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Miguel Villacé Yólotl ha nacido de india y conquistador. Su origen es tan dramático como los paisajes que Hernán Cortés se empeña en domeñar. Desde la conciencia de su condición mestiza, Miguel se enrola en las quimeras y miserias de aquella empresa insolente. Y hace su aprendizaje de vida entre riesgos y emociones, viajes y batallas, encuentros insólitos y presencias fabulosas. 

Un homenaje a la Conquista española de América y a los ...
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Crónicas mestizas

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Miguel Villacé Yólotl ha nacido de india y conquistador. Su origen es tan dramático como los paisajes que Hernán Cortés se empeña en domeñar. Desde la conciencia de su condición mestiza, Miguel se enrola en las quimeras y miserias de aquella empresa insolente. Y hace su aprendizaje de vida entre riesgos y emociones, viajes y batallas, encuentros insólitos y presencias fabulosas. 

Un homenaje a la Conquista española de América y a los cronistas de Indias, cuyos relatos desmesurados encendieron la imaginación de tantos aventureros que cruzaron las grandes aguas para hacer fortuna.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480491625
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 3/25/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 448
  • File size: 2 MB

Meet the Author



José María Merino empezó siendo un niño enamorado de los diccionarios que se encontraban en el bufete de abogados de su padre y ello le condujo a la producción apasionada de poesía y prosa. Aunque su primer libro es un poemario, Sitio de Tarifa (1972), la mayor parte de su obra será en prosa. Su debut narrativo es con Novela de Andrés Choz (1976). El género del cuento es también relevante en la carrera de Merino: Cuentos del Barrio de RefugioEl libro de las horas contadasHistorias del otro lugarCuentos del reino secreto,Cuentos de los días raros o El viajero perdido. Entre sus novelas destacan Las crónicas mestizasCuatro nocturnosEl caldero de oro o El centro del aire. Reconoce las influencias de Unamuno, Edgar Allan Poe o Calderón—en especial a La vida es sueño. Y es que Merino entiende la lectura “como una aventura interior, un viaje personal secreto.”
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Las crónicas mestizas


By José María Merino, Ignacio Ballesteros

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1992 José María Merino
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9162-5



CHAPTER 1

A veces me quedo absorto. En pocos instantes, en segundos, soy capaz de recordar o imaginar cosas que, si estuviesen ocurriendo de verdad, necesitarían mucho tiempo para desarrollarse.

Quizá estoy recibiendo la lección de fray Bernardino, miro sus labios moviéndose mientras declina, me distraigo, pasan por mi mente sucesos, rostros, lugares, historias. Peripecias que transcurren a lo largo de muchos días, aventuras descomunales que ocuparían meses. Pero cuando comprendo que estoy distraído y recupero la atención, puedo comprobar que apenas he perdido tres casos de la declinación que explica mi maestro.

O no pienso en nada, la mirada se me pierde en el cielo, o en los árboles, o en un objeto pequeñísimo —una semilla, un insecto— y se me hunde el pensamiento en ese sosiego que va disolviendo el bulto y el color de lo que veo, y los sonidos, los olores, hasta que todo se convierte en una sensación borrosa y me parece flotar en el agua cálida de algún río secreto.

Mi madre dice que esta facilidad para el ensimismamiento me viene de los suyos. Quedarse así, pensando muchas cosas a la vez. O dejarse mecer, como en una corriente suave, en un fluido sin significado que es pura mezcla de luces y sonidos y aromas.

Aquella tarde estaba preparando un retel —nos íbamos a ir de pesca los muchachos al arroyo del cerrito— y me encontraba flotando en una de mis ensoñaciones. Me gusta entretenerme en esas labores que obligan a repetir minuciosamente destrezas de los dedos, para construir cosas. Ya terminaba de tejer la redecilla y la iba atando al aro; embebecido en mi tarea, recordaba alguna de las aventuras que me narraba el padrino: aquellas de don Amadís, hijo de Perión, rey de Gaula, y de la princesa Elisena de Inglaterra. Quizá hasta murmuraba, sin darme cuenta, frases del famoso caballero, a punto de emprender singular combate con su hermano Galaor, sin reconocerle.

Era una tarde calurosa del tiempo seco. Enfrente de mí, sentadas en la tarima, a la entrada del bohío, mi madre tejía y mis dos hermanas, ayudadas por la anciana Micaela, desgranaban maíz. Mi cotorra gritaba palabras de la vieja lengua, increpando acaso a unas pavas que picoteaban bajo ella, junto a la casa, rodeadas de su pollada.

Ajeno a todo, yo iba tejiendo los pequeños nudos y me sentía protagonista de alguna aventura, cuando un repiqueteo de cascos me sacó de la distracción. El galope provenía del camino del poblado. Aquel galope era un hecho insólito en los usos del caserío, donde el tiempo transcurre con una placidez sin estridencias, marcada solo por las faenas del campo y sus rutinas. Me alcé y avancé unos pasos, para descubrir al jinete. Yo estaba en la casa del abuelo, la más antigua del caserío, que había sido edificada mucho antes de la conquista, en los tiempos de la antigua religión, y tenía las esquinas redondeadas, en honor al dios del viento.

Llegué al borde de la tarima y pude ver el camino: reconocí de inmediato el caballo blanco de mi padrino y, sobre la cabeza del jinete, aquellas plumas largas y multicolores con que a mi padrino le gusta adornar sus sombreros. Pero no venía solo: junto a él galopaba otra caballería oscura, que montaba algún eclesiástico, pues los hábitos se le arremolinaban, en la carrera, alrededor del cuerpo.

Que mi padrino viniese a aquellas horas, con la solana de la tarde, era bastante extraño. Pero aún lo era más que obligase a galopar a su caballo de aquella manera: se trataba de un caballo de raza, de excelente índole, pero de mucha edad; y mi padrino solía llevarlo a un paso tranquilo, sin exigirle ningún esfuerzo, para hacer placenteros y cómodos los últimos paseos del animal que, según decía, le había ayudado a salvar la vida en más de una ocasión, sobre todo en las batallas de México-Tenochtitlán.

Llegaron entre una nube de polvo, alborotando a las pavas y a las gallinas. La cotorra graznó y aleteó con susto. Mi padrino, tras desmontar, me alargó las riendas.

—¿Vas de pesca? —me preguntó.

A pesar de su afabilidad, me pareció más serio que de costumbre.

—Cuando sea más tarde —repuse.

—Llévatelo a la sombra —dijo—. No lo abreves aún.

El otro jinete era el padre Bavón, un compañero de mi padrino en las guerras del otro lado de la mar y en la conquista de la Nueva España, que al correr de los años se había hecho fraile.

Me acerqué a él y le besé la correa. Me dio un suave cachete.

—¿Cómo va De bello gallico? ¿Consigue desasnarte ese santo varón de fray Bernardino? ¿Te aplicas? ¿O se te escapa el alma al cielo cada poco?

Yo entonces no sabía si la seriedad con que me hablaba el padre Bavón era real o si ocultaba una chanza. Siempre que me encontraba, me hacía parecidas consideraciones, recriminándome esos embelesos míos que tanto suelen desconcertar y hasta enfadar a mis superiores y maestros.

—Estoy aprendiendo mucho —balbucí.

—Ya veo. Sin duda ahora estabas repasando —dijo, señalando el retel que colgaba de mi mano—. Mejor se te da la pesca que los latines. La cabra siempre tira al monte.

Antes de seguir a mi padrino, me alargó las riendas de su caballería.

Mi padre había sido compañero de ambos. Al parecer, los tres fueron muy amigos. Mi padre y mi padrino, desde la niñez, pues provenían del mismo pueblo y, cuando fueron mozos, como ninguno de ellos era primogénito de su casa, decidieron recorrer el mundo y se habían alistado como soldados. En sus correrías, que mi padrino contaba unas veces y otras evocaba con vagas referencias, entre suspiros y gestos de risueña picardía, habían conocido a Bavón, todavía soldado. Los tres llegaron juntos a la isla de Cuba, donde se establecieron, y habían participado en varias expediciones y descubrimientos, antes de seguir a Hernando Cortés.

De mi padre hacían grandes y largas alabanzas. Ponderaban su intrepidez, que nunca oscurecía su prudencia. Pero, sobre todo, le recordaban como un hombre de corazón leal. Narraban —y yo no me cansaba de oírlo— cómo había desaparecido, precisamente en un trance de generoso sacrificio, durante una exploración que había concluido de modo desastroso.

Fue unos años después de lo de México, cuando los tres se habían instalado ya en el poblado. Noticias de una ciudad riquísima, perdida entre la vegetación pero muy cercana a las tierras recientemente conquistadas, les animaron a su descubrimiento. Nunca encontraron la ciudad, y la hostilidad del terreno y de los indios de aquella tierra hicieron muy duras las jornadas.

Mi padre desapareció en una de las escaramuzas, una tarde de aguacero, mientras protegía con disparos de su ballesta la retirada de los compañeros, asediados por las flechas y las lanzas enemigas.

Yo me quedé sosteniendo las riendas de las caballerías y les contemplé mientras subían a la tarima del bohío. Mi madre se había puesto en pie y se colocó sobre la cabeza las puntas de su manto. Mi padrino se detuvo ante ella, se quitó el sombrero y se inclinó.

—Dios os guarde, doña Teresa —dijo.

—El os bendiga, compadre —repuso mi madre—. Y a vos, fray Bavón.

Se acercó a ellos con cierta precipitación.

—¿Es que hay alguna alarma?

—No os inquietéis —contestó mi padrino—. Nada malo sucede y acaso habrá fortuna y honra para todos.

Entonces mi madre les invitó a entrar y ordenó a la vieja Micaela, que los niños indios llaman por broma Cuestzpalín, Lagartija, que sirviese unos refrescos.

Yo me llevé deprisa las caballerías al cobertizo, tras el secadero de cacao y, aunque ni las reglas de la buena crianza ni la propia estimación puedan tolerar que se escuchen solapadamente conversaciones a las que no se ha sido invitado, recorrí con sigilo la trasera del bohío y me acerqué a un punto donde me era posible ser oyente furtivo y no sospechado de aquella charla. Comprendí en seguida que hablaban de mí.

—Pero si es un niño —exclamaba mi madre.

—Mi buena Teresa —decía el padre Bavón—. Ahora es cuando Miguel está a punto de dejar la niñez. Así lo quiere la naturaleza y es bueno que el pollo vaya estrenando los espolones.

—Apenas ha cumplido el cuarto de un atado —dijo mi madre, como en defensa de alguna actitud.

Hablaba con las cuentas del viejo calendario, pero me hacía más pequeño de lo que yo realmente era, pues había cumplido ya los quince años y el cuarto de un atado de años son solo trece.

Las voces de ellos, marcando el acento de las tierras donde nacía el sol, tan bronco, tenían como contrapunto la suavidad con que mi madre pronunciaba las palabras españolas. Sin verlos, solo en el sonido de su charla, la voz de mi madre me parecía más dulce que nunca, y encontré en ella una congoja que me apenó.

—Mirad, doña Teresa —adujo mi padrino, hablando con lentitud—. El padre Bavón habla atinadamente. El muchacho ya está en la pubertad. Es la edad conveniente para que se inicie en la vida que corresponde a un hijo de tan noble soldado y descubridor.

Guardaron silencio unos instantes. Acaso bebían. Al otro lado del edificio se oían las voces de las niñas jugando. El sol lo iluminaba todo con esa claridad rotunda que parece imposible que pueda extinguirse al cabo de pocas horas. Oí suspirar a mi madre. Luego, habló con voz muy leve y humilde, pero en la que se manifestaba una sutil firmeza.

—En una empresa semejante le perdimos para siempre —dijo.

—Señora —repuso mi padrino—. Yo nunca dejaré de llorar aquella pérdida. Mi compadre Tomás era, más que un amigo, mi hermano del alma.

—Nada os reprocho, Santiago —repuso mi madre—. Pero he recordado que fue una tarde como esta, también de gran calor, cuando ambos vinisteis a proponérselo.

Entonces habló el padre Bavón, y me pareció encontrar en sus palabras una dureza que nunca hubiera podido sospechar.

—Teresa —dijo—. También los linajes tienen sus destinos. Del linaje de su padre le viene al muchacho la obligación del riesgo, y el no contentarse con poco.

En la dulce voz de mi madre, que respondió con rapidez, asomó un punto de orgullo.

—Como sabéis, tampoco mi gente se tuvo nunca en menos, ni lo fue.

Terció entonces la voz de mi padrino, conciliadora.

—Señora Teresa —dijo—. Miguel es para mí mucho más que un ahijado, como su padre fue mucho más que un amigo. Le tengo el mismo amor que hubiera tenido a un hijo de mi carne. Confiad en que velaré por él con extraordinario cuidado.

El padre Bavón tomó otra vez la palabra, con su voz recia:

—Y considerad, mi buena Teresa, que no es solamente para encaminarle en su primera madurez por lo que os pedimos vuestro consentimiento. La empresa tiene visos de ser muy afortunada. Y si concluye como esperamos, con la ayuda de Dios Nuestro Señor, vuestro hijo conseguirá rentas que sostengan a la familia para toda la vida, con arreglo a los merecimientos de su condición.

Oí claramente cómo mi madre suspiraba de nuevo.

—Sea —exclamó—. Voy a llamarlo.

La sentí levantarse y cruzar el suelo de madera. Al cabo, su voz se desparramó, cristalina, en la tarde soleada:

—¡Miguel!

Esperé unos instantes. Luego me dirigí a la entrada del bohío, esforzándome por manifestar en mi rostro la más inocente expresión de ignorancia.

Estaban los tres sentados junto al escritorio de mi padre, la mesita cubierta de terciopelo que yo he mirado de niño con tanto respeto como un altar, donde mi padre escribía las relaciones de sus peripecias, en una narración que había quedado interrumpida cuando él desapareció y que mi madre conserva, los papeles casi ocres, con veneración de santas reliquias. La vieja escribanía de plata, ya muy abollada, relumbraba en la penumbra.

—Miguel, muchacho —dijo solemnemente mi padrino—. El padre Bavón y yo hemos solicitado de tu madre licencia para que nos acompañes a descubrir. Ella ha consentido.

Estábamos los cuatro quietos y yo ponía toda mi atención en sus palabras.

—Deberás estar en mi casa, el domingo, tras la primera misa. Habrás de llevar mudas, calzado común, unas botas, sombrero, navaja, un cacillo. Y la celada y la coraza que dejó tu buen padre. Yo te daré una espada que te convenga.

Me quedé mirándole, sin responder nada. En mi corazón, a pesar del espionaje previo, había retumbado la emoción de una sorpresa verdadera.

CHAPTER 2

No tuve plena conciencia del asunto hasta el día siguiente. Quiero decir que mi sorpresa, la súbita emoción sentida al escuchar a mi padrino y saber que me esperaban los azares de una empresa guerrera, quedaron aquella tarde amortiguadas por la pesca y la compañía de mis amigos. Pues cuando mi padrino y el fraile se alejaban otra vez, camino del poblado —llevando entonces sus cabalgaduras a un trotecillo moderado—, llegaban los muchachos provistos de cañas y reteles, y yo me marché con ellos.

No les dije nada; en el bullicio de la excursión y del baño, en el entretenimiento de la pesca, me olvidé totalmente de la visita y de la noticia, como si algo en el fondo de mi alma prefiriese que aquello no hubiera sucedido. Y aquella noche dormí sin sobresaltos ni pesadillas, como lo había hecho a lo largo de toda mi vida anterior.

Pero a la mañana siguiente, antes de comenzar mi clase con fray Bernardino, él me miró fijamente. Sus manos se mantenían con firmeza sobre el libro cerrado, como si aquel día no fuese a abrirlo e impartirme su lección. Y aunque el acto de abrir el libro y comenzar la lección significaba para mí, cada mañana, una inevitable tortura —pues soy muy poco dotado para el latín—, en la actitud de fray Bernardino aquella mañana, en lugar de encontrar una apariencia de vacación y holganza, sospeché algún suceso funesto, peor que la más diabólica de las oraciones subordinadas. De pronto, su silencio y su gesto me hicieron recordar las figuras de mi madre y de los dos visitantes, en la conversación de la tarde anterior.

—Me han dicho que te vas a explorar, que te hacen descubridor —dijo, por fin.

Yo asentí con la cabeza.

—Ayer le pidió mi padrino licencia a mi madre para que me dejase acompañarle.

—Tu padrino y ese fraile bisoño no están en sus cabales —exclamó, dando un palmetazo sobre el libro—. Ya no es tiempo de cabalgadas ni de descubrimientos.

Estaba muy serio.

—Ya basta de combatir. Es menester colonizar. La pacífica tarea del labrador debe sustituir el alboroto del soldado.

Apartó sus ojos de mí y contempló con interés un punto. Yo volví la vista; una gran mariposa amarilla revoloteaba en el vano del ventanal. Mientras la miraba, continuó hablando. Me pareció que en su voz había un tono melancólico.

—Es esa enfermedad del oro. Les roe las entrañas como un cáncer. Bajo su signo se hacen lobos feroces. La imaginación de ese brillo les vuelve la vigilia ensoñación y quimera.

Guardó una pausa. Luego me miró de nuevo y abrió el libro con brusquedad. Yo sentí un paradójico alivio al comprender que, después de todo, iba a darme la lección.

—¿Cuándo partís? —preguntó.

—El domingo —dije.

—Rezaré por ti. Le pediré a Nuestra Señora su intercesión para tu cuidado. Por que regreses con tu pobre madre. Y ahora, presta atención: Alexander, rex Macedonum, bellum intulit Dario, regi Persarum.

Aquella noche tardé en dormirme. De pronto, comprendía el verdadero alcance de la empresa y me sentía preso de una extraña desazón, como si aquella partida que se aproximaba significase un paso fatal que nunca podría deshacer. Sentía miedo de no regresar jamás a mi casa; a una noche tibia como aquella, en el lugar de los míos; a la vida con mi madre, mi abuelo, mis hermanos; a la compañía de mis amigos. Hasta pensaba en la futura ausencia de fray Bernardino y sus latines como en un doloroso vacío. Pero al tiempo, aquel futuro lleno de azar que se abría ante mí ofrecía un atractivo incógnito, pues acaso me aguardaban en él las hazañas y los portentos que había leído en los libros, o que me habían contado los descubridores veteranos.

Mi hermano, que tampoco dormía, me hablaba desde su hamaca. Había regresado aquella tarde de pasar unos días en casa del hermano mayor de mi madre. De los cuatro hermanos que somos, él es el más pequeño. Entonces tenía once años. Había nacido al poco de desaparecer mi padre. La noticia de mi partida le había llenado de una emoción aventurera.

—¿Y montarás un caballo? —preguntaba.

—Seguramente —decía yo.

—¿Y aprenderás a disparar el arcabuz?

—No lo sé. Supongo que sí.

Por un lado, prefería que me dejase tranquilo, rumiando mis pensamientos contradictorios. Por otro, su voz susurrada en la oscuridad era como un refugio seguro, el mensaje que daba testimonio del mundo cotidiano y pacífico en que todavía me encontraba.

—¿Y matarás a muchos?

No supe qué contestar. Entre los inescrutables azares del futuro, no se me había ocurrido tal posibilidad. Él insistía:

—¿Matarás a muchos?

—No lo sé, Marcos —dije—. Duérmete ya.

Él guardó silencio unos instantes. Luego, me llamó otra vez.

—Migo —dijo.

(A mí me llaman Migo, desde que era un niño, los compañeros y los hermanos.)

—¿Qué?

—Migo, el tío no quiere a los españoles. Dice que son bravucones, avariciosos. Estaba hablando con otros hombres del poblado y yo lo oía. Cuando quedó solo, le dije que nuestro padre no era eso. Se lo dije. ¿Y sabes qué hizo?


(Continues...)

Excerpted from Las crónicas mestizas by José María Merino, Ignacio Ballesteros. Copyright © 1992 José María Merino. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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Portadilla,
Créditos,
El oro de los sueños,
La tierra del tiempo perdido,
Las lágrimas del sol,
Nota del novelista,
Sobre el autor,

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