Cuando Dios susurra tu nombre

Cuando Dios susurra tu nombre

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by Max Lucado
     
 

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Palabras de ánimo a quienes han perdido la confianza. En este libro, Lucado te ofrece la inspiración para creer que Dios ya ha comprado el boleto con tu nombre.

Overview

Palabras de ánimo a quienes han perdido la confianza. En este libro, Lucado te ofrece la inspiración para creer que Dios ya ha comprado el boleto con tu nombre.

Product Details

ISBN-13:
9781418535421
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
06/14/1995
Sold by:
THOMAS NELSON
Format:
NOOK Book
Pages:
240
Sales rank:
825,750
File size:
490 KB

Read an Excerpt

CUANDO DIOS SUSURRA TU NOMBRE


By Max Lucado

Thomas Nelson

Copyright © 2012 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-695-9


Chapter One

La voz proveniente del balde de limpiar

EL PASILLO está en silencio excepto por las ruedas del balde y los pies que va arrastrando el viejo. Ambos suenan cansados.

Ambos conocen estos pisos. ¿Cuántas noches los ha limpiado Hank? Siempre cuidando de limpiar los rincones. Siempre cuidadoso de colocar su letrero amarillo de advertencia debido a los pisos mojados. Siempre se ríe al hacerlo. «Cuidado todos», se ríe para adentro, sabiendo que no hay nadie cerca.

No a las tres de la mañana.

La salud de Hank ya no es la de antes. La gota siempre lo mantiene despierto. La artritis lo hace renguear. Sus gafas son tan gruesas que sus globos oculares aparentan ser el doble de su tamaño real. Sus hombros están caídos. Pero realiza su trabajo. Empapa el piso con agua jabonosa. Friega las marcas de los tacones que han dejado los abogados de paso firme. Acabará su tarea una hora antes de la hora de irse. Siempre finaliza temprano. Ha sido así durante veinte años.

Cuando acabe guardará su balde y se sentará afuera de la oficina del socio de mayor antigüedad y esperará. Nunca se va temprano. Podría hacerlo. Nadie lo sabría. Pero no lo hace.

Una vez quebrantó las reglas. Nunca más.

A veces, si la puerta está abierta, entra a la oficina. No por mucho tiempo. Sólo para mirar. La oficina es más grande que su apartamento. Recorre con su dedo el escritorio. Acaricia el sofá de suave cuero. Se queda de pie ante la ventana y observa mientras el cielo gris se torna dorado. Y recuerda.

Una vez tuvo una oficina como esta.

Por allá cuando Hank era Henry. En aquel entonces el encargado de limpieza era un ejecutivo. Hace mucho tiempo. Antes del turno noche. Antes del balde de limpiar. Antes del uniforme de mantenimiento. Antes del escándalo.

Hank ya no piensa mucho en el asunto. No hay razón para hacerlo. Se metió en dificultades, lo despidieron y se fue de allí. Eso es todo. No hay muchos que sepan del asunto. Mejor así. No hay necesidad de decirles nada al respecto.

Es su secreto.

La historia de Hank, dicho sea de paso, es real. Cambié el nombre y un detalle o dos. Le asigné un trabajo diferente y lo ubiqué en un siglo diferente. Pero la historia es verídica. La has escuchado. La conoces. Cuando te dé su verdadero nombre, te acordarás.

Pero más que una historia verdadera, es una historia común. Es una historia sobre un sueño descarrilado. Es una historia de una colisión entre esperanzas elevadas y duras realidades.

Les sucede a todos los soñadores. Y como todos hemos soñado, nos sucede a todos.

En el caso de Hank, se trataba de un error que nunca podría olvidar. Un grave error. Hank mató a alguien. Se encontró con un matón que golpeaba a un hombre inocente y Hank perdió el control. Asesinó al asaltante. Cuando se corrió la voz, Hank se fue.

Hank prefiere esconderse antes que ir a la cárcel. De modo que corrió. El ejecutivo se convirtió en un fugitivo.

Historia verídica. Historia común. La mayoría de las historias no llega al extremo de la de Hank. Pocos pasan sus vidas huyendo de la ley. Muchos, sin embargo, viven con remordimientos.

«Podría haber tenido una beca en golf en la universidad», me dijo un hombre la semana pasada estando en la cuarta área de salida. «Tuve una oferta apenas salí de la secundaria. Pero me uní a una banda de rock-and-roll. Al final nunca fui. Ahora estoy atrapado reparando puertas de garaje».

«Ahora estoy atrapado». Epitafio de un sueño descarrilado.

Toma un anuario de la escuela secundaria y lee la frase de «Lo que quiero hacer» debajo de cada retrato. Te marearás al respirar el aire enrarecido de visiones de cumbres de montañas:

«Estudiar en universidad de renombre». «Escribir libros y vivir en Suiza». «Ser médico en país del Tercer Mundo». «Enseñar a niños en barrios pobres».

Sin embargo, lleva el anuario a una reunión de ex compañeros a los veinte años de graduados y lee el siguiente capítulo. Algunos sueños se han convertido en realidad, pero muchos no. Entiende que no es que todos deban concretarse. Espero que ese pequenito que soñaba con ser un luchador de sumo haya recuperado su sentido común. Y espero que no haya perdido su pasión durante el proceso. Cambiar de dirección en la vida no es trágico. Perder la pasión sí lo es.

Algo nos sucede en el trayecto. Las convicciones de cambiar el mundo se van degradando hasta convertirse en compromisos de pagar las cuentas. En lugar de lograr un cambio, logramos un salario. En lugar de mirar hacia adelante, miramos hacia atrás. En lugar de mirar hacia afuera, miramos hacia adentro.

Y no nos agrada lo que vemos.

A Hank no le gustaba. Hank veía a un hombre que se había conformado con la mediocridad. Habiendo sido educado en las instituciones de mayor excelencia del mundo, trabajaba sin embargo en el turno nocturno de un trabajo de salario mínimo para no ser visto de día.

Pero todo eso cambió cuando escuchó la voz que provenía del balde. (¿Mencioné que esta historia es verídica?)

Al principio pensó que la voz era una broma. Algunos de los hombres del tercer piso hacen trucos de este tipo.

—Henry, Henry —llamaba la voz.

Hank giró. Ya nadie le decía Henry. —Henry, Henry.

Giró hacia el balde. Resplandecía. Rojo brillante. Rojo ardiente. Podía percibir el calor a dos metros de distancia. Se acercó y miró hacia adentro. El agua no hervía.

—Esto es extraño —murmuró Hank al acercarse un paso más para poder ver con mayor claridad. Pero la voz lo detuvo.

—No te acerques más. Quítate el calzado. Estás parado sobre baldosa santa.

De repente Hank supo quién hablaba.

—¿Dios?

No estoy inventando esto. Sé que piensas que sí lo hago. Suena alocado. Casi irreverente. ¿Dios hablando desde un balde caliente a un conserje de nombre Hank? ¿Sería creíble si dijese que Dios le hablaba desde una zarza ardiente a un pastor llamado Moisés?

Tal vez esa versión sea más fácil de analizar ... porque la has escuchado antes. Pero el simple hecho de que sea Moisés y una zarza en lugar de Hank y un balde no hace que sea menos espectacular.

Con seguridad a Moisés se le cayeron las sandalias por causa de la emoción. Nos preguntamos qué sorprendió más al anciano: que Dios le hablase desde una zarza o el simple hecho de que Dios le hablase. Moisés, al igual que Hank, había cometido un error.

Recuerdas su historia. De la nobleza por adopción. Un israelita criado en un palacio egipcio. Sus compatriotas eran esclavos, pero Moisés era privilegiado. Comía a la mesa real. Fue educado en las escuelas más refinadas.

Pero la maestra que más influyó no tenía título alguno. Era su madre. Una judía que contrataron para ser su nodriza. «Moisés», casi puedes escuchar cómo le susurra a su joven hijo, «Dios te ha colocado aquí a propósito. Algún día librarás a tu pueblo. Nunca olvides, Moisés. Nunca olvides».

Moisés no lo hizo. La llama de la justicia se hizo más caliente hasta arder. Moisés vio a un egipcio que golpeaba a un esclavo hebreo. Del mismo modo que Hank mató al asaltante, Moisés asesinó al egipcio.

Al día siguiente Moisés vio al hebreo. Pensarías que el esclavo le daría las gracias. No lo hizo. En lugar de mostrar gratitud, expresó enojo. «¿Piensas matarme como mataste al egipcio?», le preguntó (véase Éxodo 2.14).

Moisés supo que estaba en dificultades. Huyó de Egipto y se ocultó en el desierto. Llámalo un cambio de carrera. Pasó de cenar con los dirigentes de estado a contar cabezas de ovejas.

No puede decirse que haya escalado una posición.

Y así fue que un hebreo brillante y prometedor comenzó a cuidar ovejas en las colinas. Del círculo más refinado al cultivo de algodón. De la oficina oval al taxi. De mecer el palo de golf a cavar una zanja.

Moisés pensó que el cambio era permanente. No existe evidencia de que haya albergado jamás la intención de regresar a Egipto. Es más, todo parece indicar que deseaba permanecer con sus ovejas. De pie descalzo ante la zarza, confesó: «¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?» (Éxodo 3.11).

Me alegra que Moisés haya hecho esa pregunta. Es una buena pregunta. ¿Por qué Moisés? O, más específicamente, ¿por qué el Moisés de ochenta años?

La versión de cuarenta años era más atractiva. El Moisés que vimos en Egipto era más temerario y seguro. Pero el que encontramos cuatro décadas más tarde era reacio y curtido.

Si tú o yo hubiésemos visto a Moisés allá en Egipto, habríamos dicho: «Este hombre está listo para la batalla». Fue educado en el sistema más refinado del mundo. Entrenado por los soldados más hábiles. Contaba con acceso instantáneo al círculo íntimo del Faraón. Moisés hablaba su idioma y conocía sus costumbres. Era el hombre perfecto para la tarea.

Moisés a los cuarenta años nos gusta. ¿Pero Moisés a los ochenta? De ninguna manera. Demasiado viejo. Demasiado cansado. Huele a pastor. Habla como extranjero. ¿Qué impacto causaría al Faraón? No es el hombre indicado para la tarea.

Y Moisés habría estado de acuerdo. «Ya lo intenté antes», diría él. «Ese pueblo no quiere ayuda. Sólo déjame aquí para cuidar de mis ovejas. Son más fáciles de guiar».

Moisés no habría ido. Tú no lo habrías enviado. Yo no lo habría enviado.

Pero Dios sí lo hizo. ¿Cómo se entiende esto? En el banco de suplentes a los cuarenta y titular a los ochenta. ¿Por qué? ¿Qué sabe ahora que en aquel entonces desconocía? ¿Qué aprendió en el desierto que en Egipto no aprendió?

Para empezar, la vida en el desierto. El Moisés de cuarenta años era uno de la ciudad. El octogenario conoce el nombre de cada serpiente y la ubicación de cada pozo de agua. Si debe conducir a miles de hebreos en el desierto, será mejor que conozca lo básico de la vida en el desierto.

Otro asunto es la dinámica de la familia. Si debe viajar con familias durante cuarenta años, es posible que le sea de ayuda comprender cómo actúan. Contrae matrimonio con una mujer de fe, la hija de un sacerdote madianita, y establece su familia.

Pero aún más importante que la vida en el desierto y la gente, Moisés necesita aprender algo acerca de sí mismo.

Al parecer lo ha aprendido. Dios dice que Moisés está listo.

Y para convencerlo, le habla a través de un arbusto. (Era necesario que hiciese algo dramático para captar la atención de Moisés.)

«Se acabaron las clases», le dice Dios. «Ha llegado el momento de ponerse a trabajar». Pobre Moisés. Ni siquiera sabía que estaba inscrito.

Pero sí lo estaba. Y, adivina qué. También lo estás tú. La voz de la zarza es la voz que te susurra. Te recuerda que Dios aún no ha acabado contigo. Claro que es posible que pienses que sí ha acabado. Tal vez pienses que ya estás en descenso. Quizás pienses que tiene otro que puede realizar la tarea.

Si eso es lo que piensas, reconsidera.

«El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo».

¿Viste lo que hace Dios? Una buena obra en ti.

¿Viste cuando la acabará? Cuando regrese Jesús.

¿Me permites deletrear el mensaje? Dios aún no ha terminado su obra en ti.

Tu Padre quiere que sepas eso. Y para convencerte, es posible que te sorprenda. Quizás te hable a través de un balde, o más extraño aun, tal vez te hable por Cuando medio de este libro.

Chapter Two

Por qué iba Jesús a fiestas

Había planificado escribir un capítulo basado en doce versículos esta semana, pero no logré pasar más allá del segundo versículo. No debería hacer eso. Se supone que presente la historia completa. Tenía la intención de hacerlo, de veras que sí. Pero me quedé atrapado. El segundo versículo no me soltaba, me tomó como rehén, así que dediqué la lección completa a un versículo. Resultó ser una pequeña frase cautivante.

Te contaré acerca de la misma, luego de preparar el escenario.

Imagínate seis hombres caminando por un estrecho camino. El dorado amanecer irrumpe a sus espaldas, haciendo que se alarguen las sombras hacia el frente. El fresco de la madrugada obliga a ceñirse firmemente las ropas. La hierba resplandece por el efecto de los diamantes de rocío.

Los rostros de los hombres tienen vehemencia, pero son comunes. Su líder es seguro, pero desconocido. Lo llaman Rabí; más se parece a un obrero. Y está bien que así sea, pues ha pasado mucho más tiempo construyendo que enseñando. Pero esta semana se ha iniciado la enseñanza.

¿Hacia dónde se dirigen? ¿Al templo para adorar? ¿A la sinagoga para enseñar? ¿A las colinas para orar? No se les ha dicho, pero cada uno tiene su idea al respecto.

Juan y Andrés esperan que los lleven al desierto. Allí fue donde los llevó su maestro anterior. Juan el Bautista los guiaba a las colinas desérticas y oraban muchas horas. Ayunaban durante días. Anhelaban la llegada del Mesías. Y ahora, el Mesías está aquí.

Seguramente Él hará lo mismo.

Todos saben que un Mesías es un hombre santo. Todos saben que el negarse uno mismo es el primer paso hacia la santidad. Con toda seguridad la voz de Dios la oyen primero los ermitaños. Jesús nos lleva a la soledad. Al menos eso piensan Juan y Andrés.

Pedro tiene otra opinión. Pedro es un hombre de acción. Del tipo de persona que se arremanga. De los que se ponen de pie y hablan. Le agrada la idea de ir hacia alguna parte. El pueblo de Dios necesita estar en movimiento. Quizás nos lleva a algún sitio para predicar, piensa para sí. Y al caminar, Pedro bosqueja su propio sermón, por si Jesús necesita un descanso.

Natanael estaría en desacuerdo. Ven y ve, había invitado su amigo Felipe. De modo que vino. Y a Natanael le agradó lo que vio. En Jesús vio a un hombre de pensamiento profundo. Un hombre de meditación. Un corazón para la contemplación. Un hombre que, al igual que Natanael, había pasado horas bajo la higuera reflexionando acerca de los misterios de la vida. Natanael estaba convencido de que Jesús los llevaba a un sitio donde reflexionar. Una silenciosa casa en una lejana montaña, hacia allí nos dirigimos.

¿Y con respecto a Felipe? ¿Qué pensaba él? Era el único apóstol de nombre gentil. Cuando los griegos vinieron buscando a Jesús, Felipe fue la persona a la que se acercaron. Posiblemente tenía contactos griegos. Tal vez tenía un corazón para los gentiles. De ser así, esperaba que esta travesía fuese un viaje misionero ... fuera de Galilea. Fuera de Judea. Entrando a una tierra lejana. Porqué

¿Ocurrió tal especulación? ¿Quién lo sabe? Sé que ocurre hoy en día.

Sé que los seguidores de Jesús a menudo se alistan Jesús con elevadas aspiraciones y expectativas. Los discípulos entran a las filas con programas sin verbalizar a pero sentidos. Labios listos para predicar a miles. fiestas Ojos fijos en costas extranjeras. Sé hacia dónde me llevará Jesús, proclaman los jóvenes discípulos, y así ellos, al igual que los primeros cinco, siguen.

Y ellos, al igual que los primeros cinco, son sorprendidos.

Quizás fue Andrés el que lo preguntó. A lo mejor Pedro. Es posible que todos se hayan dirigido a Jesús. Pero apuesto a que en algún momento del viaje los discípulos expresaron sus suposiciones.

—Así que Rabí, ¿hacia dónde nos llevas? ¿Al desierto? —No —opina otro—, nos lleva al templo.

—¿Al templo? —desafía un tercero—. ¡Nos dirigimos hacia donde están los gentiles!

Luego se genera un coro de confusión que acaba únicamente al levantar Jesús su mano y decir con suavidad:

—Nos dirigimos a un casamiento.

Silencio. Juan y Andrés se miran entre sí.

—¿Un casamiento? —dicen—. Juan el Bautista jamás habría asistido a un casamiento. Vaya, si allí se bebe, hay risas y bailes ...

—¡Y ruido! —aporta Felipe—. ¿Cómo se puede meditar en un ruidoso casamiento?

—¿O predicar? —agrega Pedro.

—¿Por qué tenemos que ir a un casamiento?

Buena pregunta. ¿Por qué llevaría Jesús a sus seguidores, en su primer viaje, a una fiesta? ¿No tenían trabajo que realizar? ¿No tenía principios que enseñar? ¿No estaba limitado su tiempo? ¿Cómo podía caber un casamiento en su propósito en la tierra?

¿Por qué fue Jesús al casamiento?

¿La respuesta? Se encuentra en el segundo versículo de Juan 2 (el versículo del cual no pude pasar). «Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos».

(Continues...)



Excerpted from CUANDO DIOS SUSURRA TU NOMBRE by Max Lucado Copyright © 2012 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Más de 120 millones de lectores han encontrado consuelo en los escritos de Max Lucado. Es pastor en la Iglesia Oak Hills en San Antonio, Texas, donde vive con su esposa, Denalyn y un dulce pero malportado perro llamado Andy.

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