Del amor y otros demonios (Of Love and Other Demons)

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Set in the lush, coastal tropics of 18-century colonial Colombia, this is the story of Sierva Maria and the priest Cayetano Delaura, whose chaste love affair leads to their destruction.

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Set in the lush, coastal tropics of 18-century colonial Colombia, this is the story of Sierva Maria and the priest Cayetano Delaura, whose chaste love affair leads to their destruction.

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Editorial Reviews

From the Publisher
“Un logro brillantemente emotivo”—AS Byatt, The New York Times Book Review

“Cautivadora… Evoca el tejido de una civilización, mientras que su rango emocional, de lo cómico a lo místico, tiene un alcance que no se suele encontrarse ni en ficciones más ambiciosas”.
—The Boston Globe
                                      
“Iluminadora… Demuestra que uno de los maestros sigue trabajando a su mejor nivel”.
—The New York  Times
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Product Details

  • ISBN-13: 9780140245592
  • Publisher: Penguin Group (USA) Incorporated
  • Publication date: 8/28/1994
  • Language: Spanish
  • Series: Penguin Great Books of the 20th Century Series
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 208
  • Sales rank: 637,950
  • Product dimensions: 5.14 (w) x 7.78 (h) x 0.56 (d)

Meet the Author

Gabriel García Márquez

Gabriel Garcia Marquez, awarded the Nobel Prize in Literature in 1982, is the author of many novels and collections of stories, including One Hundred Years of Solitude, Love in the Time of Cholera, The General in His Labyrinth, Strange Pilgrims, and Of Love and Other Demons. He lives in Mexico City and Bogota.

Biography

Gabriel García Márquez is the product of his family and his nation. Born in the small coastal town of Aracataca in northern Colombia, he was raised by his maternal grandparents. As a child, he was mesmerized by stories spun by his grandmother and her sisters -- a rich gumbo of superstitions, folk tales, and ghost stories that fired his youthful imagination. And from his grandfather, a colonel in Colombia's devastating Civil War, he learned about his country's political struggles. This potent mix of Liberal politics, family lore, and regional mythology formed the framework for his magical realist novels.

When his grandfather died, García Márquez was sent to Sucre to live (for the first time) with his parents. He attended university in Bogotá, where he studied law in accordance with his parents' wishes. It was here that he first read The Metamorphosis by Franz Kafka and discovered a literature he understood intuitively -- one with nontraditional plots and structures, just like the stories he had known all his life. His studies were interrupted when the university was closed, and he moved back north, intending to pursue both writing and law; but before long, he quit school to pursue a career in journalism.

In 1954 his newspaper sent García Márquez on assignment to Italy, marking the start of a lifelong self-imposed exile from the horrors of Colombian politics that took him to Barcelona, Paris, New York, and Mexico. Influenced by American novelist William Faulkner, creator of the fictionalized Yoknapatawpha County, and by the powerful intergenerational tragedies of the Greek dramatist Sophocles, García Márquez began writing fiction, honing a signature blend of fantasy and reality that culminated in the 1967 masterpiece One Hundred Years of Solitude. This sweeping epic became an instant classic and set the stage for more bestselling novels, including Love in the Time of Cholera, Love and Other Demons, and Memories of My Melancholy Whores. In addition, he has completed the first volume of a shelf-bending memoir, and his journalism and nonfiction essays have been collected into several anthologies.

In 1982, García Márquez was awarded the Nobel Prize for Literature. In his acceptance speech, he called for a "sweeping utopia of life, where no one will be able to decide for others how they die, where love will prove true and happiness be possible, and where the races condemned to one hundred years of solitude will have, at last and forever, a second opportunity on earth." Few writers have pursued that utopia with more passion and vigor than this towering 20th-century novelist.

Good To Know

Gabriel José García Márquez' affectionate nickname is Gabo.

García Márquez' first two novellas were completed long before their actual release dates, but might not have been published if it weren't for his friends, who found the manuscripts in a desk drawer and a suitcase, and sent them in for publication.

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    1. Also Known As:
      Gabriel José García Márquez
    2. Hometown:
      Mexico City, Mexico
    1. Date of Birth:
      March 6, 1928
    2. Place of Birth:
      Aracataca, Colombia
    1. Education:
      Universidad Nacional de Colombia, 1947-48, and Universidad de Cartagena, 1948-49

Read an Excerpt

UNO

Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolcó mesas de fritangas, desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro personas que se le atravesaron en el camino. Tres eran esclavos negros. La otra fue Sierva María de Todos los Ángeles, hija única del marqués de Casalduero, que había ido con una sirvienta mulata a comprar una ristra de cascabeles para la fiesta de sus doce años.

Tenían instrucciones de no pasar del Portal de los Mercaderes, pero la criada se aventuró hasta el puente levadizo del arrabal de Getsemaní, atraída por la bulla del puerto negrero, donde estaban rematando un cargamento de esclavos de Guinea. El barco de la Compañía Gaditana de Negros era esperado con alarma desde hacía una semana, por haber sufrido a bordo una mortandad inexplicable. Tratando de esconderla habían echado al agua los cadáveres sin lastre. El mar de leva los sacó a flote y amanecieron en la playa desfigurados por la hinchazón y con una rara coloración solferina. La nave fue anclada en las afueras de la bahía por el temor de que fuera un brote de alguna peste africana, hasta que comprobaron que había sido un envenenamiento con fiambres manidos.

A la hora en que el perro pasó por el mercado ya habían rematado la carga sobreviviente, devaluada por su pésimo estado de salud, y estaban tratando de compensar las pérdidas con una sola pieza que valía por todas. Era una cautiva abisinia con siete cuartas de estatura, embadurnada de melaza de caña en vez del aceite comercial de rigor, y de una hermosura tan perturbadora que parecía mentira. Tenía la nariz afilada, el cráneo acalabazado, los ojos oblicuos, los dientes intactos y el porte equívoco de un gladiador romano. No la herraron en el corralón, ni cantaron su edad ni su estado de salud, sino que la pusieron en venta por su sola belleza. El precio que el gobernador pagó por ella, sin regateos y de contado, fue el de su peso en oro.

Era asunto de todos los días que los perros sin dueño mordieran a alguien mientras andaban correteando gatos o peleándose con los gallinazos por la mortecina de la calle, y más en los tiempos de abundancias y muchedumbres en que la Flota de Galeones pasaba para la feria de Portobelo. Cuatro o cinco mordidos en un mismo día no le quitaban el sueño a nadie, y menos con una herida como la de Sierva María, que apenas si alcanzaba a notársele en el tobillo izquierdo. Así que la criada no se alarmó. Ella misma le hizo a la niña una cura de limón y azufre y le lavó la mancha de sangre de los pollerines, y nadie siguió pensando en nada más que en el jolgorio de sus doce años.

Bernarda Cabrera, madre de la niña y esposa sin títulos del marqués de Casalduero, se había tomado aquella madrugada una purga dramática: siete granos de antimonio en un vaso de azúcar rosada. Había sido una mestiza brava de la llamada aristocracia de mostrador; seductora, rapaz, parrandera, y con una avidez de vientre para saciar un cuartel. Sin embargo, en pocos años se había borrado del mundo por el abuso de la miel fermentada y las tabletas de cacao. Los ojos gitanos se le apagaron, se le acabó el ingenio, obraba sangre y arrojaba bilis, y el antiguo cuerpo de sirena se le volvió hinchado y cobrizo como el de un muerto de tres días, y despedía unas ventosidades explosivas y pestilentes que asustaban a los mastines. Apenas si salía de la alcoba, y aun entonces andaba a la cordobana, o con un balandrán de sarga sin nada debajo que la hacía parecer más desnuda que sin nada encima.

Había hecho siete cámaras mayores cuando regresó la criada que acompañó a Sierva María, y no le habló del mordisco del perro. En cambio, le comentó el escándalo del puerto por el negocio de la esclava. «Si es tan bella como dicen puede ser abisinia», dijo Bernarda. Pero aunque fuera la reina de Saba no le parecía posible que alguien la comprara por su peso en oro.

«Querrán decir en pesos oro», dijo.

«No», le aclararon, «tanto oro cuanto pesa la negra».

«Una esclava de siete cuartas no pesa menos de ciento veinte libras», dijo Bernarda. «Y no hay mujer ni negra ni blanca que valga ciento veinte libras de oro, a no ser que cague diamantes».

Nadie había sido más astuto que ella en el comer cio de esclavos, y sabía que si el gobernador había comprado a la abisinia no debía de ser para algo tan sublime como servir en su cocina. En esas estaba cuando oyó las primeras chirimías y los petardos de fiesta, y enseguida el alboroto de los mastines enjaulados. Salió al huerto de naranjos para ver qué pasaba.

Don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, segundo marqués de Casalduero y señor del Darién, también había oído la música desde la hamaca de la siesta, que colgaba entre dos naranjos del huerto. Era un hombre fúnebre, de la cáscara amarga, y de una palidez de lirio por la sangría que le hacían los murciélagos durante el sueño. Usaba una chilaba de beduino para andar por casa y un bonete de Toledo que aumentaba su aire de desamparo. Al ver a la esposa como Dios la echó al mundo se anticipó a preguntarle:

«¿Qué músicas son ésas?»

«No sé», dijo ella. «¿A cómo estamos?»

El marqués no lo sabía. Debió de sentirse de veras muy inquieto para preguntárselo a su esposa, y ella debía de estar muy aliviada de su bilis para haberle contestado sin un sarcasmo. Se había sentado en la hamaca, intrigado, cuando se repitieron los petardos.

«Santo Cielo», exclamó. «¡A cómo estamos!»

La casa colindaba con el manicomio de mujeres de la Divina Pastora. Alborotadas por la música y los cohetes, las reclusas se habían asomado a la terraza que daba sobre el huerto de los naranjos, y celebraban cada explosión con ovaciones. El marqués les preguntó a gritos que dónde era la fiesta, y ellas lo sacaron de dudas. Era 7 de diciembre, día de San Ambrosio, Obispo, y la música y la pólvora tronaban en el patio de los esclavos en honor de Sierva María. El marqués se dio una palmada en la frente.

«Claro», dijo. «¿Cuántos cumple?»

«Doce», dijo Bernarda.

«¿Apenas doce?», dijo él, tendido otra vez en la hamaca. «¡Qué vida tan lenta!»

La casa había sido el orgullo de la ciudad hasta principios del siglo. Ahora estaba arruinada y lóbrega, y parecía en estado de mudanza por los grandes espacios vacíos y las muchas cosas fuera de lugar. En los salones se conservaban todavía los pisos de mármoles ajedrezados y algunas lámparas de lágrimas con colgajos de telaraña. Los aposentos que se mantenían vivos eran frescos en cualquier tiempo por el espesor de los muros de calicanto y los muchos años de encierro, y más aún por las brisas de diciembre que se filtraban silbando por las rendijas. Todo estaba saturado por el relente opresivo de la desidia y las tinieblas. Lo único que quedaba de las ínfulas señoriales del primer marqués eran los cinco mastines de presa que guardaban las noches.

El fragoroso patio de los esclavos, donde se celebraban los cumpleaños de Sierva María, había sido otra ciudad dentro de la ciudad en los tiempos del primer marqués. Siguió siendo así con el heredero mientras duró el tráfico torcido de esclavos y de harina que Bernarda manejaba con la mano izquierda desde el trapiche de Mahates. Ahora todo esplendor pertenecía al pasado. Bernarda estaba extinguida por su vicio insaciable, y el patio reducido a dos barracas de madera con techos de palma amarga, donde acabaron de consumirse los últimos saldos de la grandeza.

Dominga de Adviento, una negra de ley que gobernó la casa con puño de fierro hasta la víspera de su muerte, era el enlace entre aquellos dos mundos. Alta y ósea, de una inteligencia casi clarividente, era ella quien había criado a Sierva María. Se había hecho católica sin renunciar a su fe yoruba, y practicaba ambas a la vez, sin orden ni concierto. Su alma estaba en sana paz, decía, porque lo que le faltaba en una lo encontraba en la otra. Era también el único ser humano que tenía autoridad para mediar entre el marqués y su esposa, y ambos la complacían. Sólo ella sacaba a escobazos a los esclavos cuando los encontraba en descalabros de sodomía o fornicando con mujeres cambiadas en los aposentos vacíos. Pero desde que ella murió se escapaban de las barracas huyendo de los calores del mediodía, y andaban tirados por los suelos en cualquier rincón, raspando el cucayo de los calderos de arroz para comérselo, o jugando al macuco y a la tarabilla en la fresca de los corredores. En aquel mundo opresivo en el que nadie era libre, Sierva María lo era: sólo ella y sólo allí. De modo que era allí donde se celebraba la fiesta, en su verdadera casa y con su verdadera familia.

No podía concebirse un bailongo más taciturno en medio de tanta música, con los esclavos propios y algunos de otras casas de distinción que aportaban lo que podían. La niña se mostraba como era. Bailaba con más gracia y más brío que los africanos de nación, cantaba con voces distintas de la suya en las diversas lenguas de África, o con voces de pájaros y animales, que los desconcertaban a ellos mismos. Por orden de Dominga de Adviento las esclavas más jóvenes le pintaban la cara con negro de humo, le colgaron collares de santería sobre el escapulario del bautismo y le cuidaban la cabellera que nunca le cortaron y que le habría estorbado para caminar de no ser por las trenzas de muchas vueltas que le hacían a diario.

Empezaba a florecer en una encrucijada de fuerzas contrarias. Tenía muy poco de la madre. Del padre, en cambio, tenía el cuerpo escuálido, la timidez irredimible, la piel lívida, los ojos de un azul taciturno, y el cobre puro de la cabellera radiante. Su modo de ser era tan sigiloso que parecía una criatura invisible. Asustada con tan extraña condición, la madre le colgaba un cencerro en el puño para no perder su rumbo en la penumbra de la casa.

Dos días después de la fiesta, y casi por descuido, la criada le contó a Bernarda que a Sierva María la había mordido un perro. Bernarda lo pensó mientras tomaba antes de acostarse su sexto baño caliente con jabones fragantes, y cuando regresó al dormitorio ya lo había olvidado. No volvió a recordarlo hasta la noche siguiente porque los mastines estuvieron ladrando sin causa hasta el amanecer, y temió que estuvieran arrabiados. Entonces fue con la palmatoria a las barracas del patio, y encontró a Sierva María dormida en la hamaca de palmiche indio que heredó de Dominga de Adviento. Como la criada no le había dicho dónde fue el mordisco, le levantó la sayuela y la examinó palmo a palmo, siguiendo con la luz la trenza de penitencia que tenía enroscada en el cuerpo como una cola de león. Al final encontró el mordisco: un desgarrón en el tobillo izquierdo, ya con su costra de sangre seca, y unas excoriaciones apenas visibles en el calcañal.

No eran pocos ni triviales los casos de mal de rabia en la historia de la ciudad. El de más estruendo fue el de un gorgotero que andaba por las veredas con un mico amaestrado cuyas maneras se distinguían poco de las humanas. El animal contrajo la rabia durante el sitio naval de los ingleses, mordió al amo en la cara y escapó a los cerros vecinos. Al desdichado saltimbanco lo mataron a garrote limpio en medio de unas alucinaciones pavorosas que las madres seguían cantando muchos años después en coplas callejeras para asustar a los niños. Antes de dos semanas una horda de macacos luciferinos descendió de los montes a pleno día. Hicieron estragos en porquerizas y gallineros, e irrumpieron en la catedral aullando y ahogándose en espumarajos de sangre, mientras se celebraba el tedéum por la derrota de la escuadra inglesa. Sin embargo, los dramas más terribles no pasaban a la historia, pues ocurrían entre la población negra, donde escamoteaban a los mordidos para tratarlos con magias africanas en los palenques de cimarrones.

A pesar de tantos escarmientos, ni blancos ni negros ni indios pensaban en la rabia, ni en ninguna de las enfermedades de incubación lenta, mientras no se revelaban los primeros síntomas irreparables. Bernarda Cabrera procedió con el mismo criterio. Pensaba que las fabulaciones de los esclavos iban más rápido y más lejos que las de los cristianos, y que hasta un simple mordisco de perro podía causar un daño a la honra de la familia. Tan segura estaba de sus razones, que ni siquiera le mencionó el asunto al marido, ni volvió a recordarlo hasta el domingo siguiente, cuando la criada fue sola al mercado y vio el cadáver de un perro colgado de un almendro para que se supiera que había muerto del mal de rabia. Le bastó una mirada para reconocer el lucero en la frente y la pelambre cenicienta del que mordió a Sierva María. Sin embargo, Bernarda no se preocupó cuando se lo contaron. No había de qué: la herida estaba seca y no quedaba ni rastro de las excoriaciones.

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  • Posted March 20, 2013

    Extraordinaria, solo como Garcia Marquez en su prosa (A MUST READ)

    Una historia fantastica, donde la ignorancia, la codicia, y la falta de moralidad son clave en esta novela.

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  • Anonymous

    Posted October 8, 2010

    the best

    me encanto es el mejor

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  • Anonymous

    Posted July 2, 2008

    A reviewer

    No soy una persona que me gusta leer mucho. Mayormente compro un libro cuando voy a viajar para poder entretenerme. El primer nombre de autor que me acorde fue el de Gabriel Garcia Marquez y estoy muy feliz de haber leido Del Amor y otros Demonios. Es una historia con drama y amor donde te da la sorpresa repentina de estos dos personajes enamorandose y sufrir por no poder estar juntos por diferentes razones y situaciones de la vida.Lee la historia te va a encantar no puedes parar de leer hasta que la terminas!

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  • Anonymous

    Posted August 24, 2006

    Amor, Demonios y Religion! No que son la misma cosa?

    Garcia Marquez te envuelve en esta novela de una manera dificil de describir. Por momentos pensaba que Sierva Maria me inspiraba a seguir leyendo pero despues me encuentro con Cayetano Delaura, personajes que para siempre se quedaran conmigo.

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  • Anonymous

    Posted August 4, 2006

    genial!!

    Marquez, es sin duda alguna uno de los mejores escritores. En 'Del amor y otros demonios' pone de manifiesto su gran imaginacion. Tambien debo mencinar que me encanta su estilo y como describe todo en detalle. Yo lo lei unos siete anos atras, pero todavia recuerdo a Cayetano de laura y a Sierva maria. Si eres de los que disfruta una historia compleja y profunda, te encantara: 'Del amor y otros demonios'

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  • Anonymous

    Posted July 13, 2006

    !!!!!lo mejor!!!!!!!

    cinceramente y se que alomejor muchos de ustedes no me creeran pero me he leido este libro en un dia .llegue a la escuela y mi amiga lo estaba terminando se lo pedi prestado y no lo solte hasta la noche cuando me fui a dormir que ya lo habia terminando. y es que me dejaba tan intrigada que no lo podia soltar y eso que yo no soy muy fan de gabriel garcia marquez pero este definitivamente me encanto.

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  • Anonymous

    Posted December 5, 2004

    Truly a Genius

    This is the first Marquez novel I've read and it got me hooked! This man is an absolute genius. His style of writing will keep you turning pages.

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  • Anonymous

    Posted April 5, 2010

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  • Anonymous

    Posted January 2, 2009

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  • Anonymous

    Posted April 10, 2009

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  • Anonymous

    Posted December 31, 2010

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