América: La última esperanza (Volumen II): Desde el mundo en guerra al triunfo de la libertad

América: La última esperanza (Volumen II): Desde el mundo en guerra al triunfo de la libertad

by William J. Bennett
     
 

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El respetado erudito William Bennett vuelve a poner al corriente a
Estados Unidos con su herencia en el segundo volumen de América: La última esperanza. Esta interesante narrativa corta las telarañas del tiempo, la memoria y el preponderante cinismo para dar un nuevo ímpetu a Estados Unidos mediante un patriotismo informado.…  See more details below

Overview

El respetado erudito William Bennett vuelve a poner al corriente a
Estados Unidos con su herencia en el segundo volumen de América: La última esperanza. Esta interesante narrativa corta las telarañas del tiempo, la memoria y el preponderante cinismo para dar un nuevo ímpetu a Estados Unidos mediante un patriotismo informado.

El segundo volumen de Bennett continúa la historia norteamericana donde la dejó el volumen 1, en los albores de la Primera Guerra
Mundial. La historia conmovedora de Bennett lleva a los lectores a través de días lúgubres, resaltando las tragedias, los triunfos, el sacrificio y las secuelas que estremecen al mundo. Relata los disturbios de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial destacando el liderazgo y heroísmo de hombres como
Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill. Después de los grandes cambios políticos y culturales del movimiento por los derechos civiles y la guerra fría,
Bennett trae la historia de Estados Unidos hasta el final del segundo gobierno de Reagan y la victoria final sobre el comunismo, cuando éste fue eclipsado por un movimiento por la libertad a nivel mundial dirigido por Estados Unidos.

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Product Details

ISBN-13:
9781602552845
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
12/22/2009
Pages:
608
Product dimensions:
6.10(w) x 9.10(h) x 1.40(d)

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América La Última Esperanza

VOLUMEN II: DESDE el MUNDO en GUERRA al TRIUNFO de la LIBERTAD


By William J. Bennett

Grupo Nelson

Copyright © 2010 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-0-7180-2593-9



CHAPTER 1

Los Estados Unidos y la Gran Guerra (1914-1921)


Toda Europa era un barril de pólvora en 1914. Las alianzas secretas daban lugar a la falta de confianza. Y en medio de tal desconfianza, las coronas y los gabinetes de los ministros de Europa se armaron contra la terrible explosión temida por todos y cuya cercanía era una certeza. Sarajevo fue la primera chispa. La mayoría de los estadounidenses quería que su país se mantuviera apartado de la autoinmolación de Europa. Recordaban las advertencias de Washington y Jefferson contra las alianzas permanentes que suelen causar enredos. Para millones de inmigrantes los interminables conflictos de las dinastías de Europa eran un recuerdo desagradable que habían logrado dejar atrás al subir a bordo de la nave desde la que se disponían saludar a la Estatua de la Libertad. Horrorizados ante el poderío de los submarinos alemanes, los ciudadanos de los Estados Unidos seguían viendo los viajes transatlánticos como privilegio de los ricos. Solo a partir del Telegrama Zimmermann, por medio del cual los alemanes buscaron secretamente el apoyo de México para apoderarse del sudeste de los Estados Unidos, fue que los estadounidenses vieron la guerra como una opción. La gente despidió con entusiasmo a sus muchachos mientras eran enviados al frente. Los pocos aunque ruidosos opositores a la guerra —como el perenne candidato presidencial Eugene V. Deb — acabaron poco después condenados a prisión, acusados de sedición. Los estadounidenses cantaban «Por allí», y prometían no volver «hasta que todo haya acabado allí». No obstante, la guerra pronto cobró su precio, como sucedió con todas las anteriores. El heroísmo y la victoria en los campos de batalla pronto dieron lugar a la frustración y la desilusión de la Conferencia de Paz de París y al callejón sin salida en que entró el Senado de los Estados Unidos. Por último, «la guerra que acabaría con todas las guerras» solo logró sembrar las semillas de una segunda y aun más destructiva guerra mundial.


I. «A casa antes del otoño»

La causa inmediata de lo que los contemporáneos llamaban la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa, Sofía, el 28 de junio de 1914 en la ciudad de Sarajevo, en Bosnia. Este austriaco autócrata era el heredero al trono del Imperio Austro-Húngaro, y los reformistas tenían la esperanza de que les diera mayor libertad a los millones de polacos, eslavos, magiares (húngaros) y austriacos de habla germana que comprendían este inmenso imperio políglota de Europa.

Cuando se halló que los nacionalistas serbios habían estado involucrados en los asesinatos, Austria exigió que Serbia cumpliera con los términos más estrictos para el arresto y el enjuiciamiento de los sospechosos. Alemania le dio «pase libre» a su aliada, Austria, pero Rusia alentaba a Serbia a resistirse. Los rusos se veían como protectores de los eslavos, y Serbia era una pequeña nación eslava.

Las alianzas a través de los países de Europa creaban una red intrincada. Serbia contaba con el apoyo de Rusia, que a su vez era apoyada por Francia, la cual no tenía un tratado formal con Inglaterra, pero sí un entente cordiale (entendimiento cordial), hábilmente preservado por el popular y francófilo rey Eduardo VII. Un conjunto de acuerdos secretos, planes de guerra secretos y armas secretas conformaron un polvorín en Europa Central que amenazaba con destruir la paz del mundo entero. Lo único que hacía falta para que la explosión repercutiera en el planeta era una chispa y nada más.

Ese polvorín había sido alimentado por el Káiser Wilhelm II de Alemania, que en muchos aspectos era la figura más importante en la Europa de 1914. Producto de la preferencia de la realeza por los casamientos entre las potencias, Wilhelm era nieto de la reina Victoria de Inglaterra. Esta reina viuda tenía tantos parientes en las diversas casas reales que se le conocía como «la abuela de Europa». El Káiser vestía con orgullo los uniformes de almirante de la armada real y de mariscal de campo del ejército inglés. Creía conocer Inglaterra de un modo profundo, hablaba inglés y visitaba a sus parientes con frecuencia. Podía, y debería haber sido, la esperanza de paz de los ingleses en el continente. Sin embargo, representó en cambio la más grande amenaza.

Desde sus más tempranos días, Wilhelm había sido un niño problemático. Era inteligente y vivaz, pero parecía haber nacido con mala estrella. En realidad, tenía un defecto congénito: su brazo izquierdo era más corto que el derecho, y esto molestaba mucho a Wilhelm. Lograba disimular su defecto con cierto éxito usando capas militares muy trabajadas y largos y elegantes guantes de piel que exhibía cada vez que le sacaban una fotografía. Incluso sus propios padres sentían temor por lo obstinado que era su hijo.

Su padre era un príncipe afable y bondadoso, la esperanza de millones de personas que querían un Imperio Alemán más libre y humano. Veían al Buen Fritz (Frederick) como la mano que los libraría de la garra con que la casa imperial de los Hohenzollern asfixiaba a la nación. Además, los reformistas esperaban que Frederick pusiera límites al poder que ostentaba el astuto Otto von Bismarck. Aunque Bismarck nominalmente estaba subordinado al káiser alemán, fue él quien creó el Imperio Alemán y cosechó el prestigio. Pocos eran los que se atrevían a enfrentar su autoridad. Aunque hubiera querido hacerlo, Fritz no tuvo muchas posibilidades. Él murió trágicamente de cáncer de garganta en 1888, a solo cien días de haberse convertido en el káiser Frederick III. Poco después, la relación del joven káiser Wilhelm II con su madre viuda empeoró. Cuando ella murió pocos años más tarde que su amado esposo, había dejado órdenes de que su cuerpo fuera envuelto en la bandera inglesa antes de ser colocado en el ataúd.

Bismarck, conocido como el Canciller de Hierro, no era demócrata y tampoco amaba la paz. Él azuzó al tonto de Napoleón III hacia una guerra, aplastando al ejército francés con la fuerza de un rayo. Proclamó el Impero Alemán en el famoso Salón de los Espejos del Palacio de Versailles en 1871. Sin embargo, este Bismarck era también astuto, cauteloso, y conocía muy bien las fortalezas y debilidades de su país. «Las grandes preguntas de hoy no podrán resolverse con decisiones de las mayorías, sino a fuerza de sangre y hierro», dijo. Asimismo de cínicos y cautelosos eran los otros autócratas europeos con los que Bismarck mantenía una alianza cercana: los Habsburgo de Austria-Hungría y los Romanovs de Rusia. De este modo, evitaba con sabiduría lo que todo alemán temía: una guerra en dos frentes.

Como el canciller Bismarck se puso del lado de la Unión durante la Guerra Civil de los Estados Unidos, era muy popular entre los estadounidenses. El antiguo presidente Gran había visitado a Bismarck en Berlín, y la nación aplaudió el gesto. Los estadounidenses reían por lo bajo al enterarse de los dichos del canciller: «Hay una Providencia que protege a los idiotas, los borrachos, los niños y a los Estados Unidos de América», dijo una vez. Otra de las perlas que se le atribuyen es: «¡Los estadounidenses se las han arreglados para estar rodeados por dos vecinos débiles en dos lugares, y en los otros dos lados por peces!». Sin embargo, Wilhelm no simpatizaba tanto con Bismarck.

Poco después de ascender al trono que Bismarck creara, el Káiser Wilhelm decidió prescindir de sus servicios. Es que los intentos del ya mayor canciller por restringir los poderes del káiser, causaban resentimiento en Wilhelm, que tenía intención de gobernar Alemania sin limitaciones. Después de todo, el término káiser es la traducción de «César» en alemán. Así, en 1890, Wilhelm obligó a Bismarck a retirarse.

Habiéndose librado de Bismarck en 1890, y con solo treinta y un años de edad, el káiser del gran bigote con puntas peinadas hacia arriba se convirtió en amo de Alemania. La revista humorística inglesa Punch publicó una caricatura que mostraba al coronado káiser mirando complaciente desde la barandilla de un barco, en tanto el firme y viejo Bismarck descendía por la pasarela. «Despidiendo al piloto» era el título de la famosa caricatura. No sabían que Wilhelm II llevaría a la nave del estado alemán hacia una fatal colisión con el Imperio Británico. Al despedir al piloto, también hizo a un lado las prudentes políticas del canciller.

Wilhelm había leído The Influence of Sea Power Upon History [La influencia del poder naval en la historia], un importante libro que escribió el almirante estadounidense Alfred Thayer Mahan, el cual impresionó no solo al gobernante alemán, sino que leyeron con fruición teóricos del poder naval como Theodore Roosevelt y Winston Churchill. Los líderes de la Armada Imperial Japonesa tradujeron la gran obra de Mahan en una fecha tan temprana como 1896.

Bismarck había sido capaz de ver que Gran Bretaña se alarmaría si Alemania expandía el poder de sus enormes ejércitos, formando una potente armada marítima. Wilhelm hizo caso omiso de la cautela de Bismarck, y a principios de la década de 1900 se ocupó de formar una potente flota de acorazados y barcos de guerra, ordenando que en todo barco de guerra alemán hubiera una copia de la obra maestra de Mahan. La amenaza al histórico aislamiento inglés ante toda guerra europea provocó un intenso temor en Inglaterra, reflejado en el éxito de una obra de ficción: When William Came [Cuando llegó William], un título donde el nombre de Wilhem aparece traducido al inglés. Esta historia de 1913 les mostraba a los ingleses el modo en que el káiser Wilhelm podría usar su potente Flota de Alta Mar para llevar al ejército más formidable del otro lado del Canal de la Mancha. Y aunque era una teoría imaginaria, el éxito de ventas del libro mostraba que el pueblo británico sí temía una invasión.

Wilhem no solo formó una armada. En el pasado, Bismarck jamás había desafiado a Inglaterra o Francia en la competencia por las colonias de ultramar. Sin embargo, Wilhem era diferente y pronto intentó apoderarse de colonias en África y el Pacífico. Él exigía un «lugar en el sol» para Alemania. Su falta de diplomacia hizo que su primo, el Zar Nicolás, se alejara de él y en respuesta, Rusia formó una alianza con Francia. El gobierno del káiser tenía como lema weltmacht oder niedergang («poder mundial o caída»). Esto explica la constante puja de Wilhem y sus jefes militares, que provocó que durante un cuarto de siglo la paz fuera algo muy precario antes de que finalmente se desatara la guerra en 1914.

Los estadounidenses estaban protegidos de los embates del káiser por casi cinco mil kilómetros de océano. Al principio, no les preocupó su militarismo ni sus ansias de poder. No obstante, cuando la flota alemana interfirió con las operaciones en Filipinas del comodoro Dewey en 1898, la nación prestó atención y luego, cuando el káiser se inmiscuyó en los asuntos de América Latina en los primeros años de Roosevelt, volvieron los temores. Sin embargo, en esa oportunidad Teddy nos mantuvo a salvo con su política del Gran Garrote.

Con el comienzo del nuevo siglo, los estadounidenses empezaron a ver al káiser Wilhelm II con una mezcla de desconfianza y despectiva condescendencia. En 1903, Harper's Weekly publicó un poema que revela esta actitud:

Káiser, káiser, tan brillante,
¡Nos diste un lindo susto!
Con tus bandas, cintos y adornos,
Y tus bigotes de puntas hacia arriba,
Que con tal severidad y aspecto mortal
Subrayan tu penetrante mirada,
Que llega hasta el corazón de aquellos
A quienes el infortunio convierte en tus enemigos.
Káiser, káiser, hombre guerrero,
No eres más que un chiste.


Los lectores reconocían la sátira basada en el escrito de William Blake: «Tigre, tigre, tan brillante». Cuando al final se produjo el choque en los Balcanes en 1914, Wilhem debió depender de su conexión familiar con Inglaterra para evitar la guerra con Gran Bretaña. Envió a su hermano, el príncipe Heinrich, a hablar con el rey Jorge V, primo hermano suyo por parte de su abuela, la reina Victoria. El rey dijo que esperaba que Gran Bretaña pudiera mantenerse fuera de cualquier guerra continental y el káiser malinterpretó sus palabras, entendiendo que el rey determinaría cuál sería la política británica. «Tengo la palabra de un rey», alardeaba entonces. Al parecer Wilhelm no había aprendido nada de su madre ni de su abuela sobre el sistema de gobierno británico. Gran Bretaña era (y sigue siendo) una monarquía constitucional. La política exterior es determinada por el gabinete, no por la corona.

En julio de 1914, a solo días del asesinato del archiduque Fernando, el mundo dio un suspiro de alivio cuando el káiser partió en su crucero anual de tres semanas por los fiordos de Noruega. Parecía estar desentendiéndose de la creciente crisis entre Austria-Hungría, Serbia y sus aliados. Su magnífico yate, el Hohenzollern, de cuatro mil doscientas ochenta toneladas y más de cien metros de largo, parecía un gigante cisne blanco que se deslizaba en silencio por las heladas y oscuras aguas de Noruega ese verano. Sin embargo, esta imagen pacífica era engañosa, porque mientras el káiser navegaba por las plácidas aguas, el aire se cargaba de electricidad a causa de los mensajes de radio que llegaban y salían desde la nave. Ahora la mecha del polvorín se había encendido.

Debido a la naturaleza de la red de alianzas en Europa, el káiser prácticamente garantizó una guerra mundial en 1905 cuando aprobó el plan militar del general Alfred von Schlieffen, jefe de la Guardia General Imperial. Según el Plan Schlieffen, los soldados alemanes tendrían que invadir Bélgica e ingresar en Francia, anulando así cualquier posibilidad de guerra futura antes de que los aliados rusos de los franceses pudieran movilizarse en el este. «Que el último hombre de la derecha roce el Canal [de la Mancha] con su manga», se decía del Plan Schlieffen.

Wilhem expuso de forma descuidada a Alemania a la temida guerra en dos frentes por su falta de diplomacia y sus constantes amenazas a sus vecinos. Además, no parecía importarle que el Plan Schlieffen implicara violar la neutralidad belga, que tanto Alemania como Gran Bretaña habían garantizado durante un siglo. Gran Bretaña no le había advertido con claridad al káiser Wilhelm que la violación de la neutralidad de Bélgica significaría la guerra. En realidad, ninguna de las potencias sabía exactamente cuál sería la respuesta de Gran Bretaña si Alemania cruzaba Bélgica al dirigirse a Francia.

Veinte años después, Wilhelm le diría al historiador británico Sir John Wheeler-Bennett que jamás habría invadido Bélgica si hubiera sabido que con tal acción incitaría a los ingleses a la guerra. Es que con Wilhem de nada servían los sutiles indicios o las insinuaciones diplomáticas. Este era el más acabado ejemplo de la política del Gran Garrote.

¿Por qué no le avisó Gran Bretaña al káiser con una advertencia que careciera de ambigüedad? Si anunciaban con anticipación que toda violación de la neutralidad belga significaría la guerra con Gran Bretaña, el impetuoso Wilhelm habría desistido del plan. El estadounidense conocedor de Chesterton, Dale Ahlquist, señala que hay una respuesta en la biografía del notable escritor inglés G. K. Chesterton. El partido liberal gobernaba en Gran Bretaña y dependía en gran medida de un reducido grupo de millonarios de Manchester, los cuales financiaban sus campañas políticas. Entre estos importantes industriales había también pacifistas religiosos (como lo era Andrew Carnegie en Estados Unidos). Gran Bretaña no admitiría una agresión tan clara, sugiere Chesterton, pero al mismo tiempo el Partido Liberal y su gobierno no podían decirlo en público por temor a perder su fuente de ingresos. Chesterton conocía muy bien a los líderes del Partido Liberal de su época, y su testimonio merece consideración.

En años posteriores muchos dirían que Gran Bretaña no les dio a los alemanes una advertencia debida. Sin embargo, esta postura le da muy poca atención a la imprudente conducta de Alemania durante los veinticinco años que precedieron al hecho e ignora el dato básico de que las naciones agresoras no tienen derecho alguno a esperar que sus vecinos les alerten.

El káiser le aseguró a su aliado que Alemania estaría junto a Austria-Hungría «en las buenas y en las malas». Wilhem le dijo al embajador austriaco que no había que preocuparse por Rusia, porque Rusia «no está preparada para ninguna guerra».


(Continues...)

Excerpted from América La Última Esperanza by William J. Bennett. Copyright © 2010 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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Meet the Author

Dr. William J. Bennett es una de las voces más importantes,
influyentes y respetadas de Estados Unidos sobre asuntos culturales, políticos y educativos. Es presentador del programa radial
Morning in America y autor y editor de 18 libros.

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