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El capitán Sean O’Sullivan se ha distinguido como un valeroso soldado durante la Segunda guerra mundial, pero su próxima misión le reserva duras opciones morales. Destinado a supervisar la reconstrucción de Berlín, O’Sullivan descubre de primera mano la realidad de los campos de concentración y las atrocidades cometidas durante la guerra.

Desde su posición observa también con preocupación el crecimiento del poder soviético en una ciudad ...
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Armageddon

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Overview


El capitán Sean O’Sullivan se ha distinguido como un valeroso soldado durante la Segunda guerra mundial, pero su próxima misión le reserva duras opciones morales. Destinado a supervisar la reconstrucción de Berlín, O’Sullivan descubre de primera mano la realidad de los campos de concentración y las atrocidades cometidas durante la guerra.

Desde su posición observa también con preocupación el crecimiento del poder soviético en una ciudad dividida entre las fuerzas aliadas, un temor que se confirma con el bloqueo de la ciudad. Los Aliados, sin embargo, no se quedan de brazos cruzados y establecen un puente aéreo para abastecer a la población. Un retrato minucioso y coral del comienzo de la Guerra fría.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480493421
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 4/15/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 803
  • Sales rank: 695,309
  • File size: 3 MB

Meet the Author


Sólo un ex-marine estadounidense que participó en la Segunda guerra mundial, hijo de inmigrantes polacos judíos, pudo crear Grito de Guerra, Éxodo, Mila 18 y Topaz; ése fue Leon Uris. Su primera novela fue Grito de Guerra, inspirada en las propias vivencias de Uris durante su periodo en el sexto regimiento de los marines. Más tarde llegó Las colinas de la ira—también con el mismo trasfondo sociopolítico.

Tras estos éxitos decide hacer un viaje a Israel; su fruto fue Éxodo, su novela más célebre. A ésta le siguieron, entre otras, Topaz, un thriller sobre la Guerra Fría que estuvo una semana entera en el número uno de la lista de Best-sellers del periódico New York Times. Aunque nunca consiguió el graduado escolar, con tan sólo seis años escribió una opereta con motivo del fallecimiento de su perro. Leon Uris estaba destinado a ser lo que fue, un narrador sencillo de grandes historias.
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Armageddon


By Leon Uris, Baldomero Porta Gou

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1992 Leon Uris
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9342-1



CHAPTER 1

Enero de 1944


El capitán Sean O'Sullivan' levantó la cortina tras el apagón. Un chorro de tenue luz iluminó débilmente la habitación. «Dios mío —pensó—, ¿acaso en Londres no brilla nunca el sol?» Oyó unos aviones runruneando en dirección al Canal de la Mancha, pero la espesa niebla le impedía verlos. Se preguntó si su hermano Tim volaría aquel día.

—Ven a desayunar, querido —lo llamó Nan.

Sean volvió la cara hacia el interior del cuarto. Era una habitación elegante, la más elegante que había visto en su vida. Aquella mañana, desde el saliente de la chimenea, la fotografía del comandante G. Donald Milford le dirigía una mirada particularmente áspera.

La parte que servía de comedor era una alcoba de tres ventanas en ángulo desde las cuales podía extenderse la vista por encima de Bayswater Road hasta Kensington Gardens. Pero fuera, la atmósfera era tan lóbrega que cualquier panorama había desaparecido. Nan Milford, con una bata de seda y encaje, realzaba la opulencia de la morada. Nan colgó la chaqueta del capitán en el respaldo de una silla y dijo algo acerca de quitar una mancha que tenía en la manga.

Sean bebió un sorbito de una taza, hizo una mueca y tomó nota mentalmente de que tenía que mendigar un poco de café decente al cocinero. Aquel recurso inglés sustitutivo del café auténtico no podía consumirse ya desde un principio, y resultaba todavía peor cuando Nan lo hervía en exceso.

El acto sexual había dejado a Nan cansada y satisfecha. Estaba triste por haberse entregado tan apasionadamente, y más triste aún por haberse enamorado de verdad. Miraba a Sean con visible adoración.

—¿Cómo se explica que un bruto irlandés tan guapo como tú no se haya casado?

—¿Renunciando a todo esto?

—Habla en serio por una vez, Sean.

—Ha sido por culpa de la transposición de las viejas tradiciones de mi país a San Francisco, me figuro.

—¿Y cuántas chicas te han perseguido como te perseguí yo, y cómo las has sorteado?

El capitán iba a soltar una broma acerca de alejar los peligros que representaban las mujeres casadas, pero lo pensó mejor.

—Un solterón adquiere un sexto sentido que le advierte en el momento en que van a invadir su fortaleza particular. Una colección de sistemas interiores de alarma dispara llamaradas y cohetes y hace sonar las campanas.

—Por favor —suplicó ella, pellizcándole la punta de la nariz.

—¿Para qué ponernos serios?

Nan se irguió. Jamás se enojaba abiertamente ... Ponía la espalda muy rígida nada más, miraba con unos ojos muy abiertos y manifestaba así su resentimiento.

—Lamento haberlo preguntado.

De vez en cuando, Sean se acordaba súbitamente de que a Nan se la podía ofender sin pensarlo, de que había que tratarla de un modo distinto que a otras mujeres a quienes había conocido anteriormente.

—Te sería difícil comprenderlo —dijo en tono apologético.

—¿Tan falta estoy de entendederas?

—En la vida has gozado de ciertas ventajas que imposibilitan la comprensión.

—Hablas como si fuese una esnob incorregible.

—Lo eres. Pero eres una esnob auténtica. No se trata de una cualidad que hayas cultivado intencionadamente. El mundo está lleno de personas que se esfuerzan en ser esnobs, pero no consiguen este título. Una esnob auténtica, sin barnices, es una criatura que merece ser reverenciada.

A Nan le gustaba oír la voluble y encantadora locuacidad de Sean. Por supuesto, hasta entonces ningún hombre le había hablado así. El querido y dulce Donnie solía sentarse donde Sean lo hacía ahora. ¡Pero qué diferencia! Nan no sabía si a Donnie le ofendería más el hecho de que Sean ocupase su puesto, o que tuviera la audacia de sentarse a su mesa con las mangas de la camisa subidas y el cuello desabrochado.

—¿Quieres decir que el matrimonio te habría impedido ascender en tu carrera?

—De ningún modo, Nan. Los motivos para no casarme han sido de índole más práctica.

—Vaya, me tienes completamente intrigada.

—No me he casado por el mismo motivo que mis padres esperaron hasta después de diez años de noviazgo. Sencillamente, mi padre era demasiado pobre para mantener a una esposa.

El capitán bebió otro sorbo de aquel café horrible. La suave mano de Nan, posada sobre la suya, aminoró el golpe. Las yemas de los dedos de la mujer jugueteaban sobre el dorso de las manos de él.

—No te interrumpas, te lo ruego, Sean. ¡Sabemos tan poca cosa el uno del otro!

Los grandes ojos castaños de Sean escudriñaron el cuarto y luego se perdieron por la niebla, sin buscar nada concreto.

—Cuando mis padres emigraron a América, no tenían otra cosa que sus manos, sus espaldas y sus corazones. Mi padre trabajaba más de lo que el Señor tenía dispuesto que ningún hombre trabajase. Apenas recuerdo ningún momento en que no tuviese dos empleos ... estibador durante el día, vigilante durante la noche; taxista de día, conserje de noche; peón de albañil, obrero de pico y pala, mozo de café. Y mamá se pasó la mayor parte de su vida lavando platos y fregando suelos en casas como esta. Por eso, a veces, me dan ganas de haceros daño a ti y a todas las esposas de hombres de vuestra clase social, cuyos cuartos de aseo fregaba mi madre.

Nan le oprimió la mano con fuerza para darle a entender que le comprendía.

—Mi padre decía siempre que no abandonó su vieja patria para criar a tres policías irlandeses que engrosaran la fuerza de seguridad de San Francisco. Tenía la obsesión de que sus hijos cursaran estudios. Aquí, el trabajo; la recompensa, en el cielo.

—Ha de ser un hombre interesante.

—Sí, lo es —respondió Sean—, pero un día su espalda cedió y su corazón estuvo a punto de ceder también. Mi madre tuvo que encargarse de ganar el sustento para todos. Yo me vi obligado a terminar mis estudios. No los dejé. Los acabé. ¿Sabes cómo? Buscando combates preliminares de boxeo, a diez y veinte dólares, en los pequeños clubs del puerto. A uno de esos clubs de San Francisco lo llamaban el Cubo de Sangre. Era un buen boxeador, Nan. No quería que me pegasen en la cara y tener que explicarle luego a mi madre el origen de los cortes y las magulladuras. Combatía bajo el nombre de Herskowitz, el Judío Batallador. ¿Cómo es posible? Porque el Señor fue bueno. Terminé cálculo y un día me planté ante mi madre y le dije: «Mamá, ya no tiene que fregar nunca más los suelos de las señoras ricas. Yo cuidaré de usted».

—Sean ... lo lamento.

—¿Qué lamentas? Conseguí finalizar mis estudios y deseaba encargarme de que mis hermanos los terminasen también. Somos una familia irlandesa católica que permanece unida. Un día me rompí la mano en el ring y me hicieron esto —dijo señalando la delgada línea blanca de una cicatriz encima del ojo izquierdo—, y mi madre se enteró. A partir de aquel día pasé a ser el colegial O'Sullivan, el Profesor Combativo. Mamá estaba a punto de morir cada vez que yo subía al ring. —Sean dejó caer los hombros—. Ahí nos tienes, pues, a los hermanos O'Sullivan'. Tim está allá arriba, volando, y Liam yace en una fosa, en África del Norte. Yo quería casarme, tenía una novia a la que amaba, pero la familia era primero y ella no quiso esperar. —Sean echó una cucharada de mermelada de mora en el platito para disimular el sabor a quemado—. Nan, eres una mala cocinera.

Ella murmuró algo acerca de la imposibilidad de encontrar un buen servicio doméstico. El resto de la comida transcurrió en silencio. Sean se bajó las mangas, se las abotonó, se arregló la corbata y se puso la chaqueta. El silencio se hizo embarazoso. Ahora, cada vez que se decían adiós, desviaban los ojos. La humedad fría de las nubes del exterior había penetrado en la habitación y los envolvía.

Nan comprendía que el Dios que gobernaba a Sean O'Sullivan' le empujaba a poner fin a la aventura.

—Hay tantas cosas inexpresadas —murmuró.

—Nuestra relación entera queda inexpresada, Nan. Esa fotografía de tu marido, que no puede protestar. Tus hijos en el campo, que permanecen escondidos. Las palabras que no pronunciamos cuando hacemos el amor. Seis hermosos meses de cosas inexpresadas.

—Ahora vamos a expresarlas, ¿verdad que sí, Sean?

—Al menos eso parece.

Abajo, en la calle, sonó la bocina de un Jeep. Biip, bi, biip, biip. Nan reaccionó.

—¿Es preciso que toque la bocina, anunciando tu partida a todo el West End de Londres?

Sean se abrochó la guerrera y se puso el gorro. En ese momento Nan se volvía siempre gentil, presentándole la mejilla para el sonoro beso de despedida, lo mismo que hacía antes con G. Donald Milford. En vez de recibir el beso se encontró apretada fuertemente contra Sean. Este la soltó; ella retrocedió unos pasos tambaleándose y le vio desaparecer por el pasillo.

* * *

Sean saltó dentro del Jeep, sentándose al lado del subteniente segundo Dante Arosa, quien arrancó velozmente el vehículo por la calzada humedecida por la niebla.

—Anoche marqué un tanto —anunció Dante con el orgullo de la conquista.

—¿Una chiquilla de teatro?

—Un testimonio viviente de que las inglesas no son frías en la cama. ¿Quién diablos les colgó esa etiqueta? ¿Algún irlandés?

Sean se mostró indulgente. Dante tenía sus mismos años, veintiocho, pero su primera experiencia de la vida la había vivido aquí, en Inglaterra. De una hacienda del Valle de Napa había pasado a la Universidad de San Francisco para cursar, con casi demasiada brillantez, una carrera de Leyes. No se podía dudar de las dotes de Dante Arosa cuando estaba en funciones de oficial de contraespionaje, ni de que, fuera del servicio, se comportaría casi como un adolescente. «Los jóvenes altos y delgados no deberían fumar cigarros —pensó Dean—. Dante no sostiene el cigarrillo sólidamente en un ángulo de la boca, sino que le cuelga con abandono entre los dientes delanteros».

Mientras corrían por Kensington Gardens, el tráfico se hizo más denso. Dante prosiguió su declaración acerca de la mujer inglesa.

—Ah, de paso, no toques la bocina.

—¿Eh?

—Cuando vengas a buscarme, primero, aparca el Jeep. Segundo, salta. Tercero, ve hasta la puerta. Cuarto, toca el timbre.

Dante se encogió de hombros. No tenía ningún afecto hacia Nan Milford. Fulanas como ella eran las que daban a las mujeres inglesas la mala reputación que tenían. «¿De dónde saca esos escrúpulos de Virgen María? No es otra cosa que una de tantas fulanas casadas que se divierten a espaldas de su marido; sea cual sea el color con que Sean quiera pintarlo».

Ambos se sumieron en el silencio. Esos días, todo era diferente en Londres. Todo menos el tiempo. Las largas, horripilantes noches en los refugios habían pasado. La tensión había cedido. En la actualidad los aviones de bombardeo volaban en dirección opuesta. Por todas partes se respiraba un aire de victoria. La gente veía acercarse el final de la guerra; se notaba bien en la voz y en el andar de todo el mundo.

—Sean.

—¿Qué?

—¿Hasta qué punto han llegado tus relaciones con Nan?

—Ojalá lo supiera.

—Tocaré el timbre.

Dante Arosa viró bruscamente a mitad de la manzana y enfiló en línea recta hacia una valla de barrotes verticales que cerraba el callejón sin salida de Queen Mother's Gate. Delante de él los coches paraban con un chirriar de frenos y los peatones se dispersaban. Dante pisó el freno, parando el atormentado vehículo delante del aterrorizado centinela, quien saludó de mala gana y les hizo ademán de que cruzaran el rótulo de la entrada, en el cual se leía: MISIÓN ESPECIAL, GOBIERNO MILITAR, EJÉRCITO DE LOS ESTADOS UNIDOS.

La breve calle cerrada constaba de media docena de edificios ordenados alrededor de un ancho patio central. En un lado estaban los alojamientos de los oficiales, los cuarteles de la tropa, la administración, el dispensario y el comedor. Al otro lado del patio dos grandes edificios de tres pisos, construidos con bloques de granito, albergaban las oficinas y las salas de conferencia de la Misión Especial.

Desde el instante en que cruzaron la entrada, dirigiéndose hacia el garaje, los problemas de la vida y el amor en Londres quedaron atrás. Dante y Sean andaban deprisa, llevando el paso, en dirección al primer edificio de oficinas de la Misión.

La guía de la antesala rezaba:

Habitación 101: Administración Civil de Ciudades Alemanas.
Habitación 102: Códigos Legales Alemanes.
Habitación 103: Higiene Pública.
Habitación 104: Sistema Bancario.
Habitación 105: Personas Desplazadas y Refugiados.
Salas de Conferencias A, B, C: Identificación de Ciudades Alemanas. Reconocimiento Aéreo.
Habitación 106: Laboratorio.
Habitación 201: Contraespionaje, Nazis de Primera Fila.
Habitación 202: Contraespionaje, Nazis de Segunda Fila.
Habitaciones 203, 204, 205: Extirpación del Nazismo.
Habitación 206: Órdenes, Normas y Manual del Gobierno Militar.
Salas de Conferencias E, F: Identificación de las Organizaciones de Partido de los Nazis.
Piso Tercero: Centro de Documentos.


Saliendo de la antesala entraron en la oficina del oficial de día y, después de firmar, fueron introducidos a través del cerrado portal en el núcleo interior de silencioso ajetreo. Un segundo mostrador de seguridad, defendido por un sargento, cerraba el pasillo.

—Buenos días —saludó Dante, inclinándose sobre el mostrador para firmar en el registro.

—Buenos días, señor.

—Buenos días —dijo Sean.

—Buenos días, capitán O'Sullivan'. El general Hansen quiere que se presente usted en su oficina sin pérdida de tiempo. Y, francamente, señor ... Eric el Rojo enarbola la bandera de ataque.

CHAPTER 2

El brigadier general Andrew Jackson Hansen sostenía los lentes en la punta de la nariz. Era bajo, pesado y tenía unas crenchas de cabello gris, de modo que metiéndole un cojín debajo de la guerrera se habría dado un aire al bondadoso Papá Noel. Otros hombres usaban gafas; él usaba lentes. Tenía una cara tan móvil y expresiva como un muñeco de dibujos animados. Este burbujeo de amabilidad resultaba engañoso, porque en un instante una riada de palabrotas podía explicarle a uno por qué le daban el mote de Eric el Rojo.

El general Hansen tamborileaba con sus dedos regordetes sobre el tablero de la mesa y de vez en cuando, a medida que iba leyendo, su garganta emitía, refunfuñando, una palabra particularmente enojosa ...

Informe confidencial: Pedido para uso exclusivo del brig. gen. A. J. Hansen.

Tema: Cohabitación: Nan Milford y capitán Sean O'Sullivan'.

Señora Nan Milford. Edad, treinta y cinco años. Esposa de G. Donald Milford, comandante, Ejército británico. El comandante Milford fue hecho prisionero en 1941, cuando los alemanes invadieron Creta. Hace tres años que está prisionero en Officer's Lager 22; Westheim (Alemania).

Antes de la guerra, Milford era directivo de Morsby Ltd., una de las principales empresas de publicidad inglesas, y desempeñaba su cometido con mucho éxito. Miembro de la junta directiva de una docena de compañías de menos importancia. Se le considera moderadamente acaudalado. Sangre azul en ambas ramas de la familia. Antes de la guerra los Milford se percibían como un matrimonio que congeniaba bien. Se relacionaban con la buena sociedad londinense y tomaban parte en reuniones de arte, culturales y caritativas. Miembros de la Iglesia de Inglaterra.

Dos hijos: Pamela, de diez años. Roland, de doce. Los hijos viven en casa de la abuela paterna, en Plimlington East, adonde fueron evacuados durante los intensos bombardeos de Londres.

Desde que su marido fue hecho cautivo, Nan Milford ha trabajado como voluntaria en la Sección Londinense de la Cruz Roja Internacional, División de Prisioneros de Guerra.

Hace unos siete meses conoció a O'Sullivan', quien a la sazón estaba realizando un estudio G-5 sobre los Campos de Prisioneros de Guerra. Por causa de su trabajo, O'Sullivan' pasaba mucho tiempo con ella, reuniendo datos concretos de la Cruz Roja.

O'Sullivan' y señora Milford practican la cohabitación desde hace unos seis meses, aproximadamente. Al principio eran extremadamente prudentes en sus citas y se abstenían de tomar parte juntos en toda actividad social ajena a su trabajo. No obstante, parece que aquella reserva va disminuyendo. Durante los dos meses últimos la cohabitación se ha llevado a cabo periódicamente en el elegante piso de los Milford, en Bayswater Road, Londres, W-2.

De este informe se ha emitido una sola copia Los otros testimonios han sido destruidos, según se pidió.

Thos, Hanley, comandante, Contraespionaje.


—¡Maldita sea! —dijo Hansen, deslizando el informe en el cajón superior de su mesa.

El general se puso a pasear por el cuarto. No sabía si estaba más enojado con Sean o consigo mismo. Al general Hansen no le gustaba equivocarse al juzgar a las personas, y este caso le inquietaba. Había seleccionado a Sean para la misión especial con preferencia a varios centenares de expertos, todos mayores, con más experiencia y criterio más profundo.


(Continues...)

Excerpted from Armageddon by Leon Uris, Baldomero Porta Gou. Copyright © 1992 Leon Uris. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
Advertencia,
Agradecimientos,
Epígrafe,
Primera parte: Un encuentro en el Elba,
Segunda parte: Los últimos días de abril,
Tercera parte: Los tilos no volverán a florecer,
Cuarta parte: Los últimos Gooney Birds,
Sobre el autor,

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