Don Quijote De LA Mancha / Edition 1

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PRIMERA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO PRIMERO
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordar­me, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacien­da. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresema­na se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cin­cuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de ros­tro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferen­cia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que esta­ba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballe­rías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejer­cicio de la caza y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de to­dos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famo­so Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fer­mosura. Y también cuando leía: Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del mereci­miento que merece la vuestra grandeza.
 
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la prome­sa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, gradua­do en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero:Palme­rín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro,130 de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de penden­cias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y dis­parates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas inven­ciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballe­ro, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espa­da, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y des­comunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado, valién­dose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgan­te, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, so­bre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuan­do le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende  obó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pen­samiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció con­venible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitar­se en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agra­dables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sen­tía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos si­glos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media ce­lada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al ries go de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho peda­zos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, po­niéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experien­cia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
 
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era ra­zón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estu­viese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de ma­nera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobra-se famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memo-ria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante:147 nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
 
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde —como queda dicho— tomaron oca­sión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamar­se don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nom­bre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; por­que el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:

—Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado149 y que entre y se hinque de rodi­llas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro,150 señor de la ínsula151 Malin­drania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe ala­bado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza dispon­ga de mí a su talante?».

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labra­dora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata152 dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del To­boso; nombre, a su parecer, músico y peregrino153 y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

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Editorial Reviews

School Library Journal
Gr 5–8—This beautiful rendition of the beloved novel includes the first and second parts of the story, and a prologue tells about the author. Although the language has been simplified for younger audiences, the narrative maintains its integrity and includes all the important adventures of Don Quixote, such as the encounter with the windmills. Lively watercolors are expressive and capture the story's sense of adventure. This book is a suitable first experience with Cervantes.—Ana Rodriguez, Media Specialist, Tamarac Elementary School, FL
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Product Details

  • ISBN-13: 9788423995998
  • Publisher: Planeta Publishing Corporation
  • Publication date: 3/1/1999
  • Language: Spanish
  • Series: Coleccion Austral (1987) Series , #150
  • Edition description: New Edition
  • Edition number: 1
  • Pages: 1162
  • Product dimensions: 4.40 (w) x 6.70 (h) x 1.90 (d)

Meet the Author

No sabemos mucho de la vida de Miguel de Cervantes, el autor del Quijote. Tampoco sabemos la fecha exacta de su nacimiento; nació en un pequeño pueblo cerca de Madrid, Alcalá de Henares. Fue bautizado en la iglesia de Santa María el nueve de octubre 1547. Era el segundo hijo varón y el cuarto de siete de Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Su padre fue farmacéutico y pertenecía a una familia noble del norte de España que se vino a la ruina. Cervantes aprendió a vivir como un gentilhombre, casi sin dinero.

En 1569 escribió a su casa que quería una certificación para entrar en los servicios militares de su rey. En la legión de España y estacionada en Italia, Cervantes participó en la batalla naval de Lepanto (el siete de octubre 1571). En esta batalla perdió su brazo izquierdo por causa de tres cañonazos y por eso la gente le llamó 'El Manco de Lepanto'. En 1575, él y su hermano Rodrigo, fueron detenidos por unos piratas argelinos. Un año después intentó volver, pero fue detenido de nuevo. En 1577 llegó un rescate de sus padres con 300 coronas. Pero los piratas quisieron más por Cervantes; sólo su hermano pudo volver. Su familia intentó salvarle de nuevo y en 1580 regresó a Madrid.

Tenía 34 años y no pudiendo encontrar un trabajo comenzó a escribir piezas de teatro. Escribió más o menos 30 piezas en diez años, pero se conocen sólo dos: 'El Trato de Argel' y 'La Numancia', que fueron encontradas en 1784.

Tenía aproximadamente 55 años cuando escribió El Quijote. El 26 de septiembre 1605 el vendedor de libros Francisco de Robles pudo vender la primera parte. El libro encantó a la gente. Aparecieron muchas ediciones en Aragón, Portugal, Valencia, Bruselas, Madrid y Milán. La edición en inglés de Thomas Shelton de 1612 fue la primera traducción.

Aunque Cervantes se hizo famoso, tuvo muchos problemas financieros. En 1605 fue enredado en una pesquisa por causa de unos cuchillazos y fue con su familia a la prisión una semana por lo menos. Antes ya estaba en la cárcel dos veces por fraude y deudas.

De 1609 hasta su muerte Cervantes vivió en Madrid. Hizo un nuevo club de libros. En estos años en Madrid, Cervantes comenzó y terminó su obra de Don Quijote con la segunda parte. En los últimos días de su vida entró en la orden de San Francisco y fueron esos frailes los que le enterraron cerca del convento de los Trinitarianos en la calle de Cantarranas. Cervantes murió por causa de la hidropesía el 23 de abril 1616.

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PRIMERA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO PRIMERO
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordar­me, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacien­da. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresema­na se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cin­cuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de ros­tro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferen­cia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que esta­ba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballe­rías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejer­cicio de la caza y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de to­dos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famo­so Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fer­mosura. Y también cuando leía: Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del mereci­miento que merece la vuestra grandeza.
 
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la prome­sa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, gradua­do en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero:Palme­rín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro,130 de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de penden­cias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y dis­parates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas inven­ciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballe­ro, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espa­da, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y des­comunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado, valién­dose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgan­te, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, so­bre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuan­do le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende  obó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pen­samiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció con­venible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitar­se en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agra­dables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sen­tía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos si­glos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media ce­lada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al ries go de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho peda­zos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, po­niéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experien­cia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
 
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era ra­zón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estu­viese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de ma­nera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobra-se famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memo-ria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante:147 nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
 
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde —como queda dicho— tomaron oca­sión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamar­se don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nom­bre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; por­que el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:

—Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado149 y que entre y se hinque de rodi­llas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro,150 señor de la ínsula151 Malin­drania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe ala­bado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza dispon­ga de mí a su talante?».

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labra­dora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata152 dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del To­boso; nombre, a su parecer, músico y peregrino153 y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

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    Posted June 24, 2014

    Its in spanish

    Pls

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  • Anonymous

    Posted July 20, 2004

    dry man of La Mancha

    It was in 1606 when Miguel de Cervantes, a defeated man of more fifty years old, who had failed in all his purposes in life entered in the tavern when he used to pass sadly his late life and began to write the history of an imaginary figure distilled from all his wide experiences; the result was ¿Don Quijote¿ and in one only genial work he invented the modern novel and a personage for universal history. But before this, Cervantes was wound in the battle of Lepanto against the Turks losing a hand. Later was a prisoner of war in North Africa and rescued. From these, his life ever will oscillate between the poverty and the marginality. He gets a work as taxes collector in Sevilla but was jailed for supposed fraud, had several illegal sons and lately attempted to go to America to make fortune but his antecedents as a delinquent stop also this. As a writer, at first he attempted a doubtful poetry, but the ambiance of letters by then in Spain was filled with three unrepeatable masters of Spanish language wich despised Cervantes: Lope de Vega, Quevedo and Gongora, because Spain is very individual, hasn¿t had leaders as England or Germany but very refractory to governments. So, Don Quijote is a personage very own of La Mancha, an arid region in central Spain, with extreme climate, very hot and cold. D. Quijote is introspective, serious and sad at deep with a literary, but no clinical madness, masked to be acceptable by a deceptive mask of humour as probably was his maker in his late days. So is Spain and for that, Don Quijote is an Spaniard. Yes, this work was intended by then as still many times as a simple collection of comical incidents, but later was recognized the work to be a masterpiece, although Cervantes only will survive another ten years and died as he lived, in dire straits. This isn¿t of course the life and time of a writer of best sellers, and so, you can¿t read or demand speedy reading and understanding of so complicate work with so many facets and interpretations.

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  • Anonymous

    Posted September 19, 2000

    Don Quixote de la Mancha

    I believe it is generally agreed that this masterpiece of Castilian literature is an absolute must read ¿ but why not get an affordable yet quality copy of it while you're at it? Planeta has released a paperback edition worthy of hardcover binding: beautifully typographically set upon acid-free parchment beige paper to make even Jan Tischold smile from ear-to-ear. Moreover, this fine paperback includes copious notes and footnotes by a renowned scholar of the work, Miguel de Riquer, in order to assist the reader to better understand the language and culture of Cervantes' time. For those who have yet to read this masterpiece (and who can read Castilian), I would recommend this as THE paperback edition to read.

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  • Anonymous

    Posted June 17, 2000

    The first great novel of the Western world

    Well, I must say it really surprises me to be the first to review a novel of as much relevance as this one. 'Don Quijote' is the first and best modern novel in not just Spanish literature, but probably world literature. Full of interesting, varied, and many times comical adventures, the novel narrates the travels of a crazed but ideallistic man, in love with books about knights and ladies. The treatment of the reality-illusion dicotomy and the subject of craziness is very interesting. Additionally, the number of inserted poems and short stories enriches this outstanding book.

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  • Anonymous

    Posted November 24, 2009

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  • Anonymous

    Posted January 14, 2010

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  • Anonymous

    Posted January 9, 2013

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  • Anonymous

    Posted January 11, 2011

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  • Anonymous

    Posted November 8, 2010

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  • Anonymous

    Posted December 17, 2009

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  • Anonymous

    Posted January 15, 2010

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  • Anonymous

    Posted May 18, 2010

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  • Anonymous

    Posted December 6, 2010

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  • Anonymous

    Posted January 16, 2011

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  • Anonymous

    Posted January 20, 2010

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  • Anonymous

    Posted December 26, 2009

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  • Anonymous

    Posted January 24, 2010

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  • Anonymous

    Posted January 6, 2010

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  • Anonymous

    Posted July 30, 2011

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  • Anonymous

    Posted January 18, 2010

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