Billy Bathgate

Billy Bathgate

3.8 10
by E. L. Doctorow, William Lavelle
     
 

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Billy Bathgate is an urban Huck Finn who comes of age in New York City in the 1930s as the protege of Dutch Schultz, one of the most abominable gangsters of his time, but one of life's great teachers as well. See more details below

Overview

Billy Bathgate is an urban Huck Finn who comes of age in New York City in the 1930s as the protege of Dutch Schultz, one of the most abominable gangsters of his time, but one of life's great teachers as well.

Editorial Reviews

Publishers Weekly - Publisher's Weekly
In the poorest part of the Bronx, in the depths of the Depression, a teenage, fatherless street kid who will adopt the name Billy Bathgate comes to the attention of his idol, master gangster Dutch Schultz. Resourceful, brash, daring and brave, the narrator understands that morality will have no influence in lifting him from his poverty; by hitching his wagon to the mobster's star he can hope to provide his gentle, mad mother and himself with a way to rise out of their desolate existence.

The astonishing story of Billy's apprenticeship to Shultz and his education at the hands of the mobster's minions is related by Doctorow with masterful skill, grace and lucidity of prose, inspired inventiveness of scene and true-voiced dialogue. Equally a rollicking adventure and a cautionary tale, both parable of the prodigal son and poignant coming-of-age story, it is mesmerizing reading that soars from the shocking first scene of a gangland execution through episodes of horror, hilarity and sudden, deepening insights. In his odyssey, Billy will learn about human nature as well as extortion and policy rackets; he will travel to the upstate rural community of Onandaga where Schultz will be brought to trial by special prosecutor Thomas E. Dewey; he will be exposed to the world of Park Avenue socialites; he will acquire a gun and better manners; he will discover that the "glamor and class'' of a big-time racketeer is achieved through good business methods as well as violence; he will comprehend the seamy relationship between criminals and politicians, and he will fall in love.

Perhaps the most affecting example of the dichotomy that rules his life occurs when, after having witnessed the most vicious brutalities, he returns to the Bronx and goes shopping with his mother for his first suit. In this stunning, lyrical novel, Doctorow has perfected the narrative voice of a lower-class boy encountering the world (surpassing those of the protagonists of Ragtime, Loon Lake and World's Fair ). He falters only in a sentimental, almost fairytale ending that belies the harsh realities by which the narrative is propelled. But so fine and convincing is this story that the reader accepts in its entirety Doctorow's mythical vision, a dark version of the Horatio Alger fable related with a brilliant twist.

Library Journal
Having grown up poor but ambitious on the Bronx's Bathgate Avenue during the Depression, young Billy is now being educated in the ways of the world. But his is no ordinary education, for Billy is a gangster-in-training employed by the notorious Dutch Schultz. As the story moves fluidly from the violent underworld of New York City to the playgrounds of the rich, Billy falls for "the Dutchman's'' latest lady -- a beauty named Drew Preston who eventually reciprocates his youthful passion. Soon Billy is questioning the actions of the mob he was so eager to join as he seeks to protect Drew from its vengeance. Though at times 15-year-old Billy seems far too precocious, even for a streetwise punk, ultimately we are made to feel his apprehension of the world: that "large, empty resounding adulthood booming with terror.''

An engrossing tale that successfully re-creates worlds gone by in loving and meticulous detail. -- Barbara Hoffert

New York Times Books of the Century
...E.L. Doctorow's shapeliest novel....packed with complex and oddly beautiful street scenes, filled with grime and color.
From the Publisher
“A wonderful addition to the ranks of American boy heroes . . . Huck Finn and Tom Sawyer with more poetry, Holden Caulfield with more zest and spirit . . . The kind of book you find yourself finishing at three in the morning after promising at midnight that you’ll stop at the next page.”—New York Times Book Review
 
“A modern American masterpiece . . . Doctorow takes up the legacies of Fitzgerald and Cheever and adds to them a savage and erotic splendor of his own.”—John le Carré

“Indelible in its fierce energy, its relentless irony, its rawness.”—Philadelphia Inquirer
 
“Riveting . . . mesmerizing . . . unforgettable.”—Time
 
“Enthralling.”—Los Angeles Times
 

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Product Details

ISBN-13:
9780786102945
Publisher:
Blackstone Audio, Inc.
Publication date:
04/28/1992
Edition description:
9 Cassettes
Pages:
30
Product dimensions:
6.82(w) x 9.58(h) x 2.51(d)

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Billy Bathgate


By E. L. Doctorow, César Armando Gómez

Roca Editorial

Copyright © 1989 E. L. Doctorow
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5040-0557-9


CHAPTER 1

Tenía que haberlo planeado, porque cuando llegamos el barco estaba allí con el motor en marcha, agitando el agua, cuya fosforescencia en el río era la única claridad, porque no había luna, ni luces en la caseta donde debería haber estado el encargado del embarcadero ni en el propio barco, ni, por supuesto, las del coche, pero todo el mundo sabía dónde estaba cada cosa, y cuando el gran Packard bajó por la rampa, Mickey el chófer lo frenó de modo que las ruedas apenas hiciesen sonar las tablas, y cuando paró junto a la plancha iba ya con las puertas abiertas y subieron a Bo y a la chica antes de que llegaran siquiera a ser una sombra en medio de toda aquella oscuridad. Y no hubo resistencia. Vi un bulto negro que se movía, eso fue todo, y lo único que oí fue como el ruido que hace alguien que está asustado y tiene una mano ajena sobre la boca; sonaron las puertas, el coche —que seguía con el motor en marcha — se fue y el barco estaba ya poniendo agua por medio antes de que apenas hubiera pasado un minuto. Nadie dijo que no, de modo que salté a bordo y me asomé a la barandilla, asustado, como era de esperar, pero dispuesto; lo había dicho él, yo era un chico dispuesto, capaz de aprender, y —me doy cuenta ahora — también de adorar, de venerar esa rudeza del poder que él había estudiado más a fondo que nadie, ah, y aquella amenazante manera de ser suya que podía hacer que todo acabase en un momento para cualquiera que estuviera en su presencia, ése fue el resultado, por eso estaba yo allí, asustado de que él me considerase un chico dispuesto y del peligro de que realmente se tratase de un loco.

Dejando eso aparte, yo tenía la confianza en mí mismo de los muy jóvenes, que en este caso era la simple presunción de que podría largarme cuando quisiera, en cualquier momento, pues podía correr más que él, fuera del alcance de su rabia, su comprensión y sus dominios, porque yo era capaz de saltar cercas, cruzar callejones, descolgarme por salidas de incendios y bailar a lo largo de los parapetos de las azoteas de todas las casas de vecinos del mundo si llegaba el caso. Era dispuesto, lo supe antes que él, aunque cuando lo dijo hizo algo más que confirmármelo: me hizo suyo. De cualquier modo, yo no pensaba en nada de eso entonces, era sólo algo que había en mí y podría usar en caso necesario, ni siquiera una idea, sino un instinto que aguardaba en mi cerebro por si alguna vez llegaba a necesitarlo, pues de lo contrario, ¿por qué iba yo a saltar ágilmente la barandilla, cuando ya el agua fosforescente iba ensanchándose allá abajo, para observar desde la cubierta cómo se alejaba la tierra y un viento procedente de la negra noche del agua me daba en los ojos y la isla de luces se alzaba ante mí como un gigantesco trasatlántico que se iba, dejándome varado entre aquellos grandes criminales que eran los gánsteres de mi vida y mi época?

Mis instrucciones eran sencillas, y consistían, cuando no estaba haciendo algo que me hubiesen encargado específicamente, en prestar atención, en no pasar por alto nada, y, aunque él no me lo hubiera dicho con tantas palabras, en convertirme en alguien que debía estar siempre observando y escuchando no importa en qué estado me encontrase, amor, peligro, humillación o dolor insoportable, sin perder la másmínima fracción de segundo aunque resultara ser la última.

De modo que supe que aquello tenía que haber sido planeado, aunque teñido de su rabia característica, que a uno le hacía pensar que era algo que acababa de ocurrírsele, como cuando estranguló al inspector de la prevención de incendios y, encima, después le rompió el cráneo; eso, momentos después de haberle sonreído. Supongo que hay maneras más hábiles, pero, comoquiera que se haga, es algo verdaderamente difícil: su técnica consistía en no tener ninguna, se lanzó de un salto gritando con los brazos levantados y fue a dar con todo su peso contra el pobre tipo, lo derribó en una especie de placaje envolvente, aterrizando sobre él con un choque que probablemente le partió el espinazo, ¿quién sabe?, y después, mientras le sujetaba los brazos con las rodillas, le agarró la garganta y presionó con las yemas de sus pulgares sobre el gañote, y cuando asomó la lengua y los ojos se quedaron en blanco golpeó dos o tres veces la cabeza contra el suelo como si tratase de abrir un coco.

Y además estaban todos vestidos de etiqueta, tenía que recordar eso, lazo negro y chaqueta negra con el cuello de caracul, pañuelo blanco de seda y, en el caso del señor Schultz, el sombrero gris perla con la copa partida, como el del presidente. El sombrero y la chaqueta de Bo seguían en el guardarropa. Había habido una cena en el club Embassy, para celebrar el quinto aniversario de su asociación en el negocio de la cerveza, de modo que estaba todo planeado, incluso el menú, y lo único que ocurrió fue que Bo no había comprendido bien de qué iba la cosa y se trajo a su última chica guapa, y yo noté, sin saber siquiera lo que ocurría cuando metieron a los dos en el gran Packard, que ella no formaba parte del plan. Ahora estaba allí, en el remolcador, que parecía totalmente a oscuras desde el exterior; tenían las portillas cubiertas con cortinas y yo no podía ver lo que ocurría pero sí oír la voz del señor Schultz, y aunque no lograba entender las palabras, sí sabía que no estaba contento, y supuse que preferirían no tener a la chica de testigo de lo que le iba a pasar a un hombre al que posiblemente había llegado a apreciar, y después oí o sentí ruido de pasos por una escalerilla metálica, y me volví de espaldas a la camareta y me incliné sobre la barandilla justo a tiempo de ver iluminado un trozo de agua verdosa y embravecida, y debieron de correr la cortina de una portilla porque el agua desapareció. Momentos después oí pasos que volvían.

Dadas las circunstancias, no podía estar muy convencido de haber hecho lo que debía al subir a bordo sin que él me lo dijese. Yo vivía, como todos nosotros, pendiente de su humor, estaba siempre tratando de discurrir nuevos modos de tenerlo contento, todo el mundo trataba siempre de aplacarlo, y cuando estaba haciendo algo que me había encargado él mismo, me desvivía por hacerlo lo mejor posible y cuanto antes, a la vez que preparaba lo que diría en mi defensa si por causas imprevistas le desagradaba. Y no es que creyese en la posibilidad de apelación. De modo que allí estaba yo, cabalgando como un secreto jinete la fría barandilla durante largos minutos de irresolución, mientras las sartas de luces de los puentes que iba dejando a mi espalda me llenaban de añoranzas de mi pasado. Para entonces íbamos ya río abajo, a punto de entrar en las aguas más movidas del mar abierto; el barco empezó a cabecear y me di cuenta de que tenía que ampliar mi base de apoyo para conservar el equilibrio. Además, se estaba levantando viento y en la proa rompían olas que me mojaban la cara. Estaba agarrado a la barandilla, con la espalda apretada contra el costado de la camareta y empezando a sentir el mareo que le acomete a uno al darse cuenta de que el agua es una bestia de otro planeta, y a medida que pasaba el tiempo iba trazando en mi imaginación el retrato de su misterioso poder y su interminable y vasta animosidad, allí bajo el barco que yo cabalgaba, y bajo todos los otros barcos del mundo, que aunque los amarrasen juntos no cubrirían un palmo de su ondulante y jadeante pellejo.

De modo que entré, colándome de costadillo por la puerta entreabierta, fiel a la teoría de que si iba a morir prefería que fuese bajo techo.


Lo primero que vi, apenas empecé a parpadear frente a la cruda luz de la lámpara colgada del techo de la camareta, fue al elegante Bo Weinberg de pie junto a sus puntiagudos zapatos de charol, con los negros calcetines de seda con ligas retorcidos como anguilas muertas junto a ellos y sus pies, blancos, mucho más largos y anchos en apariencia que los zapatos de los que acababa de sacarlos. Estaba contemplándose los pies, quizá porque se trata de partes íntimas del cuerpo que rara vez tenemos ocasión de ver vestidos de etiqueta, y, siguiendo su mirada, sentí que debía compartir su lástima por lo que con toda seguridad estaba pensando, que, después de haber evolucionado tanto, seguimos andando por ahí sobre esas cosas que tienen la punta dividida en cinco partes desiguales cubiertas parcialmente de concha.

Arrodillado frente a él estaba el brusco e impasible Irving remangándole metódicamente hasta las rodillas las perneras del pantalón, adornadas con una negra tira de raso. Irving me había visto, pero prefirió ignorarme, cosa muy característica en él. Era el hombre para todo del señor Schultz; hacía lo que le mandaban y no daba la menor muestra de pensar en ninguna otra cosa. Ahora estaba remangando las perneras del pantalón. Era un tipo de pecho hundido, con el pelo ya ralo y la palidez de los alcohólicos, la típica piel de papel, y yo sabía lo que a los borrachos arrepentidos les cuesta su sobriedad, la concentración que exige, el estado de constante tristeza que provoca. Me gustaba observar a Irving fuera lo que fuese lo que estuviese haciendo, incluso cuando, como ahora, no se trataba de nada extraordinario. Cada doblez de la pernera era exactamente igual al anterior. Lo hacía todo minuciosamente y sin un solo movimiento inútil. Era un profesional, pero, dado que su única profesión consistía en enfrentarse a las contingencias de la vida que había elegido, se comportaba como si la vida fuese una profesión, lo mismo que, supongo —en un empleo más convencional —, haría un mayordomo.

Y, parcialmente tapado por Bo Weinberg y tan lejos de él como yo, pero al lado contrario de la camareta, con la chaqueta abierta, el pañuelo blanco mal colocado, el sombrero gris echado hacia atrás, una mano en el bolsillo de la chaqueta y la otra al costado sosteniendo despreocupadamente una pistola que apuntaba sin especial énfasis a la cubierta, estaba el señor Schultz.

La escena me resultó tan asombrosa que le presté la atención que uno concede a los acontecimientos que le parecen históricos. Todo subía y bajaba al unísono, pero los tres hombres no parecían advertirlo, e incluso el viento era allí un ruido lejano y apagado, el aire olía a alquitrán y a aceite de motor y había rollos de gruesa cuerda amontonados que parecían cubiertas de automóvil, y poleas, aparejos y perchas llenas de herramientas, lámparas de queroseno, abrazaderas y otras muchas cosas cuyos nombres y fines no conocía, pero cuya importancia para la vida náutica acepté de buen grado. Las vibraciones del motor del remolcador eran consoladoramente fuertes allí dentro y pude sentirlas en la mano con que empujé la puerta para cerrarla.

Mi mirada se cruzó con la del señor Schultz y él desplegó de pronto sus blancos dientes, grandes y bien alineados, y su rostro de rasgos rudos se contrajo con una sonrisa de generoso aprecio.

—Es el Hombre Invisible —dijo, y sus palabras me sobresaltaron como si alguno de los retratados en las pinturas de una iglesia hubiese empezado a hablar. Después me di cuenta de que le estaba devolviendo la sonrisa. El júbilo inundó mi pecho juvenil, o quizá fuese el agradecimiento a Dios por concederme al fin aquel momento, en el que mi destino no estaba en la balanza —. Mira esto, Irving; el chico viene de excursión con nosotros. ¿Te gustan los barcos, muchacho?

—Todavía no lo sé —dije sinceramente, sin comprender por qué mi respuesta resultaba tan divertida. Porque ahora se reía a carcajadas con su voz de bocinazo, que me pareció terriblemente indiferente al carácter solemne de la ocasión; era preferible la cara que pusieron los otros dos. Y diré algo más sobre la voz del señor Schultz, dado que era un aspecto tan importante de su capacidad de dominio. No es que fuera siempre alta, sino que tenía una consistencia especial, salía de su garganta con un zumbido armónico, y resultaba de lo más instrumental, de modo que surgía como de una bocina de gramófono, y sin duda la cavidad torácica y los huesos de la nariz contribuían también a producirla, y era una voz de barítono que automáticamente le hacía a uno prestar atención, deseando tener también una voz como aquélla, salvo cuando la levantaba enfadado o se reía como en esta ocasión, pues entonces arañaba los oídos y resultaba desagradable, como me ocurría a mí en aquel momento; o quizá fuese que lo que en realidad me disgustaba era estar tomando parte en una broma a costa de un moribundo.

Había una estrecha tabla a modo de banco, una especie de estante verde colgado de la pared, y me senté en él.

¿Qué podía haber hecho Bo Weinberg? Yo había tenido poco contacto con él; era una especie de caballero andante al que rara vez se veía en la oficina de la calle 149, nunca en los coches y, desde luego, jamás en los camiones, pero que siempre parecía estar en el centro de la operación, como Dixie Davis el abogado o Abbadabba Berman, el genio de la contabilidad; a ese nivel de importancia. Tenía fama de ser quien hacía el trabajo diplomático para el señor Schultz, negociando con otras bandas y llevando a cabo los asesinatos que requerían los negocios. Era uno de los gigantes y tal vez, en cuanto a temible, sólo le aventajaba el propio Schultz. Ahora tenía al descubierto no sólo los pies, sino las piernas hasta la rodilla. Irving se enderezó y le ofreció su brazo, y Bo Weinberg lo tomó como una princesa en un baile y delicada, cautelosamente, metió un pie tras otro en el balde de lavar ropa que tenía enfrente y que estaba lleno de cemento húmedo. Naturalmente, apenas entré había visto cómo el cemento del balde reproducía en miniatura el mar exterior, siguiendo en un continuo vaivén el alzarse y caer del barco sobre las olas.


Yo era capaz de enfrentarme a acontecimientos inesperados, como el de ser bautizado por una tormenta, pero la verdad era que no estaba preparado para aquello, que me falló la confianza en mí mismo al verme como testigo del viaje que estaba a punto de emprender el hombre sentado ante mí mientras le incrustaban los pies en cemento. Me esforzaba por comprender los misterios de aquella noche y la desgraciada pérdida de una vida en su plenitud por la que ahora —me parecía — tañían las boyas a las que había oído impartir con ruido metálico sus solitarias advertencias mientras salíamos a la mar. Pensé que mi calidad de testigo era mi prueba de fuego personal, mientras Bo Weinberg era invitado a sentarse en una silla de cocina que habían colocado a su espalda y después a presentar las manos. Se las ataron juntas por la muñeca con cuerda de tender, nueva y un tanto tiesa, que tenía todavía la forma del rollo en que había llegado de la ferretería, con los perfectos nudos de Irving entre ambas muñecas como si fuesen vértebras. Las manos juntas le fueron colocadas a Bo entre los muslos y atadas a ellos como en el juego de la cuna, arriba y abajo, arriba y abajo, y después todo ello amarrado con tres o cuatro gigantescas vueltas de cuerda a la silla de modo que no pudiese levantar las rodillas, y luego, la silla con otras dos vueltas al balde por las asas, y el nudo final alrededor de una pata de la silla cuando ya quedaba la cuerda justa para hacerlo. Seguramente Bo había visto más de una vez desplegar aquella habilidad de boy scout con algún otro, porque la contemplaba con una especie de admiración distraída, como si también ahora fuese otro el que estaba sentado encorvado en una silla, con los pies metidos en cemento que se iba endureciendo, en la camareta de un barco que navegaba sin luces frente a Coenties Slip, surcando el puerto de Nueva York camino del Atlántico.

La camareta tenía forma ovalada. La escotilla, rodeada por una barandilla, donde habían metido a la chica estaba en el centro de la parte posterior de la cubierta. Hacia la parte delantera había una escalerilla metálica sujeta con pernos que subía, a través de una escotilla, hasta la caseta del timón, donde supuse que estaría el capitán o lo que fuese, atendiendo debidamente a sus asuntos. Yo no había estado nunca en nada más grande que un bote de remos, de modo que todo aquello era, al menos, una buena noticia, que algo como un barco pudiera tener tanto de verdadera construcción, plenamente de acuerdo con las leyes del mar, y que hubiese un medio de hacer tu tenue camino a través de ese mundo que reflejase tan claramente toda una larga historia del pensar.


(Continues...)

Excerpted from Billy Bathgate by E. L. Doctorow, César Armando Gómez. Copyright © 1989 E. L. Doctorow. Excerpted by permission of Roca Editorial.
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