Crónicas sociales

Crónicas sociales

by José Martí y Pérez
     
 

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Las "Crónicas sociales" recogen artículos de Martí sobre la vida social y política de diferentes países de Latinoamérica. Son un texto de referencia en la literatura cubana del siglo XIX.

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Las "Crónicas sociales" recogen artículos de Martí sobre la vida social y política de diferentes países de Latinoamérica. Son un texto de referencia en la literatura cubana del siglo XIX.

Product Details

ISBN-13:
9788498970302
Publisher:
Linkgua
Publication date:
01/01/2014
Series:
Diferencias
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
Pages:
312
File size:
611 KB

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Crónicas Sociales


By José Martí

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9897-030-2



CHAPTER 1

MÉXICO EN 1882


Las revoluciones de los pueblos americanos han tenido dos orígenes: lucha vehemente del espíritu nuevo, que, como un aire de vida vuela ahora sobre todo el Universo para aparecer definitivamente y afirmarse; y falta de vías por donde echar naturalmente la actividad ansiosa y el insaciable anhelo de grandeza del hombre hispanoamericano.

Cuando México se sacó de las entrañas, como quien se extirpa un cáncer, el Imperio, quedó asegurada y triunfante, dispuesta a toda pujanza y maravilla la diosa permanente, que da de sí luz, que ilumina los altares nuevos: la persona humana; quedó en México el hombre después de tanta lucha heroica y sangrienta, dueño de sí, que es magnífico espectáculo, tanto como es pobre de ver, y doloroso, el del hombre que bebe en la copa del olvido licores de rosas nacidas en fango.

Pero, aun acabada esta razón de guerra, natural siempre e inevitable en los pueblos donde, en forma más o menos vehemente y culta, el hombre se rebela contra los que sujetan el noble, fructífero y majestuoso empleo de su albedrío — por hacer de sus rodillas pavimento de templo, y de su cerebro alimento de los dioses antiguos desmayados — quedaba aún en pie la segunda causa, avivada por el carácter belicoso que a la larga adquiere un pueblo nacido y criado entre guerras, y por cierta hidalga disposición del mexicano a fiar a la punta de la espada su derecho. Que. daba en pie la segunda causa: llegados los hombres a la edad en que el deseo aguija y la ambición despierta al alma de los perezosos sueños juveniles, no hallaban instrumentos para su actividad, ni perspectiva para sus deseos, ni cauce para sus labores legítimas, en el cultivo rutinario, trabajoso, poco remunerativo, de tierras alejadas de los grandes mercados, ni en el servicio de industrias raquíticas y contrahechas, ni en un comercio ajeno y sórdido, no bien visto en el país por ir manchado de un descarado empeño en obtener de la tierra más provecho que el natural y honrado. Desdeñosos siempre de la vida, jugaban al azar de las batallas, a la más leve ocasión, su prosperidad o su muerte. De esta disposición, meramente económica; de esta desigualdad entre las demandas legítimas de la vida, acrecidas por un clima lujoso y un Sol caliente, y los medios de satisfacerlas; de este desasosiego del hombre fuerte y fiero de los campos, que no hallaba grato quehacer, ni qué hacer acaso, en mugrientas y ruines aldeas, o en campos abandonados, a cuya labor costosa, y a menudo estéril, no osaban atentar los mismos caballeros de la riqueza; de aquel malestar del hombre joven, deseador, mal enfrenado, suntuoso, repleto de fuerza, en una tierra dormida, de cuyo seno parecía que solo pudiese surgir el sustento de los hombres al fragor de la batalla, aprovechaban arteramente, con esa sonrisa lúgubre y fría de los que defienden cosas de su misma podredumbre muertas, los encendedores de discordia, que querían hacer pasar por sacudimientos políticos lo que no era más que desarreglos económicos. O ya era, como sucedió alguna vez, que los desocupados de todas estas guerras, o los desairados después de ellas, reunidos por el despecho, el apetito o la necesidad de sacudir la holganza, se juntaban en guerra formidable, alzaban bandera de una reforma accidental y confusa, y triunfaban.

Pero las fuerzas extraordinarias, en los hombres como en las tierras, por coartadas y oscurecidas que anden, surgen siempre. Nos parece, aunque, acaso, por ver el suceso de cerca, o con anteojos de pasión, no se vea por todos tan claro, que la nueva era económica, acelerada por estas cuantas paletadas de oro que echan en los hornos de México los norteamericanos, hoy sobranceros de caudales, comenzó con la extinción del Imperio, esto es, con la victoria definitiva sobre los mantenedores de la oligarquía teocrática en México. Desmayados de aquel golpe, apenas pudieron ya, de vez en cuando, en lugar de aquellas guerras tremendas y devastadoras que azuzaban antes y capitaneaban, arrimar la tea apagada a aquellos puñados, en México perennes, de descontentos o desocupados de las guerras. A poco de esto, asaltó los montes, llamando con grandes voces a la tierra adormecida, la locomotora de Veracruz, que puso en fuga a los bandoleros de las cercanías, a aquellos ociosos de antaño, con más presteza y éxito que el ejército más afortunado. No parece que el avantrén de las locomotoras libre de obstáculos la vía, sino de malvados. En descanso ya las armas de los que tantos años las esgrimieron noblemente en México por asegurar al hombre, contra convenciones religiosas y rezagos autocráticos, el ejercicio de sí, y no tan ocupadas, en virtud de la última derrota estrepitosa, las lanzas de los peleadores de alquiler, comenzó el suelo a dar flores durante el sueño, apenas interrumpido, de la guerra: y ha dado tantas, que no parece que la guerra misma, maravillada de tanta hermosura, tenga valor de atentar a ella, sobre que al aroma de las flores de la tierra cultivada se desciñe por mágica virtud, y vienen al suelo los arreajes y aprestos de la guerra.

Nos mueve a esas reflexiones, que aquí de mal grado interrumpimos, el amistoso informe que de México en 1882 publica ahora el caballero Strother, cónsul general de los Estados Unidos en México. Oírle es asistir a fiesta de encantamiento. Parece que los hombres todos se levantaron a la vez de un sueño, y éste seca un río, aquél perfora un monte, el otro lo vacía, tal destila oro, cuál levanta un pueblo, cuál, enarbolando una bandera blanca y puesto el pie sobre otra roja, se entra, a la cabeza de una locomotora, por la selva que abate a su paso las copas solemnes, y carga los vagones de sus frutos próvidos. Dice el cónsul Strother que al grueso dinero de plata sucede — ¡ojalá que no sea, para evitar males futuros, con ciega presteza! — el papel moneda. Dice que no hay alba que no se anuncie con un nuevo descubrimiento; que no hay sustancia, de aquellas diversas que a millares da la tierra, que no esté ya sacada a luz y en vía de industria; que están llenas las mesas de los gobiernos de peticiones de compañías que quieren sembrar plantas de tejer, y trocar luego sus fibras en cuerdas, papel, velas, vestidos; que los pozos de oro abandonados se reabren, y vetas ignoradas salen a luz, y nuevas máquinas hidráulicas ahuyentan a las ruedas con que aún socavan en México las minas; que todo es mina de hierro, carbón y petróleo; todo esperanzas, donde el limpio maguey alza sus hojas; y en los campos abiertos, que se visten de gala para recibir amorosamente a los ferro carriles — ¡gran desposorio nuevo! — todo es trigo y cebada, maíz, caña de azúcar. Plantan la vid, que ya se daba en los Estados de la frontera del Norte; domicilian la morera, que no estaba tampoco descuidada, porque México ha sido siempre tierra ávida de arte y ciencia, y tiene para su cultivo como privilegios naturales; traen de tierras lejanas caballos de buena alzada, que se cruzan con aquellos febriles y majestuosos de Aguascalientes; traen, y los sientan entre los indios benévolos y atentos, blandos siempre al amor, campesinos de Italia, viticultores de Francia, suizos honrados y alemanes fuertes. Entran al país nuevas semillas de árboles y hombres. Lucen en los cortijos los arados de acero y trilladoras: Y el gobierno, puesto al lado del pueblo, se ocupa en abrir puertas a las industrias y a los cultivos; y no, como otros, en cerrarlas. En suma, y aunque nos duela sacar los ojos del informe del cónsul Strother, que en este tenor dice muchas cosas buenas, con dos hechos de gente de pelear pondremos punto a este artículo.

No bien entró, de vuelta de su cruzada épica, a gobernar en paz a México, aquel indio egregio y soberano, que se sentará perpetuamente a los ojos de los hombres al lado de Bolívar, don Benito Juárez, en quien el alma humana tomó el temple y el brillo del bronce, volvió armas contra él un capitán de guerrilla que años enteros había estado batallando en su favor. Ayer mismo, al grito de Juárez, sacudía la lanza sobre los amigos del Imperio; y hoy, al amanecer, vencidos los amigos del emperador, sacudía la lanza contra Juárez.

Y es fama que le dijo una persona de pro, con palabras históricas, al cabecilla reacio:

— Pero, maldito: si has estado doce años peleando porque gane Don Benito, ¿por qué, ahora que ha ganado, peleas contra él?

— Porque yo peleo contra el que manda.

Esto era aún diez años hace; y ahora es esto:

Antes se vendían en México, por cada 10 pesos de instrumentos de agricultura, 100 pesos de armas; y ahora se venden 10 en armas por cada 100 pesos de instrumentos de agricultura; y un cabecilla famoso, que jamás había sacado del lomo de su caballo la silla de batalla, dejando su corcel de guerrear atado a un árbol viejo, bajó pocos días hace a la ciudad, según Strother cuenta, y compró dos arados.

La América. Nueva York, junio de 1883

CHAPTER 2

LA INDUSTRIA EN LOS PAÍSES NUEVOS


Florece hoy en México la industria; y como están entrando en el país capitales nuevos; como es sabido que a la voz de las locomotoras la tierra abre sus senos; como se están poniendo ya en circulación los capitales del país, antes tímidos y enmohecidos, o consagrados a la cómoda usura; como va a haber más gente a quien vender y más dinero con que comprar, las industrias de México se avivan y se ponen en pie para seguir a la par de la corriente que empuja, tiempo arriba, a la nación.

¡Qué bueno fuera que, con ojo seguro, los acaudalados del país se diesen a ayudar las verdaderas industrias de México, que no son las imitaciones pálidas, trabajosas y contrahechas de industrias extranjeras, sino aquellas nacidas del propio suelo, que ni para nacer ni para vivir necesitan pedir prestado el alimento a pueblos lejanos, sino que trabajan de cerca e inmediatamente los productos propios! Y ¡qué malo fuera que, en vez de echar por este campo industrial, fértil, ancho y legítimo, se diera México a emprender una lucha desesperada, penosa e infecunda, para colocar en su territorio a altos precios productos que, aunque se puedan hacer mecánicamente en el país, no se pueden económicamente hacer; esto es, no se pueden producir de una manera ventajosa para el país y vencedora de las industrias similares rivales!

Pues ¿dónde hay caudales mayores que en los Estados Unidos? ¿Dónde han llegado a tal desenvolvimiento la asociación y el crédito, que son las dos claves con que ha de leerse en el interior, a primera viste maravilloso, y en verdad sencillo, de este pueblo? ¿Dónde se cerraron jamás con más dureza las puertas de la nación a los productos de las industrias que cultivaban los fabricantes nacionales? Pues en no siendo en aquellas labores que legítimamente arrancan de su propio suelo, y se dan naturalmente en él, en las que llegan a pasmoso desarrollo las industrias americanas, no han podido aún acercarse a sus rivales perfectas de Europa, a pesar de que no hubo nunca país industrial favorecido a la vez por capitales tan grandes, por tal monto de condiciones generales benéficas y por suma tan recia y severa de leyes prohibitivas.

Pueblos nuevos que han de vivir con sustos y trabajos, aun en medio de alzas aparentes y de irrupciones vertiginosas, hasta tanto que se serene la polvareda de la marcha y se vea qué queda después de ella; pueblos nuevos a quienes el ansia ajena y la propia pueden llevar, como globo con exceso de gas, a alturas donde la atmósfera ya no es respirable; pueblos nuevos, sin los beneficios, crisoles y tamices de la experiencia, que depura y decanta, y deja lo útil, sino con los hervores, prisas y ceguedades de la mocedad, pagada de lo premioso, fantástico y brillante; pueblos nuevos sin facilidades mecánicas generales, ni habilidad hereditaria, ni grandes organismos industriales que favorezcan la producción, ni comodidad geográfica, ni posibilidad racional para enviar a distancias considerables, por vías caras, productos imperfectos, a luchar en los mercados donde éstos se dan naturalmente perfectos, sin transportes que los raven ni viaje que los deteriore, y más baratos; pueblos nuevos sin abolengo, ni vecindades ni constitución industriales, no pueden producir ventajosamente industrias que vienen siendo el patrimonio, necesidad espoleadora y ocupación secular de países poco fértiles, donde la pobreza de la tierra aviva el ingenio; de países constituidos industrialmente, de manera que el arte mismo es torcido a los propósitos de la industria, y las escuelas, los talleres, las leyes mismas, talladas de manera que coadyuven a las grandezas y facilidades industriales. Los Estados Unidos, con relojeros en todas partes del mundo, con caudales pasmosos y con la legislación más amparadora de los productos nativos que puede apetecer pueblo alguno, producen a $2.75 relojes inferiores, en seguridad, material y apariencia, a los que pueden por cinco francos obtenerse en Suiza.


(Continues...)

Excerpted from Crónicas Sociales by José Martí. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

José Martí began his training at the College of San Anacleto, then studied at the Municipal School for Boys. In 1868 he began working for an independent newspaper, which caused his imprisonment and later exile to Spain. In 1873 he went to Zaragoza and graduated in law, philosophy, and letters. By 1880 he lived in New York and organized the War of Independence in his home country. He gave speeches, wrote articles and poems, conspired, and founded the Cuban Revolutionary Party. In 1895, at the beginning of the War of Independence, he went to Cuba and died in combat.
José Martí began his training at the College of San Anacleto, then studied at the Municipal School for Boys. In 1868 he began working for an independent newspaper, which caused his imprisonment and later exile to Spain. In 1873 he went to Zaragoza and graduated in law, philosophy, and letters. By 1880 he lived in New York and organized the War of Independence in his home country. He gave speeches, wrote articles and poems, conspired, and founded the Cuban Revolutionary Party. In 1895, at the beginning of the War of Independence, he went to Cuba and died in combat.

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