Cuando un milagro es todo lo que Necesitas by Ann Spangler, Zondervan Publishing Staff |, Paperback | Barnes & Noble
Cuando un milagro es todo lo que Necesitas

Cuando un milagro es todo lo que Necesitas

by Ann Spangler, Zondervan Publishing Staff
     
 
Ann Spangler is an award-winning writer and the author of many bestselling books, including Praying the Names of God, Praying the Names of Jesus, and Women of the Bible (with Jean Syswerda). Her most recent books are The Tender Words of God and Sitting at the Feet of Rabbi Jesus (with Lois Tverberg.) She and her two daughters live in Grand Rapids, Michigan. SPANISH

Overview

Ann Spangler is an award-winning writer and the author of many bestselling books, including Praying the Names of God, Praying the Names of Jesus, and Women of the Bible (with Jean Syswerda). Her most recent books are The Tender Words of God and Sitting at the Feet of Rabbi Jesus (with Lois Tverberg.) She and her two daughters live in Grand Rapids, Michigan. SPANISH BIO: Ann Spangler, autora con galardones en su haber cuya fascinacion con la Biblia ha producido libros que han introducido esta a una amplia gama de lectores, es la autora de varios libros que han sido exitos de ventas, incluyendo Praying the Names of God, Praying the Names of Jesus y Mujeres de la Biblia (de la que es co-autora Jean Syswerda). En conjunto, se han vendido mas de 2 millones de ejemplares de sus libros. Ha ocupado puestos ejecutivos importantes en dos casas editoras cristianas y en la actualidad reside con sus dos hijas en Grand Rapids, Michigan..

Product Details

ISBN-13:
9780829751130
Publisher:
Vida
Publication date:
04/07/2011
Pages:
272
Sales rank:
1,191,891
Product dimensions:
5.00(w) x 7.13(h) x 0.88(d)
Age Range:
18 Years

Read an Excerpt

Cuando un MILAGRO ES TODO LO QUE NECESITAS

RELATOS PARA FORTALECER TU FE Y OFRECERTE ESPERANZA
By Ann Spangler

Zondervan

Copyright © 2011 Ann Spangler
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-5113-0


Chapter One

El regalo de los ángeles

* * *

Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras.

Santiago 1:17

¿Cómo te sentirías si le dieras un regalo a alguien y se negara a abrirlo? ¿No te sentirías decepcionado y un poco herido? A veces me pregunto si es así como Dios se siente acerca de los ángeles, regalos maravillosos que nos ha dado para protegernos, inspirarnos y guiarnos con seguridad hacia él. Sin embargo, los descuidamos mediante nuestra indiferencia, ignorancia e incorregible escepticismo.

Los ángeles son parte de la provisión ingeniosa de Dios para nosotros. Por cuanto aman a Dios con tanto fervor, están en perfecto acuerdo con su voluntad. Lo que él les diga que hagan, lo hacen. A quienes él ama, ellos no pueden evitar amar. Debido a que Dios nos ama con intensidad es que podemos reclamar la maravillosa amistad de los ángeles.

¡Qué gran aliento es saber que estamos rodeados por todos lados de protectores amantes y poderosos! Pensar en los ángeles puede disminuir nuestra tristeza, fortalecer nuestra fe y alegrar nuestros corazones. G. K. Chesterton una vez dijo bromeando que «los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos a la ligera». Desde luego que los ángeles se toman a la ligera. Ellos mantienen las cosas en perspectiva de una manera que nosotros no podemos. Después de todo, viven en la presencia de Dios mismo. Su visión es clara, despejada de la confusión y las dudas que nosotros sufrimos. Tampoco caen presa del pecado insidioso del orgullo que nos agobia y nos encadena a nuestra propia visión estrecha del mundo. Al aprender más de los ángeles y su servicio, aprenderemos más acerca de Dios. Nuestro apetito por la vida espiritual aumentará y nuestro anhelo por conocer de una forma más íntima a nuestro Creador crecerá.

Ha llegado el momento de abrir el regalo y tener una vislumbre de estos poderosos seres espirituales. Dedica unos momentos cada día a los ángeles y pídele a Dios que los use para mostrarte con cuánto cariño y ternura él cuida de ti.

Invita a un ángel a cenar

* * *

Te insto delante de Dios, de Cristo Jesús y de los santos ángeles, a que sigas estas instrucciones sin dejarte llevar de prejuicios ni favoritismos.

—1 Timoteo 5:21

El apóstol Pablo está recordándole a su discípulo Timoteo que vivimos nuestra vida bajo el ojo del cielo. Podemos pensar que nadie nos ve cuando actuamos en privado, pero en realidad, vivimos en la presencia de Dios y del ejército del cielo.

Cuando yo era niña tenía una percepción profunda de la dimensión sobrenatural de la vida. Estaba convencida por completo, porque mis padres me lo decían, de que Dios estaba en todas partes y que a veces los ángeles lo acompañaban. Esta convicción me causaba problemas en particular a la hora del baño. Me preocupaba de que en realidad no estuviera sola mientras salpicaba feliz en la bañera o me desvestía para dormir en la noche. Estaba contenta por la compañía de Dios, pero avergonzada de que pudiera estar a mi alrededor en momentos inoportunos.

Estas eran preocupaciones infantiles, desde luego. Pero había algo saludable en mi aceptación del hecho de que la vida no terminaba en la punta de mis dedos. Existía un mundo que yo no podía tocar, oler o ver, y sin embargo sabía que era real. Al crecer, mi perspectiva infantil del mundo se redujo a la de un adulto y transcurrió algún tiempo antes de que entendiera una vez más que la vida rebosaba de posibilidades sobrenaturales.

¿Qué sería nuestra vida diaria si se le infundiera un entendimiento sacramental de la realidad? ¿Si nos diéramos cuenta de que las fronteras entre el cielo y la tierra son más como un tejido vaporoso que como el acero? ¿Criticaríamos con tanta facilidad y nos degradaríamos unos a otros si supiéramos que los ángeles están escuchando? ¿Fastidiaríamos a nuestros hijos hasta exasperarlos? ¿Nos pondríamos de mal humor cada vez que no nos salimos con la nuestra? Si creyéramos en realidad que Dios sabe lo que sucede en cada hogar y en cada corazón, ¿no sería todo diferente?

No digo esto para estimular a que «nos portemos lo mejor posible» o para que tratemos de hacer teatro delante de Dios. Eso es imposible. Pero si sabemos que Dios está presente pudiéramos preguntarnos cómo vería él la situación. Pudiéramos rogar que nos conceda su ayuda para detener una explosión airada antes de que suceda. Pudiéramos depender más de su gracia.

Dios no nos está mirando con el ceño fruncido, supervisando nuestra conducta y anotando cada infracción en su libro de reglas. En cambio, él está listo con sus ángeles para ayudarnos a ser más como su Hijo. Cuando te sientes a la mesa con tu familia, recuerda que Dios estará allí. No importa lo caótico que sea el tiempo de la cena, pregúntate si estás hospedando ángeles. Quizás haya un par de ellos sentados cerca, listos a pasar una ración adicional de gracia justo cuando más la necesites.

Señor, restaura más de lo que salta a la vista. Después abre la cortina, solo un poco, y dame una vislumbre de tus ángeles trabajando detrás del escenario.

Ángeles en la tormenta

* * *

El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen; a su lado está para librarlos.

—Salmo 34:7

A veces los ángeles acampan en los lugares más extraños, como en el guardafango de un auto en medio de una terrible tormenta invernal ...

Ann Shields estaba planeando conducir desde un pueblo en el este de Ohio hasta Lewistown, Pennsylvania, un viaje de unas cuatro horas y media. Escuchar las noticias del tiempo no ayudó en nada a disminuir su ansiedad. La nieve que estaba cayendo sin cesar formaría una capa traicionera sobre los caminos de la montaña que ya estaban cubiertos de hielo.

«Padre, envía tus ángeles a protegerme», dijo en voz alta mientras daba vuelta a la llave de arranque. De repente, sintió que había dos ángeles muy grandes sentados en los guardafangos delanteros de su automóvil.

«Yo no podía verlos en realidad —explicaba más tarde— pero estaba segura de que estaban allí: enormes, jóvenes y poderosos, uno sentado en el guardafango derecho y otro en el izquierdo. Durante todo el viaje tenía la impresión de que estaban hablando y bromeando, preguntándose por qué los habían enviado a velar por mi pequeño automóvil amarillo en medio de una tormenta de nieve en Pennsylvania. Debe haberles parecido una operación insignificante, pero estaban contentos de hacer lo que Dios les había pedido. Durante todo el camino sentí una tremenda paz, la clase de paz que con toda honestidad sobrepasa todo entendimiento. Por lo general, conducir a través de esa clase de tormenta en caminos montañosos hubiera sido un asunto de extremada tensión para mí, pero este viaje fue puro placer. En el momento que me estacioné en el camino de entrada a la casa en Lewistown, los ángeles desaparecieron».

¿Quién sabe por qué Dios envió no uno, sino dos ángeles muy poderosos para manejar un automóvil pequeño a través de una tormenta invernal? Los ángeles parecían no saberlo. Puede haber sido una de sus tareas más fáciles. Pero Dios tenía sus razones.

Cualesquiera que hayan sido, Ann Shields sabe que Dios cuida de ella no importa cuál sea el problema que esté enfrentando. Y quizás eso es lo significativo. Muchos de nuestros problemas tal vez sean insignificantes cuando se ven desde la perspectiva del cielo. Sin embargo, el Padre se encarga de ellos y de nosotros. No importa lo que enfrentemos, él tiene suficiente poder disponible, sobre todo cuando se trata de cuidar de sus hijos.

Padre, tú sabes las ansiedades y los temores que a menudo me atormentan. A veces hasta yo misma sé que son cuestiones insignificantes a la luz de la eternidad. Pero aun así no puedo dejar de preocuparme. Cámbiame, Señor, y envía tus ángeles para darme gozo y para convencerme de tu cuidado fiel.

Lo que solamente los ángeles pueden ver

* * *

Miren que no menosprecien a uno de estos pequeños. Porque les digo que en el cielo los ángeles de ellos contemplan siempre el rostro de mi Padre celestial.

—Mateo 18:10

La Biblia nos dice que ningún ser humano puede ver el rostro de Dios y vivir. Moisés, cuya relación con Dios fue de una intimidad extraordinaria, le suplicó que le mostrara su gloria. Sin embargo, Dios contestó: «No podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida [...] podrás verme la espalda. Pero mi rostro no lo verás» (Éxodo 33:20, 23). Con todo, cuando Moisés habló con Dios, su propio rostro brillaba con tal resplandor que tuvo que cubrirlo en la presencia de los demás. Sus compatriotas israelitas no podían soportar ni siquiera el reflejo de la gloria de Dios.

Podemos solo imaginar cómo sería ver el rostro de Dios; percibir su belleza con precisión, su poder increíble, su santidad, su amor y su majestad. Nuestra capacidad de ver a Dios varía de uno a otro, pero ninguno de nosotros, sin embargo, tiene la habilidad de conocerlo como él nos conoce a nosotros. Es como si Dios nos estuviera diciendo que todavía es muy peligroso. Sería como tratar de verter las cataratas del Niágara en un pequeño dedal. El dedal sería aplastado y destruido por completo. De este lado de la eternidad estamos todavía muy llenos de distorsiones, pecado y fragilidad para mirar a Dios cara a cara.

Sin embargo, Jesús nos dice que estos ángeles disfrutan de continuo la comunión cara a cara con Dios. Quizás por eso son tan excelentes guardianes. Saben que Dios es irresistiblemente atractivo y no son seducidos, como nosotros, a hacer ídolos de deseos inferiores. Ven la necedad de escoger cualquier cosa menos que Dios. Las cosas que nos tientan a nosotros a ellos no los tientan.

¿Cómo puede uno apreciar una mentira cuando vive en la presencia de la verdad? ¿Cómo puede uno sentirse ansioso acerca del futuro cuando ha visto lo bien que han resultado las cosas? ¿Cómo puede uno tratar de controlar su vida y la de los que están a su alrededor cuando entiende la profundidad de la sabiduría de Dios y la magnitud de su poder? ¿Por qué escogería uno la pirita de cobre cuando sabe dónde está el filón principal?

Señor, siempre que tengo el más mínimo vislumbre de ti, anhelo más. Quiero deleitar mis ojos en ti. Purifica mi alma de su oscuridad para que ninguna sombra me haga ciega a tu presencia. Abre mis ojos para que pueda ver lo que ven los ángeles.

Escalera de ángeles

* * *

Allí [Jacob] soñó que había una escalinata apoyada en la tierra, y cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles de Dios. En el sueño, el Señor estaba de pie junto a él y le decía: «Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abraham y de tu padre Isaac».

—Génesis 28:12-13

Cuando era niña, uno de mis programas favoritos era uno de historias espeluznantes, llenas de vueltas inesperadas, que siempre estimulaban mi imaginación. Cada programa contaba la historia de personas desprevenidas que estaban a punto de embarcarse en una aventura extraordinaria. Sin previo aviso, se encontraban en un mundo diferente, no distinto al suyo, pero de alguna manera extrañamente diferente. Habían cruzado a ese territorio de la mente que se conoce como la «zona crepuscular».

Jacob tuvo un sueño que lo transportó a su propia versión de la zona crepuscular. Iba de camino a Jarán, el lugar natal de su abuelo Abraham. Cuando cayó la noche, durmió bajo el cielo estrellado con solo una piedra por almohada y soñó con ángeles que subían y bajaban una escalera que conectaba el cielo y la tierra. Cuando se despertó, estaba aterrorizado y exclamó: «En realidad, el Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta [...] Es nada menos que la casa de Dios; ¡es la puerta del cielo!» (Génesis 28:16-17).

La escalera en el sueño de Jacob simbolizaba la relación que existe entre el cielo y la tierra. Los ángeles suben y bajan la escalera llevando nuestras necesidades a Dios y trayéndonos su provisión. El sueño de Jacob, sin embargo, esperó su interpretación completa durante cientos de años, hasta que Jesús dijo: «Ciertamente les aseguro que ustedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Juan 1:51). Hasta ese momento, el eslabón entre el cielo y la tierra estaba roto por nuestra desobediencia. En Jesús quedó reparado por completo. Él es el eslabón, la escalera, la puerta entre el trono de Dios y su pueblo en la tierra.

Con todo lo asombroso que es esto, no es el final de la historia. La distancia infinita entre el cielo y la tierra, entre un Dios santo y seres humanos pecadores, la salvó un Salvador que en realidad vive en su pueblo. Aunque parezca increíble, esto significa que la escalera al cielo existe, no en algún lugar lejano, sino dentro de nuestro propio corazón. Si pertenecemos a Cristo, podemos sorprendernos como Jacob y exclamar respecto a nuestras propias almas: «¡Cuán imponente es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios, y la puerta del cielo».

Padre, tu amor por nosotros es tan ardiente que no pudiste soportar el dolor de la separación. Por eso diseñaste un plan para abrir la puerta al paraíso una vez más. Gracias por darme el regalo de la vida en tu Hijo Jesús, el que vive dentro de mi alma. Ayúdame a honrar su presencia en mí. Y mientras lo hago, acércate a mí mediante el poder de Jesús y el amor de tus ángeles.

(Continues...)



Excerpted from Cuando un MILAGRO ES TODO LO QUE NECESITAS by Ann Spangler Copyright © 2011 by Ann Spangler. Excerpted by permission of Zondervan. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Ann Spangler, autora con galardones en su haber cuya fascinación con la Biblia ha producido libros que han introducido esta a una amplia gama de lectores, es la autora de varios libros que han sido éxitos de ventas, incluyendo Praying the Names of God, Praying the Names of Jesus y Mujeres de la Biblia (de la que es co-autora Jean Syswerda). En conjunto, se han vendido más de 2 millones de ejemplares de sus libros. Ha ocupado puestos ejecutivos importantes en dos casas editoras cristianas y en la actualidad reside con sus dos hijas en Grand Rapids, Michigan..

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