Amada-S De Gaula Ii

Amada-S De Gaula Ii

by Garci Rodra-Guez De Montalvo
     
 

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s famoso de los llamados libros de caballerías, que hicieron furor a lo largo del siglo XVI en España. A fines del siglo XV Garci Rodríguez de Montalvo preparó su versión definitiva, cuya edición más antigua conocida es la de Zaragoza 1508, con el nombre de Los cuatro libros de Amadís de Gaula, pero se trata de

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s famoso de los llamados libros de caballerías, que hicieron furor a lo largo del siglo XVI en España. A fines del siglo XV Garci Rodríguez de Montalvo preparó su versión definitiva, cuya edición más antigua conocida es la de Zaragoza 1508, con el nombre de Los cuatro libros de Amadís de Gaula, pero se trata de una obra muy anterior, que ya existía en tres libros desde el siglo XIV, según consta en obras del canciller Pero López de Ayala y Pero Ferrús. Montalvo confiesa haber enmendado los tres primeros libros y ser el autor del cuarto. Todo indica que la versión original de Amadis era portuguesa. Se ha atribuido a diversos autores: la Crónica portuguesa de Gomes Eanes de Azurara, escrita en 1454, menciona como su autor a a un tal Vasco de Lobeira que fue armado caballero en la batalla de Aljubarrota (1385). Otras fuentes dicen que el autor fue un tal João de Lobeira, y no el trovador Vasco de Lobeira.

Product Details

ISBN-13:
9788498168150
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
01/01/2007
Pages:
228
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x 0.56(d)

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Amadís de Gaula II


By Garci Rodríguez De Montalvo

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9897-268-9



CHAPTER 1

Cómo Amadís, con sus hermanos y Agrajes, su primo, se partieron adonde el rey Lisuarte estaba, y cómo les fue aventura de ir a la Ínsula Firme encantada a probar las aventuras y lo que allí les acaeció

Amadís y sus hermanos y su primo Agrajes, estando con la nueva reina Briolanja en el reino de Sobradisa, donde de ella muy honrados y de todos los del reino muy servidos eran, pensando siempre Amadís en su señora Oriana y en la su gran hermosura, de grandes angustias y de grandes congojas su corazón era atormentado, tantas lágrimas durmiendo y velando, que por mucho que él las quería encubrir, manifiestas a todos eran. Pero no sabiendo la causa de ellas en diversas maneras las juzgaban, porque así como el caso grande era, así como la su mucha discreción el secreto era guardado, como aquél que en su fuerte corazón todas las cosas de virtud encerradas tenía.

Mas ya no pudiendo su atribulado corazón tanta pena sufrir, demandó licencia a la muy hermosa reina con sus compañeros y en el camino donde el rey Lisuarte estaba se pudo, no sin gran dolor y angustia de aquélla que más que a sí lo amaba.

Pues algunos días con gran deseo caminando, la fortuna, porque así le plugo, con mayor tardanza que él quisiera ni pensaba lo quiso estorbar, como ahora oiréis, que hallando en el camino una ermita, entrando en ella a hacer oración vieron una doncella hermosa y otras dos doncellas y cuatro escuderos que la guardaban, la cual, ya de la ermita saliera, y ellos esperando en el camino, cuando a ella llegaron les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo:

— Doncella, a casa del rey Lisuarte vamos, y si allá os place ir acompañaros hemos.

— Mucho os lo agradezco — dijo ella —, mas yo voy a otra parte, mas porque os vi andar así armados como los caballeros que las aventuras demandan acordé de os atender si quería ir alguno de vosotros a la Ínsula Firme por ver las extrañas cosas y maravillas que ahí son, que yo allá voy y soy hija del gobernador que ahora la Ínsula tiene.

— ¡Oh, Santa María! — dijo Amadís —, por Dios, muchas veces oí decir de las maravillas de esta Ínsula, y por dicho me tenía de las ver, y hasta ahora no se me aparejó.

— Buen señor, no os pese por lo haber tardado — dijo ella —, que otros muchos tuvieron ese deseo y cuando lo pusieron en obra no salieron de allí tan alegres como entraron.

— Verdad decís — dijo él —, según lo que dende he oído, mas decidme: ¿rodearemos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?

— Rodearíais dos jornadas — dijo ella.

— Contra esta parte de la gran mar es esta Ínsula Firme — dijo él — donde es el arco encantado de los leales amadores, donde ningún hombre ni mujer entrar pueden si erró a aquélla o a aquél que primero comenzó a amar.

— Ésta es, por cierto — dijo la doncella —, que así eso como otras muchas cosas de maravillar hay en ella.

Entonces dijo Agrajes a sus compañeros:

— Yo no sé lo que vosotros haréis, mas yo ir quiero con esta doncella y ver las cosas de aquella Ínsula.

Ella le dijo:

— Si sois tan leal amador que so el arco encantado entráis, allí veréis las hermosas imágenes de Apolidón y Grimanesa y vuestro nombre escrito en una piedra donde hallaréis otros dos nombres escritos, y no más, aunque hay cien años que aquel encantamiento se hizo.

— A Dios vais — dijo Agrajes —, que yo probaré si podré ser el tercero.

Amadís, que no menos esperanza tenía de aquella aventura acabar según en su corazón sentía, dijo contra sus hermanos:

— Nosotros no somos enamorados, mas tendría por bien aguardásemos a nuestro primo que lo es y lozano de corazón.

— En el nombre de Dios — dijeron ellos —, a él plega que sea por bien.

Entonces, movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la Ínsula Firme. Don Florestán dijo a Amadís:

— Señor, vos sabéis algo de esta Ínsula que yo nunca de ella, aunque muchas tierras he andado, he oído hasta ahora nada decir.

— A mí me hubo dicho — dijo Amadís — un caballero mancebo, que yo mucho amo, que es Arbán, rey de Norgales, que muchas aventuras ha probado, que él ya estuvo en esta Ínsula cuatro días y que pugnara de ver estas aventuras y maravillas que en ella son, mas que ninguna pudiera dar cabo, y que se partió de allí con gran vergüenza, mas esta doncella os lo puede muy bien decir, que es allí moradora y según dice es hija del morador que la tiene.

Don Florestán dijo a la doncella:

— Amiga, señora, ruégoos por la fe que a Dios debéis, que me digáis todo lo que de esta Ínsula sabéis, pues que la largueza del camino a ello nos da lugar.

— Eso haré yo de grado, como lo aprendí de aquéllos en quien la memoria les quedó.

Entonces le contó todo lo que la historia os ha relatado, sin faltar ninguna cosa, de que no solamente maravillados de oír cosas tan extrañas fueron, mas muy deseosos de las probar, como aquéllos que siempre sus fuertes corazones no eran satisfechos, sino cuando las cosas en que los otros fallecían, ellos las probaban, deseándolas acabar sin ningún peligro temer.

Pues así como oís, anduvieron tanto, que fue puesto el Sol, y entrando por un valle vieron en un prado tiendas armadas y gentes cabe ellas que andaban holgando, mas entre ellos era un caballero ricamente vestido que les pareció ser el mayor de todos ellos. La doncella les dijo:

— Bueno, señores, aquél que allí veis es mi padre, y quiero a él ir porque os haga honra.

Entonces se partió de ellos, y diciendo al caballero la demanda de los cuatro compañeros, vínose así a pie con su compaña a los recibir, y desde que se hubieron saludado, rogóles que en una tienda se desarmasen y que otro día podrían subir al castillo y probar aquellas aventuras. Ellos lo tuvieron por bien, así que desarmados y cenando, siendo muy bien servidos, holgaron allí aquella noche, y otro día de mañana, con el gobernador y otro de los suyos, se fueron al castillo, por donde toda la Ínsula demandaba, que no era sino aquella entrada que sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo ál estaba de la mar rodeado, aunque en la Ínsula había siete leguas en largo y cinco en ancho, y por aquello que era Ínsula, y por lo poco que de tierra firme tenía llamáronla Ínsula Firme.

Pues allí llegados, entrando por la puerta vieron un gran palacio, las puertas abiertas, y muchos escudos en él puestos en tres maneras y bien ciento de ellos estaban acostados a unos poyos y sobre ellos estaban diez más altos, y en otro poyo sobre los diez, estaban dos, y el uno de ellos estaba más alto que el otro, más de la mitad. Amadís preguntó que por qué los pusieran así, y dijeron que así era a la bondad de cada uno, cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida quisieron entrar y los que no llegaron al padrón de cobre estaban los escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos, y de aquellos dos, el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo llegar al otro y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol y no pasó más adelante. Entonces, Amadís se llegó a los escudos, por ver si conocería alguno de ellos, en que cada uno había un rótulo de cuyo fuera y miró los diez y entre ellos estaba uno más alto buena parte, y tenía un campo negro y un león así negro, pero había las uñas blancas y los dientes y la boca bermeja y conoció que aquél era Arcalaus y miró los escudos que más alzados estaban y el más bajo había el campo indio y un gigante en él figurado y cabe él un caballero que le cortaba la cabeza y conoció ser aquél del rey Abies de Irlanda, que allí viniera dos años antes que con Amadís se combatiera, y cató al otro y también había el campo indio y tres flores de oro en él, y aquél no lo pudo conocer, mas leyó las letras que en sí había que decían:

— Este escudo es de don Cuadragante, hermano del rey Abies de Irlanda, que no había más de doce días que aquella aventura probara y llegara al padrón de mármol donde ningún caballero había llegado y él era venido de su tierra a la Gran Bretaña por se combatir con Amadís por vengar la muerte del rey Abies, su hermano.

Desde que Amadís vio los escudos mucho dudó aquella aventura pues que tales caballeros no lo acabaron. Y salieron del palacio y fueron al arco de los leales amadores y llegando al sitio que la entrada defendía Agrajes se llegó al mármol y descendiendo de su caballo y encomendándose a Dios dijo:

— Amor, si os he sido leal membraos de mí — y pasó el marco, y llegando so el arco la imagen que encima estaba comenzó un son tan dulce que Agrajes y todos los que lo oían sentían gran deleite, y llegó al palacio donde las imágenes de Apolidón y de Grimanesa estaban, que no le pareció sino propiamente vivas, y miró al jaspe y vio allí dos nombres escritos y el suyo y el primero que vio decía:

— Esta aventura acabó Mandanil, hijo del duque de Borgoña — y el otro decía:

— Éste es el nombre de don Bruneo de Bonamar, hijo de Vallados, el marqués de Troque — el suyo decía:

— Éste es Agrajes, hijo de Languines, rey de Escocia, y este Mandanil amó a Guinda Flamenca, señora de Flandes, y don Bruneo no había más de ocho días que aquella aventura acabara y aquélla que él amara era Melicia, hija del rey Perión de Gaula, hermana de Amadís.

Entrando Agrajes, como oís, el arco de los leales amadores, dijo Amadís a sus hermanos:

— ¿Probaréis vosotros esta aventura?

— No — dijeron ellos —, que no somos tan sojuzgados a esta pasión que la merezcamos acabar.

— Pues vos sois dos — dijo Amadís —, haceos compañía, y si yo pudiere la haré a mi primo Agrajes.

Entonces, dio su caballo y sus armas a su escudero Gandalín y fuese adelante lo más presto que él pudo, sin temor ninguno, como aquél que sentía no había errado a su señora, no solamente por obra, mas por pensamiento, y como fue so el arco, la imagen comenzó a hacer un son mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, y por la boca de la trompa lanzaba flores muy hermosas que gran olor daban y caían en el campo muy espesas, así que nunca a caballero que allí entrase fue lo semejante hecho y pasó donde eran las imágenes de Apolidón y Grimanesa. Con mucha afición los estuvo mirando, pareciéndole muy hermosas y tan frescas como si vivas fuesen, y Agrajes, que algo de sus amores entendía, vino contra él, de donde por la huerta andaba mirando las extrañas cosas que en ella había y abrazándolo le dijo:

— Señor primo, no es razón que de aquí adelante nos encubramos nuestros amores, mas Amadís no le respondió y tomándole por la mano se fueron mirando aquel lugar que muy sabroso y deleitoso era de ver.

Don Galaor y Florestán, que de fuera los atendían y viendo que tardaban, acordaron de ir a ver la cámara defendida y rogaron a Ysanjo, el gobernador, que se la mostrase. Él les dijo que le placía, y tomándolos consigo fue con ellos y mostróles la cámara por de fuera y los padrones que ya oísteis y don Florestán dijo:

— Señor hermano, ¿qué queréis hacer?

— Ninguna cosa — dijo él —, que nunca hube voluntad de acometer las cosas de encantamiento.

— Pues holgaos — dijo don Florestán —, que yo ver quiero lo que hacer podré.

Entonces, encomendándose a Dios y poniendo su escudo delante y la espada en la mano, fue adelante y entrando en lo defendido sintióse herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes y tan espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sufrir, mas como él era fuerte y valiente de corazón no quedaba de ir adelante, hiriendo con su espada a una y otra parte, y parecíale en la mano que serían hombres armados y que la espada no cortaba. Así pasó el padrón de cobre y llegó hasta el de mármol y allí cayó, que no pudo ir más adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido que si muerto fuese y luego fue lanzado fuera del sitio como lo hacían a los otros.

Don Galaor, que así lo vio, hubo de él mucho pesar y dijo:

— Comoquiera que mi voluntad de esta prueba apartada estuviese no dejaré de tomar mi parte del peligro, mandando a los escuderos y al enano que de él no se partiesen y le echasen del agua fría por el rostro, tomó sus armas y encomendándose a Dios fuese contra la puerta de la cámara y luego se hirieron de todas partes de muy duros y grandes golpes, y con gran cuita, llegó al padrón de mármol y abrazóse con él y detúvose un poco, mas cuando un paso dio adelante fue tan cargado de golpes que no lo pudiendo sufrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto desacuerdo que no sabía si era muerto ni si vivo, y luego fue lanzado fuera, así como los otros.

Amadís y Agrajes, que gran pieza había andado por la huerta, tornáronse a las imágenes y vieron allí en el jaspe su nombre escrito, que decía:

— Éste es Amadís de Gaula, el leal enamorado, hijo del rey Perión de Gaula.

Y así estando leyendo las letras con gran placer, llegó al marco, Ardián, el enano, dando voces, dijo:

— Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.

Y como esto oyó salió de allí presto y Agrajes tras él y preguntando al enano qué era lo que decía, dijo:

— Señor, probaron de vuestros hermanos en la cámara y no la acabaron y quedaron tales como muertos.

Luego, cabalgaron en sus caballos y fueron donde estaba y hallólos tan maltrechos como ya oísteis, aunque ya más acordados. Agrajes, como era de gran corazón, descendió presto del caballo y al mayor paso que pudo se fue con su espada en la mano contra la cámara hiriendo a una y a otra parte, mas no bastó su fuerza de sufrir los golpes que le dieron y cayó entre el padrón de cobre y el mármol y aturdido como los otros lo llevaron fuera. Amadís comenzó a maldecir la venida que allí hicieran y dijo a don Galaor, que ya casi en su acuerdo estaba:

— Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que los vuestros.

Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas y fuese adelante rogando a Dios que le ayudase, y cuando llegó al lugar defendido, paró un poco y dijo:

— ¡Oh, mi señora Oriana!, de vos me viene a mí todo el esfuerzo y ardimiento; membraos, señora, de mí a esta sazón en que tanto vuestra sabrosa membranza me es menester — y, luego, pasó adelante y sintióse herir de todas partes duramente y llegó al padrón de mármol, y pasando de él parecióle que todos los del mundo eran a lo herir y oía gran ruido de voces como si el mundo se fundiese y decía:

— Si este caballero tornáis no hay ahora en el mundo otro que aquí entrar pueda — pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces de manos y otras de rodillas, y la espada con que muchos golpes diera había perdido de la mano y andaba colgada de una correa que no la podía cobrar. Así, luego, a la puerta de la cámara y vio una mano que le tomó por la suya y lo metió dentro y oyó una voz que dijo:

— Bien venga el caballero, que pasando de bondad aquél que este encantamiento hizo, que en su tiempo par no tuvo, será de aquí señor.

Aquella mano le pareció grande y dura como de hombre viejo, y en el brazo tenía vestida una manga de jamete verde y como dentro en la cámara fue, soltóle la mano que no la vio más, y él quedó descansado y cobrado en toda su fuerza, y quitándose el escudo del cuello y el yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina y agradeció a su señora Oriana aquella honra que por su causa ganara.

A esta sazón todos los del castillo que las voces oyeran de cómo le otorgaban el señorío y le vieran dentro, comenzaron a decir en alta voz:

— Señor, hemos cumplido a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos.

Los hermanos que más acordados eran y vieron cómo Amadís acabara lo que todos habían faltado fueron alegres por el gran amor que le tenían, y como estaban, se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador con todos los suyos llegaron a Amadís y por señor le besaron las manos. Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de labores y riquezas, fueron espantados de lo ver, mas no era nada con un apartamento que allí se hacía, donde Apolidón y su amiga albergaban, que éste era de tal forma que no solamente ninguno podría alcanzar a hacer lo más ni entenderlo cómo hacer se podría, y era de tal forma, que estando dentro podían ver claramente lo que de fuera se hiciese, y los de fuera por ninguna guisa verían nada de dentro. Allí, estuvieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque en su linaje hubiese tal caballero que pasase de bondad a todos los del mundo presentes y cien años a zaga, los de la Ínsula por haber cobrado tal señor con quien esperaban ser bienaventurados y señorear desde allí otras muchas tierras.

Ysanjo, el gobernador, dijo a Amadís:

— Señor, bien será que comáis y descanséis y mañana serán aquí todos los hombres buenos de la tierra y os harán homenaje, recibiéndoos por señor.

Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron aquéllo que aderezado estaba, y holgando aquel día, luego, el siguiente, vinieron allí asonados todos los más de la Ínsula, con grandes juegos y alegrías y quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por su señor, con aquellas seguridades que en aquel tiempo y tierra se acostumbraban.


(Continues...)

Excerpted from Amadís de Gaula II by Garci Rodríguez De Montalvo. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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