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Cuando los reyes est?n en guerra, toda la tierra tiembla?
 
?Ahora hay m?s reyes en el reino que ratas en un castillo?, afirma uno de los personajes de Choque de reyes. Despu?s de la sospechosa muerte de Robert Baratheon, el monarca de los Siete Reinos, su hijo Joffrey ha sido impuesto por la fuerza, aunque ?quienes realmente gobiernan son su madre, un eunuco y un enano?, como dice la voz del pueblo. Cuatro nobles se proclaman, a la vez, ...
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Choque de reyes

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Cuando los reyes están en guerra, toda la tierra tiembla…
 
“Ahora hay más reyes en el reino que ratas en un castillo”, afirma uno de los personajes de Choque de reyes. Después de la sospechosa muerte de Robert Baratheon, el monarca de los Siete Reinos, su hijo Joffrey ha sido impuesto por la fuerza, aunque “quienes realmente gobiernan son su madre, un eunuco y un enano”, como dice la voz del pueblo. Cuatro nobles se proclaman, a la vez, reyes legítimos, y las tierras de Poniente se estremecen entre guerras y traiciones. Y todo este horror se encuentra presidido por la más ominosa de las señales: un inmenso cometa color sangre suspendido en el cielo.

En esta novela prodigiosa nada es realmente lo que parece ser. Los protagonistas, trazados con una complejidad asombrosa, son capaces de hacerse odiar o amar desde las primeras páginas. George R. R. Martin, con pulso firme y enérgico, vuelve a ofrecernos un brillante despliegue de personajes en una trama rica, densa y sorprendente. Nos convierte en testigos de luchas fratricidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.


From the Trade Paperback edition.
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Editorial Reviews

From the Publisher
“Martin supera definitivamente las expectativas creadas con el primer título y continúa la que está llamada a ser una de las mejores series de fantasía de todos los tiempos”. –The Denver Post

“Con reminiscencias de Camelot de T. H. White, esta novela es una absorbente combinación de la mitología, la historia y lo intensamente personal”. –Chicago Sun-Times

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Product Details

  • ISBN-13: 9781101873540
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 6/25/2014
  • Sold by: Random House
  • Format: eBook
  • Pages: 928
  • Sales rank: 354,482
  • File size: 4 MB

Meet the Author

George R.R. Martin
George R. R. Martin nació en 1948 en Bayonne, Nueva Jersey. Se licenció en periodismo en 1970 y publicó su primera novela, Muerte de la luz, en 1977. Tras una trayectoria deslumbrante como escritor de ciencia ficción, terror y fantasía, se convirtió en guionista de series televisivas como Dimensión desconocida y La bella y la bestia, además de realizar tareas de producción para diversos proyectos cinematográficos. En la actualidad es uno de los autores de mayor éxito en el mundo con la saga Canción de hielo y fuego, cuyas sucesivas entregas le han granjeado un puesto de honor en la literatura fantástica.

Biography

As a child growing up in New Jersey, George R.R. Martin displayed an early interest in "the writing life" by selling monster stories of his own invention to the children in his Bayonne neighborhood. In high school he became an avid comic book collector and began to write for comic fanzines. He sold his first story to Galaxy in 1970 when he was 21 years old.

Martin received his bachelor's and master's degrees in journalism from Northwestern University. After graduation he served two years in VISTA, then worked as a teacher and chess tournament director in the Midwest, while continuing to craft award-winning short fiction. His first full-length novel, Dying of the Light, was published in 1977. A dark, lyrical sci-fi tone poem set on a doomed world without a sun, the book was nominated for a Hugo Award.

Throughout the 1980s, Martin worked in television, writing for science fiction- and fantasy-themed shows like The Twilight Zone and Beauty and the Beast. At this time he became involved with Wild Cards, a long-running anthology series composed of "mosaic stories" written by multiple authors and set in a shared universe. In addition to editing the series, Martin has contributed stories to the Wild Card books.

In 1996, Martin published A Game of Thrones, the first installment of his magnum opus, the epic fantasy series A Song of Fire and Ice. Set in the Seven Kingdoms, a realm resembling medieval Europe, the internationally bestselling series has provided the ultimate showcase for Martin's formidable world-building and characterization skills.

During the course of his long, prolific career, Martin has accrued every major literary prize for science fiction or fantasy writing, including the Hugo, Nebula, World Fantasy, Bram Stoker, Daedelus, and Locus awards. But what endears him especially to his readers is his extraordinary accessibility. A tireless participant in genre conventions and festivals, he maintains a cordial relationship with his fans through his website and blog. He is also a member of the Science Fiction & Fantasy Writers of America.

Good To Know

Christened George Raymond Martin, the author has this to say about his unusual name: "I arrived short one 'R' but fixed that at my confirmation 13 years later."

As a conscientious objector, Martin did alternative service from 1972-1974 with VISTA, attached to Cook County Legal Assistance Foundation.

Martin was class valedictorian of his high school. In 1970, he graduated summa cum laude from Northwestern University.

In the mid-1970s, Martin supplemented his income by directing tournaments for the Continental Chess Association.

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    1. Hometown:
      Santa Fe, NM
    1. Date of Birth:
      September 20, 1948
    2. Place of Birth:
      Bayonne, NJ
    1. Education:
      B.S., Northwestern University, 1970; M.S., Northwestern University, 1971
    2. Website:

Read an Excerpt

Prólogo
 

La cola del cometa rasgaba el amanecer; era una brecha roja que sangraba sobre los riscos de Rocadragón como una herida en el cielo rosado y violáceo.
 
El maestre estaba de pie en el balcón de sus aposentos, azotado por el viento. Allí era adonde llegaban los cuervos tras un largo vuelo. Sus excrementos salpicaban las gárgolas de tres varas que se alzaban a ambos lados del hombre, un sabueso infernal y un guiverno, dos entre varios millares que vigilaban desde los muros de la antigua fortaleza. Cuando llegó a Rocadragón, el ejército de seres de piedra lo ponía nervioso, pero con los años se había acostumbrado a él. En aquel momento los consideraba viejos amigos. Los tres juntos observaron el cielo como si fuera un mal presagio.
 
El maestre no creía en las profecías. Aun así, pese a su avanzada edad, Cressen nunca había visto un cometa ni la mitad de brillante que aquel, ni de aquel color, aquel color espantoso: el color de la sangre, las llamas, los ocasos... Se preguntó si sus gárgolas habrían visto alguna vez uno semejante. Llevaban allí mucho más tiempo que él, y allí seguirían mucho después de que muriera. Si las lenguas de piedra pudieran hablar...
 
«Qué tontería. —Se apoyó en la barandilla, vio el mar batir abajo y sintió la piedra negra, dura y áspera bajo los dedos—. Gárgolas que hablan y profecías en el cielo. Soy un viejo idiota que empieza a pensar como un niño.» ¿Acaso toda la sabiduría adquirida con tanto trabajo a lo largo de una vida lo estaba abandonando, igual que la salud y las fuerzas? Era un maestre; había aprendido en la gran Ciudadela de Antigua; allí había obtenido su cadena. ¿A qué se vería reducido si las supersticiones lo dominaban como a cualquier campesino ignorante?
 
Aun así... aun así... El cometa se divisaba ya incluso durante el día, mientras de las fumarolas de Montedragón, tras el castillo, se alzaban columnas de vapor color gris claro, y el día anterior, un cuervo blanco había llegado de la Ciudadela con un mensaje, una noticia ya anticipada pero no por ello menos temible: el anuncio del fin del verano. Presagios; todo eran presagios. Demasiados para negarlos. «¿Qué significa todo esto?», habría querido gritar.
 
—Maestre Cressen, tenemos visita. —Pylos hablaba en voz baja, como si no quisiera molestar a Cressen en su solemne meditación. Si supiera las tonterías que poblaban la cabeza del maestre, habría hablado a gritos—. La princesa quiere ver el cuervo blanco. —Pylos, correcto como siempre, la llamaba princesa, ahora que su señor padre era rey. Rey de una roca humeante en medio del gran mar salado, pero rey al fin y al cabo—. Insiste en ver el cuervo. La acompaña su bufón.
 
El anciano apartó la vista del amanecer y dio media vuelta, apoyándose con una mano sobre su guiverno.
 
—Acompáñame a mi silla y hazlos pasar.
 
Pylos lo tomó por un brazo y lo ayudó a volver al interior. En su juventud, Cressen había caminado con paso vivo, pero ya no faltaba mucho para su octogésimo día del nombre, y tenía las piernas frágiles e inseguras. Dos años atrás se había roto la cadera en una caída, y los huesos no se habían soldado bien. Hacía un año, cuando cayó enfermo, la Ciudadela envió a Pylos desde Antigua, apenas días antes de que Lord Stannis cerrase la isla. Decían que lo enviaban para ayudarlo en su trabajo, pero Cressen sabía que no era así. Pylos estaba allí para reemplazarlo cuando muriera. No le importaba. Alguien tenía que ocupar su lugar, y sería antes de lo que le gustaría...
 
Dejó que el joven lo acomodara tras los montones de libros y papeles.
 
—Hazla pasar. No está bien hacer esperar a una dama.
 
Hizo con la mano un gesto débil para indicarle que se apresurara; él,
que ya no podía darse prisa en nada. Tenía la piel arrugada y llena de manchas, fina como el papel, tanto que se veían el entramado de venas y la forma de los huesos. Y cómo temblaban aquellas manos suyas, que otrora fueron tan firmes y hábiles...
 
Pylos regresó con la niña, tan tímida como siempre. Tras ella, con su característico andar, arrastrando los pies y dando saltitos, iba su bufón. Llevaba cencerros colgados, y en la cabeza, un cubo viejo de latón a modo de yelmo, con unas astas de ciervo pegadas. Los cencerros resonaban a cada paso, todos con sonidos diferentes: clang-a-dang, bong-dong, ring-a-ling, clong, clong, clong.
 
—¿Quién nos visita tan temprano, Pylos? —preguntó Cressen.
 
—Somos Manchas y yo, maestre. —Los candorosos ojos azules se clavaron en él. Por desgracia, el rostro en el que brillaban no era precisamente hermoso. La niña había heredado la mandíbula cuadrada y prominente de su padre, y las desafortunadas orejas de su madre; además contaba con una desfiguración propia, legado del brote de psoriagrís que casi se la había llevado a la tumba cuando aún no era más que un bebé. La mitad de una mejilla y buena parte del cuello eran de carne rígida y muerta, con la piel agrietada y escamosa, moteada de negro y gris, con tacto como de piedra—. Pylos dice que podemos ver el cuervo blanco.
 
—Por supuesto, por supuesto —respondió Cressen. Nunca había podido negarle nada. Ya se le habían negado demasiadas cosas en su breve vida. Se llamaba Shireen. Cumpliría diez años en su siguiente día del nombre, y era la niña más triste que el maestre Cressen había conocido jamás. «Su tristeza es mi vergüenza —pensó el anciano—, otra prueba de mi fracaso»—. Maestre Pylos, hazme el favor de traer esa ave de la pajarera para que la vea Lady Shireen.
 
—Será para mí un placer.
 
Pylos era un joven muy educado; no tendría más allá de veinticinco años, pero su solemnidad correspondía más bien a un hombre de sesenta. Solo le faltaba tener más humor, más vida. Eran lo que más escaseaba en aquel lugar. En los lugares sombríos se necesita un toque de ligereza, no de solemnidad, y Rocadragón era uno de los lugares más sombríos que nadie pudiera imaginar, una ciudadela solitaria en un desierto de agua, azotada por las tormentas y la sal, con la sombra humeante de la montaña a su espalda. Un maestre tiene que ir allí adonde lo envían, de manera que Cressen había llegado allí, con su señor, hacía ya doce años. Lo había servido bien, pero jamás había sentido que aquel sitio fuera su hogar. En los últimos tiempos, cuando despertaba de algún sueño inquieto en el que siempre estaba presente la mujer roja, le costaba recordar dónde se encontraba.
 
El bufón volvió la cabeza a manchas para ver como Pylos subía por las escaleras de hierro que llevaban a la pajarera. Los cencerros sonaron al ritmo del movimiento.
 
—Bajo el mar, los pájaros tienen escamas en vez de plumas —dijo. Clang, clang—. Lo sé, lo sé, je, je, je.
 
Caramanchada resultaba lastimero hasta para ser un bufón. Quizá en algún tiempo fue capaz de provocar carcajadas con una réplica ingeniosa, pero el mar le había arrebatado aquel poder, junto con la mitad de los sesos y todos los recuerdos. Era blando y obeso, padecía estremecimientos y temblores, y a menudo era incoherente. La niña era la única que seguía riendo con sus bromas, la única a la que le importaba.
 
«Una niña fea, un bufón triste y un maestre... Eso sí que es una historia para llorar.»
 
—Siéntate conmigo, pequeña. —Cressen le hizo un gesto para que se acercara—. Es muy temprano para hacer visitas; acaba de amanecer. Deberías estar abrigadita en la cama.
 
—He tenido sueños malos —respondió Shireen—. Eran sobre los dragones. Venían a comerme.
 
—Este tema ya lo hemos hablado —le dijo con voz amable el maestre Cressen; no recordaba un tiempo en que la niña no hubiera sufrido pesadillas—. Los dragones no pueden cobrar vida. Están tallados en piedra, pequeña. En tiempos ya muy lejanos, nuestra isla era el fortín más occidental del gran Feudo Franco de Valyria. Los valyrios erigieron esta ciudadela, y conocían formas de tallar la piedra que nosotros ya hemos olvidado. Todo castillo debe tener una torre allí donde se encuentran dos muros; es necesario para defenderlo. Los valyrios les dieron forma de dragones a esas torres para que la fortaleza pareciera aún más temible, y también por eso coronaron los muros con un millar de gárgolas, y no con simples almenas. —Tomó una manita rosada entre las suyas, frágiles y llenas de manchas, y la apretó con cariño—. Así que ya ves: no hay nada que temer.
 
—Y la cosa del cielo, ¿qué? —Shireen no estaba nada convencida—. Dalla y Matrice estaban hablando junto al pozo, y Dalla ha dicho que la mujer roja le había dicho a mi madre que eso era aliento de dragón. Si los dragones tienen aliento, ¿no es porque están cobrando vida?
 
«La mujer roja —pensó el maestre Cressen con amargura—. Por si no fuera bastante malo que haya llenado de locuras la cabeza de la madre, ahora está envenenando los sueños de la hija.» Tendría que hablar seriamente con Dalla para que no fuera difundiendo semejantes tonterías.
 
—Eso del cielo, pequeña, es un cometa. Una estrella con cola que se ha perdido. Pronto desaparecerá, y no volveremos a verla. Te lo prometo.
 
Shireen asintió con valentía.
 
—Mi madre dice que el cuervo blanco significa que ya no es verano.
 
—Eso es cierto, mi señora. Los cuervos blancos vienen solo de la Ciudadela. —Cressen se llevó los dedos a la cadena que lucía en torno al cuello. Cada uno de los eslabones estaba forjado en un metal distinto, para simbolizar el dominio de las diferentes ramas del saber. El collar del maestre, el símbolo de su orden. En el orgullo de la juventud lo había llevado con facilidad, pero ya le parecía pesado, y sentía el metal frío contra la piel—. Son más grandes que los otros cuervos, y más listos; los crían para llevar los mensajes más importantes. Este lo enviaron para decirnos que el Cónclave se ha reunido, ha estudiado los informes y mediciones que han hecho maestres de todo el reino, y ha declarado que este largo verano termina ya. Ha durado diez años, dos ciclos y dieciséis días; ha sido el verano más largo que se recuerda.

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