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Cien piezas narrativas unidas por la común deformación de la realidad que sucede cuando se deja volar la imaginación. Sucesos domésticos, leyendas olvidadas, noticias de los medios de comunicación, intuiciones sobre el sentido de una fecha o de un signo, sueños, lecturas y relecturas, reflexiones y anécdotas mínimas pasados por el filtro de la ficción, que se constituyen en un diario fantástico de la experiencia de ser escritor. Este libro se inserta en la antigua tradición marginal de la literatura española que...
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Días imaginarios

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Cien piezas narrativas unidas por la común deformación de la realidad que sucede cuando se deja volar la imaginación. Sucesos domésticos, leyendas olvidadas, noticias de los medios de comunicación, intuiciones sobre el sentido de una fecha o de un signo, sueños, lecturas y relecturas, reflexiones y anécdotas mínimas pasados por el filtro de la ficción, que se constituyen en un diario fantástico de la experiencia de ser escritor. Este libro se inserta en la antigua tradición marginal de la literatura española que alumbró los “jardines de flores raras” de los que hablara Julio Caro Baroja.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480491656
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 3/25/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 149
  • File size: 1,013 KB

Meet the Author



José María Merino empezó siendo un niño enamorado de los diccionarios que se encontraban en el bufete de abogados de su padre y ello le condujo a la producción apasionada de poesía y prosa. Aunque su primer libro es un poemario, Sitio de Tarifa (1972), la mayor parte de su obra será en prosa. Su debut narrativo es con Novela de Andrés Choz (1976). El género del cuento es también relevante en la carrera de Merino: Cuentos del Barrio de RefugioEl libro de las horas contadasHistorias del otro lugarCuentos del reino secreto,Cuentos de los días raros o El viajero perdido. Entre sus novelas destacan Las crónicas mestizasCuatro nocturnosEl caldero de oro o El centro del aire. Reconoce las influencias de Unamuno, Edgar Allan Poe o Calderón—en especial a La vida es sueño. Y es que Merino entiende la lectura “como una aventura interior, un viaje personal secreto.”
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Días imaginarios


By José María Merino, Ignacio Ballesteros

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 2002 José María Merino
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9165-6



CHAPTER 1

Acechos cercanos


Las tazas tienen el asa a la izquierda, pero los tazos la tienen a la derecha. Los cucharos ofrecen una concavidad menor que las cucharas. Las púas de los tenedores son menos afiladas que las de las tenedoras. ¿Qué resultará cuando empiecen a reproducirse?

Eso que parecen desvanecimientos del azogue no son sino los ojuelos con que los espejos nos miran. En el extremo de los brazos de los sillones permanecen disimuladas unas largas garras. Los colchones ocultan los estómagos y los intestinos de las camas. Por ahora, se han alimentado de sueños.

Fue comprendiendo poco a poco que los objetos domésticos parecían inertes, pero que estaban al acecho. La noche de fin de año abandonó la casa con toda su investigación. Cuando lo encontraron en la habitación del hotel, el agua rebosante del baño casi había disuelto la tinta de los documentos. Enroscada con fuerza en el cuello, la goma de la ducha parecía una serpiente.

CHAPTER 2

Carrusel aéreo


¿De modo que también han retrasado su vuelo? Pues entonces tenemos tiempo de sobra. Ya le dije que yo he sufrido muchas de estas huelgas. Había pasado varias cuando en una de ellas, esperando la oportunidad de la salida en el aeropuerto de Pamplona, conocí a Judith, una barcelonesa que trabaja en asuntos parecidos a los míos. Nos caímos bien y fuimos intimando, nos hicimos lo que se pudiera llamar novios, y el puente aéreo nos unía los fines de semana. Después de un tiempo, cuando parecía claro que estábamos hechos el uno para el otro, una de estas huelgas retrasó nuestra cita durante más de un día. Tuve que pasar demasiadas horas solo en el aeropuerto, pero allí estaba Milagros, una malagueña profesora de francés. Simpatizamos, y conocerla me hizo reflexionar sobre mi proyectado matrimonio con Judith. Después del verano, ya salía con Milagros. También nos veíamos solo de vez en cuando, pero esos amores tienen siempre mucho incentivo para vivirlos. La cosa había cuajado entre nosotros, y yo preparaba mi viaje para conocer a su familia, cuando otra huelga me retuvo en Barajas. Entonces conocí a Alma, una jovencísima bióloga sueca. ¿Usted ha oído hablar del flechazo? Fue eso, exactamente. Me encontraba con Alma mucho menos de lo que lo había hecho con las otras, pero lo nuestro sí que era pasión, sobre todo en vacaciones. Precisamente unas vacaciones interrumpió mi encuentro con Alma una de estas dichosas huelgas, y ella debió de conocer a alguien más interesante que yo mientras esperaba, el caso es que cuando nos vimos me dijo que lo nuestro quedaba cancelado. Estuve sin novia una temporada, pero otra huelga me hizo pasar unas cuantas horas en el bar con una gallega de nombre Margariña. Mi corazón se enamoró otra vez, qué quiere que le diga, y mi viaje de hoy es para buscar piso, porque estoy pensando trasladarme a Pontevedra y casarme con ella. Antes eran los dioses, hoy son esos pilotos. Cambia la cara, pero siguen siendo las manos del destino. Menos mal que la espera se hace muy agradable, y hasta se agradece, cuando uno tiene la suerte de conocer a una mujer tan guapa y tan simpática como usted.

CHAPTER 3

Segundo sobrante


Esta mañana, cuando iba a comprar el periódico, un automóvil conducido a mucha velocidad estuvo a punto de arrollarme. La impresión de peligro todavía permanece en mí en el momento en que redacto estas líneas. Pero antes de ponerme a escribir he echado una ojeada al periódico y he descubierto que el famoso fenómeno meteorológico El Niño, causante estos años de desastres telúricos, terribles inundaciones, pavorosas galernas y ciclones en que han perdido su vida tantas gentes y muchas otras su hacienda, por lo común menguada, ha sido el causante, a través de no sé qué juego de mareas, de la ralentización del giro del planeta, haciendo que el año vaya a terminar con un segundo de más. No he sabido cómo imaginar o localizar ese segundo sobrante hasta comprender que acaso haya servido, por lo menos, para salvar mi cuerpo de la embestida del conductor alocado. Y luego he pensado en la cantidad de accidentes y sucesos que, por culpa de ese segundo extravagante, van a cambiar la vida de la gente: las colisiones que no ocurrirán y las sobrevenidas en su lugar, la gigantesca mutación que tal excedente mínimo de tiempo supone en todos los asuntos del mundo. Pero sobre todo pienso en que acaso estaba previsto que tú y yo nos encontrásemos uno de estos días, destinados a unir nuestras soledades y descubrir el amor y la felicidad, y sin embargo ese grotesco segundo accesorio, de más, esa añadidura temporal, lo va a impedir, y ha interpuesto ya entre nosotros su endeble, efímero, pero implacable cuerpecillo, para que tú hayas rebasado o rebases la esquina o yo me haya alejado o me aleje camino del siguiente escaparate, sin que nuestras miradas lleguen a encontrarse.

* * *

El anterior texto fue lo último que escribió en su diario el excelente aunque poco conocido poeta costarricense Marcelo Carazo, y lo transcribo por el terrible sentido que de él se desprende si consideramos que ese mismo día, cuando el escritor salió otra vez de su casa para dirigirse al café en que solía reunirse con algunos de sus amigos, entre los que me encuentro, una de las máquinas municipales que invaden nuestra ciudad siempre en obras lo aplastó, causando su muerte instantánea.

CHAPTER 4

El espíritu de la navidad


El coronel es bien conocido por la humanidad con que trata a sus hombres, y se puede decir que lo veneran todos cuantos sirven a sus órdenes. Pero hoy, mientras toma el habitual desayuno de café y huevos revueltos —bajos en colesterol—, el coronel está muy callado y mantiene un aire que puede parecer adusto. Sus subordinados lo miran con respeto y preocupación, un poco sorprendidos por la súbita lejanía de una actitud siempre cercana y cortés.

Pero los subordinados del coronel no pueden saber que su ensimismamiento se debe, precisamente, a que está pensando en asuntos que les afectan a ellos. Faltan cuatro días para el Año Nuevo y, el penúltimo día del mes, varios oficiales del coronel podrán gozar de un breve permiso para ir a casa. Sin embargo, la distancia hasta el país natal es tan grande que, aunque los transportase el más veloz de los aviones del poderoso ejército al que pertenecen, los beneficiarios de los permisos no podrán llegar a tiempo para participar en la fiesta de Fin de Año. Tal consideración es lo que está desasosegando al coronel esta mañana.

El problema podría solucionarse si el grupo que depende del coronel adelantase y organizase de forma diferente las operaciones bélicas que han de llevarse a cabo en los dos próximos días. Mas el coronel es famoso también por su estricto cumplimiento de las órdenes que recibe.

Todos han terminado de desayunar y el coronel permanece absorto, mirando con fijeza su taza vacía. Una idea repentina ilumina su desazón. Su grupo está muy aislado, y cualquier error de interpretación podría hacer confundir la fecha y la hora de las operaciones encomendadas. El coronel levanta al fin la vista y dice:

—Señores, los bombardeos previstos para el día de mañana y el siguiente, que ha de llevar a cabo nuestra unidad, se van a concentrar todos hoy. De modo que ¡manos a la obra!

Y el coronel sonríe, sabiendo que los más afortunados de su equipo podrán celebrar con la familia al menos una de estas fiestas navideñas, tan impregnadas de amor y de alegría.

CHAPTER 5

El hermano mayor


No puedo saber cómo es aquí la vida de cada día. Estoy metido en el corazón del conflicto, pues escucho los bombardeos cercanos, me veo obligado a cruzar zonas batidas por las tropas enfrentadas, esquivo en el puente, dos veces todas las jornadas, el acecho del francotirador a la caza de algún incauto transeúnte, pero no sé cómo se las arreglan los habitantes de la ciudad, cómo consiguen la comida, o el agua potable, de qué manera cuidan a sus enfermos, dónde estudian sus niños, dónde juegan.

Una vez hicimos un reportaje sobre una de estas familias, un par de manzanas más allá del hotel, pero tuve la sospecha de que todo era un montaje bienintencionado, porque ni el lugar en que decían habitar, demasiado inhóspito, ni los objetos que les rodeaban, que parecían sacados de un basurero, emitían un mensaje cotidiano y convincente. Además, es rara la permanencia de cadáveres humanos: en cuanto se produce una muerte, el cuerpo es recogido con rapidez. Los únicos cadáveres que a veces quedan un tiempo tirados en la calle son los de un gato, un perro, una paloma, animales alcanzados por la metralla.

El hotel, también castigado por el fuego de los morteros, está rodeado por el tenebroso esplendor de esta ciudad en proceso de destrucción, y sabemos que la mayoría de sus habitantes siguen ahí, escondidos entre las ruinas con las ratas y las cucarachas, intentando sobrevivir a la guerra, pero el único grupo humano que tenemos cerca es esa especie de refugio infantil, una veintena de niños perdidos, abandonados o huérfanos al cuidado de una monja y de una enfermera, que administran lo mejor que pueden los alimentos y medicinas que les llegan. Esa residencia de guerra, ese hospicio de emergencia, es la exclusiva vivienda civil cuya vida diaria conozco bien. La subsistencia del resto de la población solo puedo imaginármela, y debe de ser extraordinariamente ardua.

Del orfelinato tenemos el testimonio diario de Octaviano, a quien yo llamo Cabeza Rapada por su aspecto y en homenaje a Jesús Fernández Santos. Falcó, que es más retórico, le llama «el niño de los ojos dolorosos». Cuando regresamos al hotel en el coche, tras cubrir alguna misión, un enfrentamiento en el límite sur de la ciudad, un bombardeo, la llegada de un convoy internacional, el reparto de alimentos, allí está Octaviano, esperándonos, y al ver que Mitri viene al volante sus ojos sonríen. Mitri, en su inglés de pintoresca dicción en que ya es capaz de intercalar palabras españolas, nos contó que Octaviano es hermano de un compañero muerto, y que ha perdido al resto de su familia: «Yo ahora su eldest brother —dice—, I am his hermano mayor now». El chico nos espera ansioso y sentimos como otra explosión, esta benéfica, la alegría de su mirada al recuperar a Mitri vivo después de una jornada azarosa, y tras el cruce obligado de ese puente que en cualquier momento puede estar al alcance del francotirador.

El francotirador dispara unos días a primeras horas de la mañana, otros al atardecer, a veces a mediodía, nunca toda la jornada. Casi siempre tira a matar, aunque a veces hiere a la gente en el vientre, o en un muslo, para hacer más dramático el rescate del herido. Es probable que no sea el mismo, pero nunca deja de seguir una macabra alternancia de horarios y dianas. No consiguen cazarlo, o si lo cazan hay enseguida alguien que toma su lugar.

Un jueves, hace un mes, al salir de madrugada, el francotirador estaba allí y acertó a Mitri en mitad del pecho. El coche se estampó contra el pretil y conseguimos sacar a Mitri sin que el tirador furtivo nos molestase. Llegamos con Mitri al hotel casi al mismo tiempo que una ambulancia, pero el chaleco blindado no sirvió de nada, y Mitri no se salvó. No sé cómo pudo enterarse Octaviano, pero llegó corriendo. Tenía tal aire de pura desolación con su cabeza rapada que no parecía un ser vivo, sino una figura simbólica. Cuando se llevaron el cuerpo de Mitri, desapareció.

Aquella noche, aunque bebimos mucho, ni Falcó ni yo pudimos dormir. Además, se oyó al este, donde el aeropuerto, ruido intenso de morteros, muchos disparos, la señal de una violenta escaramuza. Al alba, Falcó dijo que había decidido llevarse al chico a España, con él. Yo le recomendé que no se dejase atrapar por la emoción, pues debía de saber muy bien que nuestro oficio no nos permite implicarnos personalmente en estos asuntos, por mucho que nos afecten y conmuevan. Pero no me hizo caso. Aquella misma mañana buscó a Octaviano para decirle que estaba dispuesto a convertirse en su hermano mayor, y que se lo llevaría con él a España. Que iba a arreglar los papeles. Eso no era fácil, pero yo fui testigo de sus primeras gestiones, de sus llamadas telefónicas. Consideré las complicaciones que iba a acarrearle tal adopción a una persona como Falcó, como yo mismo, sin familia, cada día en un sitio diferente.

Conseguimos otro chófer, un tal Darie que lleva el coche como si practicase algún deporte de alto riesgo, dice que para prevenir los posibles disparos. Falcó no dejaba de visitar a Octaviano, y a los pocos días el niño estaba esperándonos como cuando volvíamos con Mitri, y Falcó presumía con júbilo de ser su hermano mayor. Además, parecía que habían conseguido cazar definitivamente al francotirador, y la gente empezaba a cruzar el puente sin temor. Pero no lo cazaron, o llegó uno nuevo. Hace siete días, al regresar, justo en mitad del puente, un disparo destrozó la cabeza del pobre Falcó. Amigos y compañeros de fatigas en muchas de estas guerras, a mi pena debió de unirse la de ese Octaviano al que Falcó estaba dispuesto a adoptar.

Al principio no quise ni ver al niño, pero algo en mi conciencia me reprochaba mi rechazo, como si las circunstancias me obligasen a asumir el compromiso de Falcó. Pero me mantuve fuerte: mi trabajo es fotografiar la guerra allí donde suceda. No soy insensible al dolor ni a la humillación de la gente, pero el día que uno de estos ejemplos de sufrimiento acapare toda mi atención, habré traicionado mi oficio y tendré que dedicarme a otra cosa. Además, qué iba a hacer una persona como yo, soltero, de vida desordenada, con mi apartamento hecho un desastre, hoy aquí y mañana allí, convertido de repente en el padre y la madre, o mejor en el hermano mayor adoptivo de un niño. He rechazado la idea todos estos días, aunque he buscado a Octaviano para darle caramelos de eucalipto, que le encantan, y estar un rato con él. No hablamos, y si hablásemos apenas nos entenderíamos, pero creo que mi presencia le trae algo de consuelo al pobre chico.

Esta tarde, cuando regresamos al hotel después de un día complicado y muchas imágenes terribles en mi cámara, al cruzar el puente fatídico comprendo de repente que no es tan absurdo convertirme yo en the eldest brother de Octaviano Cabeza Rapada y llevármelo a España, que nada hay en ello tan complicado como para no poder resolverlo, y que por mal que pueda estar el chico conmigo su vida será feliz comparada con la que lleva aquí. Se me ocurre que hay en la organización de los transportes el caos suficiente como para disimularlo entre los desplazados y los enfermos que a menudo salen de la ciudad, que le buscaré un colegio y alguien que lo cuide en mis ausencias.

Y veo instantáneamente el futuro del chico en paz, con mi gente, sé que a mi hermana Marta le gustará, y a mis padres. Y descubro de pronto que las cosas son sencillas cuando queremos verlas con sencillez, y con la misma rapidez decido que me haré cargo del chico. Es una lástima que esta revelación tan diáfana de las cosas, una de las más claras de mi vida, sea la última que tengo cuando siento en lo hondo del pecho el disparo del francotirador y percibo la cercanía de la oscuridad irremediable.


(Continues...)

Excerpted from Días imaginarios by José María Merino, Ignacio Ballesteros. Copyright © 2002 José María Merino. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
Dedicatoria,
1. Acechos cercanos,
2. Carrusel aéreo,
3. Segundo sobrante,
4. El espíritu de la navidad,
5. El hermano mayor,
6. Otra historia navideña,
7. Lejanías,
8. Del almanaque: Noche de Reyes,
9. La historia verdadera,
10. De fauna doméstica,
11. Ensoñaciones,
12. Después del accidente,
13. Rebajas,
14. El final de los cuentos,
15. Del almanaque: febrerito el corto,
16. La última carta de Charlotte,
17. Dimisión general,
18. El cazador genuino,
19. Goyesca,
20. Homo narrans,
21. De virus virtuales,
22. Insectos,
23. Los viajeros perdidos,
24. Del almanaque: los manjares de la abstinencia,
25. Secretos de la inmigración,
26. La memoria confusa,
27. Sedimentos,
28. Del narrador perplejo,
29. El cuento del mar,
30. Ecosistema,
31. Acerca de lord B.,
32. Terapia,
33. Del almanaque: días de abril,
34. La aventura soñada,
35. Epistolario,
36. El lector avisa,
37. Delincuencias,
38. Música del futuro,
39. Novela latente,
40. Del almanaque: flores de mayo,
41. Árboles,
42. Realidad y ficción,
43. Instruir deleitando,
44. El infiltrado,
45. Nuevos medicamentos,
46. Armas almadas,
47. Una aparición,
48. Del almanaque: la noche de San Juan,
49. De vacas cuerdas,
50. Agua escasa,
51. Miedo escénico,
52. Círculo vicioso,
53. Un despertar,
54. La sombra en el umbral,
55. Del almanaque: julio,
56. Augurios,
57. El niño del desierto,
58. De fácil acceso,
59. La niña de Dios,
60. Los de abajo,
61. Los ojos y el agua,
62. Del almanaque: el sueño de agosto,
63. Un autor caprichoso,
64. De Borges y El Quijote,
65. Los fluidos ocultos,
66. Vecinos,
67. Nación que no nació,
68. Sorpresas astrales,
69. Del almanaque: tiempo de vendimia,
70. Agua marciana,
71. La mano que escribe,
72. Embrión y sociología,
73. Ricos o feos,
74. Narcotráfico,
75. La noche 1002,
76. Decapitación de Sherezade,
77. Del almanaque: el Día de la Raza,
78. Mundos lejanos,
79. Selvático profundo,
80. Sueño y memoria,
81. Un regreso,
82. El agente secreto,
83. Reunión conmemorativa,
84. Del almanaque: Halloween,
85. Náufrago,
86. Las señales de Satán,
87. La carta,
88. Tiempo y novela,
89. Intimidad cibernética,
90. Monstrum sapiens,
91. Del almanaque: el último mes,
92. Arqueología cultural,
93. Ola de frío,
94. El amor anunciado,
95. El sabor del éxito,
96. El dibujo de la nieve,
97. Día de Inocentes,
98. Apocalíptica,
99. Enredos del clima,
Cien,
Sobre el autor,

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