Correo Del Otro Mundo

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by Diego de Torres Villarroel
     
 

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Villarroel dio a su actividad literaria un carácter utilitario, publicó sus obras «con el beneficio de la suscripción». Incluso reconocía que el propósito último de publicar libros era económico: «Tú dirás que Torres ha hecho negocio en burlarse de sí mismo y yo diré que tienes razón

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Villarroel dio a su actividad literaria un carácter utilitario, publicó sus obras «con el beneficio de la suscripción». Incluso reconocía que el propósito último de publicar libros era económico: «Tú dirás que Torres ha hecho negocio en burlarse de sí mismo y yo diré que tienes razón como soy cristiano».

Product Details

ISBN-13:
9788496290853
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
01/01/2007
Pages:
38
Product dimensions:
0.12(w) x 8.50(h) x 5.50(d)

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Correo del Otro Mundo al Gran Piscátor de Salamanca: Cartas Respondidas a los Muertos por el Mismo Piscátor.


By Diego Torres de Villarroel

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-96290-85-3



CHAPTER 1

CARTAS RESPONDIDAS A LOS MUERTOS POR EL MISMO PISCÁTOR


A mis amigos los lectores

Yo, lector de mi alma, bastante sabía para ser Racionero (que es ciencia que se estudia a chorros, y se sabe al primer camino). Yo podía ser prebendado, que tengo buena traza, para engordar a palmos, o pudiera (como otros muchos) haberme acomodado para marido, que (a Dios gracias) no lo desmerecería; y ya que tengo, como todos, mi cruz, fuera, con Dios, la del matrimonio, que ésta se lleva a medias. Pero soy un pobre Donado del estado eclesiástico, sin más capellanía ni vínculo que esta pensión de escribirte, que es una admirable prebenda para volverme loco. Y si como te han dado que reír los disparates de mi humor te causarán enojo, mira ¿qué fuera de mí? Y si algún día (como lo temo) te cansan, me será preciso ver si me quieren para ermitaño; aunque estoy tan de mal gesto con mi fortuna, que si lo pretendo, los pasos que me arrastran para intentarlo serán senda para no conseguirlo.

Yo no escribo para que aprendas, ni te aproveches, ni te hagas docto, pues a mí ¿qué se me da que tú seas estudiante o albañil? Allá te las hayas con tu inclinación; que fuera vanidad demasiada quererte enseñar al cabo de tus días y los míos, cuando en todas profesiones tienes admirables sujetos y libros que te instruyan, con otro cuidado y otra paciencia. Yo escribo porque no tengo dinero, ni dónde sacarlo para vestirme, y mantener a mis viejos padres, para recuperarles en parte con estos leves alivios los días de la vida que les quité con mis inobedientes travesuras; y por este indispensable cuidado, sufro conforme los dicterios del tonto, las melancolías del discreto, los misterios del vano, los reparos del crítico, y las impertinencias de todos; que a estos golpes irreparables, voy pronto cuando publico mis trabajos en la plaza del mundo. (No puedo servir a vuestras mercedes, padres míos, con más amor); pues por consolar la porfiada fortuna y enferma vejez en que el ciclo y los días han puesto a vuestras mercedes, me arrojo yo y vendo a mis hijos.

La idea de esta obrilla es pobre, pero no tan desgraciada que no te divierta las ociosidades; y aunque no logres más que arrimarla y hacerla un huequecito entro tus papeles, te contarán los aplicados entre los curiosos, y con estas cartas (como verás en su nota) tengo prevenidos los elementos prácticos y teóricos de todas las facultades. Si me pagas los portes medianamente, me animaré a imprimirte los preceptos que guardo en mi estante, y si no corre la estafeta, me conformaré, pues por ahora no me atrevo a empeñarme para hacer la impresión; pues será chasco doble que yo te escriba y me dejes las cartas en el correo; y si no cambiamos con igualdad tus cuartos por mis libros, cesará nuestra amistad y correspondencia. Pues por eso no he querido ser largo, porque mejor comprarás un pliego regular de cuatro cuartos, que una certificación de veinte reales, con que por conveniencia tuya e interés mío metí la letra y atropella la cortesía. Dígolo para que no repares en los impertinentes tratamientos que usan hoy los corresponsales estadistas; que yo más gasto ingenuidades que ceremonias, y más cuando tengo confianza de tu amistad.

Anímate a comprar las cartas, para que yo pueda cumplirte lo que ofrezco, pues te aseguro (como honrado) que con sus noticias y las que te di en el Viaje fantástico te harás estudiante, y podrás garlar sin miedo con los filósofos, astrólogos, médicos, letrados y místicos. Y aunque no sepas lo que el determinado profesor, para hacerte temido y respetable entre ellos, y para que te escuchen sin molestia, te sobra doctrina, ayudándote tú con tus talentos.

Disculpa por Dios lo mal lineado del estilo en lo tosco de la invención, porque en agarrando la fantasía idea por delante, solo discurre en acabarla, sin detenerse en las prolijidades de pulirla. Y aunque no tiene disculpa el que da al público sus obras sin el provechoso castigo de las voces; como manda más en mí la necesidad que el gusto, por esto atropello los reparos (que yo sospecho notados antes de leídos). Demás que me han dado a conocer los prolijos gestos de los hombres, que no tiene la Retórica modo de escribir que generalmente les agrade, y esta desconfianza me anima a correr sin miedo mi natural estilo, sin violentar la pluma a más reparos que el traje natural con que salieron de la fantasía, aconsejándome el cuidado su pobreza, que tal vez el desaliño de las voces es más crédito de las verdades.

Perdona también (lector mío) que te trate como a tía (porque todo te lo cuento), y aun ahora tengo cortedad de contarte otro trabajito que me sucede, pero lo dejaré para otra ocasión en que esté mi ánimo menos medroso; porque no es justo cansarte tan repetidas veces, cuando yo quiero tu amistad por muchos días. Dios te los dé con mil siglos de gracia; a Dios, y pregunta por Fernando Monje, enfrente de las Gradas de San Felipe, que su casa es el Correo donde hallarás estas cartas. VALE.

CHAPTER 2

CARTA DEL GRAN PISCÁTOR SARRAHAL DE MILÁN AL GRAN PISCÁTOR, DE SALAMANCA, DON DIEGO TORRES VILLARROEL


No hizo más que apearse de la vida, donde por ahora corre vuestra merced con la falsa moneda de sus cuartos, señor astrólogo salamanqués o salamanquesa (pues donde pica mata), un muerto de mediana edad; pero tan flojo, que cada cuarto se le caía por su lado. Tocóle a éste a la derecha de la mía su caja; y al ruido de estregarle las maderas, dije yo: «¿Quién viene allá?» Y el tal, muy tendido, sin moverse de su ataúd, me respondió: «Un cuerpo a quien un cólico le sopló el alma, y vengo por permisión de Dios a este lugar, que sin duda debe de ser casa de astrólogos, pues no suena por aquí otra cosa que antojos, tablas y compases.» «Algunos profesores se pudren aquí -dije yo-; pero vuestra merced es el que viene antojado; pues los cúbicos, canillas y fémures se le hacen antojos. Estas tablas lo fueron de muslos, y los que sueña compases, son radios, tibias y suras destrozadas, y todo lo que asienta son despojos de nuestras fábricas, que los tenemos asignados mientras llegue el día de recoger cada pobre sus trebejos y vestirnos ante el supremo Tribunal, que nos estamos deshaciendo esperan do esa hora por tener un día, pues hasta ese todo será noche. Y vuestra merced, que es muerto novicio, cuide de sus trastos, que cuando menos piense nos harán la señal, y entre oír la trompeta y montar en los huesos no han de parar instantes de por medio. Y cuenta con los gusanos, que son malos bichos y le esconderán algún casco donde después ande hecho un loco tras él, y se quedará para siempre sin ver el juicio, que aquel día universalmente lo hemos de tener todos por la infinita bondad de Dios.»

«¿Esto tenemos? -dijo el difunto-. Pues ya que por acá no se gasta luz, yo procuraré estar en vela, que soy muerto de todos cuatro costados y es menester dar razón de mi persona y comparecer decente en cualquiera ocasión que se ofrezca.»

Así acabó su prosa. Y quedándose tendido en la caja no volvió a levantar más cabeza. Sentí a este tiempo un ruido hacia los pies; y por lo pronto, consentí que fuese alguna sabandija de las que criamos a nuestros pechos, que se arrimó a morderle los zancajos (que aun aquí no estamos libres de esas mordeduras) o que quiso hacer Pascua en sus carnes, pues ya, de puro roer nuestros huesos, se iban quedando ellas en la espina; hasta que me desengañó la enferma luz de una lámpara que escasamente, por una rima de la losa, se percibe en este caso, y con ella pude ver un librillo con un retrato medio parecido a mí, cuando vivía (que algunos de los que velaron por engañar al sueño le estaban leyendo, y se le quedó olvidado en la caja del difunto), vi que era el Piscátor de Salamanca. Leílo todo; y le aseguro a vuestra merced que me valió no tener tripas; porque a tenerlas, me las hubiera revuelto de tal suerte, que reventara de otro cólico como el que entró a ser morador de estas oscuridades.

Vuestra merced perdone, lo primero esta digresión, que (aunque estoy tan enfadado) he querido sacarle de la duda en que sospecho estaría de cómo vendría a mis uñas su papel, ya que del susto de leer mi carta no le haya podido librar. Lo segundo, el estilo, que yo ha mil eternidades que perdí la memoria de las cartas misivas, y no sé si va arreglado o no. Y por no detenerle, porque vuestra merced no está tan de espacio como yo, quiero ya decirle los justos motivos de mi enojo.

Vuestra merced, señor Pescador, ha echado sus redes por el gran charco de la corte; y sin saber lo que se pesca, ha cogido algunos atunes (que se crían grandes en Madrid), y estos le han hecho la olla gorda a su fama.

No quiero quitarle la gloria de la invención del cebo, que no hay duda que está amasado con una coca, con que ha sabido hacerles la cuca. Sepa vuestra merced que, si ese veneno lo hubiera tenido yo por saludable, no me faltara nada para verterlo por mi Era; pero es contra el juicio y seriedad de la profesión, y no quise cargar la conciencia.

La tabla de Hermes, la rueda que consintió el Venerable Beda en sus obras de Petosiris, los Pronósticos de Jorge Purbachio, ni los juicios de cuantos astrólogos están arrojados por esas cavernas, tuvieron la aceptación que Sarrahal; y hasta el año de diez corrieron felices mis memorias. Yo puse en su punto y en su honra la ciencia pronostiquera; pero ¿cómo? Solamente dictando la pura Matemática de los cálculos y las conjeturables calculaciones de la astral Filosofía. Di puntuales las Lunas y eclipses, bien ajustadas las figuras, los horóscopos con toda precisión, y arreglados los discursos a los filosóficos sistemas de mi tiempo; sin entretenerme en metáforas, que es doctrina de Isopo, que solo sirve para vejar pelones de Colegio. Si la metáfora teatral (que ya supe que vuestra merced dio otro año) se pudiera poner sin ajar el empleo, ¿quién mejor que yo la hubiera escrito? que (como sabe todo el mundo) nací entre la Arietería de la Italia; y Arias y puntas, en pueblo ninguno se gastan más que en mi patria Milán. Las coplas de esta Academia que han servido de cama donde ha echado los aforismos de este año de mil setecientos y veinticinco, es un maldito modo de ajar la profesión; y se le conoce lo escaso que vuestra merced está de noticias de esta ciencia, cuando para llenar cuatro pliegos de papel anda mendigando coplas e ideas para abultar y suplir con sus invenciones, las ignorancias del estudio que sin fundamento sigue.

Yo nunca supe medir un verso; pero nuestro amigo el Gotardo (que está ya mohoso en estos panteones) los hizo decentes, y no los tuvo por tales, pues los arrojó de sus juicios, y no hay duda que es contra el buen ejemplo; porque es mal visto mezclar entre santos y santas, vigilias y ayunos, lo profano de las liras, sonetos y romances. Y también para la honra del mundo, es materia vergonzosa revolver astrólogos con poetas, como si fuéramos todos unos; que en mi Era tenían más hambre que nosotros, y vuestra merced, ya que no se sabe dar a estimar, no quite la honra a los muertos; que de relajado estilo minora vuestra fama. Y si lo huelen por acá más de cuatro difuntos de vergüenza, que descansan en estas oscuridades, nos darán de mano; y entre los demás muertecillos de poco más o menos no habrá quien nos dé con el pie; y sepa vuestra merced que ocultan estas losas muy honrados profesores.

Yo no he sabido la de vuestra merced hasta ahora que se me ha dado a conocer con este Pronóstico, y tal cual vaga noticia que había oído a algunos finados que pasaban a otros encierros o se quedaban en este osario (que en él tenemos todo género de gentes). Pero sin que sea terrible el juicio, pudiera asegurar que, está lleno de enemigos, pues no ha dejado mecánica, ni arte liberal, de quien no se haya burlado en su indiscreto y mordaz, satírico Prólogo. Pues aunque escribe generalmente mal contra el mal uso de las profesiones y ejercicios, como es el mayor número de los vivientes los que así las ejercen, de preciso habla con cada uno de por sí, y a todos en común; y el decir estas verdades siempre ha sido odioso; con que me aseguro que habrá grajeado gran cosecha de contrarios. Y tienen razón, porque vuestra merced satiriza con sobrado desuello e indiscreta resolución lo sagrado de las ciencias. Al médico los debe honrar por necesidad; al teólogo, de justicia; y al letrado, de miedo. Si tienen cuestiones, ¿a vuestra merced qué le importa? Si dudan, harto infelices son en traer inquieta la fantasía y dudosa en elegir lo justo; deje a cada hombre con su tema. Bien se le conoce la mala compañía de las Musas, pues le han trocado en desenvoltura la modestia y seriedad que se gana en la Astrología, y es raro a quien las tales señoras no hacen hablador y mordaz, aunque sea al de la más templada condición.

Señor mío, hablemos claros: vuestra merced no sabe lo que se astrologa; pues lo principal, todo lo yerra; los eclipses y las lunaciones vienen perdidas, y el único fin del buen astrólogo es la verdad de estos movimientos prácticos, que las demás ideas son cuentecitos para las cárceles, o asunto de relaciones para un estrado. Yo me he compadecido de que pierda el talento y no se aplique, ya que ha dado por esta facultad a escribir siquiera cada año, un tomito de las treinta y dos ciencias matemáticas, que esta tarea solo le ganará la inmortalidad, y olvide metáforas y coplas; que si yo me hallara en el Protoastrológico, le pusiera perpetuo silencio en ellas; que la facultad poética es una incurable tiña que se pega en el juicio más bien humorado; y para que desde ahora hasta el tiempo que viva, ponga fin tanto error sus Lunas y cuartos, de caridad le envío en el adjunto pliego la práctica más fiel y más breve de los cálculos, y no se detenga en responder, que el portador es seguro. Tenga vuestra merced salud: de mi podridero, feria ninguna, y por consiguiente, ni día, ni mes, ni año, que por acá solo ferian eternidades.

Besa la mano de vuestra merced quien es su enemigo el de su oficio,

El gran Piscátor Sarrahal de Milán.

CHAPTER 3

SEÑOR PISCÁTOR DE SALAMANCA


Verdaderamente que, para estar enterrado el señor Sarrahal, le sobran alientos. Como murió a puñaladas (salvo sea el embuste), respira por la herida, y por eso moja en sangre la pluma. Pero ya podía habérsele resfriado, porque después de morir muy viejo, pasan ya de treinta años que está sirviendo de refectorio a los gusanos y de añadidura a los terrones. Para capitular de infame esta acción, no había menester más que verla en otro muerto. Díceme que lo que escribo es mal hecho; y no se mira su corcova. Muerto está, y no se conoce. Y si por ser antes finado que yo, piensa que tiene licencia para martirizarme, muere engañado, que los difuntos solo les está bien pedir misas, pero no escribir dicterios. Y si está en paraje donde no le sirven las oraciones, calle su boca y púdrase como pudiere, que lo mismo hago yo, y tengo una vida como una horca. Esto le dijo a mi amigo, y me respondió: «Amigo, si es chasco, responde a quien te lo da, respecto que han de venir por la respuesta. Y si es verdadera carta del otro mundo, también; y sepan los muertos que todavía ha quedado en la vida quien les sepa mullir los huesos. Y esos cálculos que envía, después los podemos reconocer. «No obstante -respondí yo-, debo, solo así por alto, recapacitarme en el contenido de su doctrina; porque de otra suerte será responder a bulto a esta sombra». Registré por mayor la obra; y suplicándole al amigo que tomase la pluma, le dicté la respuesta de este modo:

CHAPTER 4

RESPUESTA DEL GRAN PISCÁTOR DE SALAMANCA AL GRAN SARRAHAL DE MILÁN


Recibo la de vuestra mortandad, y aunque no le he merecido que me diga de su salud, por acá se sabe que, si no está bueno, ha muchos a lo menos que no le duele nada. Y bien se conoce que está vuestra merced de espacio, porque para enviarme a decir que leyó mi Pronóstico, y le pareció mal, que está dicho, en lo que tengo dicho, me gasta una historia de un muerto, sobre si se apeaba de la vida, si era flojo y desmadejado, como si en mi vida no supiera yo que es muerte. Los que vivimos, señor mío, desde la escuela del nacer pasamos a la ciencia del morir; y los que tenemos vida, somos los muertos y los vivos. Pero vuestra merced ya es ni vivo ni muerto, sí un terrón de frío polvo que quedó de su muerte y su vida; y si quiere ser muerto, le ha de costar volver a la vida, pues ya no puede morir el que está en la nada del no ser.

Díceme que si hubiera tenido tripas, se las hubiera revuelto mi pronóstico; y en verdad que no sabe vuestra merced la fortuna que ha tenido, que por tener yo estómago, se me han asentado en él sus mentiras, de tal suerte, que toda la triaca magna no resolviera el embargo en que estoy. Siempre fui defensor grande de la facultad y apasionado de vuestra merced. Pero, pues llegó el caso de reñir aquéllas y aquéllos, se descubrirán los hurtos. La vanidad de haberme pintado con antojos, compases, estrellas, libros y bigotes, como yo vi a vuestra merced, me engañó a estudiar y aprender embustes. Y así, no nos creamos oráculos; que, hablando para los dos, todo lo que vuestra merced puso en Sistema de Guerras; en Aries, muertes de potentados; en Piscis, discursos de cometas; en Leo, ruinas de casas viejas; en Escorpio, el desteta niños, compra, ve a caza, recibe criados, etc., es un embeleso para tontos. Y vuestra merced sabe muy bien cómo se pone, para escaparnos siempre de la nota de embusteros y salvar los aforismos. Yo heredé sus embustes, y mañana me sucederá a mí otro bobo que adelante los míos; y siempre habrá quien nos crea, porque siempre habrá mentecatos. Y pues ni a éstos, ni a nosotros, ni a vuestra merced (aun estando en el mundo de la verdad) no ha llegado un sesudo desengaño, y todos estamos incapaces de enmienda, es preciso aguantar, y pase todo. Y si vuestra merced se quiere pudrir, buena ocasión tiene; y aunque acá no faltan, yo procuraré huir hasta lo preciso, que nada del mundo importa tanto como mi, pachorra.


(Continues...)

Excerpted from Correo del Otro Mundo al Gran Piscátor de Salamanca: Cartas Respondidas a los Muertos por el Mismo Piscátor. by Diego Torres de Villarroel. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Diego de Torres Villarroel (Salamanca, 1693-1779). Espa�a. Hijo de un librero, estudi� con una beca en la universidad de Salamanca y llev� una vida de aventuras. Fue soldado, buhonero, di�cono, autor y editor de almanaques astrol�gicos que firmaba con el seud�nimo de El Gran Piscator de Salamanca, catedr�tico de matem�ticas, exorcista y, finalmente, sacerdote. Francisco de Quevedo influy� en su obra literaria, y en su visi�n cr�tica de la sociedad de su tiempo.

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