Cuentos del Barrio del Refugio [NOOK Book]

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Hay barrios donde el pasado se resiste a pasar y regresa en forma de sombras espectrales. Allí sus habitantes encuentran refugio de la realidad sorda en el delirio extravagante. Sobresaltados, absortos, buscan su destino en las calles del barrio traductores infieles, fantasmas incómodos, madres afligidas, contertulios infatigables, ladrones de libros, lectores perplejos, médicos vagabundos y gente acosada por el otro yo de una personalidad bipolar. Entre lo misterioso y lo fantástico, viven sus diminutas ...
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Cuentos del Barrio del Refugio

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Hay barrios donde el pasado se resiste a pasar y regresa en forma de sombras espectrales. Allí sus habitantes encuentran refugio de la realidad sorda en el delirio extravagante. Sobresaltados, absortos, buscan su destino en las calles del barrio traductores infieles, fantasmas incómodos, madres afligidas, contertulios infatigables, ladrones de libros, lectores perplejos, médicos vagabundos y gente acosada por el otro yo de una personalidad bipolar. Entre lo misterioso y lo fantástico, viven sus diminutas aventuras, que les cambiarán la vida. O no. Y experimentan los peligros de la imaginación, siempre al acecho.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480491649
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 3/25/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 216
  • File size: 995 KB

Meet the Author



José María Merino empezó siendo un niño enamorado de los diccionarios que se encontraban en el bufete de abogados de su padre y ello le condujo a la producción apasionada de poesía y prosa. Aunque su primer libro es un poemario, Sitio de Tarifa (1972), la mayor parte de su obra será en prosa. Su debut narrativo es con Novela de Andrés Choz (1976). El género del cuento es también relevante en la carrera de Merino: Cuentos del Barrio de RefugioEl libro de las horas contadasHistorias del otro lugarCuentos del reino secreto,Cuentos de los días raros o El viajero perdido. Entre sus novelas destacan Las crónicas mestizasCuatro nocturnosEl caldero de oro o El centro del aire. Reconoce las influencias de Unamuno, Edgar Allan Poe o Calderón—en especial a La vida es sueño. Y es que Merino entiende la lectura “como una aventura interior, un viaje personal secreto.”
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Cuentos del Barrio del Refugio


By José María Merino, Ignacio Ballesteros

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1994 José María Merino
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9164-9



CHAPTER 1

El caso del traductor infiel


Un hombre se veía afligido por una profunda melancolía: tal resultaba la versión directa, la más natural, y el texto se ofrecía sin dificultad, como las demás páginas de aquel capítulo, menos complicado de traducir que los anteriores. Pero la inercia que le mantenía sentado ante el ordenador desde hacía una hora, tecleando casi sin titubeos, quedó de pronto interrumpida ante la figura evocada de aquel hombre melancólico —al parecer, el original se refería a la locura de alguien que recordaba con remordimiento un suceso de su pasado— y el hombre se dibujó en su imaginación con el trazo de los símbolos reconocibles. Hizo retroceder la silla, encendió un cigarrillo y volvió la vista a la calle. Eran ya las diez pasadas, pero el invierno amontonaba sobre la ciudad una inmensa nube oscura, marcando la mañana con apariencia de crepúsculo interminable.

Mañana, eres la misma tarde sucia de ayer, pero te cambio el nombre para disimular esta quietud tenebrosa de la que nada puede salvarnos, había escrito en una de las iluminaciones que a veces intuía, raramente desarrolladas hasta convertirse en poemas, pero que conservaba con inevitable sentimiento patrimonial: esta permanecía en la misma cuartilla en que la había escrito, clavada con una chincheta en la cercana pared, junto al calendario.

Un aire crepuscular en la calle y la estufa de gas bisbiseando junto a la mesa, pugnando por oponerse a la invasión del frío que se colaba por las rendijas de la vieja casa, en un barrio hecho, como todo lo humilde, a la costumbre de las inclemencias.

Habían pasado ya bastantes años desde sus tiempos de estudiante, huésped de algunas pensiones del mismo barrio, y el futuro había resultado estar compuesto de una materia muy parecida a la que formaba la realidad cotidiana de aquellos años: frío, humedad, escaleras oscuras, olorosas a guisos, pisos que desconocidos moradores habían ido repartiendo hasta desmenuzarlos en pequeñas habitaciones de techos altísimos, frente a balcones tras los que se adivinaba una realidad similar, resultado también de la sucesión de interminables divisiones de salones llenos de muebles destartalados. El mismo escenario, aunque ahora era él quien pagaba el alquiler y no estaba en una pensión sino en lo que el administrador del inmueble —un viejo flaco que vestía un traje de rayas y se tocaba con un sombrero gris, como algunos personajes del hampa en las antiguas películas policíacas— llamaba eufemísticamente apartamento- estudio.

Pagaba el alquiler como pagaba todo lo necesario para atender aquella vida que, tras sus sueños juveniles, había resultado la única conquista posible para asegurar su independencia. Y para pagar el alquiler y todo lo preciso para la subsistencia, traducía libros.

A veces, viendo lo menguado de su progreso en la vida, pensaba que acaso hubiera sido mejor haber podido seguir cobrando a final de mes el dinero puntualmente remitido desde la ciudad originaria, donde su padre atendía la pequeña fábrica de muebles que a él le hubiera correspondido heredar. Pero tampoco aquella vida de modesto rentista hubiera sido posible, pues su desapego del negocio familiar había sido reemplazado por la atención solícita de un cuñado que, con el tiempo, se había hecho dueño de todo; y muertos los padres, al fin había perdido la comunicación con aquella ciudad de su infancia y juventud.

Sin embargo, él no estaba descontento de ser quien financiaba la austeridad de su vida presente, que recordaba tanto la de los lejanos años estudiantiles. Concluyó el cigarrillo y, apartando de su imaginación la figura del hombre melancólico, aproximó otra vez la silla al ordenador y continuó escribiendo con fluidez la traducción del resto del párrafo: como todos los melancólicos, su espíritu estaba enfocado a una idea fija y esta idea era para él ocasión de una tristeza continuamente renovada, cuando sonó el teléfono.

El contestador automático era uno de los pocos lujos que se permitía. Con la aprensión que suscitaba siempre en él oír su propia voz, la escuchó de nuevo: este es el número tal y tal y tal; si quiere, puede dejar su mensaje después de que suene la señal. Oyó enseguida la voz de Amaya, soy Amaya, e inmediatamente tomó el auricular, conectó la comunicación y se dispuso a hablar con ella. Amaya tenía algunas dudas sobre las pruebas de un catálogo que él había traducido y, tras buscar la copia, se las fue aclarando.

Cuando parecía que la conversación había terminado, Amaya le contó algunas noticias de la editorial y, por fin, que le habían anunciado la llegada de otra novela de Kate Courage. Oye, te aviso de que llega otra novela de Kate Courage, había dicho, nos la mandan en disquete porque se va a publicar al mismo tiempo en no sé cuántos países.Parece que corre bastante prisa, así que te la enviaré en cuanto la tenga.

¿Cuánta prisa? había conseguido contestar él, con alarma que solo aparentemente indicaba preocupación profesional, pues no tenía más que un libro pendiente, pero ella lo tranquilizó: tampoco es para mañana, dijo, primero tengo que tenerla yo, cuando te la mande le echas un vistazo y hablamos.

Encajó la noticia con más inquietud que sorpresa, porque llevaba esperando aquello mucho tiempo y el aviso de que al fin había sucedido le devolvía la premonición amenazadora que habían hecho surgir en él las ya lejanas cartas sobre los libros de Kathleen Crossfield. El desasosiego tan largamente contenido se le revolvió dentro y sintió incorporarse la ansiedad agazapada, pero hizo esfuerzos para mantener la tranquilidad y no dejarse arrastrar por el pánico.

La imagen de una vieja despeinada que sacudía bayetas en uno de los balcones despintados de la sucia fachada frontera, testigo involuntario de su perplejidad en la mañana gris y fría, le quitó del todo las ganas de continuar trabajando y decidió salir, adelantando bastante el momento en que tenía la costumbre de hacerlo, pues aunque le gustaba pasear por el barrio a aquellas horas, cuando parecía que todavía quedaba en las calles algo de la quietud y del olvido de la noche y solamente las recorrían, en el trajín de la compra, mujeres y jubilados, habitualmente renunciaba a ello para convertir su trabajo en una auténtica atadura laboral y permanecía sujeto a su ordenador como si dependiese de una nómina y estuviese obligado al horario fijo de los funcionarios, concediéndose solamente, a eso de las once y media, veinte minutos de asueto para dar un rápido paseo en que tomaba un café y compraba el periódico, el pan y el tabaco.

En la Corredera, junto a la iglesia que en pasadas centurias había sido parroquia sucesiva de portugueses y de alemanes, varios mendigos empezaban a formar ya el primer esbozo de lo que a mediodía habría de convertirse en la nutrida cola del almuerzo de caridad. Con el tiempo había llegado a conocer bastante bien la historia del barrio. En la cola de San Antonio se mantenía la ancestral y piadosa tradición del Refugio, como las rameras que ya pululaban en la plaza, un poco más arriba, continuaban ejerciendo un oficio asentado por aquellos parajes en el mismísimo Siglo de Oro.

Aquel era un barrio de putas y de poetas. Las putas se habían instalado en él cuando ciertas actividades jaraneras, en los patios traseros de las casas que fueron formando la calle Ancha de San Bernardo, equilibraban el peso de la severidad a que estaba obligado el gesto de las fachadas. En cuanto a los poetas, por allí tuvo casa Quevedo y vivieron Rubén, Carrere y Juan Ramón, y en una de aquellas calles había nacido José Hierro.

Más allá de la acera de las putas, algunos grupos de gente mísera vivaqueaban aprovechando el resguardo de los soportales, casi inmóviles entre mantas cochambrosas y grandes cartones de embalaje. Paradójicamente, a él aquella penuria no le producía pena ni repugnancia, sino una tranquilidad fatalista, y la aceptaba porque se correspondía muy bien con el deterioro de los edificios y la falta de aseo de las calles. Sin nobleza ni empaque ya, sin atisbos de perdurabilidad, en todo se manifestaba uno de los rostros verdaderos del mundo, ese que evoluciona naturalmente hasta convertirse en el gesto de los esqueletos y la mueca de las calaveras.

Como cada día, en la acera interior de la plaza lo abordó Nico, el mendigo, para pedirle un cigarrillo y darle una opinión sobre el tiempo. Él lo escuchó con ademán atento, pero se despidió enseguida y fue rodeando la gran excavación central donde se dispersaban los bancos y los parterres de tierra desnuda, cubierta de innumerables excrementos perrunos. En la librería de la esquina con Silva descubrió de pronto los libros de Kathleen Crossfield, que formaban una fila en el centro del escaparate. Se detuvo, contempló las portadas de todas aquellas novelas que él mismo había traducido y pensó que, precisamente aquella mañana, el inesperado y compacto friso de los libros de la americana parecía un mensaje burlón que le estuviese especialmente destinado.

Desde que leyó la primera de aquellas novelas, cuando le encargaron su traducción, había sentido por el personaje protagonista una antipatía beligerante. Tal como la presentaba su autora, la detective Kate Courage —nom de guerre que encubría otro mucho más distinguido— era una mujer de poco más de treinta años, esbelta, los cabellos del color de la miel, enormes y vivos ojos violeta y finísimo cutis, que aparte de poseer una cultura muy sólida y hablar varios idiomas —vástago de una importante familia de Boston, había sido educada en el más distinguido colegio femenino del Este— tenía excelente preparación física y lo mismo conocía el kempo-kárate que disparaba, esgrimía el florete, montaba a caballo, controlaba el rumbo y manejaba el velamen de un yate que pilotaba un avión. Además de todo esto era irónica, vivaz, alegre y seductora.

Tanta perfección —elemento principal de aquellas novelas policíacas, abundantes en escenas académicas y conversaciones cultas, en que sucedían pocas muertes, todas ellas bastante pulcras— le había abrumado ya en el primero de los libros, pero se convirtió en insufrible cuando supo que debería traducir, por lo menos, media docena más.

Le sacó de su inmovilidad un reflejo en el escaparate y cambió de postura dando un respingo, en el temor de ser arrollado por algún vehículo, antes de descubrir que el reflejo había sido producido por una figura humana que acababa de surgir de modo repentino tras el gran contenedor de cascotes instalado en la acera opuesta.

Era un hombre bastante joven, de pelo claro, que vestía un chaquetón azul. Su aspecto encogido y huidizo le hizo pensar que se trataría de alguno de los transeúntes que solían verse por los alrededores, cliente acaso del comedor de caridad, pero llamaron su atención los ojos del recién aparecido, fijos en él con evidente expresión de amenaza. Supuso entonces que sería algún adicto a las drogas en el difícil momento de sentir evaporarse su placentero cobijo interior y se apartó del escaparate, apretando el paso camino de la Gran Vía.

Vivía sobre todo de traducir libros y no podía elegir los textos según su propio gusto o el interés literario o cultural que, a su juicio, pudieran tener. Su ausencia de discriminaciones a la hora de aceptar originales, unas traducciones precisas y correctas, rápidamente ejecutadas, eran los factores que le habían ayudado a estar bien considerado en las editoriales y a que nunca le faltasen los encargos. Pero la traducción de las tres primeras novelas de aquella Kate Courage —Enredo en el simposio, Nunca en sabático y Demasiados mirlos en el campus— le había resultado muy poco grata, casi insufrible por lo pretencioso que juzgaba al personaje, reflejo sin duda de la personalidad de la autora, y la perspectiva de verse obligado a traducir otras aventuras suyas le hacía intuir los fastidiosos hastíos que con ello iba a verse obligado a soportar.

Al principio había confesado su opinión a la persona que, en la editorial, era su interlocutor profesional, cuando Amaya no trabajaba todavía allí. Sin embargo, sus reparos habían encontrado una firme y casi desconfiada reprobación. Cómo era posible que no le interesasen los libros de la Crossfield. Aquella autora era un prodigio de finura, un acervo de cultura viva y trepidante. Antes de dedicarse en exclusiva a la escritura, había ejercido como profesora en una famosa universidad, estaba muy valorada en los círculos cultos y era una figura imprescindible dentro de la narrativa criminal escrita por mujeres.

Su interlocutor de entonces concluyó su apología con una mirada menos comprensiva que condescendiente. Dijo al fin que suponía lo difícil que debía ser disfrutar realmente de un libro cuando nos encadena a él la obligación de traducirlo a plazo fijo, pero esos libros tienen calidad, verdadera calidad, y él se había ido con cierta sensación de ridículo y hasta con un atisbo de mala conciencia, pues acaso lo que sentía era simple envidia ante la seguridad que aquella autora mostraba a través de su personaje, convencida al parecer del sentido de la escritura y de las acciones, cuando él en sus iluminaciones poéticas —que nunca había mostrado a nadie, ni siquiera a Marta— lo único que conseguía reflejar, como elemento más sólido de su personalidad, era la turbada y cada día más sincera incomprensión del mundo.

Pero tras hojear nuevamente aquellas novelas que el editor tanto defendía, perdió sus remordimientos y reparos: sin duda, su autora se contaba entre los que tenían la osadía de pretender comprender el sentido último de las cosas, y Kate Courage era una clave más entre tantas otras que para él solo eran signos de ciega y satisfecha petulancia.

* * *

En la Gran Vía se eclipsaba la sordidez del barrio, aunque las secuelas de la miseria subsistían en la figura de algún mendigo acuclillado detrás de su escueta proclama. Anduvo callejeando durante casi dos horas por los barrios del otro lado y descubrió que cada vez mayor número de ciudadanos mostraba una actitud delirante: personas que hablaban solas o tipos que pedían limosna argumentando sorprendentes motivos. Una mujer le cortó el paso para mostrarle, con ademán de requisitoria, una foto borrosa. Al esquivarla se encontró con que, algunos pasos más atrás, aquel hombre de los ojos amenazadores que había surgido junto al contenedor parecía seguir su mismo camino. Pensó que era ya hora de volver a casa y regresó con rapidez, abandonando la idea de acercarse hasta el mercado de la plaza de los Mostenses para hacer unas compras.

Fue al traducir la cuarta de las novelas de Kate Courage —El caso del decano distraído— cuando había conseguido hallar un procedimiento para convertir aquella labor aburrida y empalagosa en una actividad estimulante y divertida. Llena de compasión por la fealdad de un profesor de literatura, el tímido y bondadoso Harvey, la gentil Kate se entrega a él una noche, después de la larga e infructuosa búsqueda del microfilm de un manuscrito, una de las pistas para localizar al secuestrador, y al cabo asesino —por pura envidia de doctorando en el trance de realizar su tesis— de una profesora recién contratada. En el original, la escena estaba construida para suscitar una mezcla de humor y ternura, con algunas evocaciones poéticas, como la que hacía referencia a la dulce consumación del encuentro amoroso entre la Bella y la Bestia.

Imaginando sin simpatía sinónimos para calificar la gordura de Harvey —cuyo agradecimiento a la generosidad de Kate le hacía balbucear en el original abundantes Dios mío y Cielos— tuvo la idea de matizar la escena en un sentido grotesco y descubrió por casualidad que, si utilizaba algunos sinónimos, el fraseo del diálogo podía sugerir en la imaginación lectora más lubricidad que ternura. Con regocijo y por puro juego siguió perfeccionando la traducción de la escena desde aquella perspectiva, hasta conseguir lo que a él le pareció un resultado aceptable, cuya ambigüedad propiciaba las resonancias obscenas, un texto muy divertido que solo aparentemente respetaba la voluntad de equilibrio de la autora, que había pretendido adornar con delicadeza la escena de una cópula.

La adaptación le exigió esfuerzo, pero quedó tan satisfecho de su logro que no resistió la tentación de utilizarla como si fuese la traducción literal del contenido de aquel fragmento de la novela. Y a partir de entonces procuró seguir tratando a Kate Courage de modo parecido, hasta conseguir que su brillantez se tiñese de prepotencia, su osadía de temeridad y su cultura de pedantería. También encontró la manera de que su empleo del sexo como forma sincera de comunicación humana manifestase indicios de vulgar promiscuidad.


(Continues...)

Excerpted from Cuentos del Barrio del Refugio by José María Merino, Ignacio Ballesteros. Copyright © 1994 José María Merino. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
El caso del traductor infiel,
La costumbre de casa,
Fiesta,
El derrocado,
Bifurcaciones,
Signo y mensaje,
Para general conocimiento,
Tertulia,
Los espíritus de doña Paloma,
Materia silenciosa,
Viaje interrumpido,
Los libros vacíos,
Pájaros,
Sobre el autor,

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