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En El hechizo de Iris, a partir de un inesperado encuentro en la selva, un hombre revive su iniciación sexual en la adolescencia solo para saber que ha hecho el amor con un fantasma. En La dama de Urz, el profesor Souto ve interrumpidos sus días apacibles en una editorial para quedar encerrado en la habitación de un palacio con una ninfómana; un cuadro de origen incierto y un maletín lleno de dinero. En El mar interior, Octavio descubre que, como les sucede a todos los perversos polimorfos o a los...
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Cuatro nocturnos

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En El hechizo de Iris, a partir de un inesperado encuentro en la selva, un hombre revive su iniciación sexual en la adolescencia solo para saber que ha hecho el amor con un fantasma. En La dama de Urz, el profesor Souto ve interrumpidos sus días apacibles en una editorial para quedar encerrado en la habitación de un palacio con una ninfómana; un cuadro de origen incierto y un maletín lleno de dinero. En El mar interior, Octavio descubre que, como les sucede a todos los perversos polimorfos o a los niños lactantes, él nunca ha sabido separar el mundo de su propia conciencia. En El misterio Vallota, al hilo de las corrupciones de la Transición, el único conocedor de la verdad desvela, para sí y el lector, la inquietante capacidad de manipulación de los medios.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480491632
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 3/25/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 178
  • File size: 1,001 KB

Meet the Author



José María Merino empezó siendo un niño enamorado de los diccionarios que se encontraban en el bufete de abogados de su padre y ello le condujo a la producción apasionada de poesía y prosa. Aunque su primer libro es un poemario, Sitio de Tarifa (1972), la mayor parte de su obra será en prosa. Su debut narrativo es con Novela de Andrés Choz (1976). El género del cuento es también relevante en la carrera de Merino: Cuentos del Barrio de RefugioEl libro de las horas contadasHistorias del otro lugarCuentos del reino secreto,Cuentos de los días raros o El viajero perdido. Entre sus novelas destacan Las crónicas mestizasCuatro nocturnosEl caldero de oro o El centro del aire. Reconoce las influencias de Unamuno, Edgar Allan Poe o Calderón—en especial a La vida es sueño. Y es que Merino entiende la lectura “como una aventura interior, un viaje personal secreto.”
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Cuatro nocturnos


By José María Merino, Ignacio Ballesteros

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1999 José María Merino
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9163-2



CHAPTER 1

El hechizo de Iris


La mujer se va alejando y el escenario reconstruye poco a poco la inmovilidad que el desplazamiento de su figura blanquecina había conseguido turbar, la quietud del espacio gris y caluroso que encierran el cielo oscuro y el lago rodeado de una vegetación enmarañada y vigorosa, en cuyo centro resuena una y otra vez el aleteo cansino de los grandes pájaros.

Ella se aleja entre los borrones olorosos de los charcos y el lento alternar de relumbres horizontales con que se difumina el agua lejana.

En lo alto, entre los aleteos, un graznido aislado, que se repite luego varias veces, parece resistirse al reposo recobrado, pero todo vuelve a estar quieto y el hombre siente alivio mientras ve alejarse a la mujer, y hasta cierto gusto a liberación, como si en la partida de ella no hubiese ausencia sino una inusitada plenitud. Como si, al contrario, ella hubiese sido la ausencia, el vacío, esa cavidad fantasmal que abren en la aparente solidez de la rutina ciertas evocaciones, y con su marcha la realidad quedase de repente restaurada y completa.

Ella sube al fin al avión, apoyando con cuidado los pies en los peldaños sucesivos de la escalerilla. Se detiene antes de entrar en la cabina y vuelve el rostro. La indiferencia del hombre sufre entonces un sobresalto, pues las facciones de la mujer han recuperado las señales de otro rostro, han sufrido una súbita transformación y ya no presentan los rasgos serenos de Laura sino la acechante viveza de Iris.

Ella alza entonces el brazo sin mirarle, como si no se despidiese de él sino de la salvaje plenitud vegetal, de los niños que chapotean con la voz perdida en la orilla del lago, más allá de la pista de aterrizaje, del descolorido cobertizo de madera y chapa que muestra en un mástil un harapo lacio como un signo inequívoco del lugar, del avión que, a un lado del campo, aplastado sobre el suelo entre fragmentos retorcidos de fuselaje, muestra su abandono como otro símbolo certero. Y luego gira del todo la cabeza y entra en el aparato.

El sentimiento de liberación aplaca al fin la confusión que había comenzado a inquietar al hombre. Y mientras el avión comienza a moverse, con una lentitud desproporcionada al bramido de su motor, él se encamina hacia el embarcadero, donde le espera la canoa que ha de devolverlo al hotel.

* * *

(Contado así, en tercera persona del presente, parecería que, menos en el momento en que volvió el rostro y sus rasgos me trajeron el recuerdo preciso de Iris, yo la miraba irse no solo con serenidad, sino incluso con cierto júbilo. Ahora que lo pienso, no sé si esa serenidad jubilosa era otra cosa, un resto inocuo de antigua angustia, la sombra solo de una ansiedad pasada, una pena ya reseca, que hubiera perdido casi toda su fuerza.

También parecería que su partida no tuvo lugar hace menos de una hora, como en realidad ha sido, sino en ese tiempo dudoso de las ficciones, que siempre parece apartado del lector.

De cualquier forma, la tercera persona me ayuda a ver su partida con lejanía, y el tiempo de presente le quita al suceso actualidad, y con ello ya no parece que sea yo quien la ha visto marchar, sino un ser intemporal y sin nombre, un personaje anónimo cuyos pensamientos y sensaciones no pueden inquietarme, porque son solo garabatos caligráficos trazados sobre un papel.

Ahora, mientras me preparo para la espera de mi avión, el que debe sacarme también a mí de aquí, rodeado por el persistente olor a madera húmeda que a menudo se contagia de un aire fétido de origen inexplicable, acaso escribo para entretenerme, para sustituir la lectura que no he sido capaz de encontrar, pero sin duda lo hago para poder considerar con frialdad a este tipo que hace correr su bolígrafo sobre los folios de papel oscuro en cuyo membrete el desvencijado hotel que me cobija proclama, con la silueta de un gran pez enganchado por la boca al logotipo, una ostentación deportiva que, a estas alturas del año, ningún cliente parece justificar).

De modo que el hombre, antes de encaminarse al embarcadero, observa cómo el pequeño avión se aleja lentamente, dando tumbos sobre la pista de tierra en busca del punto de despegue.

El avión es muy parecido al que ha causado su naufragio: un fuselaje pintado de gris que, en muchos puntos, muestra esas llagas orinientas que deja la larga mordedura de la selva. En cuanto al lugar, es tan solo una estación insignificante de una línea de ínfima categoría, un simple punto de escala para algunos pasajeros, un cruce de rumbos todavía más desconocidos y lejanos que el de su propio destino.

El hombre echa a andar, pero la visión del avión aplastado a un lado de la pista, con el cuerpo arrugado en pliegues sinuosos que parecen desdecir su naturaleza metálica, le devuelve las imágenes del vuelo en que sufrió el accidente.

Él ha escogido uno de los últimos asientos, para tener cerca el maletín con todos sus papeles. El vuelo ha durado apenas hora y media, pero la sonriente azafata ha servido mucho whisky a los pasajeros. «Es para que nos olvidemos del aparato en que estamos volando», le dice a menudo, con sorna confidencial, el tipo rubio que se sienta al otro lado del pasillo, y que habla un español desprovisto de acento, cuya procedencia no se puede deducir con facilidad.

Por fin la azafata pide que se abrochen los cinturones y el avión inicia con brusquedad el descenso. Se acercan con rapidez a la vegetación y la masa concentrada del arbolado despliega el dibujo cada vez más preciso de sus formas, agrupadas en densos ramajes entre los troncos oscuros. También la mancha del lago matiza en tonos diversos su parda uniformidad, hasta que las plantas acuáticas muestran de pronto el rosáceo esplendor de sus flores.

Cuando la línea del arbolado ha ocupado ya con claridad el lugar del horizonte y el avión está a punto de tomar tierra, se oye un fortísimo crujido, hay una sacudida que retuerce brutalmente los asientos, y el aparato se desploma sobre su panza y va arrastrándose por la pista con estruendo.

«Lo menos que nos pudo pasar», dice el tipo rubio cuando, mudos y despavoridos, los pasajeros empiezan a salir del avión entre el fuerte olor a gasolina y el denso penacho de polvo que se va depositando con suavidad de nieve.

La azafata no ha perdido su disposición animosa y solo el desarreglo de su gorrito y sus medias rasgadas dan señal del suceso. También el timbre de su voz ha cambiado y la expresión resulta menos cantarina. Pide que tengan la bondad de esperar en la sala las instrucciones de la compañía, y los pasajeros siguen sus gestos, que les indican el cobertizo, y se dirigen allí con docilidad.

Un grupo de niños intenta acercarse al avión, pero dos individuos mal afeitados, que muestran en sus pistolas y gorras de plato esa condición uniformada que acredita universalmente a los representantes de la autoridad, los conminan a apartarse, con voces de nerviosa y exagerada severidad que sobresaltan el sosiego del paraje, concentrado sobre la pista vacía.

Los pasajeros empiezan a reaccionar enseguida y varios se preocupan por sus equipajes. La azafata insiste en que todo tendrá un arreglo satisfactorio para ellos, cuando se reciban instrucciones de la compañía, y la sonrisa no se borra de su lindo rostro moreno, convertida ya en una mueca incongruente y hasta lastimosa.

La sala de espera está formada por el escueto interior del cobertizo de tejado metálico, con un suelo de tablones y una bancada corrida a lo largo de las paredes. Todo parece sucio, deslucido y pobre, pero la madera es de una clase excelente, que los ojos del hombre identifican al instante, con avidez profesional.

* * *

(Allí dentro hacía mucho más calor que en el exterior. En el brusco contraste entre la violenta claridad matinal de la pista y la sombra cuajada dentro, las personas sentadas en el banco fueron al principio solo bultos de cuerpos y cabezas sin facciones. Yo había puesto el maletín sobre el banco, a mi lado, y pasé la palma de la mano por la superficie bruñida de la madera.

Acabo de escribir que ese yo —que descrito en tercera persona me parece tan ajeno— miraba con avidez las tablas del suelo. Mejor debería haber escrito «con placer».

Ahora tengo la ocasión de ordenar lo que tantas veces he pensado, y debo anotar que realmente me gusta toda la madera que encuentro en los poblados de la selva, en el suelo de los bohíos, en los armazones de sus techados, donde cumple las funciones más elementales y manifiesta su calidad sin necesidad de enaltecerse en las superficies y formas trabajadas por las manos de los ebanistas. Las suaves vetas diluyen su color, hay un pulido insólito, que resulta del frotamiento de tantos pies, y la materia muestra su condición original. También el banco tenía esa apariencia virginal y sólida.

Pero mis ojos se fueron adaptando a la sombra del cobertizo y ya me era posible distinguir los rostros de quienes esperaban allí la escala del avión o el enlace con el vuelo siguiente.

En un movimiento mecánico —¿por qué llamarlo instintivo?—, miré a la mujer que estaba sentada frente a mí, al otro lado de la estancia. Sus grandes gafas oscuras no me permitían conocer la dirección de su mirada ni abarcar el conjunto de sus facciones, pero en la forma de su boca creí encontrar rasgos reconocibles. Mientras la miraba, su rostro mantenía la posición frontal, como si ella me estuviese contemplando con la misma curiosidad con que yo la miraba a ella).

* * *

El hombre contempla durante un rato a la mujer, y la mujer acaso le mira también a él, pues su rostro, al que las gafas oscuras parecen sujetar con mayor fijeza, mantiene su postura. La mujer sostiene en su regazo un bolso de paja, que brilla en la sombra como un fogonazo cuando lo retira a un lado del cuerpo, antes de hablarle.

—¿No nos conocemos?

Sorprendido por la repentina interpelación, el hombre tarda unos instantes en responder, y empieza a hacerlo al fin con un balbuceo titubeante. Pero ella habla otra vez.

—¿Ya no te acuerdas de mí?

Se quita las gafas oscuras.

—¿No se llama Maia? ¡En Maia, hace mil años! ¿Tú no eres Javier? ¿No me recuerdas?

En el momento en que ella pronuncia el topónimo que debe dar la clave de su relación, él descubre en los rasgos de la mujer unas señales que sacuden su memoria, y está a punto de pronunciar el nombre que, con una confusa mezcolanza de sentimientos, acaba de iluminar en ciertos rincones de su conciencia otras facciones iguales a estas, evocadas de repente como su reflejo, pero no lo hace, pues no puede haber confusión al identificar por fin el rostro que le sonríe.

—Maia —repite él—. Cómo no iba a recordarte. Tú eres Laura. Vivías en la casona del Cueto.

Ella guarda silencio unos instantes, como si reflexionase sobre aquella afirmación, y se coloca las gafas otra vez.

—Buena memoria.

—Fue el último verano que pasé allí —añade él.

Habla como si aquel hecho constituyese un hito conmemorativo que le obliga a avivar sus recuerdos, y al mismo tiempo siente la vieja congoja que la memoria de aquel verano ha despertado siempre en él.

(Han pasado quince años. Lo pongo así, y en cuatro palabras parece cristalizarse y resumirse, invisible pero presente, todo lo que sucedió, todo lo que recuerdo y lo que he olvidado, los gestos innumerables, la mayoría instintivos, con que la vida ha ido enlazando los días y las noches, mi paso de muchacho a hombre, los primeros tiempos de mi madurez.

Yo era entonces casi un adolescente, un muchacho desorientado y algo temeroso que sentía aquel verano como el final irremediable de una época en que, con todas sus ataduras, había gozado al menos del ámbito de la libertad pura, casi animal, que da la falta de otras obligaciones y compromisos que los que impone la vida escolar, cuyas más graves servidumbres, por muy fastidiosas que lleguen a resultar, pueden al fin quedar encerradas bajo la tapa de un pupitre.

Quince años. «Buena memoria», había dicho ella, y entonces todos esos años no representaron esa caravana de horas, de días, de meses, de los fragmentos de tiempo que enlazaron tantas rutinas y que ahora atraviesan mi memoria completos pero informes, con una rapidez que hace imposible su identificación pero que no anula su consistencia, sino un lapso impalpable, de pronto desvanecido, como si el mismo día anterior ella y yo nos hubiésemos hablado, en aquel verano de Maia. Por eso pude responder con la misma sonrisa amable, sin esfuerzo, y decirle: «Cómo no me voy a acordar».

Pero el tipo rubio nos hizo interrumpir la charla recién empezada, porque hablaba con la azafata dando grandes voces de queja, que su entonación, en un castellano que sonaba entonces muy peninsular y norteño, hacía parecer más broncas en el contraste con la dulce dicción de la muchacha y, como el resto de los pasajeros, escuchamos con interés sus palabras).

* * *

La azafata ha asegurado varias veces que la compañía está ya advertida del suceso y que en poco tiempo se dará solución a los problemas que el accidente ha provocado, pero los viajeros se ven obligados a esperar casi cuatro horas más en el cobertizo.

Rodeados por la explanada que abrasa a menudo un sol repentino, cercados a un lado por la vegetación impenetrable que sobrevuela la lenta vigilancia de los gallinazos, y al otro por la masa apelmazada del lago, los viajeros sienten desvalimiento de náufragos. Aquel abandono facilita la cercanía, y por eso charlan entre ellos con ese ademán de sigilo y confianza que suele surgir cuando se comparte una situación comprometida.

Ellos dos no hablan de aquel verano en que se conocieron, sino de los años que han venido después.

Él resume los tiempos de facultad, que clausuraron la larga costumbre de los veranos en Maia; el desconcierto del licenciado sin trabajo; la renuncia a ciertas tentaciones de intentar una vida apartada de los hábitos convencionales; su primer acomodo en el negocio familiar y cómo, por medio de ello, ha entrado en el mundo de los compradores y vendedores de madera, que le ha llevado a aquellas selvas.

Ella relata también sus estudios. Habla de la inquietud aventurera que había ido creciendo dentro de sí, pero que ella no había renunciado a aquellas tentaciones. Después de la facultad, ha venido a convertirse en colaboradora de uno de los hospitales humanitarios de la selva, una de esas instituciones que sufraga la buena voluntad de mucha gente anónima.

—Tú tenías un novio muy formal, estabas a punto de casarte —dice él.

—Sí —responde simplemente ella, con una sonrisa.

Viene un muchacho con cocos y un machete, y los dos beben el agüilla rala que los esfuerzos del muchacho han hecho posible, tras cercenar un extremo del fruto. Por fin suena el teléfono y la compañía da una respuesta, que la azafata de crispada sonrisa transmite enseguida a los inquietos pasajeros: ya no es posible enviar un aeroplano que sustituya al averiado, y todos los viajeros deben esperar al día siguiente, en que llegará, muy pronto, el avión sustituto, y luego, a lo largo del día, el que deberá resolver los demás enlaces pendientes. La compañía los alojará por su cuenta en un hotel y les pide disculpas por tanta molestia.

* * *

(Yo creo que, tras tanto tiempo de espera en aquel cobertizo asfixiante, el deseo de salir de allí prevalecía sobre cualquier otro. Por eso nadie protestó, ni siquiera el tipo rubio, que hasta entonces no había dejado de acosar a la azafata con sus requerimientos y quejas. Sin rechistar, nos dejamos conducir hasta el embarcadero, un breve muelle de tablones donde nos esperaba un lanchón cubierto por una toldilla de cañizo, y nos acomodamos en sus desgastados bancos.

El lanchón avanzó lago adentro, rumbo al islote pardo que iba aclarando poco a poco su bulto de enorme tortuga, hasta que pudimos al fin divisar el hotel, un edificio verdoso de madera, flanqueado por varios bungalós palafíticos, con una terraza que se asomaba al agua, sostenida también por gruesos pilotes.

El sol del mediodía, de nuevo victorioso de las nubes, atravesaba la superficie del agua cobriza y hacía resplandecer su interior, dándole la consistencia opalina de un jugo vegetal, como si aquella masa fuese la reserva de savia de toda la vegetación que se emborronaba en la orilla, y que llegaba a impregnar las paredes y los suelos de las destartaladas construcciones.

Sin duda persistía en nosotros la conciencia de desamparo, porque aceptamos con mansedumbre las habitaciones que nos fueron asignadas y comimos el almuerzo que nos sirvieron con un aire de apetito satisfecho que parecía otorgar a nuestros transportistas la absolución de todos sus fallos.

Por la tarde, las aguas del lago se hicieron opacas, y todos los viajeros sentimos ese marasmo que resulta de la percepción del tiempo perdido. La quietud silvestre del islote, acompasada a la inmovilidad del agua oscura, parecía la señal indicativa de una actitud que estábamos forzados a mantener.

Laura y yo volvimos a reunirnos. Dimos un pequeño paseo por los espacios exteriores del hotel, que ocupaba casi toda la superficie del islote. Tras un cañaveral había una caseta con un motor que ahumaba con sus explosiones un pequeño plantel de bananos, y más lejos varios bohíos pequeños, que debían de estar destinados a vivienda de la servidumbre.


(Continues...)

Excerpted from Cuatro nocturnos by José María Merino, Ignacio Ballesteros. Copyright © 1999 José María Merino. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Contents

Portadilla,
Créditos,
Dedicatoria,
Epígrafe,
El hechizo de Iris,
La Dama de Urz,
El mar interior,
El misterio Vallota,
Sobre el autor,

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