Asunto de familia: Memorias

Overview

Éste es un relato acerca de cómo el amor me salvó, en un momento en que la mayoría de la gente me daba por perdido.

Así comienza Víctor Rivas Rivers esta magnífica crónica en que narra su fuga desde la zona de guerra de la violencia doméstica — considerada con demasiada frecuencia como "un asunto de familia" — y su trayectoria hacia la independencia, la recuperación y la renovación.

En Asunto de familia, Víctor recuerda su época de joven ...

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Asunto de familia (A Private Family Matter)

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Overview

Éste es un relato acerca de cómo el amor me salvó, en un momento en que la mayoría de la gente me daba por perdido.

Así comienza Víctor Rivas Rivers esta magnífica crónica en que narra su fuga desde la zona de guerra de la violencia doméstica — considerada con demasiada frecuencia como "un asunto de familia" — y su trayectoria hacia la independencia, la recuperación y la renovación.

En Asunto de familia, Víctor recuerda su época de joven iracundo que vivía bajo la tiranía y la cólera de su padre. El tempestuoso temperamento de su padre, Antonio Rivas García Rubio, a quien por su carácter apodaban El Ciclón, no sólo lo llevó a golpear a su esposa, sino a maltratar — y finalmente a secuestrar — a sus propios hijos. La manera en que Víctor logró obtener ayuda para su familia y una sanción legal contra su padre, así como sobreponerse a sus propios demonios, aprender a amarse a sí mismo y llegar a compartir su experiencia con otras víctimas y sobrevivientes de la violencia doméstica, constituye la esencia de esta obra profunda y conmovedora.

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Editorial Reviews

From the Publisher
"Una historia repleta de integridad, valor y humanidad: todas las cosas que representa Rivers."

— Andy García

"Cautivante, poderoso y conmovedor...[este] auténtico relato de cómo un niño fue criado por una aldea de individuos tiernos y valerosos...nos inspira a todos...Magistralmente escrito."

— Melanie Griffith y Antonio Banderas

"La contribución de Víctor al movimiento para erradicar la violencia doméstica es inigualable...Él es un ejemplo para los hombres y un rayo de esperanza para todas las víctimas de abusos."

— Lynn Rosenthal, directora ejecutiva de la National Network to End Domestic Violenc

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Product Details

  • ISBN-13: 9781416537298
  • Publisher: Atria Books
  • Publication date: 10/17/2006
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 432
  • Sales rank: 1,148,306
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 8.00 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Victor Rivas Rivers, a veteran actor who has starred in more than two dozen films (including The Mask of Zorro, The Distinguished Gentleman, and Blood In, Blood Out), is the spokesperson for the National Network to End Domestic Violence. He lives in Los Angeles with his wife and son.

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1

sancti spíritus

(1955-1957)

La multitud de palmas de variadas formas, las más altas y hermosas que jamás haya visto, y una infinitud de árboles grandes y verdes; los pájaros de vistoso plumaje y el verdor de los campos prestan a este país, serenísimos príncipes, de una belleza tan maravillosa que sobrepasa a todos los otros en gracias y encantos, tal como el día aventaja a la noche en lustre. Me he quedado tan asombrado a la vista de tanta belleza que no he sabido cómo relatarla.

— Cristóbal Colón, sobre Cuba, en una carta a los reyes Fernando e Isabel, 1492

Olga angélica López Ibarra nació prematuramente a las 3 p.m. del 21 de septiembre de 1929 en un hospital de La Habana. Era al nacer del tamaño de una botella pequeña de Coca-Cola y apenas pesaba cuatro libras. Sin unidades neonatales ni incubadoras que le fomentaran la vida, comenzó su existencia como luego habría de vivirla: luchando.

Para mí, mi madre era la encarnación de Cuba: una belleza natural, trigueña, exótica, altiva, inteligente, tenaz, irónica con un cierto sentido tragicómico, pero inocente; después llegaría a ser, al igual que nuestra propia isla, conquistada, explotada, oprimida. Mi padre hizo cuanto pudo para anularla, para quebrarla en mil pedazos; pero ella no se dio enteramente por vencida. Tenía la tez de criolla y de española, pero era una mezcla de otras etnias, como Cuba, mi patria. Muchos de sus recuerdos y experiencias se transmitieron a mis células, a mi ADN, o me las contó a retazos a través de los años, casi siempre de espaldas a mí mientras se atareaba en la preparación de innumerables comidas en los mostradores de las varias cocinas que tuvimos; acompañándose con frecuencia, si papi estaba ausente, de su querida música cubana que sonaba en discos rayados o en desconocidas estaciones de radio.

En público, mi madre bailaba con una soltura y una alegría — ya fuese un ritmo lento o rápido, un son o un mambo — que parecía pertenecer a otra persona, pero en casa no la dejaban bailar, como si ello pudiera provocarle una rebelión contra papi. No obstante, con música o sin ella, solía moverse con una gracia sensual que respondía al compás de la música cubana que llevaba por dentro con su núcleo de cultura africana, con el ritmo de las claves — dos gruesas varillas de madera como de un pie de largo — para marcar el tiempo.

Mi madre se distinguía por otra cualidad que guardaba en secreto: tenía el don de visión. Podía leer presagios y sentir la presencia de espíritus. Su energía generaba calor y hacía que el agua que se quedaba en los vasos bullera como si estuviera en un caldero hirviente. Tenía poderes curativos innatos que, de haber sido libre para orientar su propio destino, podrían haberle llevado a convertirse en una profesional de la medicina. Estos poderes pueden habérsele fortalecido en sus primeros días cuando luchaba entre la vida y la muerte, siendo «tan sólo ojos y pelo», como sus padres la describieron al nacer.

Pero, «con la ayuda de Dios» (la frase favorita de mami), la niña Olga sobrevivió y no tardaron en dejarla ir a casa. Su padre, un policía apuesto y formal llamado José Manuel López — más conocido por Manolo — sacó a su primogénita del hospital en uno de los gigantescos bolsillos de la chaqueta de su traje. En su modesta casa, la madre de Olga, Eladia Ibarra, una joven y bella costurera, cosía para su diminuta hija vestidos más pequeños que trajes de muñecas.

Sobrevinieron otros conflictos. Menos de un mes después de su nacimiento, el desplome de la bolsa en Wall Street precipitó a Cuba en una de sus peores crisis económicas hasta esa fecha. Cuatro años después, a la familia López le nació una segunda hija, Carmita, en el preciso instante en que el país era sacudido por la guerra civil. En medio de una atmósfera de incertidumbre, el presidente Gerardo Machado renunció antes de abordar un avión para Miami, y un joven sargento del ejército, llamado Fulgencio Batista, tomó las riendas de la nación isleña.

Pese a la relativa pobreza de su familia y a la inestabilidad nacional, el amor y la protección abundaban en el hogar de la pequeña Olga, de manera que ella recordaba su niñez como sencilla y apacible. Nunca se creyó una gran belleza, decía, aunque luego admitía que «tenía una cierta presencia y sabía cómo ganarse a la gente». ¿Era demasiado modesta? «Bueno, solían decirme que era amistosa y simpática. Tal vez debido a mi buen carácter, me llovieron los momentos felices».

Ese encanto, esa energía positiva y atractiva le trajo muchos pretendientes. Después de su diminuto comienzo en la vida, creció hasta alcanzar una estatura sorprendente: cinco pies seis pulgadas, más alta que la mayoría de las muchachas cubanas de su generación; y con sus ojos castaños, sus gruesas y largas pestañas y una negra melena ondulada, Olga López, a pesar de las dificultades, poseía la chispa de los que están destinados a ser afortunados en el amor. Pero luego, gracias a toda una serie de lamentables circunstancias, conoció a Antonio Rivas. Al parecer, le faltó su don de visión. Durante toda su vida, Olga no podía recordar lo que había llegado a ver en él.

Ni tampoco podía entender por qué había roto su compromiso con Artemio, el verdadero amor de su vida. Tal vez fue en parte porque tenía tan sólo doce años cuando se conocieron en la guagua de La Habana que ella tomaba para ir a la escuela (en la cual su idolatrada maestra de inglés era Miss Amelie, quien, dio la casualidad, llegaría a tener un hijo llamado Andrés, que mucho después se haría famoso como actor: Andy García).

Descontando el que le llevara nueve años y que fuera chofer de autobuses, Artemio poseía otras cualidades que a Olga le gustaban. Era de pelo negro, de seis pies, con un espeso bigote bien recortado y una sonrisa encantadora. Aunque ella era demasiado joven para pretendientes, él resultó ser un caballero y muy perseverante, lo cual le ganó al fin el permiso de los padres de Olga para salir con ella junto con una chaperona. Todo el mundo convenía en que hacían una pareja estupenda. Acompañada por su madre, persona amable, pero que la vigilaba celosamente, Olga y su enamorado disfrutaron de la deslumbrante y glamorosa vida nocturna de La Habana de finales de los años cuarenta. Aunque era sólo la hija de un empleado público, y él nada más que un guagüero, eran la pareja más popular de la pista de baile. Con su bien timbrada voz, Artemio también la hacía sentir única cuando, en ocasiones, le pedían que se uniera a la orquesta para cantar y le dedicaba sus canciones a ella.

Planeaban casarse una vez que Olga terminara el programa de magisterio en que se había matriculado después de graduarse de secundaria con honores. Esta carrera no había sido enteramente de su elección. Cuando le dijo a Manolo que pretendía hacerse enfermera, su padre le había respondido que «de eso nada». Buen hombre y padre protector como era, tenía el prejuicio anticuado de que la profesión de enfermera no era respetable para una muchacha soltera. ¿Por qué?

— Porque los médicos — arguyó — sostienen relaciones con sus enfermeras y les arruinan su reputación.

Comprometida a casarse con Artemio, ella prosiguió, conforme a los deseos de Manolo, la carrera de magisterio, al tiempo que, sin el conocimiento y el consentimiento de su padre, se matriculó en la escuela de enfermeras. Durante tres años, aun con lo mucho que le exigían sus estudios para hacerse maestra, Olga trabajaba secretamente de ayudante de enfermera en el hospital de la policía.

En su círculo de amistades existía la opinión general de que las muchachas bonitas y educadas debían buscar casarse por encima de su condición social. Al principio esto no afectó en nada sus sentimientos hacia Artemio, quien atenta y pacientemente la había visto pasar de adolescente a mujer y se había mantenido respetuoso de su inocencia todo el tiempo. Los amigos de Olga convenían en que él era apuesto y amable, pero le resaltaban otras objeciones. El dinero y la posición social importaban, como también el apellido de la familia, pese a lo que decían las canciones de amor. En efecto, en los titulares de la prensa norteamericana culpaban de la creciente tasa de divorcios a los cantantes populares que hacían que el amor romántico pareciera algo tan sencillo cuando, como sabía todo el que tuviera una pizca de sentido común, el matrimonio era un quehacer, un arduo quehacer.

Olga no pudo mantenerse ajena a estas ideas. Con la vida prometedora que parecía depararle el futuro, rompió su compromiso. Las toallas ya habían sido bordadas.

Con el tiempo ella llegaría a lamentar haber terminado su relación con Artemio, y a tenerla como una de las peores decisiones de su vida.

Entretanto, después de graduarse con su diploma de magisterio, Olga se vio distraída por una inesperada serie de aventuras y retos que se interpusieron en su camino. Aunque había supuesto que su primera plaza sería en una escuela de La Habana, la mandaron a empacar sus maletas ya que su trabajo la llevaría a servir en aulas de toda Cuba, en la subatendida zona rural. Casi como una joven misionera, a veces viajando por su cuenta, llegó a conocer su isla como pocos, visitando todas las zonas del territorio que se extiende más allá de La Habana: Baracoa, Santiago, Bayamo, Camagüey, Trinidad y Sancti Spíritus. Sin duda que estas contingencias preocupaban a su padre, pero ella le aseguró que dondequiera que iba la trataban muy bien.

La señorita López tenía alumnos de todas las clases sociales — de las familias de los ricos hacendados y de las familias de los peones más pobres. Se sorprendía de que aquellos que poseían muy poco o nada se las arreglaban para ser muy generosos con cualquier cosa que tuvieran. Según enseñaba, también iba aprendiendo: a recoger, por ejemplo, algunos de los remedios populares y rituales de curación de la santería, la magia blanca que combinaba las creencias africanas y caribeñas; al igual que las recetas de cocina de diferentes regiones.

Manolo había sido cocinero en el ejército y le había enseñado a cocinar a sus dos hijas desde temprana edad. A los nueve años, Olga ya preparaba la mayoría de las comidas de su familia. Ahora le añadía a su repertorio las recetas que recogía mientras viajaba por el campo, creando así sus propias versiones de platos tradicionales cubanos, como el arroz con pollo y el lechón asado, que competían entre los más sabrosos, y algunas creaciones eclécticas sin rival: como su arroz frito cubano, inspirado por los descendientes de mercaderes chinos que una vez llegaron a la isla con la esperanza de seguir de largo y nunca se fueron.

Para una mujer joven que había sido tan protegida, Olga López llegó a ser inusitadamente independiente: viajando en varios tipos de transporte que no se limitaban a barcos, trenes y autobuses, sino que en ocasiones también lo hacía en quitrín (un coche de caballos) o incluso a lomo de caballos y de mulos. Muchas veces se sintió acobardada, pero se las compuso para sobrevivir las peripecias del viaje; hasta hubo una ocasión en que uno de sus deberes la llevó de noche a campo abierto donde se vio, a caballo, debajo de un aguacero torrencial, mientras cruzaba un río crecido. El terror se apodero de ella. Por un instante la poseyó el pánico y tiró de las riendas del caballo para obligarlo a regresar, mientras el animal cabeceaba y se encabritaba y casi la lanzó a las turbulentas aguas del río. Ella estaba segura de que iba a morir. Luego cerró los ojos, dejando que la calma descendiera sobre ella al tiempo que se ponía en las manos de Dios, pidiéndole que guiara a su caballo. Debajo de ella, el caballo comenzó a nadar y ella se mantuvo sujeta todo el tiempo a la crin del animal hasta que, finalmente, fue a dar a varios kilómetros de su destino: empapada, aún aterrorizada, pero a salvo.

Siendo bella, fuerte, maestra y enfermera, a la vez que cocinaba como un ángel y bailaba estupendamente, Olga atrajo a muchos pretendientes, entre ellos a un médico, a un ingeniero de azúcar y a un oficial del ejército. A pesar de que ya casi tenía veintitrés años — mayor, según algunos criterios, para no haberse casado todavía — no tenía ninguna prisa en comprometerse, si bien disfrutaba del cortejo de sus pretendientes. Eso cambió cuando Eduardo Suárez Rivas, ministro de agricultura en el gobierno del presidente Carlos Prío comenzó a hacerle insinuaciones indeseadas.

El ministro Rivas la vio por primera vez en una exposición de arte que tuvo lugar en la ciudad de Sancti Spíritus (en la actualidad capital de la provincia cubana de ese nombre) en que se exhibían las obras de sus alumnos. Olga había enseñado en varias escuelas de la región, a la que asistían los hijos de los obreros que laboraban en las grandes plantaciones cañeras, tanto como los hijos de los dueños de las plantaciones. Ella también había seguido ofreciendo sus servicios de enfermera a la gente de la localidad siempre que podía.

La ciudad de Sancti Spíritus — o del Espíritu Santo — le ofrecía otras lecciones de historia que se remontaban a los primeros conflictos del país. Cuando los españoles intentaron establecer la ciudad por primera vez, los nativos habitantes de la zona — hordas de notorias hormigas bravas — montaron una defensa muy bien organizada que hizo insoportable la vida de los conquistadores. Entonces trasladaron la ciudad a otro lugar, donde los piratas la redujeron a cenizas no una sino dos veces. En esos incendios se perdió la primera iglesia de Cuba, la Parroquial Mayor del Espíritu Santo, construida en 1522, reconstruida posteriormente.

En 1896, el joven periodista Winston Churchill visitó la ciudad mientras acompañaba al ejército español como corresponsal de guerra. La lujuriante belleza de la región y la sensación de peligro inminente dejaron su huella en Churchill cuando escapó milagrosamente de morir durante una escaramuza con los insurrectos cubanos.

La señorita López no tuvo el menor indicio de su inminente peligro cuando el jefe del ministerio de agricultura puso sus ojos en ella por primera vez durante la exhibición de las obras de arte de los estudiantes de la ciudad. Aristocrático y caballeroso, el anciano ministro meramente se fijó en ella, disimulando que se había quedado muy impresionado. Puede que se haya vuelto y le haya dicho algo a un joven que estaba a su lado, su sobrino de veintidós años, Antonio Arturo Guillermo Rivas García Rubio — quien también tenía un aire aristocrático y encantador — para indagar quién era. Ni le dijo nada a ella hasta que otra reunión en Sancti Spíritus le ofreció una ocasión al ministro para acercársele, presentarse y preguntarle que de dónde era, cómo había llegado a enseñar en la zona y quién era su familia. Con bastante inocencia, Olga respondió a sus preguntas, agregándole que ella esperaba regresar a La Habana pronto para ver a los suyos.

— Bien, entonces — dijo el ministro Rivas, entregándole su tarjeta — , debes venir a verme cuando estés en La Habana.

El le prometió que si lo hacía — y sus deseos ahora eran claros — él podría conseguirle una promoción.

Puesto que Olga se encontraba aún en un programa de principiantes y todavía no había obtenido sus permanentes credenciales docentes, necesitaba desesperadamente una promoción. Pero no si ello significaba acceder a la lujuria de un hombre más viejo que su padre. Cuando ella no lo fue a ver en La Habana, el funcionario siguió acosándola y ella siguió rechazando sus propuestas, hasta que finalmente él la amenazó de que, a menos que se le entregara, procuraría su despido.

Preocupada de que todos sus estudios y su laborioso trabajo se perdieran por no satisfacer las fantasías de un viejo, Olga se encontró por casualidad con el sobrino del ministro y no pudo dejar de confiarle lo que le ocurría.

Antonio Rivas, o Tony, como sus amigos lo llamaban, la escuchó con simpatía.

— No te preocupes — le dijo — , mi tío cambiará de actitud. Yo me ocuparé de eso.

Fiel a su palabra, hizo valer adecuadamente su influencia y ella pudo conservar su puesto y seguir, por lo pronto, enseñando en la zona de Sancti Spíritus. Olga se sentía en deuda con Tony y agradecía cómo él galantemente se había ofrecido a ayudarla, sin pedirle nada a cambio. O eso creía ella.

Lo que no sospechaba era que tal vez Tony quería probarse a sí mismo al atrapar la inalcanzable mujer que incluso su poderoso tío no había podido conseguir, no tanto porque se hubiera enamorado de ella, sino casi como una suerte de competencia machista. Irónicamente, cuando la visitaba ocasionalmente en las escuelas donde ella enseñaba, Olga supuso que su interés era sólo platónico. Desde luego, a ella no le habría importado que él hubiera tenido intenciones románticas. Con la piel blanca pecosa, el pelo castaño ligeramente rojizo y sus intensos ojos claros — para no mencionar que no era tan alto — él no era su tipo; pero era rico. O al menos eso pensaba ella.

Antonio Arturo Rivas García Rubio había nacido en una de las familias más prominentes de Sancti Spíritus. Su padre, Victoriano Rivas, era venerado localmente como uno de los magistrados de la provincia. La mayoría de la riqueza de la familia provenía de la cría de ganado por la línea de la madre de Tony, María García Rubio. La familia era dueña de una extensa hacienda ganadera llamada Las Minas, donde usualmente residía.

Sí, Olga tenía que admitir que ella estaba impresionada por el abolengo de Tony, por su estilo, su manera impecable de vestir, la elocuencia, con un cierto acento teatral, con que se expresaba y, sobre todo, por sus halagadoras palabras sobre el espíritu de generosidad que él le había visto desplegar en sus clases. Tony le dijo que era obvio cuánto querían los alumnos a su amable, simpática y atractiva maestra, y que él admiraba su bondad contagiosa, que le permitía ganarse la simpatía de la gente con tanta facilidad. También le manifestó su escándalo y su preocupación por las condiciones de trabajo que se veía obligada a soportar — en sitios donde el aire no circulaba bien y sin ventiladores que aliviaran la humedad y el calor monstruosos del trópico — que resultaban insalubres tanto para ella como para los niños; y prometió hacer valer su influencia para encontrar ayuda.

Olga no tardó en advertir que, de esta manera casta y sutil, él la estaba pretendiendo; no con insinuaciones sexuales, sino con un interés personal que era más que el de un amigo generoso, y eso posiblemente — ella puede haber abrigado la secreta esperanza — conduciría a una proposición matrimonial. Esperaba tímidamente porque el cortejo se produjera, pero eso nunca ocurrió. Él no le pidió que fuera su novia, ni la invitó a lugares elegantes para cortejarla. Ni salieron a bailar, ni se tomaron de las manos, ni nunca se besaron.

En lugar de eso, y para su sorpresa, Antonio Rivas llegó a la casa de los padres de Olga sin avisar, durante una de las visitas de ella a La Habana, y quiso hablar a solas con su padre.

— Señor López — Tony comenzó respetuosamente — , no quiero que su hija trabaje más. Las condiciones son intolerables. Ella no debería sufrir tales privaciones.

Manolo se incomodó ante la presunción del joven, consciente de que era un tipo rico que no podía entender el hecho de que algunas personas no podían optar por trabajar o no. Reprimiendo su incomodidad, le contestó:

— Sí, eso es verdad, pero yo no apruebo que una mujer soltera no tenga un trabajo legítimo, con todas las implicaciones que eso conlleva.

— Entiendo — contestó Rivas — . Pretendo casarme con Olga dentro de tres meses. Con su permiso, por supuesto.

— ¡Qué dice usted!, ¿tres meses? ¿Hay alguna razón para una boda tan rápida? — como policía, a Manolo lo habían enseñado a controlar su ira, pero estaba claramente furioso.

Tony se excusó prolijamente por cualquier malentendido, explicándole que deseaba casarse con ella tan pronto como fuera posible para que dejara de trabajar y pudiera ocupar el lugar que le correspondía en el hogar que él quería formar con ella.

— Si por mí fuera, me casaría mañana — afirmó — , pero tomará un tiempito preparar una boda como debe ser y como ella merece. Y también con la ayuda de mis padres — su familia correría con los gastos, recalcó.

Manolo ahora estaba impresionado. ¿Quién era él para interponerse en el camino de que su hija se casara en una familia del nivel de los Rivas García Rubio? Echando a un lado sus primeros recelos, se avino con el plan. Luego Antonio se fue para regresar a Sancti Spíritus — complacido, en efecto, de haberse acabado de comprar una novia bella y virtuosa. Manolo iría a darle la noticia a Olga.

Ella se sentía súper feliz, aunque, de pasada, lamentaba abandonar su trabajo: la enseñanza y especialmente la enfermería. Pero éste era el sacrificio que estaba dispuesta a hacer, si era importante para Tony, porque fuera de eso, su vida estaba a punto de comenzar a parecerse a la realización de un sueño, un cuento de Cenicienta. Entregada a imaginar un futuro de casada con el heredero de una vasta fortuna, Olga no se detuvo a considerar cuán poco ella realmente lo conocía, ni se cuestionó lo que realmente sentía por él, suponiendo acaso que llegaría a quererlo con el tiempo, e ignoró ciertas advertencias a las que de otro modo habría prestado atención.

Por ejemplo: en La Habana, Tony Rivas tenía reputación de mujeriego y problemático. Era un conocido miembro de un club de motociclistas que corrían en grupos por toda la isla a lo largo de carreteras bordeadas de palmas, vistiendo chaquetas de cuero negro y gorras ribeteadas del mismo material, sin otra agenda política que la de obedecer los impulsos de su testosterona. (Posteriormente, las fotos mostraban su notable semejanza con Marlon Brando en Salvaje). Así fue como Tony se ganó su apodo de «El Ciclón»: era el centro de la tormenta que barría La Habana para armar alborotos en los nightclubs, antes de ir a sosegarse en la provincias.

Olga tampoco sabía que la razón por la cual los padres de Tony lo habían enviado a Estados Unidos, a estudiar en una escuela militar de Georgia, era su perturbadora conducta en la infancia y adolescencia que le había dado, como el más joven de sus tres hijos, el papel de oveja negra de la familia. Sabía, sí, que era extremadamente inteligente, capaz de alcanzar el éxito en numerosas habilidades profesionales. Pero no le prestó atención a los indicios de que ya él había dilapidado la mayor parte de su herencia y de que no tenía ningún dinero suyo, y que una de las razones por las que sus padres estaban ansiosos de casarlo era probablemente la esperanza de que el carácter recto y responsable de ella lo afectaría positivamente a él.

Por supuesto, ni los padres ni los hermanos de Tony sugirieron nada de esto cuando llegaron a La Habana unas pocas semanas antes de la boda. A diferencia de la familia López, que tenía más sangre criolla, los Rivas eran esencialmente españoles en su apariencia y actitudes. El padre de Tony, Victoriano, un caballero de aspecto distinguido y pelo cano bien peinado — con cierta semejanza con el presidente Woodrow Wilson — se conducía con el aire majestuoso que acompañaba el cargo de magistrado provincial. La madre de Tony era asimismo elegante, amable y dulce, «una santa» a los ojos de Olga, quien también había quedado muy bien impresionada por José Luis, el hermano mayor de Tony, que era alto y apuesto, de una discreta inteligencia, y por la belleza de su hermana, la blanca y aristocrática María Rosa.

En medio del desarrollo de este cuento de hadas, a sólo unos días de la boda — planeada como una ceremonia sencilla para un buen número de invitados — Olga estaba demasiado entusiasmada y ocupada para darle cabida a las dudas. Pero a Manolo no lo cegaba la parcialidad. Cuando se sentó a conversar con su hija, le dijo con la cara muy seria:

— No te cases con ese hombre.

Atónita, ella se quedó helada hasta que pudo encontrar el valor de preguntarle a su padre por qué había cambiado de opinión respecto a Antonio.

— Porque — Manolo se expresó sin reservas — no es un buen hombre.

¿Le prohibía él que se casara? No, pero le rogaba que cancelara la boda.

— Apunta mis palabras — le advirtió Manolo — : se trata de un niño bitongo.

Olga vio la genuina preocupación de su padre. Sabía que él sólo quería lo que fuese mejor para ella, protegerla por tanto tiempo como pudiera, y también creía que era profundamente perceptivo, que usualmente veía a través de los más sutiles disfraces — una cualidad que ella había heredado de él. De manera que deliberó concienzudamente, sopesando su preocupación contra la idea de cómo reaccionarían los invitados si ella lo cancelaba todo, para no mencionar a los padres de Tony que habían corrido con todos los gastos de la boda y de la espléndida luna de miel, además de la casa que les habían alquilado a los novios en Sancti Spíritus, completamente amueblada con piezas caras y todos los artículos necesarios para que una pareja comience su vida de casada. Finalmente, llegó a la conclusión de que Manolo estaba mostrándose sobreprotector, algo que no era inusitado en cualquier padre a punto de entregar en matrimonio la mano de su hija. No, él tenía que estar equivocado respecto a Tony. Ya vería él.

El 24 de julio de 1953, Olga López se casó con Antonio Rivas en una capilla de su pueblo, Arroyo Naranjo, un suburbio de La Habana. Ella estaba radiante, la novia más asombrosamente bella que cualquiera de los invitados hubiese visto nunca, o así muchos lo reiteraron en la recepción de la boda — lo cual, cosa bastante rara, parecía molestar al novio luego de oírlo decir con cada felicitación. Olga no advirtió que cuando posaron para las fotos de familia, él era la única persona en la fiesta de bodas que rehusó sonreírle a la cámara.

El 26 de julio, dos días después, el hasta entonces poco conocido Fidel Castro y su banda de revolucionarios asaltaban el cuartel Moncada, en Santiago. El golpe resultó un fracaso total y los que sobrevivieron, Castro entre ellos, fueron encarcelados en Isla de Pinos. Pero eso no sería el fin de Fidel ni de la revolución, más bien era el principio del fin de todo lo que Cuba había sido hasta entonces.

Esa misma noche, en su suite de recién casados, el cuento de hadas de mi madre se deshizo rápidamente. Fue el final de todo lo que ella había sido hasta entonces y el comienzo de la pesadilla.

Mientras yo crecía y escuchaba los distintos segmentos de esta historia, mami me libró de los detalles gráficos de cómo tuvo lugar ese primer asalto de parte de mi padre. Ella se las arreglaba para restarle importancia de este modo, siempre refiriéndose jocosamente a papi como «el Caballero».

Parte del escenario que capté fue que, al estilo de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, él llegó a convertirse en uno de esos hombres abusadores que creían que cuando se casaban con una mujer y la despojaban de su virginidad, ella les pertenecía; para golpearla a voluntad, como él podía hacérselo a un caballo que tuviera en la hacienda, de la misma manera que maltrataba a los criados. Por capricho.

Pero hubo algo más, algún misterio en el cuarto que condujo a aquel primer estallido de violencia. Posteriormente, mami me dijo que ella creía que eran los celos debajo de la furia lo que lo llevó a golpearla insensiblemente al tiempo que la llamaba puta y, con un par de tijeras, le arruinaba cada uno de los bonitos vestidos que le habían hecho o comprado para su luna de miel, rompiéndoselos y luego cortándolos en cientos de pedacitos. En lugar de sentirse orgulloso de la buena apariencia de su mujer, se celaba de ella, si es que eso era posible, enfurecido por su belleza y por el modo en que otros la encontraban atractiva.

Mi madre se encerró en un cuarto del hotel, empacó el resto de su ropa en su maleta y tomó la decisión de irse a la mañana siguiente y volver con sus padres. Pero cuando llegó la mañana, la asaltaron las dudas, recordando los votos sagrados que había hecho, sintiéndose avergonzada por no haber escuchado a su padre y no deseando acarrearle más vergüenza a su familia. Pero todas sus voces íntimas le decían: ¡vete!, ¡vete!, ¡vete!

Mi padre se apareció antes de que ella se fuera, lloriqueando a regañadientes al tiempo que estrujaba su pañuelo blanco salpicado de lágrimas. Le aseguró que un exabrupto como ése nunca más volvería a ocurrir y le prometió reemplazarle los vestidos. Durante los próximos días resultó ser una persona encantadora y considerada, pero cuando le trajo los vestidos nuevos ella se sintió humillada al descubrir que eran largos y poco atractivos: ropa severa más apropiada para señoras mayores.

Para entonces ya mami había recobrado su don de visión. Le pidió a sus santos protección y orientación para que la ayudaran a mejorar su desastrosa elección de marido; pero se mantuvo cautelosa. Durante un tiempo, papi sí mejoró, y casi siempre intentaba controlar su temperamento, a veces mostrándole su afecto y su calor, e incluso el lado divertido y seductor de El Ciclón. Desafortunadamente, este era un lado suyo que a él le gustaba mostrarle a los demás también. Luego de salir embarazada, unos tres meses después del matrimonio, mami llegó a enterarse de que la empleada doméstica que trabajaba para ella y papi había hecho una inesperada visita a Las Minas.

La criada había pedido entrevistarse con mis abuelos, a quienes les reveló que había tenido una relación con su hijo Antonio, de quien estaba embarazada. Al parecer, la joven ya había sabido que su patrón no tenía ningún dinero que darle, de manera que apelaba a sus padres para conseguir alguna ayuda económica.

Victoriano — que tal vez se había enfrentado a solicitudes semejantes en el pasado — no cuestionó si ella decía o no la verdad. Pero sí le recordó a la madre soltera que era mayor de edad y que por tanto su bebé era de su sola responsabilidad, y la despachó con las manos vacías.

Mami supo después que la criada había dado a luz una niña, aunque la paternidad nunca se llegó a comprobar. Si papi fue el padre, en alguna parte del mundo mis hermanos y yo tenemos una media hermana, nacida aproximadamente en julio de 1954, por la misma fecha en que mi madre estaba a punto de dar a luz su bebé y la llevaron de urgencia a la Clínica de Los Ángeles.

Durante las angustiosas horas que siguieron, el Dr. Orizondo llegó finalmente a la conclusión de que si podía salvar al bebé, la madre, dado su estado de debilidad, probablemente no sobreviviría al parto. El problema, así me lo explicaba mami, era que Antonio Arturo Rivas Jr., que pesaba más de diez libras, se encontraba al parecer tan a gusto en el ambiente seguro, tibio y acuático del vientre de su madre que sencillamente rehusaba salir. Si es cierto que los bebés ya pueden antes de nacer oír y percibir el mundo que les aguarda, esa explicación habría tenido sentido en el caso de mi familia.

Cuando Tony finalmente nació, el 9 de julio, los signos vitales de mami eran muy débiles y comenzó a desangrarse. Perdió tanta sangre que el Dr. Orizondo estaba seguro ahora de que la vida de mi hermano le costaría a mi madre la suya. Pero con la ayuda de Dios...sobrevivió. Yo me he preguntado si en ese túnel a través del cual se dice que pasamos después de la muerte — el sombrío pasadizo con la gloriosa luz al final donde los santos de mami estarían esperándola para llevarla al cielo — no volvió la espalda y decidió regresar por su nuevo bebé y los otros hijos que habrían de nacerle. Ella puede haber sabido entonces cuánto la necesitaríamos.

Mi padre estaba indudablemente supercontento de tener su primer hijo, que llevaba su nombre, casi como si la bondad y brillantez de Tony Jr. sirvieran para redimir los defectos de papi. Nunca tuve dudas del amor y el orgullo que él sentía por mi hermano. En mi papel de hijo segundo, yo estaba destinado a la posición de tener que hacer un mayor esfuerzo para demostrar mis méritos, y no siempre reconocí el precio que Tony tuvo que pagar, desde temprano, por las expectativas de perfección que papi tenía de él, además del estigma que llevaba por ser el bebé por quien mami casi se muere cuando lo trajo al mundo.

Mi nacimiento, quince meses después, el 1 de octubre de 1955, en la Clínica de Los Ángeles, en Sancti Spíritus (entre ángeles y el Espíritu Santo) fue mucho más afortunado, excepto por la caída accidental que mami se dio el último día de su noveno mes cuando, durante una visita de mi abuela María y abuelo Chucho (la manera cariñosa en que llamábamos a Victoriano) dio un traspié y fue a caer torpemente con su barriga gigantesca sobre el borde de una gaveta. Tal vez fue un presagio de que yo estaba destinado a sufrir serias agresiones físicas más tarde, accidentales y deliberadas.

Cuando mi madre estaba encinta, la violencia de papi tendía a contenerse, por lo que de cierta manera ella tenía suerte de ser tan fértil — si bien, teniendo en cuenta el tamaño de sus bebés, era una bendición a medias. Por suerte, el parto en que yo nací no constituyó el gigantesco trauma que había sido el de Tony, pero yo era aún más grande, con diez libras y media de peso.

— ¡Un hermoso bebé! — mami solía decir siempre que recordaba la ocasión; salvo por una cosa: los dedos. Nací con seis dedos en cada mano, un signo ominoso cuyo significado nunca llegaron a explicarme. El médico me los amputó enseguida y se los guardó a mami en un frasco, que ella mantenía siempre bajo llave, otro secreto de familia.

En honor de mis dos abuelos, mis padres me pusieron por nombre Víctor Manuel Remigio Rivas García Rubio López. En tanto Tony tenía los rasgos y la tez más oscura de mi madre, yo saqué la piel blanca y los ojos claros de papi.

De regreso a casa, mami tenía dos bebés que amamantar, uno en cada pecho. En la iglesia y otras reuniones comunitarias o de familia, presentábamos un hermoso cuadro de una familia cubana de clase alta, cariñosa y feliz. Mi padre era un mago para adoptar la pose de la normalidad. La franca sonrisa de mi madre se fue haciendo forzada. Ella aprendió a guardar más secretos.

Los correteos de papi continuaron. Poco después de mi nacimiento, durante una carrera de ida y vuelta a La Habana, se rompió una pierna en un accidente de motocicleta. Mientras estaba con la pierna enyesada, se ofreció a dormir en el sofá de la sala — para no perturbar el sueño de mami y evitar que ella le fuese a dar accidentalmente un puntapié.

Ella no puso ninguna objeción, pero se preocupó mucho en una ocasión en que despertó a media noche y oyó los gemidos y jadeos de mi padre que al parecer había sufrido un repentino ataque de dolor. Mami corrió a la sala dispuesta a ayudarlo; pero la cama del sofá estaba en desorden y él no estaba allí, como si se hubiera caído y se hubiera ido arrastrando hasta el baño. Al tiempo que aumentaba el volumen de sus gemidos, ella corrió al baño, imaginándose que se había resbalado en el suelo; pero tampoco estaba allí. Siguiendo los ecos de lo que empezaba a sonar más como placer que como agonía, entró en el cuarto de la criada. Luego de un momento de duda, abrió la puerta, y allí estaba mi padre, con yeso y todo, copulando encima de la joven mujer. Mami cerró la puerta, se tragó cualquier humillación que sintiera en el escudo frío y silencioso que empezaba a formársele en torno al corazón, y regresó a su cuarto.

Manolo tenía razón, Antonio Rivas era un niño bitongo: veía algo que le gustaba y lo cogía, con un arrojo que no tenía nada que ver con la forma en que lo criaron. Pero algo más alentador era que papi parecía tomar en serio su papel de proveedor. Cuando él y mami se casaron, su padre le había conseguido un puesto en el Departamento de Justicia — el primer empleo que había tenido nunca — y aunque eso no duró mucho tiempo, a él se le ocurrió una mejor idea y, a fines de 1956, le anunció a mami que había decidido mudarse para los Estados Unidos. Sus tiempos en la escuela militar de Georgia le habían dejado gratos recuerdos de la buena vida en ese país y le aseguró que allí existían cantidad de oportunidades profesionales para las cuales él estaba bien preparado.

Apenas tres años después, empezaría a llegar a las costas de Estados Unidos la primera gran oleada de exiliados cubanos que huía del régimen comunista de Castro y de todo lo que eso entrañaba. Pero nuestra partida no tuvo que ver nada con la revolución, aunque este movimiento se arraigó en las provincias, en parte como reacción a la creciente decadencia y corrupción que florecía en La Habana. Ajeno a los vientos políticos que soplaban, mi padre, tanto entonces como después, simplemente quería mudarse para alguna otra parte, algún lugar mejor (tal vez lejos del escrutinio o del juicio de sus padres y hermanos), e hizo las gestiones para hacerlo lo antes posible.

Debido a que sería más fácil obtener en la capital todos los documentos que hacían falta, los cuatro nos mudamos a La Habana y nos instalamos en la casa de los padres de mami. Poco después, a papi le dieron la visa y se fue antes que nosotros en busca de trabajo y de casa. Durante casi un año, mi madre estuvo esperando que mandara a buscarnos. En el ínterin, ella rara vez tenía noticias suyas y él nunca le envió dinero, de manera que nuestros cuatro abuelos nos mantenían. Finalmente, no mucho después de mi segundo cumpleaños, papi llamó para decir que ya estaba preparado para que nosotros nos reuniéramos con él.

El 26 de octubre de 1957, mami, mi hermano Tony y yo volamos a los Estados Unidos, abandonando oficialmente nuestro país tropical para siempre. Sólo una inmersa memoria de mi primera infancia en Sancti Spíritus subsistía en mí. Otros recuerdos de Cuba los adquirí un año y medio después cuando abuelo Chucho y abuela María nos invitaron a mi hermano y a mí a ir a visitarlos por dos meses en el verano de 1959.

Algunas de las imágenes más indelebles se han conservado, de manera muy general, de lo que era mi conciencia de casi cuatro años entonces, como gruesos y brillantes brochazos de color: en múltiples tonos de verde dondequiera, en las formas de la espesura tropical, en los estrechos y serpenteantes caminos a través de opulentos campos que rebosaban con diferentes clases de cultivos, sabanas donde pastaba el ganado, y una atmósfera tan espesa, debido a la humedad, que reflejaba todos los colores como un prisma. Otros recuerdos eran más vívidos y específicos, como el día en que mis abuelos nos llevaron a la famosa playa de Varadero, donde la arena era tan blanca y crujiente debajo de mis pies que me parecía que estuviera caminando sobre polvo de talco.

Nuestra estancia en Sancti Spíritus, en Las Minas, también dejó vívidas impresiones: el largo camino sin pavimentar bordeado de palmeras gigantescas que conducía a la elegante casa principal de dos plantas, con jardineros, peones, choferes, cocineros, camareros y otros criados (al parecer más numerosos que el número de los verdaderos residentes), todos los cuales parecían celebrar nuestra presencia y complacer nuestros deseos. El más memorable era Moya, el chofer o cochero principal, que trabajaba en la hacienda con su mujer.

Moya era uno de los hombres más notables que yo jamás hubiera visto, de una piel negra como el ébano, tan oscura que era de una tonalidad casi azul, y con un porte distinguido que, en mi percepción, lo ponía a la altura de mi adinerado abuelo. Cuando él no estaba llevando a los miembros de la familia en un auto de lujo, Moya andaba por toda la finca haciendo mandados en un viejo yipi militar descapotable, en el cual Tony y yo nos ofrecíamos a acompañarle siempre que él quisiera llevarnos.

Así fue, hasta el día en que salimos con él y tuvo que regresar a buscar algo. Moya apagó el motor, sacó las llaves y se encaminó a la casa. Tony — que acababa de cumplir cinco años — se deslizó hacia el asiento del chofer, puso las manos en el volante y fingió que estaba manejando.

Divertido, me eché a reír y le dije:

— ¡Déjame probar!

Tony no me hizo caso y se puso a examinar la mecánica de la barra de cambios, tironeándola con bastante fuerza como para cambiar la velocidad y ponerla en neutral. Podíamos sentir como el yipi comenzaba a rodar lentamente en marcha atrás siguiendo la ligera inclinación de la senda mientras intercambiábamos amplias sonrisas de satisfacción. ¡Era mágico!

Tony mantuvo el volante firme mientras comenzamos a ganar velocidad, en el momento exacto en que miramos hacia atrás para ver a Moya que salía de la casa. Corrió hacia nosotros y nos hizo señales con ambas manos, al tiempo que nos gritaba:

— ¡Coño! ¿Qué están haciendo?

Nuestra risa se convirtió en histeria aterradora cuando resultó claro que cuanto más rápido corría Moya detrás de nosotros, tanto más nos alejábamos de él. Al aumentar la velocidad, el yipi, — que afortunadamente no tenía dirección asistida — mantuvo un curso bastante recto en marcha atrás. Retrocedimos todo el trayecto de la entrada de carros y atravesamos la carretera principal pavimentada, yendo a carenar contra una maleza tan tupida que resultó como las bolsas de aire de hoy, amortiguando nuestro choque.

La inmediata preocupación de Moya fue nuestro bienestar, no la culpa que él iba a cargar por el percance. Viendo que estábamos ilesos, aunque traumatizados, nos dijo que habíamos sido en extremo dichosos de que no hubiera tránsito en la carretera y que no hubiéramos chocado o nos hubiéramos volcado en un canal que corría junto al camino. El mensaje de Moya tuvo otra implicación para mí, que un adulto protector haría cualquier cosa a su alcance por cerciorarse de que los niños a su cuidado no sufrieran ningún perjuicio. Los mensajes de mi padre en esta época me decían algo totalmente distinto.

Cuando visitamos a mis abuelos maternos en La Habana, ellos también nos hicieron sentir seguros e incondicionalmente amados. Aunque yo tengo tan solo un borroso recuerdo de su casa y del estilo de vida de esta visita, luego me he preguntado si la sensación de seguridad que asociaba con abuelo Manolo y abuela Muñeca (como la llamaban afectuosamente) provenía de nuestra primera estancia de un año entero con ellos cuando ya papi se había ido para Estados Unidos.

Cuando Tony y yo salimos de Cuba a fines del verano de 1959, nos despedimos de los padres de mi madre sin saber que nunca más los volveríamos a ver.

Sólo unos ocho meses antes, el día de año nuevo, la revolución de Fidel Castro había derrocado al régimen de Batista e inundado el país con revolucionarios en traje de campaña. En nuestra familia no se mencionó el por qué esto sucedía, lo que significaba ni cómo podría afectarnos a nosotros o a nuestros parientes. Ciertamente, la posibilidad de que nunca volveríamos a ver nuestra patria ni siquiera se sugirió.

En la medida en que otros acontecimientos y retos fueron ocupando mi atención, el suelo en que nací y donde di los primeros pasos se fue alejando cada vez más en mis sentimientos, y mis primeros años casi desaparecieron por completo de mi memoria consciente. Muchos años después, tuve un sueño extraño en el cual yo era un bebé, quizá de poco más de un año, que terminé por contarle a mami, como era lo usual, cuando ella estaba ocupada en la cocina, esta vez mientras preparaba unos platos.

En el sueño, le decía yo, sólo llevaba puesto un pañal y tenía la sensación de indefensión y terror de que me caía de espaldas, como en cámara lenta, sujeto de alguna manera a una silla alta.

De espaldas a mí, mientras yo le describía la extraña sensación de vergüenza que acompañaba mi caída en el sueño, vi que ella de repente se había quedado helada. Los hombros se le hundieron en el lavadero y comenzó a temblar de manera espontánea. Estaba llorando.

Sin volver la cabeza, mami me dijo:

— Ay, hijo, ¿cómo te puedes acordar de ese momento? Tú tenías menos de dos años.

Lo que yo no había recuperado en mi sueño fue que un momento antes de darme la caída en la silla alta ese día en Sancti Spíritus, ella, con bastante inocencia, le había dicho a papi que me había encontrado en la silla con las manos metidas en el pañal — obviamente me había descubierto el pene y el placer primordial que provoca el tocárselo — y que ella no sabía qué hacer para desalentar esa conducta.

Mami sacó una lección de este episodio, sería la primera y última vez que le pedía al Caballero que resolviera una situación que afectara a sus hijos y que ella pudiera manejar por sí sola. Para mí la lección tomaría años en inculcarse, trayendo consigo la idea de que cualquier castigo que recibiera, me lo merecía.

En el instante en que papi oyó lo que su segundo hijo, de quince meses, estaba haciendo, se me acercó y me miró, y luego, sin mediar un segundo, me dio un quemante bofetón con el dorso de la mano. La fuerza del golpe no sólo derribó la silla y a mí hacia atrás, sino que me sacó de la silla y me lanzó de cabeza contra la mesa de la sala.

Todo eso me fue devuelto en el sueño a una mayor edad; no obstante, la sensación de caída libre de espaldas, era el primer recuerdo de mi vida y uno de mis pocos recuerdos de Sancti Spíritus.

Copyright © 2005 por Victor Rivas Rivers

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