Cinco Practicas De Congregaciones Fructiferas

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People are searching for a church shaped and sustained by Radical Hospitality, Passionate Worship, Intentional Faith Development, Risk-Taking Mission and Service, and Extravagant Generosity. These fundamental practices, now available in Spanish,are critical to the success of congregations. Their presence and strength demonstrate congregational health, vitality, and fruitfulness. By repeating and improving these practices, churches fulfill their mission to make disciples of Jesus...

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People are searching for a church shaped and sustained by Radical Hospitality, Passionate Worship, Intentional Faith Development, Risk-Taking Mission and Service, and Extravagant Generosity. These fundamental practices, now available in Spanish,are critical to the success of congregations. Their presence and strength demonstrate congregational health, vitality, and fruitfulness. By repeating and improving these practices, churches fulfill their mission to make disciples of Jesus Christ for the transformation of the world.

Robert Schnase astutely weaves theological insight, practical advice, and exemplary stories into an inspiring book for pastors and laity alike.

L. Gregory Jones, Dean and Professor of Theology, Duke Divinity School

Robert Schnase’s words are thoughtful, provocative, and challenging. Any congregation will find encouragement and insight to deepen faithfulness and multiply fruitfulness.

Lovett H. Weems, Jr., Distinguished Professor of Church Leadership, Wesley Theological Seminary

Stimulating. Challenging. Uniquely helpful. Bishop Schnase gives us powerful language, rich examples, and practical suggestions for fulfilling the mission God gives us.

Janice Riggle Huie, Bishop of the Texas Conference of The United Methodist Church

Read the Circuit Rider Review of Five Practices of Fruitful Congregations by Kenneth H. Carter, Jr., senior pastor at Providence United Methodist Church in Charlotte, NC.

Las personas buscan iglesias con la forma y el sustento de la hospitalidad radical, la adoración apasionada, el desarrollo intencional de la fe, la misión y servicio arriesgados, y la generosidad extravagante. Estas prácticas fundamentales son esenciales para el éxito de las congregaciones. Su presencia y fortaleza son muestra de salud, vitalidad y crecimiento de una congregación. Por medio de la repetición y mejora en la práctica de estas cualidades, las iglesias llevarán a cabo su misión de hacer discípulos de Jesucristo para la transformación del mundo.

Esta obra excelente del Obispo Robert Schnase trasciende el contexto angloparlante y denominacional del Metodismo Unido. Los aportes de este libro bendicen, iluminan y desafían a todas las comunidades de fe e iglesias hispanas en los Estados Unidos y también del continente latinoamericano y caribeño. Para aquellos líderes, pastores, pastoras y laicos que deseen herramientas poderosas para renovar y transformar sus iglesias, la lectura del presente libro es obligada.

Obispo Juan A. Vera Méndez

Iglesia Metodista de Puerto Rico

Robert Schnase resume en una manera clara y simple los aspectos prácticos más importantes que pueden caracterizar a una iglesia fuerte, vibrante y creciente. Cualquier pastor, sacerdote, rabino o líder laico que aplique estos principios, experimentará una enorme mejoría en el ambiente de su congregación y la verá crecer y multiplicarse.

Obispo Raúl García de Ochoa

Conferencia Anual Oriental - Iglesia Metodista de Mexico

En su libro, el Obispo Schnase nos ofrece sabiduria pastoral para un ministerio fructifero. A la vez practico y profundo, su libro invita a nuestras congregaciones a una transformacion espiritual y misional. Lo recomiendo con entusiasmo.

Joel N. Martinez

Obispo jubilado de la Iglesia Metodista Unida

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Product Details

  • ISBN-13: 9781426702488
  • Publisher: Abingdon Press
  • Publication date: 8/20/2009
  • Language: Spanish
  • Pages: 150
  • Product dimensions: 0.32 (w) x 6.00 (h) x 9.00 (d)

Meet the Author

Robert Schnase is bishop of the Missouri Conference of The United Methodist Church. Previously, he served as pastor of First United Methodist Church, McAllen, Texas. Schnase is the author of Five Practices of Fruitful Congregations, a best-selling book on congregational ministry that has ignited a common interest among churches and their leaders around its themes of radical hospitality, passionate worship, intentional faith development, risk-taking mission and service, and extravagant generosity. Five Practices has reached a global community with translations in Korean, Spanish, Russian, Hungarian, and German. Robert is also the author of Cultivating Fruitfulness, The Balancing Act, Five Practices of Fruitful Living, Ambition in Ministry, and Testing and Reclaiming Your Call to Ministry. Robert lives in Columbia, Missouri.
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First Chapter

Five Practices of Fruitful Congregations (Spanish version)

Cinco Practicas de Congregaciones Fructiferas
By Robert Schnase

Abingdon Press

Copyright © 2009 The United Methodist Publishing House
All right reserved.

ISBN: 978-1-4267-0248-8


Chapter One

La práctica de la hospitalidad radical

"Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios" (Romanos 15:7).

1.

Las congregaciones vibrantes, con fruto y en crecimiento, practican la hospitalidad radical. Con amor genuino hacia Cristo y otras personas, los laicos y pastores de estas congregaciones toman la iniciativa de invitar, dar la bienvenida, incluir y apoyar a personas nuevas, y les ayudan a crecer en la fe al ser incluidas en el cuerpo de Cristo. Sus miembros se centran en esas personas fuera de su congregación con la misma pasión con la que atienden, nutren y ayudan a desarrollarse a quienes ya pertenecen a la familia de fe, y recurren a su creatividad, energía y eficacia a esta labor, excediendo toda expectativa.

Las palabras radical y hospitalidad no aparecen generalmente juntas en la misma frase. Para que la iglesia avance, probablemente deberían ir juntas.

La hospitalidad cristiana se refiere al deseo activo de invitar, acoger, recibir y cuidar a esas personas ajenas, para que de esta forma encuentren una familia espiritual y descubran por sí mismas la interminable riqueza de la vida en Cristo. Describe el amor genuino hacia otras personas que no son todavía parte de la comunidad de fe, es un enfoque hacia fuera, un deseo de alcanzar a esas personas que no conocemos todavía, un amor que motiva a los miembros de la iglesia a la apertura y adaptabilidad, al deseo de cambiar comportamientos para poder así acomodar las necesidades y recibir los talentos de los recién llegados. Más allá de la mera intención, la hospitalidad practica el atento amor de Cristo, respeta la dignidad de otros y extiende la invitación divina a otros, no la nuestra propia. La hospitalidad es la marca del discipulado cristiano, es una característica de la comunidad cristiana, una expresión concreta de compromiso al crecimiento a la semejanza de Cristo al vernos a nosotros mismos como parte de la comunidad de fe, "no para ser servido, sino para servir" (Mateo 20:28). Al practicar la hospitalidad, llegamos a ser parte de la invitación de Dios a una vida nueva, mostramos a las personas que Dios en Cristo las valora y las ama.

La hospitalidad fluye a través de las Escrituras. En Deuteronomio, Dios alienta al pueblo de Israel a que reciban al forastero, al transeúnte, al que vaga. ¿Por qué? "Porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto" (Deuteronomio 10:19).

También nosotros fuimos, en un tiempo, extranjeros a la fe, residíamos fuera de la comunidad en donde ahora encontramos riqueza de significado, gracia, esperanza, amistad y servicio. Pertenecemos al cuerpo de Cristo gracias a la hospitalidad de otra persona. Alguien nos invitó, animó, recibió y ayudó a sentirnos acogidos –alguien en la familia, una amistad, un pastor o quizás un extraño. Por el amor de alguien fuimos injertados en el cuerpo de Cristo. Si no nos hubiéramos sentido acogidos y apoyados, no nos hubiéramos quedado.

Jesús dice, "fui forastero y me recogisteis" (Mateo 25:35). "En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mateo 25:40). Nuestro comportamiento hacia los que no conocemos cambiaría si realmente viviéramos de acuerdo con esta actitud.

Podemos imaginar el siguiente escenario en cualquier iglesia dada. Una madre soltera, joven, con un niño pequeño de su mano, en el pasillo de la iglesia, que mira a su alrededor incómoda por toda esa gente que no conoce en su primera visita a la iglesia. Alguien en su trabajo le dijo que le gustaba la música que se tocaba en esa iglesia y la invitó para que la visitara, al momento ella dudaba que su decisión hubiera sido una buena idea. Se preguntaba si tenían guardería en la iglesia, consciente de que su niño puede empezar a llorar en cualquier momento, sin saber todavía donde estaban los baños, y siendo demasiado tímida para hacer preguntas, cuestionándose en su mente si ese era el lugar adecuado para ella o si esa iglesia sería apropiada para ella. ¿Dónde se sentaría y qué pasaría cuando se siente sola con su niño? ¿Hará demasiado ruido el niño? Siente la necesidad de la oración, de conectarse con otras personas, de un estímulo que le levante el ánimo por encima de sus circunstancias de trabajo, de las facturas interminables, de los conflictos con su ex-marido y de las preocupaciones en cuanto a su hijo.

Ahora, imaginemos qué pasaría si alguien tomara las palabras de Jesús seriamente. Miraría a esta persona en la totalidad de esperanzas y ansiedades, deseos e incomodidades que lleva consigo, y pensaría: "Ella es miembro de la familia de Jesús, y Jesús quiere que la tratemos como si estuviéramos tratando a Jesús mismo si él estuviera aquí". Con esto en mente, ¿cómo sería la calidad de nuestro acogimiento y nuestro esfuerzo para hacerla sentirse cómoda? ¿Cuál sería nuestro entusiasmo a la hora de ayudar, servir, recibir atentamente, apoyar y alentar a alguien? Tomar a Jesús seriamente cambia el comportamiento de una congregación.

A cada oportunidad, los discípulos parecen listos a establecer impedimentos y distancias para mantener a las personas a distancia de Jesús. Tienen miles de razones para ignorar, evitar y, a veces, hasta frustrar todo intento de las personas a acercarse a Jesús, y le recuerdan a Jesús que algunas de estas personas son demasiado jóvenes, o están demasiado enfermas, o son demasiado pecaminosas, viejas, romanas, ciegas o gentiles para merecer su atención. Jesús enseña, "Cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe" (Mateo 18:5). Cada vez Jesús desafía en extremo las expectativas de sus discípulos al cruzar esas líneas demarcadoras que impiden que las personas se acerquen. La hospitalidad nos hace ver a las personas de la misma manera que Jesús las ve, y nos hace ver a Jesús en las personas que Dios trae delante de nosotros.

Sin embargo, la hospitalidad de Jesús va más allá de una bienvenida cordial cuando alguien se acerca a la entrada de la iglesia, del saludo amable y después sentirnos bien por haber completado nuestra obligación. Jesús nos cuenta una parábola de sí mismo, y dice, "El rey dijo a sus siervos: Id a las salidas de los caminos y llamad a la boda a cuantos halléis" (Mateo 22:9). Seguir el ejemplo de Jesús y reunir a las personas dentro del cuerpo de Cristo, invitarlas al banquete del amor atento de Dios, requiere un enfoque intencional hacia quienes están fuera de la comunidad de fe. El ejemplo de Cristo de hospitalidad demanda una postura de incesante invitación que llevamos con nosotros a nuestro mundo de trabajo y placer y a nuestra práctica de ciudadanía y servicio a la comunidad. Conlleva que nos veamos a nosotros mismos como enviados de Cristo, y exceder, e incluso arriesgar, nuestro sentir de vergüenza o inconveniencia para invitar a las personas a distintos aspectos del ministerio de la iglesia. La hospitalidad es oración, trabajo, hábito, práctica e iniciativa hacia los propósitos de Cristo.

Pablo imploraba a los seguidores de Cristo a practicar la hospitalidad activa. "Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios" (Romanos 15:7). La gracia recibida de Cristo otorga a los cristianos el don gozoso y la tarea desafiante de ofrecer a otras personas la misma bienvenida que ellos mismos han recibido. La epístola a los Hebreos nos advierte, "No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles" (Hebreos 13:2). Las personas que recibimos en una congregación podrían resultar en esos individuos a través de los cuales Dios da gracia a otras vidas. Conforme la comunidad de fe recibe y asimila a personas nuevas, y acepta sus dones espirituales y talentos naturales, sus experiencias en la vida y perspectivas en cuanto a la fe, la iglesia cambia y su ministerio se expande. Dios utiliza a las personas nuevas para inyectar nueva vida en las congregaciones.

Juan Wesley y los primeros metodistas practicaron la hospitalidad de forma tan radical para sus días que muchos de los líderes tradicionales de la iglesia consideraron sus actividades ofensivas. Wesley predicó a miles en las carreteras y en campo abierto para poder llegar a los mineros del carbón, trabajadores de la tierra, de fábricas, a las clases bajas y a los más pobres entre los pobres. Los invitó a la comunidad y plantó en ellos un sentido fuerte de pertenecer a algo cuando organizó sociedades y clases en las que se responsabilizaban los unos de los otros, se apoyaban y preocupaban por otros. Wesley habló de la gracia previniente de Dios; la gracia que precede y prepara y que atrae a las personas a Dios.

De acuerdo con Wesley, antes de que las personas vienen a la fe conscientemente, tienen el deseo interno de una relación con Dios, este deseo esta reprimido, olvidado, abandonado, ignorado o negado. Por la gracia que precede conciencia o decisión, Dios crea la disposición para la fe en el individuo y fomenta el naciente anhelo de agradar a Dios. Por la gracia de Dios, las personas pueden estar más dispuestas de lo que creemos a aceptar la invitación e iniciativa de Cristo que viene a través de la hospitalidad atenta. Así como la gracia previniente capacita a las personas a decidir acercarse a Dios, también la gracia de Dios funciona a través de la iglesia para ofrecer un amor acogedor y cariñoso. A través de la práctica de la Hospitalidad radical, los metodistas antiguos, de igual forma que los metodistas unidos de hoy, expresan esta bienvenida atenta de Dios en Cristo. Dios anhela relacionarse con las personas. La gracia de Dios activa el interés y el deseo de esta relación al igual que esta gracia da forma a la disposición de invitar que las congregaciones expresen para extender su amor.

2.

He servido en una congregación que quería profundizar en su entendimiento de la hospitalidad, para crecer más allá de esas pautas prácticas que se recomiendan en libros de evangelismo, asimilación y seguimiento de las visitas. Seguíamos todas las técnicas adecuadamente –señalizaciones adecuadas, estacionamiento accesible, ujieres entrenados, un sistema de seguimiento de nuestros visitantes. Sin embargo, estábamos buscando una cultura de hospitalidad que se extendiera a nuestras clases dominicales, equipos de misión, coros y ministerio con la juventud. Invité a diez líderes de la iglesia para que se comprometieran conmigo a una sucesión de almuerzos en los que estudiaríamos y reflexionaríamos en profundidad la idea de acoger a las personas dentro del cuerpo de Cristo. Estos líderes amaban la iglesia, vivían su fe y eran personas que otras seguían naturalmente. Ajustaron sus horarios de trabajo y responsabilidades familiares para poder reunirse hora y media, una vez a la semana, durante seis semanas. Les entregué copias de un pequeño libro titulado Widening the Welcome of Your Church (Fred Bernhard y Steve Clapp, Lifequest Publishing) y les envié una carta con las lecturas asignadas para cada semana y los pasajes bíblicos correspondientes como guía para nuestra conversación. Compartir en cuanto a nuestros peregrinajes en la fe era el eje de nuestro tiempo juntos, no el contenido del libro.

En nuestra primera sesión, compartimos cómo cada persona del grupo había llegado a formar parte del cuerpo de Cristo. Discutimos preguntas como: ¿Quién nos invitó? ¿Quién nos trajo a la iglesia? ¿Dónde nos empezamos a involucrar y qué clase de ministerio o actividad atendimos por primera vez? ¿Cómo nos sentimos en esos primeros encuentros con el cuerpo de Cristo? ¿Qué dificultades tuvimos que superar? Hablamos de personas, lugares, servicios, ministerios, pastores y estudios que Dios utilizó para formarnos. Algunas personas mencionaron experiencias en las que querían formar parte de otras iglesias y encontraron resistencia, obstáculos y frialdad. Después, hablamos de los que nos habían dirigido a First Church, la congregación a la que ahora pertenecemos. ¿Cuándo fue la primera vez que oímos de esta iglesia? ¿Cómo fue nuestra primera experiencia de adoración en esta congregación? ¿Qué fue lo que nos fortaleció y nos hizo sentirnos bienvenidos o qué fue lo que nos hizo sentir dificultades para hacer la conexión con la congregación? Muchos de los participantes se sorprendieron al oír lo difícil que les resultó a algunas personas sentirse acogidas o incluso cuánto tiempo pasó hasta que se sintieron acogidas. Otros mencionaron determinadas personas o eventos que les abrieron las puertas y les ayudaron a sentirse parte de la comunidad de fe. La conversación que se produjo fue conmovedoramente honesta y profunda, en ella se entrelazaron las experiencias de miembros antiguos con las de miembros que acababan de unirse a la iglesia.

En otra de las sesiones, discutimos el significado teológico de la iglesia como cuerpo de Cristo, e indagamos en el "por qué" de la invitación, acogimiento y hospitalidad. ¿Por qué invitamos y acogemos a personas a nuestro grupo? ¿Para impresionar al obispo con nuestras estadísticas y números? ¿Para poder sobrevivir como institución y crear un presupuesto más estable? Discutimos el propósito fundamental por el cual la iglesia existe: para traer a las personas a una relación con Dios a través de Jesucristo, y ver cómo esta relación cambia vidas. Vivir en comunidad con otras personas es parte del plan y la intención de Dios para con nosotros. Una congregación es una escuela de amor, el lugar donde el espíritu de Dios nos forma y el lugar donde aprendemos a dar y recibir amor a amistades, vecinos y personas que no conocemos. La iglesia es la presencia de Cristo en el mundo, el medio por el cual Dios nos entreteje en su comunidad para transformar nuestras vidas y las vidas de los que nos rodean. Para mantener la discusión producente, evitamos centrarnos prematuramente en técnicas y estrategias, y nos concentramos en el propósito fundamental de la hospitalidad cristiana.

En otra de las sesiones hablamos honestamente de los dones mayores que hemos recibido en nuestra relación con Cristo a través de la iglesia. Las personas describieron cómo les habían ayudado First Church a criar a sus hijos e hijas, y recordaron momentos de gracia y ternura que les habían sustentado en tiempos de pena y tristeza. Dieron gracias a Dios por esas amistades cercanas que habían adquirido en la iglesia y que les habían ayudado a modelar sus vidas, y por el conocimiento obtenido al enfrentar los desafíos de la vida. Más aún, consideramos con franqueza, sin jactancia o espíritu de falsa modestia, cuáles habían sido las mayores contribuciones que hemos realizado para edificar el cuerpo de Cristo. Algunas personas hablaron de cuando enseñaron en el grupo de adolescentes en la escuela dominical, otras de los proyectos misioneros que habían dirigido y otras de las contribuciones financieras que habían hecho para proyectos determinados. Después de que todos los participantes compartieran sus experiencias, sugerí que pensáramos en otra contribución que quizás se deba hacer o se deba considerar hacer. La mayor contribución que podemos hacer al cuerpo de Cristo es invitar a alguien o ayudar a una nueva persona a que se sienta genuinamente bienvenida para que pueda recibir lo que nosotros hemos recibido.

A veces los miembros olvidan que las iglesias tienen mucho que ofrecer a las personas. ¿Qué es lo que las personas necesitan y que las congregaciones ofrecen? Adam Hamilton, en Leading Beyong the Walls, nos recuerda (en la pág. 21) que toda iglesia debe ser clara en su respuesta a las preguntas, "¿Por qué necesitan las personas a Cristo? ¿Por qué necesitan las personas la iglesia? Y ¿por qué necesitan las personas esta congregación en particular?" ¿Es demasiado presuntuoso, egoísta o arrogante el percibir una responsabilidad, o incluso un llamado, de invitar y animar a otras personas para que puedan recibir lo que nosotros ya hemos recibido?

¿Qué es lo que las personas que ya pertenecen a la comunidad de fe han recibido que nuestro prójimo necesita? Teológicamente, la respuesta podría ser, "una relación con Dios a través de Jesucristo". Esto es demasiado abstracto para muchos, y a veces lleno de experiencias negativas para otros muchos, experiencias de estilos de evangelización intrusos y agresivos. Sin embargo, la pregunta persiste, ¿cómo expresamos con integridad y claridad lo que ansiamos que otras personas reciban? ¿Qué necesitan las personas que la iglesia ofrece?

(Continues...)



Excerpted from Five Practices of Fruitful Congregations (Spanish version) by Robert Schnase Copyright © 2009 by The United Methodist Publishing House. Excerpted by permission of Abingdon Press. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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