Devolver la abundancia a la Tierra

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  • ISBN-13: 9788497777834
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 3/1/2012
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 184
  • Sales rank: 1,450,563
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Devolver la abundancia a la Tierra

Valores espirituales para sanarnos a nosotros mismos y al mundo


By WANGARI MAATHAI

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2011 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-783-4



CHAPTER 1

Los comienzos


A los pocos años de su aparición, en 1977, el Movimiento Cinturón Verde (MCV) creció considerablemente, al pasar de un pequeño proyecto de plantación de árboles del Consejo Nacional de Mujeres de Kenya a un compromiso de tiempo completo. Simultáneamente, nuestro pequeño núcleo de grupos comunitarios se amplió hasta convertirse en una red de miles de grupos. Cuando todo esto ocurrió, se hizo evidente que tanto grupos como personas no sustentaban las normas de comportamiento que ellos esperaban de los demás, especialmente del gobierno, que era ya muy criticado. Entre estas normas se hallaba la honradez, el trabajo duro y el compromiso por ser transparentes y responsables. Poco a poco se hizo evidente que el trabajo del Movimiento Cinturón Verde con las comunidades para recuperar los entornos degradados no iba a prosperar si los participantes no adoptaban una serie de valores espirituales clave.

De ahí que se hiciera necesaria una toma de conciencia respecto a los problemas de gobierno y a la gestión de los recursos. En consecuencia, estos valores (el amor por el entorno, la gratitud y el respeto por los recursos de la Tierra, la autocapacitación y el espíritu de servicio y el voluntariado) se convirtieron en rasgos definitorios de lo que vino a llamarse «educación cívica y medioambiental». Ésta constaba de una serie de seminarios donde formábamos a aquellas personas que querían participar en el trabajo del movimiento para que pudieran conocer los valores y los procedimientos por los cuales deberían guiarse. Los seminarios se diseñaron para que las personas comprendieran mejor las bases de la destrucción ecológica y el papel que la gestión política de los recursos podía tener en la degradación del entorno. A los participantes se les animó a indagar en los motivos por los cuales su propio entorno estaba degradado, y en el papel que tenían en esto ellos y otros miembros de sus comunidades y de la sociedad en general.

En cada seminario, cada grupo enumera sus problemas y luego se les anima a que analicen de dónde proceden y cómo desarrollar una serie de acciones para resolverlos, tanto en lo inmediato como a largo plazo, tanto a nivel individual como familiar y comunitario, a pequeña y a gran escala. Aunque muchas personas puedan considerar que uno de los motivos para plantar árboles es poder satisfacer así sus propias necesidades, lo que tiene de novedoso es la idea de crear un medio ambiente limpio y saludable del cual se puedan beneficiar todos, y no sólo unos cuantos. Durante los seminarios, mujeres y hombres que hasta el momento nunca han hecho nada frente a los problemas medioambientales toman la iniciativa y se cargan de energía para emprender la acción. Asumen la idea de trabajar por algo mucho más grande que ellos mismos. Y, cuando vuelven a sus casas, están ansiosos por relatar su experiencia, cuántos plantones de árboles han estado alimentando en los viveros, cuántos árboles han plantado y a cuántas personas les han hablado en sus asambleas locales, incluidas las iglesias, acerca de su reciente interés. Para muchas personas del MCV, la satisfacción que generan sus propios esfuerzos supone mucho más que las pequeñas compensaciones económicas que reciben por cada plantón que logran que sobreviva, que no son más que una señal de lo conseguido, no son más que un pago formal por el trabajo realizado. El ámbito de sus preocupaciones se extiende hasta más allá de sí mismas hasta incluir el bien común.

Aquellas personas que adoptan estos valores clave en los seminarios (amor al entorno, gratitud y respeto por los recursos de la Tierra, autocapacitación, espíritu de servicio y voluntariado) continúan con su implicación en los trabajos de los viveros, en trasplantar plantones y en restaurar los paisajes y los bosques que les son propios. También se involucran en otras actividades del MCV, como el aprovechamiento del agua de lluvia, el aterrazamiento de sus campos con el fin de contener la erosión del suelo y el cultivo de alimentos en sus propios huertos para lograr una mínima seguridad alimentaria en sus hogares. También se involucran en la construcción y el mantenimiento de represas de arena de tecnología simple para asegurarse el suministro de agua durante las sequías. Y, además, se pronuncian y defienden su derecho a un medio ambiente limpio y saludable.

Al principio de mis trabajos con el Movimiento Cinturón Verde me sorprendió enormemente que muchas personas y muchos grupos no practicaran estos valores espirituales como parte intrínseca de su fe. Por entonces, casi todo el mundo era cristiano, y estos valores están profundamente arraigados en las enseñanzas cristianas. Me los habían transmitido a mí; en primer lugar mis padres, luego mis profesores, mis amigos y los miembros de mi comunidad. Mi madre siempre fue muy trabajadora, y yo la ayudaba de maneras que actualmente hasta me resulta difícil creer. Cuando era muy pequeña, trabajaba en los cultivos, recogía leña, iba a por agua a un arroyo cercano, iba al mercado y le hacía muchos recados. Yo me ocupaba de mis hermanas pequeñas y, en cierta ocasión memorable, incluso transporté hasta casa una enorme cantidad de judías rojas, tal cantidad que ni siquiera el burro que teníamos podía haberla transportado. Mi padre también trabajó mucho como mecánico en la granja de un colono británico y dio de comer a una familia muy numerosa.

Cuando crecí, también descubrí que la generación de mis abuelos había mantenido en pie un orgulloso legado, el de su sólido compromiso con la justicia, su sentido de lo correcto y lo erróneo y su firme creencia en la honradez. Mis abuelos no tuvieron que aprender estos valores; simplemente los recibieron en herencia a muy temprana edad. Cuando se educa a los niños en valores y se sienten aceptados en sus acciones por aquellos que les rodean, los valores se convierten en parte de su personalidad, y es muy difícil desprenderse de ellos.

En la escuela también me inculcaron la honestidad, y tuve la suerte de poseer una actitud mental no constreñida por juicios ni dogmas religiosos. Las monjas católicas (primero las hermanas de la Consolata, italianas; luego, las monjas irlandesas de Loreto; y, finalmente, las monjas benedictinas de Mount St. Scholastica College, en Estados Unidos) se ocuparon de mi enseñanza desde los doce años. Estimularon mi curiosidad, mi adhesión al método científico y al uso del pensamiento crítico. Todo esto me hizo desarrollar la capacidad para escuchar y valorar sin prejuzgar, algo que me ha sido de gran ayuda en mi viaje por la vida.


En la actualidad, mucha gente me pregunta cómo llegué a la conclusión, hace tantas décadas, de que el medio ambiente era tan importante. Hasta cierto punto no fue un descubrimiento mío. De algún modo, los acontecimientos que tuvieron lugar a mi alrededor en aquella época me llevaron hasta ahí. Por ejemplo, en 1972, las Naciones Unidas organizaron su primera conferencia global sobre el medio ambiente en Estocolmo, Suecia. En 1973, se estableció en Nairobi el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), con Maurice Strong como director ejecutivo. Fui invitada a unirme al grupo que estableció el Centro Internacional de Enlace Ambiental, una organización no gubernamental (no lucrativa) fundada para trabajar estrechamente con el PNUMA y controlar sus actividades.

Me fui interesando por el tema a medida que obtenía conocimientos de otras personas que sabían mucho más que yo en aquella época. Y esto me permitió dar una respuesta cuando, en los prolegómenos de la primera conferencia de las mujeres de Naciones Unidas, en México D.F., en 1975, escuché a las mujeres de las zonas rurales de Kenya hacer una relación de sus problemas. Me di cuenta de que todos los retos que se les planteaban tenían sus raíces en un medio ambiente rural degradado, y se me ocurrió que plantar árboles podría ser una respuesta concreta y factible.

Concluí que los árboles eran la respuesta a los problemas medioambientales a los que se enfrentaban las mujeres de Kenya, en parte porque yo había crecido en medio de la naturaleza, rodeada de árboles y de una espesa vegetación. Pero también tuve la suerte de estar implicada en aquella época con organizaciones que estaban comenzando a tomar conciencia de este problema. También puedo señalar a la Fuente como el manantial de donde llegaron todas estas ideas.

Hay veces en que la inspiración para actuar llega como una chispa; otras, toma la forma de un proceso. Tanto si una se ve arrastrada a la acción merced a un impulso súbito de inspiración como si se debe a la lenta toma de conciencia de que existen cosas que hay que cambiar, yo diría en cualquier caso que todo procede de la Fuente. Pero es esencial, aun así, cultivar una actitud que te permita aprovechar ese despertar. Esto implica mantener la mente, los ojos y los oídos bien abiertos, para que, cuando llegue la idea, estés preparada para asumirla. Para capitalizar nuestra inspiración también es importante estar dispuesta a aceptar nuevos conocimientos y a mantener una mentalidad abierta. En la medida de lo posible, tenemos que darnos cuenta de que, más allá del horizonte que tenemos ante nosotros, existe otro horizonte; de que siempre existen oportunidades para aprender y para examinar las propias percepciones a la luz de las informaciones y las revelaciones más recientes.

Da la impresión de que las ideas son como las frutas que cuelgan de un árbol: cuando están maduras, has de estar preparada para recogerlas antes de que caigan al suelo. Al igual que las cinco vírgenes sabias de la parábola de Jesús (vease Mateo 25:1-13), tenemos que aprovechar las oportunidades que se nos presentan, asegurándonos de estar plenamente preparados, con las adecuadas capacidades mentales, físicas y espirituales para enfrentarse al reto. El medio ambiente debe estar maduro.

En ocasiones, este despertar llega mientras una trabaja o se involucra en una causa o en un esfuerzo conjunto. Te das cuenta de cuán importante es algo (como me ocurrió a mí con el medio ambiente), y pasas de trabajar por ti misma a transmitir a los demás la importancia del asunto. Y no pasa mucho tiempo –casi no te das ni cuenta– antes de que haya multitud de personas trabajando a tu lado.

Cuando les hablé a aquellas mujeres de zonas rurales acerca de los beneficios que les podían reportar los árboles (cuando les dije que los árboles podían detener la erosión y mejorar la salud del suelo, haciendo posible con ello el cultivo de alimentos sanos; cuando les dije que los árboles les proporcionarían leña, forraje para el ganado y sombra; que les ayudarían a regular las lluvias y que proporcionarían un hábitat para las aves y para los animales pequeños) me di cuenta de que había abierto la caja de Pandora. Al intentar resolver un problema medioambiental, descubrí que había otros muchos problemas que las mujeres y sus comunidades tenían necesidad de resolver.

Cuando comencé con los seminarios cívicos y medioambientales no podía imaginar que los valores clave del trabajo del Movimiento Cinturón Verde pudieran ser tan necesarios. Sin el valor del voluntariado, el trabajo de la organización hubiera sido insostenible, porque nunca tuvimos suficientes fondos. Es imposible compensar a la gente por cada pequeño trabajo que hacen, y es que no se le puede (ni se le debe) poner precio a cada cosa que hacemos por el medio ambiente. Y así es como se hicieron las cosas hasta que llegó a Kenya la economía monetaria: las personas tenían la profunda sensación de que tenían que devolver algo a sus comunidades ofreciendo sus servicios voluntarios para el bien común. Cuanto más se alejaban las personas de la vida tradicional, cuanto más «modernas» se hacían, menos dispuestas estaban a servir. Había que pagar por todo, y los que no podían pagar eran desechados.

Este déficit moderno de valores se daba en todos los niveles de la sociedad, tanto en el gobierno –que no sólo se mostraba indiferente con nosotros, sino que, incluso, con frecuencia, era claramente hostil– como entre la misma población, que no se podía creer que alguien, incluidos los miembros del Movimiento Cinturón Verde, pudieran trabajar tan duro simplemente por el bien común. Todos daban por sentado que debíamos tener algún motivo oculto, como dinero, poder o ventajas políticas (entre otras cosas porque no podían entender por qué no caíamos en los vicios que proporcionan dinero, poder o ventajas y patronazgo político). Nadie parecía darse cuenta de que estos vicios (entre los que se hallan el egoísmo, la codicia y la explotación de los recursos disponibles) provocarían un daño que, con el tiempo, terminaría afectando a todo el mundo. Y esta profunda disociación de los demás y del medio ambiente terminaría acosando a la misma sociedad.

Cuando las mujeres comenzaron a venir al MCV lamentándose de no tener suficiente leña para cocinar y dar de comer a sus hijos, los negacionistas se quedaron sin argumentos para defender su tesis de que los árboles no eran una respuesta práctica. Y entonces comenzaron a preguntarse por qué había tomado yo como responsabilidad personal trabajar con ellas y buscar una solución. Y cuando les expliqué lo importante que era no deforestar las regiones de captación de agua de Kenya y no plantar árboles de especies equivocadas a lo largo de las riberas de los ríos, en los bosques o en los humedales, se hizo evidente que estábamos trabajando para resolver un grave problema: el agua y la erosión del suelo. Lo que los detractores cuestionaban era por qué yo tenía que preocuparme por aquello.

«¿No se le ocurre nada mejor que hacer con la formación que tiene usted?», me preguntaban algunos. Después de todo, yo pertenecía a la pequeña elite educada de la sociedad de Kenya, había sido profesora en la Universidad de Nairobi, y lo que se esperaba de mí era que me hubiera quedado en las aulas hablando de cuestiones académicas, en lugar de estar en los campos convenciendo a las mujeres de las zonas rurales para que plantaran árboles. ¡Pero yo no estaba sola cavando agujeros en el suelo! Otras muchas mujeres plantaban árboles conmigo y estaban esforzándose mucho por algo más que una compensación material o una ganancia personal. También ellas debían de estar motivadas por unos valores distintos, y no sólo respondiendo a sus necesidades básicas y a su gratificación individual.

Desde sus comienzos, el Movimiento Cinturón Verde ha pasado de plantar árboles para la simple satisfacción de necesidades inmediatas a un intento por mitigar los efectos del cambio climático y sanar las heridas de la tierra. Cuando comenzamos a introducirnos en cuestiones de gobierno y de derechos, desafiando a los que detentaban el poder, a los que estaban destruyendo el entorno y poniendo en peligro a los ciudadanos durante el proceso, muchos debieron ser los que pensaron que aquello era una estupidez o una temeridad. Hubo veces en que ni siquiera yo estaba segura de por qué seguía adelante. Sin embargo, sabía que aquel trabajo no se llevaba a cabo por un motivo ulterior, y que el MCV estaba abordando problemas graves. Cada vez me convencía más de que lo que estábamos haciendo era lo correcto, porque estábamos dando soluciones básicas y viables a problemas reales y crónicos. Las experiencias se retroalimentaban por sí solas, e impulsaban a los participantes y su trabajo hasta el siguiente nivel. El servicio por el bien común quizás fuera difícil, incluso peligroso a veces, pero la Fuente y los valores constituyeron poderosas fuerzas que nos mantuvieron en pie, avanzando.

Con el tiempo, hubo personas de fuera de Kenya (principalmente de Europa y de Estados Unidos) que vinieron hasta nosotros con la intención de apoyar económicamente nuestro trabajo. Y no lo hicieron porque desearan ninguna ganancia personal, sino porque querían hacer algo bueno por el medio ambiente y por las personas que vivían en la región. Reconocían que necesitábamos proteger nuestro entorno, pero había demasiada pobreza. Llegó un momento en que tuve problemas con el gobierno de Kenya, y hubo muchas personas que pusieron su vida en primera línea con el fin de ayudarme. ¿Por qué se tomaron la molestia, si no tenían parentesco alguno conmigo, no pertenecían al mismo grupo étnico ni eran del mismo país? Lo hicieron porque, al igual que otras muchas personas en el mundo, no estaban motivadas por el egoísmo, ni por la necesidad de controlar a los demás, ni por el deseo de acumular más y más. Les motivaba la compasión, la empatía y el reconocimiento de que tenemos que proteger el medio ambiente en todas partes, y de que eso es algo que debe preocuparnos a todos a nivel global.

Gracias a esta combinación de preguntas acerca de las motivaciones, al desarrollo de los seminarios cívicos y medioambientales y a mi trabajo en el campo con los grupos del Movimiento Cinturón Verde, me he sentido impulsada a profundizar en el tema de los valores espirituales. He estado intentando comprender si las personas que se mueven por estos valores son estúpidas o ingenuas, o ambas cosas a la vez, por querer trabajar por el bien común y tener la esperanza de que los demás hagan lo mismo. Todo esto me ha hecho preguntarme por qué estos valores deberían de ser tan importantes para la sociedad, de qué modo pueden marcar la diferencia en nuestra vida, y si aquellas personas que los encarnamos somos un puñado de locos o un puñado de sabios.


(Continues...)

Excerpted from Devolver la abundancia a la Tierra by WANGARI MAATHAI. Copyright © 2011 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Table of Contents

Contents

Agradecimientos, 11,
Introducción, 15,
Capítulo 1. Los comienzos, 27,
Capítulo 2. Las heridas, 37,
Capítulo 3. Perspectivas cambiantes, 55,
Capítulo 4. El poder del árbol, 73,
Capítulo 5. Arboledas sagradas que dejaron de serlo, 87,
Capítulo 6. Gratitud y respeto, 97,
Capítulo 7. Autocapacitación, 119,
Capítulo 8. Conocimiento de uno mismo, 129,
Capítulo 9. Comprometerse con el servicio, 141,
Capítulo 10. La espiritualidad se encuentra con el activismo, 153,
Capítulo 11. Responder a la llamada del servicio, 163,
Notas, 175,

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