Buenos días, Espíritu Santo

Buenos días, Espíritu Santo

by Benny Hinn
     
 

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Benny Hinn comparte los recursos y verdades que Dios le ha enseñado a través de los años. Comenzando con un dramático encuentro, este libro desvela el tránsito poco común de Hinn hacia un entendimiento de y compañerismo con el Espíritu Santo.

Overview

Benny Hinn comparte los recursos y verdades que Dios le ha enseñado a través de los años. Comenzando con un dramático encuentro, este libro desvela el tránsito poco común de Hinn hacia un entendimiento de y compañerismo con el Espíritu Santo.

Product Details

ISBN-13:
9780881139174
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
09/07/2005
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
208
Sales rank:
725,151
Product dimensions:
5.20(w) x 7.90(h) x 0.70(d)
Age Range:
13 - 17 Years

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Buenos días, Espíritu Santo


By Benny Hinn

Grupo Nelson

Copyright © 2005 Editorial Caribe, Inc.
All rights reserved.
ISBN: 978-0-88113-917-4



CHAPTER 1

«¿Puedo conocerte realmente?»


Tres días antes de la Navidad de 1973, el sol todavía estaba saliendo en aquella mañana fría y nebulosa de Toronto.

De repente Él estaba allí. El Espíritu Santo entró en mi cuarto. Él era tan real para mí aquella mañana como lo es para ti el libro que tienes en tus manos.

En las ocho horas siguientes, tuve una experiencia increíble con el Espíritu Santo.

Cambió el curso de mi vida. Lágrimas de asombro y gozo rodaron por mis mejillas al abrir las Escrituras, y Él me dio las respuestas a mis preguntas.

Parecía que mi cuarto se había elevado al hemisferio del cielo. Y yo quería quedarme allí para siempre. Había acabado de cumplir veintiún años, y esa visitación fue el mejor regalo de cumpleaños o Navidad que jamás yo haya recibido.

Al final del pasillo estaban mi mamá y mi papá. Ellos posiblemente nunca entenderían lo que le estaba pasando a su Benny. En realidad, si ellos hubieran sabido lo que yo estaba experimentando, podría haber sido el punto de rompimiento de una familia que ya estaba al borde de desmoronarse. Por casi dos años —desde el día que yo le di mi vida a Jesús— no había comunicación entre mis padres y yo. Era horrible. Como el hijo de una familia inmigrante de Israel, yo había humillado la familia rompiendo la tradición. Ninguna otra cosa en mi vida había sido tan devastadora.

En mi cuarto, sin embargo, había puro gozo. Sí, era inefable. Sí, ¡estaba lleno de gloria! Si se me hubiera dicho sólo cuarenta y ocho horas antes de lo que estaba a punto de pasarme, yo habría dicho: «De ninguna manera». Pero desde ese mismo momento, el Espíritu Santo se hizo vida en mí. Ya Él no era la lejana «tercera persona» de la Trinidad. Él era real. Tenía personalidad.

Y ahora yo lo quiero compartir contigo.

Mi amigo, si estás listo para comenzar una relación con el Espíritu Santo que sobrepasa todo lo que has soñado posible, continúa leyendo. Si no, déjame sugerirte que cierres la tapa de este libro para siempre. Así es. ¡Cierra el libro! Porque lo que estoy a punto de compartir transformará tu vida espiritual.

De repente te sucederá a ti. Puede que sea cuando estés leyendo. Quizás cuando estés orando. O cuando vayas de camino a tu trabajo. El Espíritu Santo va a responder a tu invitación. Él va a llegar a ser tu amigo más íntimo, tu guía, tu consolador, el compañero de toda tu vida. Y cuando tú y Él se encuentren, dirás: «¡Benny! ¡Déjame decirte lo que el Espíritu ha estado haciendo en mi vida!»


El poder de Dios revelado

Una noche corta en Pittsburgh

Un amigo mío, Jim Poynter, me había pedido que fuera con él en un ómnibus fletado a Pittsburgh, Pensilvania. Había conocido a este ministro metodista libre en la iglesia que yo asistía. El grupo iba a una reunión de una evangelista que sanaba, Kathryn Kuhlman.

Sinceramente, sabía muy poco de su ministerio. Yo la había visto en televisión, y ella me había disgustado totalmente. Pensé que hablaba gracioso y lucía un poco extraña. Así que no estaba lleno de expectación.

Pero Jim era amigo, y yo no quería defraudarlo.

En el ómnibus le dije a Jim: «Jim tú jamás sabrás el mal rato que tuve con mi padre sobre este viaje». Después de mi conversión, mis padres hicieron todo lo que pudieron para que yo fuera a la iglesia. ¿Y ahora un viaje a Pittsburgh? Estaba fuera de la posibilidad, pero refuñando me dieron permiso.

Salimos de Pittsburgh el jueves a media mañana. Y lo que pudo haber sido un viaje de siete horas se tardó más por una abrupta tormenta de nieve. No llegamos a nuestro hotel hasta la una de la mañana.

Entonces Jim dijo: «Benny, tenemos que levantarnos a las cinco».

«¿Cinco de la mañana? Pregunté yo. «¿Para qué?

Él me dijo que si no estábamos a las puertas del edificio para las seis, no conseguiríamos asiento.

Bueno, yo no lo podía creer. ¿Quién ha oído jamás de estar parado en el frío helado antes de salir el sol para ir a la iglesia? Pero él dijo que eso era lo que teníamos que hacer.

El frío era glaciar. A las cinco me levanté y me puse toda la ropa que pude encontrar: botas, guantes. Parecía un esquimal.

Llegamos a la Primera Iglesia Presbiteriana, en el centro de Pittsburgh, mientras todavía estaba oscuro. Pero lo que me asombró fue que cientos de personas ya estaban allí. Y las puertas no se abrirían hasta dos horas más tarde.

Ser pequeño tiene algunas ventajas. Yo comencé a abrirme paso más y más hacia las puertas —y halando a Jim detrás de mi. Aún había gente durmiendo en los escalones del frente. Una mujer me dijo: «Ellos han estado aquí toda la noche. Es así cada semana».

Cuando estaba parado allí, de repente comencé a vibrar —como si alguien hubiera agarrado mi cuerpo y comenzado a sacudirlo.

Por un momento pensé que el frío glaciar me había invadido. Pero yo estaba vestido con ropas dobles, y ciertamente no sentía frío. Un sacudimiento incontrolable vino sobre mí.

Nunca antes nada como eso me había pasado. Y yo no paraba. Estaba demasiado avergonzado para decírselo a Jim, pero yo podía sentir mis huesos crujiendo. Lo sentía en mis rodillas. En mi boca. «¿Qué me estaba pasando? — me preguntaba—. ¿Es éste el poder de Dios?» Yo no entendía.


Corriendo a través de la iglesia

Para entonces las puertas estaban a punto de abrirse, y la multitud presionaba hacia delante hasta que apenas yo podía moverme. Aún la vibración no paraba.

Jim me dijo: «Benny, cuando esas puertas se abran, corre tan rápido como puedas».

«¿Por qué?» pregunté.

«Si no corres, ellos correrán sobre ti». El había estado allí antes y sabía qué esperar.

Bueno, nunca pensé que estaría en una carrera yendo a la iglesia, pero allí estaba yo. Y cuando aquellas puertas se abrieron, salí como un corredor olímpico. Pasé a todo el mundo: mujeres ancianas, hombres jóvenes, a todos ellos.

De hecho, llegué a la fila del frente y traté de sentarme. Un ujier me dijo que la primera fila estaba reservada. Más tarde supe que el personal de la señorita Kuhlman escogía las personas que se sentaban al frente. Ella era tan sensible al Espíritu que quería sólo los que la apoyaban con oración positiva al frente de ella.

Con mi problema de tartamudo severo, sabía que sería en vano discutir con el ujier. La segunda fila ya estaba llena, pero Jim y yo encontramos lugar en la tercera fila.

Pasaría otra hora hasta que comenzaba el servicio, así que me quité mi abrigo, mis guantes y mis botas. Mientras descansaba, me di cuenta de que estaba temblando más que al principio. No paraba. Las vibraciones iban a través de mis brazos y piernas como si yo estuviera conectado a alguna clase de máquina. La experiencia era extraña para mí. Para ser sincero, yo estaba asustado.

Mientras tocaban el órgano, todo lo que yo podía pensar era en el temblor de mi cuerpo. No era una sensación de «enfermedad». No era como si yo estuviera contrayendo un catarro o virus. De hecho, mientras seguía, más hermoso era. Era una sensación rara que no parecía física del todo.

En ese momento, casi de ninguna parte, apareció Kathryn Kuhlman. En ese instante, la atmósfera de ese edificio se cargó. Yo no sabía qué iba a pasar. Yo no sentía nada alrededor de mí. Ni voces. Ni ángeles celestiales cantando. Nada. Todo lo que sabía era que había estado temblando por tres horas.

Luego, al comenzar los cantos, me hallé a mí mismo haciendo algo que nunca lo esperé. Yo estaba en pie. Mis manos estaban levantadas, y lágrimas corrían por mis mejillas mientras cantábamos «Cuán grande es Él».

Era como si yo hubiera explotado. Nunca antes habían salido lágrimas de mis ojos tan rápido. ¡Hablar de éxtasis! Fue un sentimiento de gloria intensa.

Yo no estaba cantando en la forma que normalmente canto en la iglesia. Cantaba con todo mi ser. Y cuando llegamos a las palabras, «Mi corazón entona la canción», literalmente las canté con el alma.

Yo estaba tan absorto en el Espíritu de ese himno que tomó unos minutos para que me diera cuenta de que mi temblor había parado completamente.

Pero la atmósfera de aquel servicio continuaba. Pensé que yo había sido totalmente arrebatado en un éxtasis.

Estaba adorando más allá de todo lo que jamás había experimentado. Era como estar cara a cara con la verdad espiritual pura. No sé si alguien más lo sintió o no, pero yo lo sentí.

En mi joven experiencia cristiana, Dios había tocado mi vida, pero nunca como Él me estaba tocando ese día.


Como una ola

Mientras estaba parado allí, adorando al Señor, abrí mis ojos para mirar alrededor, porque súbitamente sentí una corriente. Y yo no sabía de donde venía. Era suave, lenta, como una brisa.

Miré los vitrales en las ventanas. Pero todas estaban cerradas. Y eran demasiado altas para permitir tal corriente.

La brisa rara que sentí, sin embargo, era más como una ola. La sentí bajar en un brazo y subir en el otro. De hecho, la sentía moverse.

¿Qué estaba pasando? ¿Tendría yo alguna vez el valor para decirle a alguien lo que sentía? Pensarían que perdí la razón.

Por lo que pareció diez minutos, las olas de aquel viento continuaron lavándome. Y luego sentí como si alguien hubiera cubierto mi cuerpo con una cubierta pura—una frazada de afecto.

Kathryn comenzó a ministrar a la gente, pero yo estaba tan absorto en el Espíritu que realmente no me importaba. El Señor estaba más cerca de mí de lo que jamás había estado.

Sentí que necesitaba hablar con el Señor, pero todo lo que podía decir era: «Querido Jesús, por favor, ten misericordia de mí». Lo dije otra vez: «Jesús, por favor, ten misericordia de mí».

Me sentí tan indigno.

Me sentí como Isaías cuando entró en la presencia del Señor. «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, habitando en medio del pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isaías 6.5).

La misma cosa pasó cuando la gente vio a Cristo. Inmediatamente estuviera alumbrando sobre mí. Todo lo que yo podía ver eran mis debilidades, mis faltas y mis pecados.

Una y otra vez decía: «Querido Jesús, por favor, ten misericordia de mí».

Entonces oí una voz que yo sabía tenía que ser el Señor. Era tan gentil, pero era inconfundible. Me dijo: «Mi misericordia es abundante en ti».

Mi vida de oración hasta ese momento era la de un cristiano promedio. Pero ahora no sólo yo estaba hablando con el Señor. Él estaba hablando conmigo. Y ¡oh, qué comunión fue esa!

Poco me daba cuenta de que lo que me estaba pasando en la tercera fila en Primera Iglesia Presbiteriana de Pittsburgh era sólo la prueba de lo que Dios había planeado para el futuro.

Aquellas palabras sonaron en mis oídos. «Mi misericordia es abundante en ti».

Me senté llorando y gimiendo. No había nada en mi vida que se comparara a lo que yo sentía. Yo estaba tan lleno y transformado por el Espíritu que no me importaba nada más. No me importaba si una bomba nuclear cayera en Pittsburgh y todo el mundo valora. En ese momento sentí lo que la Palabra describe, como «paz ... que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4.7).

Jim me había hablado de los milagros en las reuniones de la señorita Kuhlman. Pero yo no tenía idea de lo que estaba a punto de ver en las próximas tres horas.

Gente sorda, de repente oía. Una mujer se levantó de su silla de ruedas. Había testimonios de sanidad de tumores, artritis, dolores de cabeza, y más. Aun sus críticos más severos han reconocido las sanidades genuinas que ocurrieron en sus reuniones.

El servicio fue largo, pero parecía un momento fugaz. Nunca en mi vida había sido yo tan movido y tocado por el poder de Dios.


¿Por qué ella lloraba?

Mientras continuaba el servicio y yo oraba silenciosamente, todo se paró de momento. Yo pensé: «Por favor, Señor, permite que esta reunión nunca termine».

Miré hacia arriba para ver a Kathryn con cabeza entre las manos al comenzar a sollozar. Ella lloró, y sollozó tan alto que todo se quedó quieto. La música se paró. Los ujieres se quedaron pasmados donde estaban.

Todos tenían sus ojos puestos en ella. Y en cuanto a mí, yo no tenía idea de por qué ella lloraba. Nunca antes había visto a un ministro hacer eso. ¿Por qué lloraba?

(Me dijeron más tarde que ella nunca había hecho eso antes, y miembros del personal todavía hoy lo recuerdan).

Continuó por lo que pareció ser como dos minutos.

Luego echó su cabeza hacia atrás. Allí estaba ella, a sólo unos cuantos pies en frente de mí. Sus ojos estaban encendidos. Ella estaba vehemente.

En aquel instante, con un denuedo que yo nunca antes había visto en ninguna persona, señaló con su dedo hacia el frente con un tremendo poder y emoción—aun dolor. Si el diablo mismo hubiera estado allí, ella le hubiera echado a un lado con solo una palmada.

Fue un momento de dimensión increíble. Todavía llorando, ella miró a la audiencia y dijo en intensa agonía: «Po-or f-a-a-vor, no contristen al Espíritu Santo».

Ella estaba implorando. Si puedes imaginarte a una madre implorando a un asesino que no le dispare a su bebé, así era. Ella imploró y pidió.

«Por favor», sollozó, «no contristen al Espíritu Santo».

Aún ahora puedo ver sus ojos. Era como si estuviera mirando directamente hacia mí.

Y cuando lo dijo, uno podía dejar caer un alfiler y oírlo. Yo tenía miedo de respirar. No movía un músculo.

Estaba agarrado del banco frente a mí, preguntándome qué pasaría después.

Luego ella dijo: «¿No entienden? ¡Él es todo lo que yo tengo!»

Yo pensé, ¿De qué está hablando ella?»

Luego continuó su ruego apasionado, diciendo: «¡Por favor! No lo hieran. Él es todo lo que tengo. ¡No lo hieran a Aquel a quien amo!»

Nunca olvidaré esas palabras. Todavía puedo recordar la intensidad de su respiración cuando ella las dijo.

En mi iglesia, el pastor hablaba del Espíritu Santo.

Pero no así. Sus referencias tenían que ver con los dones o lenguas o profecía—no de «Él es mi amigo más personal, más íntimo, más amado». Kathryn Kuhlman me estaba hablando acerca de una persona que era más real que tú o yo.

Luego ella señaló con su dedo directamente hacia mí, y me dijo con gran claridad: «¡Él es más real que ninguna otra cosa en este mundo!»


Yo tengo que tenerlo

Cuando ella miró y dijo esas palabras, algo literalmente me asió por dentro. Realmente me asió. Yo grité y dije: «Yo tengo que tenerlo».

Francamente, yo pensaba que todo el mundo en aquel servicio se sentiría exactamente en la misma forma que yo me sentía. Pero Dios tiene una forma de tratar con nosotros como individuos, y yo creo que aquel servicio fue para mí.

Por favor entiéndame, como un cristiano más bien nuevo, yo no podía comenzar a comprender qué estaba pasando en aquel servicio. Pero no podía negar la realidad y el poder que sentí.

Y al concluir el servicio, miré a la mujer evangelista y vi lo que parecía ser una nube alrededor y sobre ella. Al principio pensé que mis ojos me estaban engañando. Pero allí estaba. Y su rostro brillaba como una luz a través de aquella nube.

Y no creo ni por un momento que Dios estaba tratando de glorificar a la señorita Kuhlman. Pero sí creo que Él usó aquel servicio para revelarme Su poder.

Cuando se terminó el servicio, la multitud salió, pero yo no quería moverme. Había llegado corriendo, pero ahora sólo quería sentarme y reflexionar en lo que acababa de pasar.

Lo que yo había sentido en aquel edificio era algo que mi vida personal no me ofrecía. Yo sabía que cuando regresara a mi hogar, la persecución continuaría.

Mi autoestima estaba prácticamente destruida por el impedimento de mi habla. Aun cuando era un niño en los colegios católicos, mi impedimento me dejaba casi sin poder hablar con nadie.

Aun cuando llegué a ser cristiano, tuve muy pocos amigos. Todo lo que tenía en la vida era Jesús. Y nada más en la vida tenía mucho significado. Yo no tenía un futuro prometedor. Mi familia prácticamente me había dado la espalda. Oh, yo sé que me amaban, pero mi decisión de servir a Cristo había creado un abismo que era demasiado profundo.

Me senté allí. Después de todo, ¿quién desea ir al infierno después de haber estado en el cielo?

Pero no había alternativa. El ómnibus estaba esperando y yo tenía que regresar. Me detuve al fondo de la iglesia por un momento más, pensando: «¿Qué quería decir ella? ¿Qué estaba diciendo cuando habló sobre el Espíritu Santo?»


(Continues...)

Excerpted from Buenos días, Espíritu Santo by Benny Hinn. Copyright © 2005 Editorial Caribe, Inc.. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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Meet the Author

Benny Hinn nació en Jaffa, Israel. Es un notable evangelista, maestro y autor de éxitos de librería como Buenos días Espíritu Santo, La sangre y muchos otros. Su programa televisivo, "¡Este es tu día!", es uno de los programas más visto del mundo transmitido en más de doscientos países. Es un ministro internacional desde hace más de tres décadas, y ha predicado el Evangelio cara a cara y a través de la televisión a millones de personas.

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