Cartas desde el corazón

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Las cartas que conforman este libro nacieron del corazón del autor y pretenden llegar a los corazones de todos aquellos que las lean. Algunas vieron la luz en un crudo invierno, con el alma casi helada. Otras nacieron entre las flores de la más sublime primavera. Pero todas ellas, sin excepción, fueron redactadas cuando su autor pudo escuchar la voz de Dios susurrando y humedeció la pluma en el corazón para extraer el néctar de experiencias casi sagradas.
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Las cartas que conforman este libro nacieron del corazón del autor y pretenden llegar a los corazones de todos aquellos que las lean. Algunas vieron la luz en un crudo invierno, con el alma casi helada. Otras nacieron entre las flores de la más sublime primavera. Pero todas ellas, sin excepción, fueron redactadas cuando su autor pudo escuchar la voz de Dios susurrando y humedeció la pluma en el corazón para extraer el néctar de experiencias casi sagradas.
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Product Details

  • ISBN-13: 9788415404439
  • Publisher: Nelson, Thomas, Inc.
  • Publication date: 7/10/2012
  • Language: Spanish
  • Edition number: 2
  • Pages: 196
  • Product dimensions: 5.50 (w) x 8.30 (h) x 0.50 (d)

Meet the Author

José Luis Navajo,Tras muchos años de pastorado, en la actualidad es conferenciante en ámbitos internacionales y ejerce como profesor en el Seminario Bíblico de Fe. Es comentarista en diversos programas radiofónicos y es columnista en publicaciones digitales. Su otra gran vocación es la literatura, con dieciséis libros publicados. Lleva treinta años casado con su esposa, Gene, con quien tiene dos hijas: Querit y Miriam.

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Cartas desde el Corazón


By JOSÉ LUIS NAVAJO

Grupo Nelson

Copyright © 2012 José Luis Navajo
All right reserved.

ISBN: 978-84-15404-46-0


Chapter One

CARTA A UNA PERSONA ÚNICA

La oración debería ser la llave del día y el cerrojo de la noche.

Thomas Fuller

Deseo que la carta que inaugure este correo sagrado sea la dirigida a la persona más importante en mi vida.

Sin ella —sin esa persona— ni podría ni querría enfrentar otra jornada.

Nada tiene sentido si ella no se lo da. No hay camino apetecible sin el frescor de su presencia y el calor de su compañía.

Esa persona única marca mi norte y es mi horizonte; ni de respirar tendría ganas sin su respiración a mi lado. ¡Para qué quiero la vida sin su vida!

Pero cada día percibo su cercanía y capto su complicidad, y eso supone capital suficiente para cubrir toda deuda y fuerza de sobra para afrontar cualquier batalla.

Gracias por estar a mi lado, persona única, especial ... insustituible.

Gracias, Espíritu Santo.

Amado Espíritu Santo:

Hoy, por fin me decido a escribirte; te ruego que perdones la forma, acaso algo irreverente, de dirigirme a ti. Ignoro si en el pasado alguien te ha escrito una carta, pero ocurre que sobre el papel me es más fácil ordenar las ideas y pensamientos que con profundo amor, respeto y reverencia quiero transmitirte.

Te doy gracias ... muchas gracias por haberte acercado a mí. Aún no lo entiendo, no sabía que era posible una experiencia así contigo, pero tu proximidad me ha hecho vibrar.

Me has seducido ...

El primer amor no fue más fuerte ...

Ahora sé que estoy enamorado de ti. A tu lado, en la intimidad, el tiempo pasa tan deprisa ... Amo la quietud de tu presencia. El silencio sagrado que, tras ser respetado, es roto por el susurro de tu voz.

Precioso Espíritu, pareciera que estemos en nuestra luna de miel, pero te ruego que este idilio se prolongue mientras viva y que solo concluya para iniciar un nuevo y definitivo romance allí donde el tiempo ya no cuenta.

No me importa enloquecer de amor por ti.

Bendito Espíritu, ahora que has comenzado a ser real para mí quiero que no exista distancia alguna entre nosotros. Que tu respiración sea música en mis oídos y dejar de escucharla mi tortura.

Tú descorres ante mí el velo que me separa del Dios Padre y del Dios Hijo y me los muestras poderosos, preciosos, deseables ...

Eres sensible. Ahora entiendo por qué se te relaciona con la paloma, pues el más mínimo ruido fuera del orden de la santidad te hace levantar el vuelo triste y dolido.

Anhelo que mi vida sea una armonía de pureza donde puedas batir tus alas feliz y con libertad.

Te amo, sí, te amo.

De forma inconsciente, en el pasado apoyé la doctrina de quienes te despojan de tu categoría de persona para darte el tratamiento de «algo». No lo hice a nivel doctrinal, pero sí a nivel práctico.

Pero ahora tú eres tú. Una persona cercana, viva, gloriosa y necesaria ...

Ya ves, bendito Espíritu, estoy llorando ... llorando de amor por ti.

Acepta este mensaje, te lo ruego.

Anhelo tu respuesta y la aguardo impaciente en mi rincón de oración, pero si es posible tráela tú personalmente, porque tengo muchas más cosas que decirte.

Alguien que sinceramente te ama.

CARTA A UNA ESPOSA DE PASTOR

Amar no es mirarse el uno al otro. Amar es mirar juntos en la misma dirección.

Antoine de Saint-Exupéry

Quiero seguir respetando el orden correcto de prioridades y la segunda carta está dirigida a quien, a nivel humano, ocupa el lugar de honor en mi corazón.

Durante algún tiempo mi familia fue para mí una prolongación de la iglesia.

Lo que llegaba a casa después de cada jornada —lo que ella recibía en el hogar— era un hombre demasiado cansado. Dos oídos saturados de confidencias e incapaces de seguir escuchando junto con unas manos que se abrieron tanto y a tantos se ofrecieron que ahora precisaban del reposo.

Tuve que pedirle perdón a Dios y también a ella por un error de tal calibre.

Dios me guió en un ajuste de valores. De ese modo la iglesia pasó a ser una prolongación de mi familia y mis tres dulces mujeres los miembros principales de mi congregación.

Puedo decir, feliz y agradecido, que tras ese ajuste la iglesia no se ha resentido y mi familia ha reverdecido.

Doy gracias a Dios por mi esposa y a ella también le agradezco porque no ocupa su lugar ... sino que lo llena.

Amor mío:

¿Cómo te llaman? ¿Pastora? Bueno, no es totalmente justo, pero con frecuencia te exigen que lo seas.

Nunca pretendemos que la esposa del abogado sea abogada, ni se impone sobre la mujer del médico las responsabilidades de una doctora. No se espera de quien unió su vida a un tenor que impregne de notas la atmósfera. Pero demasiado a menudo se impone en vosotras una expectativa que ejerce sobre los hombros un peso intolerable.

Finalizado el servicio de la tarde te vi. Tu sonrisa era como un faro entre los bancos de la iglesia. Al mirarme, esa luz me alcanzó hasta casi cegarme y quedé meditando en muchas cosas que hubiera querido decirte.

Amor mío, ¡cómo desearía que tu existencia pudiera ser normal! Pero cien ojos examinan tu vivir y cien bocas lo comentan. Si estrenas un vestido es noticia de interés general y tu visita a la peluquería casi figura en la crónica de sociedad. Lo más injusto es que, a menudo, los comentarios se tiñen en un matiz de censura; como si no tuvieras un cuerpo que cubrir o cabello que peinar.

Te ves obligada a medir tus palabras, calcular tus gestos, contener tu enojo, disfrazar tu frustración, cubrir tu desánimo y meditar tus pasos, pues la identidad ineludible te persigue: eres la esposa del pastor.

Pocos papeles en la vida exigen del mismo sacrificio.

Convives con la sensación de compartirme con cientos de personas. Terminado el servicio del domingo muchos se aproximan para comentar mis palabras o buscar un consejo mientras sus manos estrechan la mía y se posan en mi hombro.

Sé que a veces has sentido tu hombro desamparado y una mirada resbaló por tu mano que anhelaba el calor de otra mano. Pero enseguida retornó la luz a tu mirada. «Lo importante —dijiste— es que él esté feliz, que sea fiel a su llamado, que cumpla su ministerio».

¡Cuántas veces aguardaste con paciencia mi regreso al hogar! El día fue largo y el tiempo discurrió tan quieto como inquietas las niñas. Varias veces te derrumbaste en la silla y cerraste los ojos.

Las horas pueden parecer siglos y por momentos el hogar se muda en un encierro. En momentos así recuerdas los días, antes de la suprema decisión, en que había despacho más grande y jornada más pequeña, más salario y menos canas. Pero luego sonríes incómoda, presa de sentimientos de culpa por haber añorado esos tiempos.

El reloj del salón emite demasiadas campanadas cuando la puerta se abre. ¡Por fin! Te aproximas a mí con ilusión de novia ... pero un solo vistazo es suficiente. Lo sabes bien, mis oídos están tan cargados de confesiones que apenas podrán seguir escuchando. Mis manos, que has tomado entre las tuyas, acariciaron tantas heridas que no tienen ganas de acariciar y mi cabeza tan llena no admite más problemas. Preciso reposo.

«¿Cómo fue el día?», te pregunto. «Bien, todo fue muy bien». No me mientes ... solo me amas.

El pasado domingo reparé en tu cabeza inclinada mientras predicaba. Cuando alzaste la vista te miré; creo que nadie más lo percibió, pero mis ojos dibujaron una declaración de amor y de gratitud para ti:

«Gracias, cariño —intenté escribir con el pincel de mi mirada—. Bien sabes que sin ti no podría. En tu sonrisa encuentro alas para visitar la altura y traer agua fresca a la iglesia. Gracias porque podrías ser mi lastre, pero eres mi vela. Pudiéndome atar al valle me acercas al monte.

»Gracias porque, lejos de sellar mis labios, los llenas de mensajes. Podrías arruinar mi ministerio, pero lo confirmas y engrandeces con tu apoyo.

»Gracias por ser compañera y no adversario; por elegir ser soporte y no carga. Gracias por respetar mi silencio y retrasar mi encuentro con los problemas cuando me notas cargado. Tú dibujas un sol en mis noches oscuras e infundes fe en los días inciertos. Eres una ventana al cielo por donde Dios se asoma a mis momentos más duros.

»Querida mía, te necesito. Como el velero al viento y el pez al agua. Sin ti sería un camino equivocado y un proyecto inacabado, porque Dios me llamó, pero tú me ayudas a responderle cada día.

»¿Sabes, cariño? Alguien me dijo que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, pero tú has decidido no estar detrás, ni tampoco adelantarte. Gracias por estar a mi lado».

Sé que recibiste el mensaje porque una lágrima respondió con luz a mi mirada.

Luego inclinaste de nuevo tu rostro en oración mientras yo terminaba de predicar.

CARTA A UN PAJARILLO QUE PERDIÓ EL TRINO

Mejor ser un cohete caído que no haber resplandecido nunca.

Oscar Wilde

Dirijo la siguiente carta a quien Dios usó para acercar a mi oído este contundente mensaje: «Hay aparentes derrotas que en la bóveda celeste resuenan como mil victorias. Y también es posible percibir en el paladar la hiel del fracaso justo cuando nos alzamos con un éxito brillante».

Se trata de una niña —hoy ya una joven— que acude a la iglesia y que, participando en una representación de Navidad, vio como su voz se quebraba en medio de su intervención, impidiéndole terminar la canción que entonaba.

Se retiró del escenario llorando en medio de nuestro solidario aplauso y dejando nuestra alma conmovida.

Gracias, de corazón, a ese singular Pajarillo que perdió el trino.

Querida niña:

Cuando apareciste sobre el escenario tu tierna imagen llenó mis sentidos, y desde aquel día yo mantengo la idea de que he visto a un ángel. El cabello rubio, que apenas acariciaba tus hombros, respondía con reflejos de oro al beso de las luces navideñas, mientras tu pequeña y frágil figura menguaba aún más en la altura de aquel estrado.

Sostuviste el micrófono, que tembló en tus manos, y comenzaste a cantar. Lo hacías con una dulzura y suavidad tales que tus palabras me hacían el efecto de ser pájaros multicolores con el pico de oro, que fueron tejiendo un paño de seda en el aire; pero pronto comprendimos que tu voz, todavía de niña, era un hilo demasiado delgado para sostener la cometa de una canción.

El carmesí que teñía tus mejillas fue acentuándose a medida que tu voz —tímida y breve— se iba extinguiendo. Conteníamos el aliento temiendo lo peor, y se cortó el aliento cuando lo peor llegó: el hilo de voz terminó quebrándose y con él tu endeble serenidad, y el paño de seda que tu canción había tejido cayó sobre nosotros envolviéndonos en un abrazo helado que nos provocó un terrible escalofrío.

Una sensación, mezcla de muchas, nos hizo estremecer al observarte en la altura del escenario mientras movías la cabeza a un lado y otro como resistiéndote a aceptar la realidad que vivías.

El barniz rojo de tu rostro contrastaba ahora con tus dedos, que lucían blancos al apretar con rabia aquel maldito micrófono que no dejaba de temblar. Con mirada resbaladiza recorriste el auditorio que te aplaudía antes de agachar la cabeza y retirarte avergonzada.

En tu huida, una de las velas del decorado navideño te traicionó besando con su luz el agua que destilaban tus ojos y quemaba tus mejillas. Tan absorto estaba en tus lágrimas que no reparé en las mías hasta sentir su gusto salado en la punta de mi lengua.

Nunca llegué a hablar contigo, pero desde mi asiento te lancé mil mensajes de ánimo en tu interrumpida intervención. Temo que no los recibiste y por eso hoy te los escribo.

Querida niña, no pienses que fracasaste, ¡porque has triunfado! Tu breve canto fue un deleite y el mensaje que escribiste con la tinta de tus lágrimas logró encharcar muchos corazones que necesitaban desesperadamente la humedad. Nunca juzgues una batalla por el sabor que deja en el paladar de tu alma. Que te sientas triunfadora no significa que lo seas, ni saborear el fracaso es garantía de derrota.

Las cadenas que te ataron en el valle del sonrojo fueron para mí alas. Tu intervención, interrumpida por el temor, me hizo volar y trasladarme a tiempos pasados.

Yo jamás canté, soy solo un humilde predicador y también he visto alguna vez cómo el hilo de mi voz fue cortado por tijeras de temor.

Haber percibido en mi corazón el sonido de mensajes sublimes y luego constatar que en la compuerta de mis labios la excelsa misiva se deformaba hasta adquirir un aspecto grotesco, me ha hecho agachar la mirada en la tierra del fracaso mientras mi corazón anhelaba que esta se abriera, concediéndome el supremo favor de tragarme.

Pero esas circunstancias fueron una escuela y los incómodos sentimientos valiosas lecciones.

Es mejor que tijeras corten la voz a que la voz nunca resuene.

No hay lágrimas más amargas que aquellas vertidas por lo que nunca hicimos, porque el fracaso no es fallar; fracasar es no intentarlo.

Nuestras aparentes derrotas pueden resultar enormes victorias para aquellos a quienes servimos.

El peor mensaje de mi vida pudo ser el mensaje de la vida para alguien que lo escuchó y mis lágrimas pudieron ser tinta con que se redactó una misiva para alguien que estaba hastiado de miradas secas, porque el destilar de unos ojos es un mensaje más profundo que el que jamás lograrán componer las palabras.

Sí, querida niña, con toda seguridad alguien estará bendiciendo a Dios por el canto que entonaste y por el que tú, tal vez, fuiste tentada a maldecir. Nunca olvides que en la senda de Dios nuestros pasos más débiles, los que damos en los días de mayor abatimiento, pueden marcar una huella sobre la que pisará el descarriado.

Llora si quieres, querida niña, porque el colirio irrepetible de las lágrimas aclara la vista y ablanda el corazón; pero no impidas que tu frágil voz siga aproximando a otros a la voz poderosa de Dios. Que tus pasos inseguros sigan trazando el camino hacia horizontes de seguridad, y que tu trémula mano no deje de portar el testigo hasta que llegue el momento de que otros dedos lo tomen, seguro que temblorosos, porque tales manos prefiere Dios para que lleven su antorcha. Él sigue eligiendo recipientes de barro donde depositar sus riquezas, de modo que brille el tesoro y no la vasija.

Tus alas desplegadas surcarán nuevos cielos y tu voz tejerá de nuevo seda en el aire. Porque si solo cantasen los pájaros que mejor saben hacerlo, los bosques estarían demasiado silenciosos.

CARTA A UN AMANTE TARDÍO

Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo.

Miguel de Cervantes

Alguien dijo que si supiéramos que la vida termina en cinco minutos los teléfonos del planeta se colapsarían por millones de personas llamando a sus seres queridos para decirles que les aman.

¿Por qué no hacerlo ahora y expresar a tiempo nuestro amor?

Pocas cosas torturarán tanto como el sentimiento de culpa por aquellas expresiones de amor que nunca llegamos a decir y las palabras de reconocimiento que murieron en nuestra garganta sin cruzar el umbral de los labios.

¡Qué claro lo vi ayer, mientras pasaba el día junto a un amante tardío!

Abrazaba a su esposa y le decía mil cosas hermosas. Era una declaración de amor sublime ... un mensaje radiante que solo tenía un error: llegar demasiado tarde.

El amante tardío gritaba hoy expresiones que ayer hubiera sido suficiente susurrar, pero ella no podía ya responderle ... tal vez ni siquiera podía escucharle.

Querido amigo:

Fue importante el tiempo que ayer compartimos juntos.

Hoy lo revivo sacando rendimiento a las valiosas lecciones que el día a tu lado me aproximó.

Los álamos y las acacias convivían en fraternal camaradería a ambas orillas del paseo, delimitando los bordes de la carretera. Los primeros se levantaban como imponentes guardianes, altos y erguidos, alternándose con las segundas, cuyas copas redondas se curvaban blandamente hasta tocarse con sus compañeros de la otra ribera de asfalto. De este modo, el camino se convertía en un largo y fresco túnel que filtraba tímidamente los rayos de sol.

Una brisa suave meneaba las ramas más altas. A ras de tierra todo estaba inmóvil. Todo salvo el vehículo que nos transportaba. Este se desplazaba despacio, permitiéndonos disfrutar de la hermosa mañana y del húmedo olor de la campiña que ejercía un efecto terapéutico.

El día hubiera sido perfecto de no ser porque el camino que surcábamos desembocaba en la residencia donde ella habita desde aquel momento fatal.

Tú guardabas silencio. El temor al inminente encuentro sellaba tus labios. Cada día de visita es una tortura; nunca sabes lo que vas a encontrar, ni cómo reaccionará ella, ni si reaccionará. Me pediste que te acompañara. «Deseo que vayas a orar por mi esposa», me dijiste, «no quiero que quede algo por hacer».

Cuando llegamos, el sol paseaba sus cálidas manos por cada rincón de aquel paraje de la sierra y provocaba el estallido de la primavera entre los rosales. La vida se derramaba en la múltiple carnosidad de las flores, chorreaba por las ramas de los árboles y se hacía presente en los cientos de pájaros que resucitados y enloquecidos alborotaban el campo.

Pero no era así en tu alma; sobre ella solo se derramaba el escalofrío de la vida.

Tú adivinabas que bajo aquella cúpula de luz también la muerte se paseaba.

Cuando acercaron a tu esposa —o cuando acercaron la silla que contenía su cuerpo—, sin que el rostro se te descompusiera lloraste a mares. Mientras tus rudas manos de carpintero tomaban la suya —la que no tenía atada—, esquelética y torcida como un garfio, las lágrimas rodaban por tus mejillas libremente. Acariciaste aquellos dedos sarmentosos con una ternura y pasión que a ti mismo te sorprendía, querías cubrir de caricias esas manos que durante años sufrieron tu desamparo; pero los dedos, inapetentes ahora de amor y obstinados, volvían a su retorcida posición y allí quedaban yertos e inútiles, salvo cuando sus miembros eran cruzados por corrientes extrañas; unas sacudidas que la compelían de repente a estirar su pierna o su brazo de un modo involuntario y automático.

(Continues...)



Excerpted from Cartas desde el Corazón by JOSÉ LUIS NAVAJO Copyright © 2012 by José Luis Navajo. Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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Table of Contents

Contents

Prólogo a esta nueva edición....................9
Introducción....................13
... a una persona única....................15
... a una esposa de pastor....................21
... a un pajarillo que perdió el trino....................27
... a un amante tardío....................33
... a Dios en un amanecer....................41
... a mi hija de quince años....................47
... a mi hija pequeña....................55
... a unos niños huérfanos....................61
... a los que siembran el terror....................69
... a mi pastor....................77
... desde el vértigo de la adolescencia....................83
... a unos ángeles de mazapán....................93
... a Nono....................101
... a María....................111
... a un hombre traicionado....................119
... a un soldado herido....................127
... a una mujer de fe....................135
... a una mirada que me desarmó....................143
... a Pichí....................149
... a un corazón helado....................155
... a Dios desde el valle....................163
... desde el borde del abismo....................167
... a Belén....................173
... a un ángel de color....................179
... a una llave que abre enormes puertas....................183
... al corazón de Dios....................189
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