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La Llorona: Novela
     

La Llorona: Novela

by Marcela Serrano
 

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La leyenda cuenta que La Llorona es la madre que deambula por los caminos llamando a los hijos que ha asesinado. Conocemos a la protagonista de esta novela por su llanto invisible, el de una madre que ha perdido a su hija a los pocos días de nacer. ¿En qué la convierte el destino: en asesina o salvadora? ¿Qué ocurrió

Overview

La leyenda cuenta que La Llorona es la madre que deambula por los caminos llamando a los hijos que ha asesinado. Conocemos a la protagonista de esta novela por su llanto invisible, el de una madre que ha perdido a su hija a los pocos días de nacer. ¿En qué la convierte el destino: en asesina o salvadora? ¿Qué ocurrió realmente en ese hospital con su pequeña? Unida a otras mujeres en su misma situación buscará las respuestas, conseguirá alzar su voz y rebelarse contra la adversidad.

Product Details

ISBN-13:
9780061700651
Publisher:
HarperCollins Publishers
Publication date:
05/27/2008
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
176
Product dimensions:
5.20(w) x 7.80(h) x 0.60(d)

Read an Excerpt

La llorona
Novela

Capítulo Uno

Tú la mataste.

Eso me dijeron en el pueblo. Y me llamaron la Llorona.

No porque derramara lágrimas sin ton ni son. Nunca regalé el llanto, ni de pequeña. Hoy era calladito. Hasta mis gritos se ahogaban como si me atravesaran la garganta con una herramienta afilada de las que se encuentran en el potrero. Media garganta grita también a medias. Me llamaron así por la leyenda, por el alma en pena de una madre que asesinó a sus hijos ahogándolos en el río. Dicen que vaga por las noches en los lugares cercanos llorando y lamentando sus muertes. Dicen también que las noches de tormenta se abren ante ella sin descanso y el corazón se le escapa del cuerpo junto a sus sollozos. Es la Llorona.

Hubiese sido yo la asesina. Miraría escarbar a los perros, tocaría los nudos, nombraría las cosas, todo lo caído sería sólo lo caído. Pero cuando mis vecinas me vieron volver con las manos vacías, no me creyeron. Que cómo, que ayer la niña estaba bien, que dónde el cadáver, que qué funeral, que nada. Me fui hacia el río como la asesina de la leyenda y lloré.

Lloraba por sus manos calentitas. No tenían ruido esos recuerdos. Había caminado y caminado hiriendo mis pies sin poder creer que hubiese muerto. Las vecinas tenían razón, mejoraba ese viernes cuando la vi por última vez en la hora de visitas. El sábado me la perdí porque estaba en rayos. Hasta el polvo del camino se helaba el domingo cuando llegué al hospital; pensaba en esas manoschiquitas y tibias que me quitarían el frío mío, las que podría besar cuantas veces se me antojara. Se lo cuento a ustedes, de esta forma me lo dijeron: Señora, su hija ha muerto. Nada más. Que fuera a hablar al primer piso. No podía moverme, sentía mi cuerpo aún más entumecido que al llegar, ya no sólo las manos sino toda entera, la cabeza, el corazón. Nadie me compadecía. Inerte, tomé el teléfono público y llamé al padrino. Seguro que él hizo los trámites, el marido estaba en la construcción y la obra no tenía teléfono. El dueño del taxi de la carnicería fue a avisarle. Recuerdo primero el frío, luego el hielo, al fin la pesadilla. Desperté cuando pedí verla y nadie me la supo encontrar. Se acabó la hora de visitas, me dijeron; que me retirara, que ya era de noche. No me moví. Matarlos a todos, sí, que se murieran. Recé a Dios que enviara un cataclismo y destruyera la ciudad entera, que se derrumbara piedra a piedra todo el hospital y su gente, una a una esas enfermeras que hablan bajito como si consolaran, uno a uno esos doctores, los que no estaban para cosas administrativas, como si la muerte fuese cosa de administración, los dioses esos sin alma. Cuando al fin llegó el marido la cosa se puso fea, que quería enterrar a su hija, que quería verla muerta. A puro calmante le bajaron sus gritos. Nos fuimos a la mañana siguiente y la luz barrió la pena helada. Me agité con una rabia nueva, desconocida, era urgente esta rabia, se pegaba a mi esqueleto: debía encontrar el cuerpo de la niña, despedirme de ella.

Fueron dos días de trámites mientras su cuerpito frío de muerte deambulaba vagabundo en algún lugar sin vestido para enterrarse. Nos recibió el mandamás y nos habló de la incineración. A la hora del fallecimiento no estábamos, según él; hubo que enviarla a la morgue, son los procedimientos, un cuerpo no reclamado, mucho muerto para poco espacio. Yo estaba aquí el día domingo, señor, llegué temprano y no me moví. Silencio. Y estuvimos el lunes, y el martes. No me he movido del hospital. Yo estaba aquí. Yo estaba aquí. Pero nada. Entiendo su arrebato, señora, me hago cargo de su dolor. El marido se asustó con mis gritos y mi empecinamiento. Con tanta insistencia mía. Recibió el certificado de defunción. Vámonos de una vez para siempre, me dijo, no volvamos a pisar este lugar.

Las cenizas no se visten, las cenizas no pasan frío.

En la única iglesia del pueblo prendieron velas a la virgen, hicieron misa de entierro que no era entierro y cada uno para su casa, mis pechos cargados de leche y, zumbando la cabeza llena de vientos helados, oía el murmullo de las vecinas: la Llorona, la Llorona. Si al menos el marido escuchara, pero él siempre callado, sin meterse con nadie. Su hermana vino a cuidarme.

Se me cortó la leche, no fui más a trabajar y quería morir. Sólo eso recuerdo.

Algún lunes nebuloso lavaba yo la ropa en la artesa cuando algo me pasó por el cuerpo y me quedé sin movimiento. No sé bien qué vi, quizá oí una voz, no lo sé, pero créanme, mi corazón tuvo una certeza: la niña estaba viva. No se les había muerto, me la habían robado. La idea ondulaba en torno a mí, liviana y cierta, como rodea el sol a la mañana. Apurada, me sequé las manos y partí, dejando la ropa mojada y sin colgar. Tomé el colectivo, fui a la obra a ver al marido y se lo conté. Me mandó de vuelta, que parara el cuento, que hiciera otro niño, que para eso era joven, que terminara con la historia esta. Ya en la casa tomé una silla de la pieza y la instalé bajo la palma, el único árbol de nuestro jardín. Mi cuñada había partido. Estaba sola. Eso me gustó, me permitía un destierro. Nunca entonces me sentaba a pensar, ni se me ocurría hacerlo, ignorante sobre si otros tenían el tiempo y las ganas de tal ocio. Sólo pensar. Sentada bajo el árbol, en compañía de unos pájaros a los que no miré, cruzadas las manos serenas sobre el vientre, hice un esfuerzo por recordar. Con calma y precisión asalté uno a uno los momentos. Se equivocaban las vecinas si pensaban que, indiferente, le había dado un empujón al tiempo.

La llorona
Novela
. Copyright � by Marcela Serrano. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold.

Meet the Author

Marcela Serrano publicó su primera novela, Nosotras que nos queremos tanto, en 1991, la cual recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. En 1993 ganó el Premio Municipal de Novela con Para que no me olvides. Luego siguieron, entre otras, Antigua vida mía, El albergue de las mujeres tristes y Nuestra Señora de la Soledad. Sus libros son bestsellers y han sido llevados al cine y traducidos a varios idiomas, y los críticos la han destacado como una de las voces más importantes de Latinoamérica. Desde hace algunos años vive en México.

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