeste, ¿cómo regresarían a España? Cuando la reducida flota entró en una zona donde el sargazo era denso, los hombres comenzaron a preocuparse porque temían quedar varados. Y lo peor era que siendo ellos españoles, el capitán general no lo era. Colón era genovés, y siglos de ocupación extranjera habían causado resentimiento hacia los forasteros entre los hijos de España. Colón debió engañar a sus marineros, llevando doble registro de la bitácora del barco para mentir en cuanto a la distancia recorrida día a día. Pero aun con ese truco los hombres notaban que habían avanzado más al oeste de lo que nadie lo hubiera hecho antes, y más de lo que creían haría falta mucho para llegar a ver tierra otra vez.

Amenazado con un motín de la tripulación, Colón se vio obligado a prometerles a sus capitanes el 9 de octubre, que si en tres días más no veían tierra, todos darían la vuelta y regresarían a España. Sus capitanes eran Martín Alonso Pinzón, al mando de la Pinta, y su hermano Vicente Yáñez Pinzón, capitán de la Niña. Eran españoles, nacidos en el seno de una familia de marinos del Puerto de Palos, y gracias a su ayuda Colón logró lo que de otro modo habría sido imposible para él. Afortunadamente para Colón, los vientos arreciaron e impulsaron las naves al punto que la tripulación avistó señales de tierra muy pronto. La luna brillaba tras la sombra de las aves migratorias. Las aguas traían ramas con hojas aún verdes, con lo cual supieron que no estaban lejos de la costa.

De repente, las fuertes ráfagas de viento y las olas de un mar embravecido causaron temor entre los marinos la noche del 11 de octubre, pero Colón se mantuvo impertérrito. No arriaría las velas. En la madrugada del día 12 Rodrigo de Triana, vigía de la Pinta, gritó: «¡Tierra, tierra!» Colón dio órdenes de anclar lejos de la orilla, para evitar los arrecifes y finalmente, mandó arriar las velas. Al amanecer empezaron a buscar un lugar seguro para bajar de los barcos.

Colón, ahora conocido como «el almirante», dejó la Santa María en una chalupa y se dirigió hacia la orilla. Sobre su cabeza flameaba la bandera real de Castilla (importante provincia de España) y el estandarte de su expedición: una cruz verde con una corona, todo sobre fondo blanco. Los hermanos Pinzón se unieron al grupo, en los botes de sus carabelas. Los hombres se arrodillaron en la playa y dieron gracias a Dios por haber llegado a salvo. Luego Colón le dio nombre a la isla —que hoy forma parte de las Bahamas—: San Salvador, por el Santo Salvador.

Al poco tiempo, Colón y sus hombres se encontraban explorando, nombrando y reclamando otras islas del Caribe. Cuando aparecieron los nativos, casi desnudos, dóciles y deseosos de comerciar con los europeos, Colón los llamó indios. Pese a que no estaba en la India, estaba seguro de que se hallaba en algún lugar de Asia, aunque el idioma y las costumbres de esa gente no se correspondían con nada de lo que hubieran informado los navegantes al Oriente desde los tiempos de Marco Polo.

Muchos de los aborígenes llevaban aretes de oro en sus narices, por lo que Colón tuvo que asegurarles a sus hombres que la travesía había valido la pena. No serían ellos quienes recibieran la gloria, y eso lo sabían. Tampoco alcanzarían posiciones de privilegio por su gran descubrimiento. Con el oro tendría que bastarles y pronto Colón sintió que debía encontrar cantidades significativas del precioso metal.

También fue para él importante lo que los indios le traían: tabaco, cuyo humo Colón aprendió a inhalar imitando a los nativos. En toda América era común el consumo de tabaco y a los españoles el hábito les pareció placentero. Ahí, en esas primeras horas del encuentro entre los europeos y los aborígenes, las exóticas hojas aparentaban ser un tesoro. Algún día se convertirían en principal cultivo de diversos estados de América del Norte, y serían de gran interés económico durante más de cinco siglos.

En una isla que Colón denominó La Española (o Hispaniola), encontraron más indios ansiosos por comerciar. Y lo más importante: parecían poseer enormes cantidades de oro.

De modo que con todo gusto, y fácilmente embaucados para que canjearan su oro por pequeñeces sin valor alguno, como las campanitas de bronce que utilizaban los halconeros, por su escaso valor en España, los indios se hicieron vulnerables en diversos aspectos. Se les podía dominar para que, como esclavos, trabajaran en las minas de oro. Y más aun, las mujeres parecían ser sexualmente muy dispuestas. Para los marinos que no habían tenido contacto con mujer alguna durante meses, y a quienes poco les importaban las enfermedades venéreas, la tentación sexual fue irresistible. Se ha podido rastrear el inicio de la devastación causada por la sífilis hasta ese primer encuentro de los hombres de Colón con los pueblos originarios. Un contemporáneo de Colón, el Obispo de Las Casas, piensa que los indios que regresaron a Barcelona con los marinos de esa primera expedición contagiaron esa enfermedad a «las mujeres de la ciudad», un eufemismo para referirse a las prostitutas, que luego contagiaron a los soldados españoles. De allí la enfermedad se difundió por Europa y el resto del mundo. Los indios, por su parte, contrajeron viruela y sarampión de los españoles, enfermedades que minaron poblaciones enteras puesto que los habitantes no contaban con defensas en su sistema inmunológico ante un mal desconocido para ellos.

Cuando la Santa María naufragó al dar con un arrecife junto a las costas de la Hispaniola el día de Navidad de 1492, los hombres de Colón descargaron las provisiones y comerciaron con los indios. Uno de los caciques locales, llamado Guacanagari, ordenó que sus hombres ayudaran a descargar el barco hundido, por lo que Colón anotó en su diario que los indios fueron honrados y «no robaron siquiera un clavo». Con la madera del barco hundido Colón construyó un fuerte que llamó Navidad, primera habitación europea en América. Y cuando se preparaba para regresar a España, no le fue difícil encontrar voluntarios que quisieran quedarse en el lugar. El oro era un gran incentivo.

La Niña y La Pinta partieron el 18 de enero de 1493 de la Bahía de Samana, rumbo a España. Colón no era lo que hoy podríamos definir un navegante capaz. Faltaban siglos para la invención del sextante y los cronómetros de precisión. Pero a Colón, extraordinario marino, le guiaban su sentido del olfato y la observación de los vientos. Sabía cómo reconocer las corrientes y las señales de tierra. Sus primeros cálculos habían ubicado a Cuba a la misma latitud que Cabo Cod. Por fortuna, supo corregirlo y la mayor parte de la travesía de regreso a España fue calma, sin incidentes, hasta que el 12 de febrero ambas naves entraron en una zona de vientos muy fuertes. El viento helaba y el almirante de la Niña junto a Vicente Pinzón se turnaban al mando del timón. Con cada ola la pequeña nave amenazaba con volcar y en esas aguas no había esperanza alguna de rescate. Los hombres de Colón prometieron ir de peregrinación al santuario más cercano para dar gracias a la Virgen María si sobrevivían a tal tormenta.

Cuando avistaron tierra en las Azores portuguesas, les llevó tres días poder anclar a salvo cerca de una aldea llamada Nossa Senhora dos Anjos [Nuestra Señora de los Ángeles]. Fieles a su promesa, los hombres de Colón se dirigieron a la iglesia pero mientras decían sus oraciones, ya vestidos con sus ropas de dormir, en señal de penitencia ¡fueron arrestados! Las autoridades portuguesas sospechaban que los marinos españoles habían estado navegando a lugares prohibidos de la costa africana. Y con sus hombres en prisión, Colón —aún a bordo de la nave— amenazó con bombardear la aldea si no se les liberaba. Afortunadamente el capitán del puerto llegó, con atraso a causa de otra tormenta, y se convenció de que Colón y sus hombres estaban regresando del otro mundo, y no eran piratas que codiciaban las riquezas africanas que pertenecían a Portugal. Les proveyó generosamente de todo lo que necesitaban antes de su partida. Y el incidente —casi una farsa— muestra los esfuerzos de los portugueses por proteger su monopolio en el próspero tráfico de esclavos.

Al partir en la Niña Colón volvió a encontrarse con fuertes tormentas y cuando por fin vio tierra otra vez, se hallaba ya en la desembocadura del Río Tajo, en Portugal. Amenazado por un buque de guerra portugués, pidió permiso al rey para poder amarrar. El rey Juan II, que dos veces se había negado a financiar la gran empresa de Colón, no solo le otorgó permiso y aprovisionó su barco, sino que mandó llamar al almirante para que se reuniera con él en un monasterio que estaba a unos cincuenta kilómetros. Quería oír su relato. Algunos de los cortesanos del rey estaban celosos y viendo que España podría conseguir mucho a partir de ese asombroso descubrimiento, aconsejaron al monarca que mandara asesinar a Colón. Cuando los indios que se habían unido a la tripulación le mostraron al rey un rudimentario mapa de sus islas, formándolo con guisantes, Juan exclamó: «¡Cómo pude dejar de lado tan maravillosa oportunidad!» Aun desilusionado, el rey no mandó matar a Colón.


(Continues...)

Excerpted from América La Última Esperanza by William J. Bennett. Copyright © 2010 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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Table of Contents

Contents

Agradecimientos, xv,
Introducción, xvii,
Capítulo 1: Rumbo al oeste (1492-1607), 1,
Capítulo 2: Una ciudad sobre una colina (1607-1765), 30,
Capítulo 3: La revolución de las revoluciones (1765-1783), 62,
Capítulo 4: Reflexión y decisiones: El marco de la Constitución (1783-1789), 109,
Capítulo 5: La Nueva República (1789-1801), 136,
Capítulo 6: Los jeffersonianos (1801-1829), 180,
Capítulo 7: Jackson y la democracia (1829-1849), 224,
Capítulo 8: La tormenta en ciernes (1849-1861), 274,
Capítulo 9: La prueba de fuego de la libertad (1860-1863), 317,
Capítulo 10: Nuevo nacimiento de la libertad (1863-1865), 362,
Capítulo 11: Vendaje de las heridas de la nación (1865-1877), 399,
Capítulo 12: ¿Una era de oro, más que dorada? (1877-1897), 441,
Capítulo 13: El dínamo estadounidense, la sombra de la guerra (1897-1914), 483,
Notas, 535,
Índice, 575,
Acerca del autor, 585,

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