Casi en casa: Reflexiones sobre la vida, la fe y el fin de la carrera [NOOK Book]

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«Nunca pensé que viviría hasta esta edad.»


En esta conmovedora narración, Billy Graham vuelve a tomar la pluma no solo para compartir su experiencia a esta edad, sino que también nos enseña algunas lecciones importantes sobre cómo ver nuestro paso aquí en la tierra. Dice que la Biblia es clara en que Dios tiene una razón específica para tenernos aquí. Así que ¿cuál es Su propósito para estos años, y cómo podemos alinear nuestras vidas con ese ...

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Casi en casa: Reflexiones sobre la vida, la fe y el fin de la carrera

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«Nunca pensé que viviría hasta esta edad.»


En esta conmovedora narración, Billy Graham vuelve a tomar la pluma no solo para compartir su experiencia a esta edad, sino que también nos enseña algunas lecciones importantes sobre cómo ver nuestro paso aquí en la tierra. Dice que la Biblia es clara en que Dios tiene una razón específica para tenernos aquí. Así que ¿cuál es Su propósito para estos años, y cómo podemos alinear nuestras vidas con ese propósito? ¿Cómo podríamos no solo aprender a lidiar con los temores y dificultades, y con los múltiples obstáculos, sino también a volvernos más fuertes por dentro en medio de estas dificultades?


«En este libro te invito a explorar conmigo no solo las realidades de la vida conforme vamos envejeciendo sino también la esperanza y satisfacción, e inclusive el gozo que podemos tener cuando aprendemos a ver estos años desde la perspectiva de Dios y descubrimos Su fortaleza para sostenernos cada día. Pido a Dios que tú y yo aprendemos lo que significa no sólo envejecer, sino con la ayuda de Dios envejecer con gracia».

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602557024
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 11/29/2011
  • Language: Spanish
  • Sold by: THOMAS NELSON
  • Format: eBook
  • Pages: 176
  • File size: 453 KB

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Casi en Casa

REFLEXIONES SOBRE LA VIDA, LA FE Y EL FIN DE LA CARRERA
By Billy Graham

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-702-4


Chapter One

UNA CARRERA A CASA

Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. —Salmo 90.12

Recuerde que, como hijo fiel de Dios, espera la promoción. —Vance HaVner

La vejez ha sido la mayor sorpresa de mi vida. Los jóvenes viven para el aquí y el ahora. Cualquier pensamiento hacia adelante parece estar en forma de sueños que prometen finales de cuentos de hadas. Aunque me acerco a los noventa y tres, no parece haber pasado mucho tiempo desde cuando yo era uno de esos muchachos soñadores, lleno de gran expectativa, planeando una vida que satisfaría hasta mi último deseo. Puesto que había pocas cosas en la vida que quería más que el béisbol, en mi juventud me dediqué al deporte y esperaba que mi pasión por el juego me llevaría derecho a las grandes ligas. Mi meta era sencilla: con el bate en la mano pararme en el plato, concentrado en el juego. A menudo me imaginaba bateando un gran cuadrangular de grandes ligas impulsando la pelota hasta los asientos del estadio y oyendo a la multitud rugir atronadoramente mientras yo corría, triunfante, tragándome las bases.

Con todos esos pensamientos, jamás imaginé lo que me esperaba.

Después de entregarle mi corazón a Cristo, arrepintiéndome de mis pecados y poniendo toda mi vida en sus manos, mis sueños, junto con el bate, se acabaron. Por fe, había abrazado plenamente el plan de Dios, confiando en que él me guiaría todo el camino. Lo hizo, lo hace, y lo hará.

Al mirar hacia atrás, veo cómo la mano de Dios me guió. Siento su Espíritu conmigo hoy, y más reconfortante es el conocimiento de que no me abandonará durante este último esfuerzo conforme me acerco a casa. Si eso no me da un sentido de esperanza, nada me lo dará.

JUGADOR DE GRANDES LIGAS PARA DIOS

He seguido siendo aficionado al béisbol, no necesariamente de un equipo sobre otro, sino al juego mismo: el trabajo en equipo, la estrategia, y el reto de derrotar al contrincante; pero el béisbol no fue el plan de Dios para mí. Con todo, él me enseñó cómo integrar estos importantes componentes en el servicio para él. El Señor me ha bendecido con un equipo leal de hombres y mujeres cuyos corazones laten al unísono con el mío; decididos a conducir a otros al hogar eterno con Cristo. La estrategia de nuestro equipo ha sido cumplir el mandato del Señor de ir por todo el mundo y predicar a Cristo con el propósito de derrotar al oponente: Satanás.

Cuando empecé a predicar, nunca fue mi intención hacerlo en un estadio de béisbol, o en ningún otro estadio. Estaba acostumbrado a predicar en iglesias cuando pastoreaba, y en auditorios cuando viajaba con Juventud para Cristo. En 1945, al finalizar la II Guerra Mundial, varios de nosotros del equipo de Juventud para Cristo tuvimos el privilegio de predicar en el estadio Soldier Field de Chicago.

Los detalles se me escapan por ahora, pero recuerdo la primera vez en que me puse de pie en un estadio al aire libre para predicar el evangelio. Me habían invitado para celebrar una reunión evangelística a nivel de ciudad en Shreveport, Louisiana. Cuando el auditorio local se hizo chico, los organizadores no tuvieron otro remedio que mudar la reunión al aire libre. Ellos estaban inseguros sobre cómo la gente se sentiría asistiendo a una concentración evangelística en un estadio. Yo, estaba más bien nervioso. Pensé en mis sueños de muchacho. En lugar de un bate en la mano, tenía lo que ahora sé que es un privilegio mucho mayor: pararme detrás de un púlpito, con la Biblia en la mano, inmerso en el poder del Espíritu Santo. No estaba dirigiendo un espectáculo ante graderíos llenos de fanáticos sino pronunciando la Palabra de Dios a corazones llenos de pecado que buscaban la verdad.

La vida, en verdad, está llena de sorpresas.

Ahora, muchos años después, todavía disfruto al ver a un bateador que cruza triunfalmente el plato, pero nada me entusiasma más que ver al Espíritu Santo obrando en los corazones cuando se proclama el evangelio en estadios, por el aire, y por todo el mundo. Una pelota de béisbol puede ser impulsada al rincón más distante del estadio más grande, pero la Palabra de Dios va hasta los últimos rincones de la tierra, proclamando las buenas noticias de salvación. Todavía me entusiasma simplemente pensar en el impacto.

Jesucristo, en efecto conquistó la muerte, y por su resurrección fue victorioso. Antes de dejar la tierra, impartió a sus seguidores la mayor de todas las estrategias: Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio. Después de escuchar sus palabras, ellos alzaron la vista para ver a su Salvador casi en casa.

Le pregunto, ¿para qué casa se está preparando usted? Algunos pasan sus vidas edificando lo supremo en casas de ensueño a fin de disfrutar de sus últimos años. Algunos se hallan cambiando sus cuentas bancarias por residencias dentro de las cercas de un centro de jubilación. Otros pasan sus últimos años en asilos. Para ustedes, que no conocen a Jesucristo, escoger su hogar eterno es la decisión más importante que jamás tomarán. Para el creyente, el último kilómetro de camino es un testimonio de la fidelidad de Dios, porque él dijo «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Juan 14.2).

Sin que importe dónde pone su cabeza por la noche, espero que sus pensamientos sean en cuanto a acercarse a casa, y me gustaría explorar esos pensamientos con usted en las páginas que siguen.

Alguien dijo: «El don de la vejez son los recuerdos». Aunque he tenido que desistir de casi todos mis viajes, la vida misma todavía me motiva al observar la mano de Dios obrando, no sólo en mi vida sino también en las vidas de los que me rodean y por todo el mundo. Estos últimos años me han traído el don de la observación y reflexión. Aunque eso pudiera sonarles horroroso a algunos, la reflexión es bíblica:

Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios. (Deuteronomio 8.2)

Acuérdate... guárdalo. (Apocalipsis 3.3)

Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos. (Números 15.40)

Acordaos de la palabra... de Jehová. (Josué 1.13)

Haced memoria de las maravillas que ha hecho. (1 Crónicas 16.12)

Hay recuerdos que vale la pena revivir vez tras vez.

A menudo oigo a personas menores que yo hablar de noches sin poder dormir. Hay ocasiones en que yo también las tengo; pero entonces recuerdo las maravillosas obras que Dios ha hecho, y recuerdo lo que el salmista poéticamente escribió:

Cuando me acuerde de ti en mi lecho, Cuando medite en ti en las vigilias de la noche. Porque has sido mi socorro, Y así en la sombra de tus alas me regocijaré. Está mi alma apegada a ti; Tu diestra me ha sostenido. (Salmo 63.6–8)

Hay un gran consuelo disponible, inclusive para los ancianos, cuando recordamos a Dios.

No sólo que Dios nos instruye que recordemos, sino que la Biblia revela que el Señor mismo recuerda; y que él escoge no recordar. «Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo» (Salmo 103.14); y a los que se arrepienten dice: «No me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31.34). Me alegro de recordar esa promesa. Debido a que me he arrepentido de mi pecado, Dios decide perdonarlo. Esto es un atisbo dentro del corazón de nuestro Salvador.

El Antiguo Testamento está lleno de tales recuerdos. Incluso dice: «Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos» (Isaías 46.9). A la sociedad actual tal vez no le guste la palabra viejo, y sin embargo los jóvenes pagan una pequeña fortuna por pantalones que parecen viejos. Los coleccionistas dan gran valor a las antigüedades porque son ... ¡viejas! Otros compran automóviles chatarra, los restauran y después con orgullo los conducen por la carretera fanfarroneando de ... lo viejo.

Han desaparecido los días cuando a la vejez se la admiraba, observaba y respetaba. Al crecer, se me enseñó a observar a mis mayores, pero había sólo unos pocos a quienes yo consideraba ancianos. En realidad no conocí a mis abuelos (excepto por una abuela que murió cuando yo estaba en la primaria), así que tuve poca oportunidad de observar a mis parientes cercanos bien entrados en años. Tal vez la persona de más años en nuestra familia que puedo recordar haber visto con regularidad era un tío que a menudo venía a nuestra casa para la cena los domingos. Según recuerdo, era empleado de limpieza en la corte de justicia del condado en Charlotte, y yo siempre esperaba sus visitas porque por lo general contaba relatos interesantes de la política local y otros sucesos en la corte. Para mí, me parecía viejo (aunque a lo mejor no haya tenido más de sesenta años, puesto que todavía estaba trabajando), así que si alguien me hubiera preguntado entonces si yo pensaba que algún día sería tan viejo como mi tío, probablemente hubiera dicho: «Ni en sueños».

Hasta donde yo sepa, pocos miembros de mi familia extendida vivieron mucho más allá de los setenta; mi padre falleció a los setenta y cuatro años después de sufrir una serie de embolias debilitadoras. Después de nuestra cruzada de 1957 en la ciudad de Nueva York—una maratón exigente de dieciséis semanas de reuniones que me dejaron físicamente agotado—les dije a algunos de mis asociados que debido al ritmo intenso, incesante de nuestro trabajo no esperaba vivir más allá de los cincuenta años (en ese entonces tenía treinta y ocho). Repetidos problemas físicos en los años que siguieron—algunos menores, y otros más serios—también me hicieron dudar de que alcanzara el largo normal de la vida. Los problemas añadidos de la edad media sólo parecían respaldar mi teoría.

Y sin embargo Dios en su bondad tenía otros planes para mí.

No estoy exactamente seguro de cuándo sucedió, pero con el paso de los años, gradualmente me fui dando cuenta de que estaba envejeciendo. La edad media—tuve que admitir—se iba desvaneciendo a la distancia, y me acercaba rápidamente a lo que diplomáticamente llamamos los años maduros. A veces mi edad se mostraba de maneras pequeñas (incluso humorísticas): el ocasional bochorno de olvidarse el nombre de un buen amigo, el darme cuenta a regañadientes de que la mayoría de personas que veía en un avión o con quienes me cruzaba en la calle me parecían extremadamente jóvenes, la experiencia de que algún mesero en un restaurante me hiciera el descuento para personas de la tercera edad antes de preguntarme si me correspondía. Pero también se revelaba de maneras más serias, más significativas: una declinación lenta pero inexorable en la energía, enfermedades que fácilmente pudieran haber terminado en invalidez o incluso la muerte, el obvio envejecimiento, e incluso muerte, de personas que había conocido casi toda mi vida, las valientes pero difíciles luchas de mi esposa Ruth conforme los años pasaban y ella se debilitaba cada vez más.

Empecé a identificarme con relatos que oía de otros. «La mayoría de mis pacientes de edad media padecen de negación», le dijo un médico a uno de mis asociados. «Piensan que siempre podrán jugar deportes extenuantes o viajar a donde se les antoje o continuar trabajando doce horas al día. Simplemente dan por sentado de que si algo sale mal, yo podré arreglarlo. Pero un día van a despertarse y descubrir que no pueden hacer todo lo que en un tiempo hacían. Algún día van a ser viejos, y no les va a gustar porque no están preparados emocionalmente para serlo».

No puedo decir con toda verdad que me ha gustado envejecer. A veces quisiera poder todavía hacer todo lo que en un tiempo hacía; pero no puedo. Quisiera no tener que enfrentar los achaques e incertidumbres que parecen ser parte de esta etapa de la vida; pero lo hago. «¡No envejezcas!» le he dicho en son de broma a más de una persona en años recientes. Pero, por supuesto, esa no es una opción; la vejez es inevitable si vivimos lo suficiente. Y la vejez definitivamente tiene sus desventajas; sería deshonesto decir lo contrario.

La Biblia no esconde el lado negativo de envejecer; ni tampoco debemos hacerlo nosotros. Una de las descripciones más poéticas (y sin embargo, más cándidas) en toda la literatura de las dificultades de la vejez viene de la pluma del escritor de Eclesiastés, en el Antiguo Testamento. Después de examinar lo insulso de la vida sin Dios, anima a sus lectores a entregarle sus vidas a él mientras todavía son jóvenes. ¿La razón? No sólo que Dios les dará significado y alegría a sus vidas ahora mismo, sino que si se demoran mucho, será demasiado tarde para disfrutar de las buenas dádivas de Dios. Vuélvete a Dios ahora, insta:

antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia; cuando temblarán los guardas de la casa, y se encorvarán los hombres fuertes, y cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por las ventanas; y las puertas de afuera se cerrarán, por lo bajo del ruido de la muela; ... cuando también temerán de lo que es alto, y habrá terrores en el camino. (Eclesiastés 12.1–5)

Detrás de sus expresiones poéticas está la realidad del peso de la edad en nuestras mentes y cuerpos: fuerza que declina ... visión que falla... manos que tiemblan ... articulaciones artríticas ... olvido ... pérdida del oído ... soledad ... temor de la debilidad que aumenta ... la lista parece casi interminable. «Ya nada funciona muy bien», me dijo un amigo con un suspiro hace poco. Me identifico con él.

Pero, ¿es eso todo en cuanto a envejecer? ¿Es la vejez sólo una carga cruel que se hace más pesada con el paso de los años, sin que se espere otra cosa que la muerte? o, ¿puede ser algo más?

ENVEJECIMIENTO CON GRACIA

Aunque esté bien familiarizado con la Biblia, tal vez no recuerde a un hombre del Antiguo Testamento llamado Barzilai; nuestro único vistazo de él aparece en una docena de versículos (2 Samuel 17.27– 29; 19.31–39). Tenía ochenta años, y nadie le hubiera culpado si hubiera escogido pasar sus días restantes dejando que otros arrimaran el hombro a las responsabilidades que en un tiempo él llevó. Pero no fue así.

Tarde en su reinado el rey David fue obligado a huir por su vida, de Jerusalén, debido a una revuelta encabezada por su rebelde y arrogante hijo Absalón. Su desesperada huida le llevó al oriente, a las regiones desérticas más allá del río Jordán. Exhausto y casi sin alimentos, él y su banda leal de seguidores en cierto momento llegaron a una población aislada llamada Mahanaim. Allí Barzilai, a gran sacrificio y a riesgo de su vida, proveyó comida y refugio para el rey David y sus hombres. Sin la ayuda de Barzilai, David y sus hombres a lo mejor hubieran perecido.

Después de que mataron a Absalón y la revuelta colapsó, David—por gratitud a la hospitalidad de Barzilai—le invitó a que volviera con él y el ejército a Jerusalén, prometiéndole cuidar de él por el resto de su vida. Piénselo: una invitación para pasar el resto de sus días en el confort del palacio del rey, ¡y como amigo del rey!

Pero Barzilai rehusó. ¿Su razón? Dijo simplemente que era demasiado viejo para hacer un cambio tan drástico: «Me quedan pocos años de vida para irme ahora a Jerusalén con Su Majestad, pues ya tengo ochenta años; he perdido el gusto de lo que como y lo que bebo, y ya no puedo decir si tiene buen o mal sabor; tampoco puedo oír ya la voz de los cantores y cantoras» (2 Samuel 19.34–35, DHH). Viejo, débil y sordo, incluso la invitación de unirse al rey de Jerusalén,—oportunidad que sin duda alguna hubiera aceptado sin pensarlo una década o algo así atrás—, no tenía ninguna atracción para él. La vejez había hecho su mella.

¿Por qué la Biblia anota este breve incidente en la vida de un viejo oscuro? No es simplemente para recordarnos los achaques de la vejez o la brevedad de la vida. Más bien, la Biblia lo anota para decirnos un hecho significativo: el mayor servicio de Barzilai para Dios y su pueblo—la única obra de toda su vida digna de que se anotara en la Biblia—tuvo lugar en su vejez.

(Continues...)



Excerpted from Casi en Casa by Billy Graham Copyright © 2011 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Reconocimientos....................v
Introducción....................vii
Capítulo 1: Una carrera a casa....................1
Capítulo 2: No se jubile de la vida....................15
Capítulo 3: El impacto de la esperanza....................29
Capítulo 4: Considere los años dorados....................45
Capítulo 5: Fuerza que disminuye pero cómo mantenerse fuerte....................63
Capítulo 6: El destino de la muerte....................83
Capítulo 7: La influencia sobre los impresionables....................99
Capítulo 8: Un cimiento que perdura....................115
Capítulo 9: Raíces fortalecidas con el tiempo....................127
Capítulo 10: Entonces y ahora....................145
Notas....................161
Acerca del autor....................163
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