Con un leon en medio de un foso: Como sobrevivir y triunfar cuando ruge la dificultad

Con un leon en medio de un foso: Como sobrevivir y triunfar cuando ruge la dificultad

by Mark Batterson
     
 
El remordimiento más grande que tendrás al finalizar tu vida será que los leones no te persiguieron. Miraras hacia atrás con anhelo a los riesgos que no tomaste, las oportunidades que desaprovechaste, los sueños que no perseguiste. Deja de huirle a lo que más te asusta y empieza a perseguir las oportunidades decretadas por

Overview

El remordimiento más grande que tendrás al finalizar tu vida será que los leones no te persiguieron. Miraras hacia atrás con anhelo a los riesgos que no tomaste, las oportunidades que desaprovechaste, los sueños que no perseguiste. Deja de huirle a lo que más te asusta y empieza a perseguir las oportunidades decretadas por Dios que se te cruzan en el camino. Con un león en medio de una fosa está inspirado por uno de los actos más valientes pero menos conocido en las Escrituras, un acto audaz y bendito que no dejo remordimientos: «Benaías persiguió un león hasta una fosa. Después, a pesar de la nieve y lo resbaloso de la tierra, el agarro al león y lo mato» (2 Samuel 23:20-21). ¡Desata al caza leones dentro de ti!

Product Details

ISBN-13:
9780829762150
Publisher:
Vida
Publication date:
03/26/2013
Edition description:
Translatio
Pages:
208
Product dimensions:
5.30(w) x 8.40(h) x 0.70(d)
Age Range:
18 Years

Read an Excerpt

In a Pit With a Lion on a Snowy Day


By Mark Batterson

ZONDERVAN

Copyright © 2013 Mark Batterson
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-6215-0


Chapter One

Mírale fijamente a los ojos a tu león

Eres responsable para siempre por aquello que hayas domesticado. Antoine de Saint-Exupéry

En las Escrituras hay un oscuro pasaje que dudo que haya habido algún maestro de Escuela Dominical que les haya asignado a sus alumnos como texto para aprender de memoria. Tampoco oí hacer exégesis ninguna de él en las clases de teología sistemática que recibí en el seminario. No tiene relación en absoluto con ninguna de las doctrinas bíblicas principales. Es posible que lo hayas leído unas cuantas veces en algún plan para leer la Biblia en un año, pero también es probable que ni siquiera se haya convertido en un puntito dentro de la pantalla de tu radar.

Enterrado en el segundo libro de Samuel, en el Antiguo Testamento, en el capítulo veintitrés y los versículos veinte y veintiuno, se encuentra uno de los pasajes más inconcebibles e inspiradores de las Escrituras:

«Después, Benaía hijo de Joiada, hijo de un varón esforzado, grande en proezas, de Cabseel. Este mató a dos leones de Moab; y él mismo descendió y mató a un león en medio de un foso cuando estaba nevando.

También mató él a un egipcio, hombre de gran estatura; y tenía el egipcio una lanza en su mano, pero descendió contra él con un palo, y arrebató al egipcio la lanza de la mano, y lo mató con su propia lanza» (RVR1960).

Es fácil leer versículos como estos en la comodidad de nuestro hogar u oficina, y al mismo tiempo perderse por completo el significado de los monumentales actos de valor exhibidos por Benaías. ¿Has conocido alguien, u oído hablar de alguien que haya perseguido a un león? Claro; en el circo de Barnum & Bailey tienen domadores de leones. Pero ¿cazadores de leones? Benaías no tenía rifle de caza, ni tampoco conducía un auto todoterreno. Y aquello no fue ningún safari en un parque de caza.

Las Escrituras no nos dicen lo que estaba haciendo Benaías, o dónde estaba cuando se encontró con este león. No conocemos a qué hora del día sucedió esto, nilo que tenía Benaías en la mente. Sin embargo, las Escrituras revelan su reacción instintiva. Y demostró tener agallas. Es una de las reacciones más improbables de las que han recogido las Escrituras. Por lo general, cuando la imagen de un animal carnívoro viaja a través del nervio óptico y se registra en la cortezavisual,elcerebrolanzaunmensajeurgenteygeneral:¡Huye!

La gente normal le huye a los leones. Huye tan lejos y tan rápido como puede. En cambio, los cazadores de leones parecen tener un sistema con conexiones distintas.

En cuanto a la mayor parte de nosotros, los únicos leones que hemos encontrado han estado encerrados en una jaula. Pocos de nosotros hemos experimentado un combate frente a frente que nos haya obligado a luchar por conservar la vida. Pero trata de ponerte en los zapatos de Benaías.

Por el rabillo de un ojo, Benaías ve algo que se arrastra. Yo no sé a qué distancia se encuentra el león —y es probable que su visión esté oscurecida por la nieve que está cayendo y su propio aliento que se congela—, pero hay un momento en el cual Benaías y el león se miran fijamente. Sus pupilas se dilatan. Sus músculos se tensan. La adrenalina corre con fuerza.

¡Qué momento para Hollywood!

Imagínate que lo vieras en la pantalla del cine, con sonido ambiental THX. Los nudillos se te ponen blancos de aferrarte a los brazos del asiento del cine. Te sube con rapidez la presión sanguínea. Y todos los asistentes esperan lo que va a suceder después. Los encuentros con leones tienden a tener guiones parecidos. El hombre huye como un gato asustado. El león lo persigue. Y el rey de las bestias come sándwich humano en el almuerzo.

¡Pero esta vez no es así! Sucede algo tan improbable como caer hacia arriba, o que el segundero de tu reloj comience a girar en contra de las demás agujas. El león da media vuelta y es Benaías el que lo persigue.

La cámara filma la persecución al nivel del suelo.

Los leones pueden correr hasta unos cincuenta y cinco kilómetros por hora, y saltar entre nueve y diez metros de una sola vez. Benaías no tiene oportunidad alguna de salvarse, pero eso no impide que persiga al león. Entonces el león da un paso en falso que resulta crítico. El suelo cede bajo los doscientos treinta kilos de su cuerpo y cae por un profundo terraplén hasta un foso lleno de nieve. Dicho sea de paso, estoy seguro de que el león cayó de pie. Al fin y al cabo, los leones pertenecen al género de los felinos, como los gatos.

En este momento ya no hay nadie que esté comiendo palomitas de maíz. Todos los ojos están fijos en la pantalla. Es el momento de la verdad; Benaías se acerca al foso.

Casi como quien camina sobre una capa delgada de hielo, Benaías mide cada paso que da. Se acerca poco a poco al borde y mira hacia dentro del foso. Unos amenazantes ojos amarillos le devuelven la mirada. Todo el público está pensando lo mismo: ¡Ni se te ocurra pensarlo!

Has pasado alguna vez por uno de esos momentos en los que haces algo loco, y después te preguntas: Pero, ¿qué estaba yo pensando? Este tiene que haber sido para Benaías uno de esos momentos. ¿Quién que no esté loco se dedica a perseguir leones? Pero Benaías dispone ahora de un momento para poner en orden sus pensamientos, recuperar su cordura y contemplar la realidad. Y la realidad es esta: La gente normal no persigue leones.

Así que Benaías se da media vuelta y se aleja. El público deja escapar un suspiro colectivo de alivio. Pero Benaías no se está marchando de allí. Está tomando impulso para correr. Del público surge un ahogado grito común mientras Benaías corre hacia el foso y sale volando en un salto de fe.

El lente de la cámara retrocede para ofrecer un cuadro más amplio.

Ves dos grupos de huellas que llevan hasta el borde del foso. Uno de ellos está formado por huellas de pies. El otro por huellas de zarpas. Benaías y el león desaparecen en la oscuridad del foso. Se oscurece la pantalla para que se pueda seguir clasificando la película como apta para mayores de trece años. Y durante unos críticos instantes, los asistentes solo pueden escuchar la pista de sonido THX. En la caverna del foso se oye el eco de un rugido ensordecedor. Un ensordecedor grito de batalla hiela la sangre y perfora el alma.

Después, un silencio mortal.

La película se detiene.

Todos los que están en el cine esperan ver un león sacudiendo su melena y saltando fuera del foso. Pero después de unos pocos momentos agonizantes de suspenso, la sombra de un ser humano aparece en la pantalla cuando Benaías salta fuera del foso. La sangre de sus heridas gotea sobre la nieve recién caída. Tiene el rostro y el brazo que lleva la lanza llenos de marcas de garras. Pero Benaías gana una de las victorias más improbables que recogen las páginas de las Escrituras.

Un día terrible, horrible, muy malo, en el que no pasa nada bueno

Desde el mismo principio, permíteme compartir contigo una de mis convicciones básicas: Dios se dedica a colocarnos de maneras estratégicas en el lugar correcto y el momento oportuno. Nuestro derecho de nacimiento como seguidores de Cristo es el tener una sensación de destino. Dios es maravillosamente bueno para hacer que lleguemos donde él quiere que vayamos. Pero aquí está el problema: Con mucha frecuencia, el lugar correcto nos parece como el lugar que no debería ser, y el momento correcto nos suele parecer un momento inoportuno.

¿Acaso puedo subestimar lo que es obvio?

Lo normal es que encontrarse con un león en un lugar remoto sea un mal asunto. ¡Algo realmente malo! Encontrarse en un foso con un león en un día de nevada es algo que por lo general se califica como un día terrible, horrible, que no tiene nada de bueno; un día en verdad malo. Por lo común, esa combinación de circunstancias solo puede significar una cosa: la muerte.

No creo que a nadie se le hubiera ocurrido apostar a favor de que Benaías ganaría aquella pelea; probablemente ni al más arriesgado de los jugadores. Tendría que quedar como el pobre infeliz que apuesta cien a uno. Y la nevada que caía en el día del encuentro no favorecía para nada sus posibilidades.

Las Escrituras no nos dan una descripción golpe tras golpe de lo que sucedió en aquel foso. Todo lo que sabemos es que, cuando se asentó la nieve, el león estaba muerto y Benaías estaba vivo. Quedaron solo un conjunto de huellas de zarpas, pero había también dos conjuntos de huellas de pies de hombre, uno hacia el foso y otro saliendo de él.

Pasemos ahora dos versículos más adelante y veamos lo que sucede en la siguiente escena.

En 2 Samuel 23:23 dice: «David lo puso al mando de su guardia personal». Se está refiriendo a Benaías.

No me vienen a la mente demasiados lugares donde preferiría no estar, que en un foso con un león y en un día en que esté nevando. ¿Se te ocurre alguno a ti? No creo que estar metido en un foso con un león en un día de nieve sea algo que se encuentre en la lista de deseos de nadie. Es lo mismo que tener ganas de morir. Pero tenemos que admitir algo: ¡«Maté a un león dentro de un foso en un día en que estaba nevando» es algo que en verdad impresiona en tu Currículum Vítae, si le estás pidiendo un puesto de guardaespaldas al rey de Israel!

¿Me estoy explicando?

Me puedo imaginar a David revisando los Currículums que le han presentado. «Me especialicé en seguridad en la Universidad de Jerusalén». Noooo. «Hice mis prácticas con la Guardia Palaciega». Nada. «Trabajé para la compañía Brinks de Carruajes Blindados». Gracias, pero no me interesa.

Entonces, David llega hasta el último Currículum del montón. «Maté a un león dentro de un foso en un día en que estaba nevando». David no se molestó ni siquiera en ver quiénes eran los que lo recomendaban. Esa es la clase de persona que quieres a cargo de tu grupo de guardaespaldas. Los cazadores de leones son formidables para acabar con los camorreros.

Ahora, alejemos la cámara de manera que veamos esta historia a través de una lente ancha.

La mayoría de la gente habría visto al león como un problema de doscientos y tantos kilos, pero Benaías no. La mayor parte de la gente consideraría como mala suerte encontrarse en un foso con un león, y en un día en que está nevando. Ahora bien, ¿puedes ver cómo Dios convirtió lo que se habría podido considerar como un momento de mala suerte, en un momento fabuloso? Benaías había conseguido una entrevista de trabajo con el rey de Israel.

Estoy seguro de que el puesto de guardaespaldas era lo último que tenía en mente Benaías cuando se encontró con el león, pero él no solo estaba persiguiendo al león. También estaba persiguiendo un puesto en el gobierno de David.

Esto es lo que te quiero decir: Dios se dedica a crear Currículums Vítae. Él siempre está usando las experiencias del pasado con el fin de prepararnos para las oportunidades del futuro. Pero esas oportunidades que Dios nos da, vienen disfrazadas muchas veces de leones comedores de hombres. Y nuestra forma de reaccionar cuando nos encontremos con esos leones determinará nuestro destino. Podemos retroceder llenos de miedo y huir de nuestros mayores desafíos, o podemos perseguir el destino que Dios tiene dispuesto para nosotros, aprovechando la oportunidad que él nos está poniendo delante.

Cuando miro mi propio pasado, reconozco esta sencilla verdad: Las mayores oportunidades han sido los leones más aterradores. Dentro de mí, había algo que quería ir al seguro, pero he aprendido que no correr riesgos es el mayor de todos los riesgos.

Renunciar a una beca total en la Universidad de Chicago para transferir mis estudios a un pequeño Colegio Bíblico fue correr un gran riesgo. Pedirle a Lora, hoy mi esposa, que se casara conmigo, fue también otro gran riesgo. (Por supuesto, no fue un riesgo tan grande como el que Lora me contestara con un sí). Empacar todas nuestras pertenencias en esta tierra en un camión U-haul de cuatro metros y medio y mudarnos para Washington DC sin un lugar donde vivir, ni un sueldo garantizado, fue un inmenso riesgo. Cada uno de nuestros tres hijos ha sido un gran riesgo. Dedicarnos sin más a fundar una iglesia sin experiencia pastoral alguna, fue un gran riesgo, tanto para nosotros como para la iglesia.

Pero cuando lo miro todo por el espejo retrovisor, me doy cuenta de que los riesgos más grandes han sido mis mayores oportunidades. Algunas de esas decisiones que nos cambiaron la vida nos hicieron pasar noches enteras sin dormir. Los pasos de fe venían acompañados por un agudo temor que me causaba náuseas. Experimentamos ciertas dificultades económicas que exigieron que Dios nos proveyera de manera milagrosa. Y unas cuantas veces tuvimos que levantarnos y sacudirnos el polvo después de haber caído de bruces en el suelo.

Sin embargo, esos eran los momentos en los que me sentía vivo. Eran los momentos en los que Dios preparaba el escenario. Eran los momentos que iban cambiando la trayectoria de mi vida.

Sin agallas, no hay gloria

En su libro If Only [Si solo], el Dr. Neal Roese hace una fascinante distinción entre dos maneras de lamentarse: lamentarse por haber actuado, y lamentarse por no haber actuado. Lamentarse por haber actuado es «querer no haber hecho algo». En términos teológicos se le llama a esto pecado de comisión. Lamentarse por no haber actuado es «querer haber hecho algo que no hicimos» . En términos teológicos, es un pecado de omisión.

Me da la impresión de que la iglesia ha fijado su atención durante demasiado tiempo en los pecados de comisión. Tenemos una larga lista de cosas que no debemos hacer. Piénsalo como una santidad a base de resta. Pensamos que la santidad es el producto secundario de la sustracción de nuestra vida de algo que no debería estar en ella. Y es cierto que la santidad implica una resta. Pero me parece que a Dios le preocupan más los pecados de omisión; aquellas cosas que habríamos podido y debido hacer. Esta es la santidad por multiplicación. La bondad no es la ausencia de maldad. Hay quienes no hacen nada malo, pero aun así, tampoco hacen nada bueno. Los que se limitan a huir del pecado son cristianos a medias. Nuestro llamado es mucho más elevado que el simple huir de lo que no es correcto. Hemos sido llamados a perseguir leones.

Hay un viejo aforismo que dice: «Sin agallas, no hay gloria». Cuando no tenemos las agallas necesarias para dar el paso de fe y salir a perseguir leones, entonces le estamos robando a Dios la gloria que por derecho le pertenece.

¿Hay alguien más que se sienta cansado de un cristianismo reactivo, más conocido por las cosas a las que se opone, que por las cosas que propone? Nos hemos puesto excesivamente a la defensiva . Nos hemos vuelto demasiado pasivos. Los cazadores de leones son gente emprendedora. Saben que ir siempre al seguro constituye un riesgo. Los cazadores de leones siempre están alertas en espera de que aparezcan las oportunidades que Dios pone en su camino.

Tal vez hayamos medido la madurez espiritual de una manera equivocada. Tal vez seguir a Cristo no deba ser algo tan seguro, o tan civilizado, como nos han hecho pensar. Tal vez Cristo fuera más peligroso e incivilizado que como lo presentan nuestros franelógrafos de la Escuela Dominical.

En este libro te voy a presentar a unos cuantos cazadores de leones que yo conozco. Gente como John, un abogado de Georgetown que suspendió su práctica legal para hacer una película documental acerca del tráfico con seres humanos en Uganda. O Kurt, profesor vitalicio que renunció a su cátedra para perseguir un sueño «punto-com». O Natalie, una graduada del colegio universitario que se mudó al otro extremo del mundo para enseñar inglés en las Islas Marshall. O Sarah, miembro de la National Community Church que siguió el llamado de Dios e hizo un viaje misionero a Etiopía, a pesar de sus numerosos temores. O Lee, quien no solo renunció a su puesto de nivel ejecutivo en la Microsoft, sino que perdió el derecho a todas sus opciones con las acciones de la compañía para ir a fundar una iglesia. O Greg, un neófito político que decidió lanzarse a la pelea y aspirar a un asiento en el Congreso.

La mayoría de nosotros aplaudimos a los cazadores de leones desde los lados del camino. ¡Muy bien hecho! Nos inspiran las personas que se enfrentan a sus temores y persiguen sus sueños. Pero no nos damos cuenta de que ellos no son diferentes a nosotros.

Los cazadores de leones que te encontrarás en este libro son personas comunes y corrientes. Se han puesto los pantalones, primero en una pierna y después en la otra, como todos los demás. La mayoría de ellos tenían un susto de muerte cuando compraron el billete de avión o presentaron su renuncia. La comparación entre los pros y los contras les produjo unas cuantas úlceras por el camino. Y a veces dio la impresión de que eran ellos los que habían sido arrinconados por el león en aquel foso lleno de nieve.

(Continues...)



Excerpted from In a Pit With a Lion on a Snowy Day by Mark Batterson Copyright © 2013 by Mark Batterson. Excerpted by permission of ZONDERVAN. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Mark Batterson, autor de El hacedor de círculos y Con un león en medio de un foso, es pastor principal de National Community Church, en Washington, D.C., cuya labor está enfocada en alcanzar a las nuevas generaciones. Tiene dos maestrías obtenidas en la Escuela de Divinidades Evangélica Trinity, en Chicago. Reside con su esposa Lora y sus tres hijos en Capitol Hill, Washington, D. C.

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