Corpúsculo

Corpúsculo

by Harvard Lampoon
     
 

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“Estaba completamente segura de unas tres cosas. Primero, Edwart era, tal vez, mi alma gemela, quizá. Segundo, él tenía una parte de vampiro —que yo asumía estaba totalmente fuera de su control— que me quería muerta.Y tercero, yo deseaba incondicional, irrevocable, impenetrable, heterogénea,…  See more details below

Overview

“Estaba completamente segura de unas tres cosas. Primero, Edwart era, tal vez, mi alma gemela, quizá. Segundo, él tenía una parte de vampiro —que yo asumía estaba totalmente fuera de su control— que me quería muerta.Y tercero, yo deseaba incondicional, irrevocable, impenetrable, heterogénea, ginecológica y vergonzosamente que me besara”. Y así, Belle Goose se enamoró del misterioso y chispeante Edwart Mullen en esta desternillante parodia de la irreverente Harvard Lampoon.
 
Pálida y patosa, Belle llega a Switchblade, Oregon, buscando una aventura o por lo menos, un compañero de clase inmortal. Pronto descubrirá a Edwart, un nerd guapo, loco de las  computadoras, con cero interés por las chicas. Después de ser testigo de extraños sucesos –¡Edwart no se ha comido sus patatas rellenas!¡Edwart la ha salvado de una bola de nieve!–, Belle tiene una dramática revelación: Edwart es un vampiro. Pero, ¿cómo convencerle para que la muerda y la convierta en su novia eterna si parece sentir repulsión por las chicas?
 
Políticamente incorrecta, llena de amor, peligro, acoso e insuficiente supervisión paternal, Corpúsculo es la hilarante historia de una chica obsesionada por los vampiros que busca el amor en el sitio equivocado.

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Product Details

ISBN-13:
9780307832504
Publisher:
Knopf Doubleday Publishing Group
Publication date:
12/12/2012
Sold by:
Random House
Format:
NOOK Book
Pages:
192
File size:
279 KB

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1
PRIMER VISTAZO
 
     El sol abrasador de Phoenix caía a plomo sobre la ventanilla del coche de la que colgaba con abandono mi pálido brazo desnudo. Mi madre y yo íbamos al aeropuerto, donde lo único que me esperaba era un billete, un billete solo de ida.
     Mi reflejo en el cristal me devolvía un semblante abatido, meditabundo y también una pizca intrigado. Parecía una expresión fuera de lugar en una chica vestida con un top de encaje sin mangas y tejanos bajos (con estrellas en los bolsillos traseros), de esos que dejan el ombligo al aire. Pero yo era de ese tipo de chicas que se sienten fuera de lugar. Luego me senté mejor en el asiento y no tan pegada al salpicadero. Mucho mejor.
     Me estaba exilando a mí misma de la casa de mi madre en Phoenix a la de mi padre en Switchblade.* En aquel exilio autoexilado conocería el dolor de la diáspora y el placer de imponérmelo, desoyendo de modo cruel mi propia voluntad, que me suplicaba que le dejase dar el último adiós al hongo que estaba cultivando en una maceta. Tenía que endurecerme si iba a ser una refugiada en Switchblade, una ciudad en el noroeste de Oregón de la que nadie ha oído nunca hablar. No intentéis buscarla en un mapa; no es lo bastante importante para que los cartógrafos se molesten en incluirla. Y ni se os ocurra pensar en buscarme en ese mapa... Por lo que parece, yo tampoco soy lo bastante importante.
     —Belle —dijo mi madre haciendo pucheros en la terminal.
     Noté una punzada de remordimiento al abandonarla a su suerte en aquel enorme e inhóspito aeropuerto. Pero, como decía el pediatra, no podía permitir que su síndrome de ansiedad por separación me impidiera salir de casa durante ocho años más o menos.
     Me arrodillé y la cogí de las manos.
     —Belle solo estará fuera el resto de la secundaria, ¿vale? Te lo vas a pasar en grande con Bill. ¿Verdad, Bill?
     Bill asintió. Era mi nuevo padrastro y la única persona que tenía a mano para que cuidara de ella mientras yo estaba fuera. No puedo decir que confiara en él, pero salía más barato que una canguro.
     Me puse en pie y me crucé de brazos. Ya era hora de acabar con aquellas gilipolleces.
    —Los números de emergencia están encima del teléfono de la cocina —le dije—. Si se hace daño, sáltate los dos primeros; son tu móvil y el de la pizzería. Os he dejado comida preparada suficiente para los dos durante el primer mes, si compartís cada día un tercio de una lasaña congelada.
     Mi madre sonrió al pensar en la lasaña.
     —Notienes por qué marcharte, Belle —dijo Bill—. Claro que mi equipo de street-hockey se va de gira, pero solo por el barrio. En el coche hay sitio suficiente para que vivamos tú, tu madre y yo.
     —No es para tanto. Quiero marcharme. Quiero dejar a todos mis amigos y la luz del sol e irme a una ciudad pequeña y lluviosa. Haceros felices me hace feliz.
     —Por favor, quédate... ¿Quién pagará las facturas cuando tú te vayas?
     Oí el aviso de embarque para mi vuelo.
     —¡Apuesto a que Bill puede salir corriendo de las tiendas más rápido que mamá!
     —¡Yo soy la más rápida! —gritó mi madre.
     Mientras apretaban a correr y Bill la agarraba de la blusa para adelantarla, me retiré despacio hacia la puerta de embarque, pasé por la pasarela de acceso y entré en el avión. Ninguno de los tres éramos buenos en eso de las despedidas. Por alguna razón, siempre nos salían bien. ¡Bah!
     Me moría de nervios ante la idea de reencontrarme con mi padre. Podía ser tan distante... Veintisiete años trabajando como único limpiacristales de Switchblade le habían obligado a mantener cierta distancia con respecto a los demás, al menos mediante un panel de cristal. Recuerdo una vez que mi madre se dejó caer en el sofá, presa de una crisis de llanto después de una de sus disputas, y mi padre se limitó a mirarla estoicamente desde el otro lado de la ventana, que limpiaba con enérgicos movimientos circulares.
     Cuando lo vi esperándome fuera de la terminal, caminé hacia él con paso tímido, tropecé con un niño pequeño y salí volando para darme de bruces con un expositor de llaveros. Me puse en pie algo avergonzada y me caí por la escalera mecánica, dando volteretas por encima de la cinta del equipaje situada, menuda falta de consideración, a la izquierda. Debo esa falta de coordinación a mi padre, quien siempre solía empujarme cuando estaba aprendiendo a andar.
      —¿Te encuentras bien? —Mi padre se reía y me sujetaba, mientras yo conseguía bajarme—. ¡Esa es la patosa de mi Belle!
     —añadió, señalando hacia otra chica.
     —¡Soy yo! Yo soy tu Belle —grité tapándome la cara con el cabello como suelo hacer normalmente.
     —¡Ah, hola! Me alegro de verte, Belle.—Medio un efusivo y estrujante abrazo.
     —Yo también me alegro de verte, papi.
     Qué extraño se me hacía usar ese diminutivo. En casa, en Phoenix, yo le llamaba Jim y mi madre le llamaba papi.
    —Has crecido mucho... No te reconocía sin el cordón umbilical, supongo.
     ¿Tanto tiempo había pasado? ¿Era cierto que no había visto ami padre desde que tenía trece años y atravesaba la fase de niña mimada que no quería romper el cordón umbilical? Me di cuenta de que teníamos que ponernos al día de un montón de cosas.

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Meet the Author

El primer volumen de The Harvard Lampoon apareció en febrero de 1876. El primer número, escrito por siete estudiantes universitarios a imagen y semejanza de Punch, la revista británica de humor, causó un enorme revuelo en el campus de Harvard. Al presidente de los Estados Unidos, Ulysses S. Grant, le aconsejaron que no leyera la revista, pues corría el riesgo de «partirse de risa» y no poder dirigir el gobierno.

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