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Dona Barbara

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Deeply involved with the social issues of his times Romulo Gallegos crafted his representation of the stratified society around him by building upon firmly grounded and widespread images.
These images highlight the underlying cultural and metaphysical beliefs (basis for a legitimized social order) from which the fictional world is finally drawn.
But while doing so Romulo Gallegos offered new alternatives to ...
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Overview

Deeply involved with the social issues of his times Romulo Gallegos crafted his representation of the stratified society around him by building upon firmly grounded and widespread images.
These images highlight the underlying cultural and metaphysical beliefs (basis for a legitimized social order) from which the fictional world is finally drawn.
But while doing so Romulo Gallegos offered new alternatives to those visions as he established and widened gaps in those socially accepted perceptions and values.
The essential aspects of the social imaginaries and the characterization of the central feminine character are present in La Coronela, the first text that evolved into Doña Bárbara.
This edition, carefully annotated by prof Flor Maria Rodriguez-Arenas, also includes entire sections of that previous text, as it shows the intrinsic aspects of "the terrible stalwart woman". Also present are the structuring, discursive and functional elements as the character develops to become "the devourer of men" as portrayed in the final version of Doña Bárbara. These aspects of the social imaginary allow readers from different eras, almost a century after its publication, to understand the novel and continue to generate interpretations that will certainly enrich its reception.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781934768310
  • Publisher: Stockcero
  • Publication date: 12/10/2009
  • Language: Spanish
  • Edition description: New Edition
  • Pages: 336
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 9.00 (h) x 0.75 (d)

Meet the Author

Rómulo Gallegos was a Venezuelan novelist, journalist, and politician. He was elected president of Venezuela in 1948 but was forced out of office in a coup d'état. In 1960, he was nominated for the Nobel Prize in Literature. He is the author of El forastero, Pobre negro, La rebelión, Sobre la misma tierra, and El último Solar, among others.

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I

¿Con quién vamos?

Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha.

Dos bogas lo hacen avanzar mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes. Insensibles al tórrido sol los broncíneos cuerpos sudorosos, apenas cubiertos por unos mugrientos pantalones remangados a los muslos, alternativamente afincan en el limo del cauce largas palancas cuyos cabos superiores sujetan contra los duros cojinetes de los robustos pectorales y encorvados por el esfuerzo le dan impulso a la embarcación, pasándosela bajo los pies de proa a popa, con pausados pasos laboriosos, como si marcharan por ella. Y mientras uno viene en silencio, jadeante sobre su pértiga, el otro vuelve al punto de partida reanudando la charla intermitente con que entretienen la recia faena, o entonando, tras un ruidoso respiro de alivio, alguna intencionada copla que aluda a los trabajos que pasa un bonguero, leguas y leguas de duras remontadas, a fuerza de palancas, o coleándose, a trechos, de las ramas de la vegetación ribereña.

En la paneta gobierna el patrón, viejo baquiano de los ríos y caños de la llanura apureña, con la diestra en la horqueta de la espadilla, atento al riesgo de las chorreras que se forman por entre los carameras que obstruyen el cauce, vigilante al aguaje que denunciare la presencia de algún caimán en acecho.

A bordo van dos pasajeros. Bajo la toldilla, un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas préstanle gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al hombre de la ciudad,cuidadoso del buen parecer. Como si en su espíritu combatieran dos sentimientos contrarios acerca de las cosas que lo rodean, a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con una expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje; pero, en seguida, frunce el entrecejo, y la boca se le contrae en un gesto de desaliento.

Su compañero de viaje es uno de esos hombres inquietantes, de facciones asiáticas, que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América quién sabe cuándo ni cómo. Un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías, completamente diferente del de los pobladores de la llanura. Va tendido fuera de la toldilla, sobre su cobija, y finge dormir; pero ni el patrón ni los palanqueros lo pierden de vista.

Un sol cegante, de mediodía llanero, centellea en las aguas amarillas del Arauca y sobre los árboles que pueblan sus márgenes. Por entre las ventanas, que a espacios rompen la continuidad de la vegetación, divísanse, a la derecha, las calcetas del cajón del Apure -pequeñas sabanas rodeadas de chaparrales y palmares- y, a la izquierda, los bancos del vasto cajón del Arauca -praderas tendidas hasta el horizonte- sobre la verdura de cuyos pastos apenas negrea una que otra mancha errante de ganado. En el profundo silencio resuenan, monótonos, exasperantes ya, los pasos de los palanqueros por la cubierta del bongo. A ratos, el patrón emboca un caracol y le arranca un sonido bronco y quejumbroso que va a morir en el fondo de las mudas soledades circundantes, y entonces se alza dentro del monte ribereño la desapacible algarabía de las chenchenas o se escucha, tras los recodos, el rumor de las precipitadas zambullidas de los caimanes que dormitan al sol de las desiertas playas, dueños terribles del ancho, mudo y solitario río.

Se acentúa el bochorno del mediodía, perturba los sentidos, el olor a fango que exhalan las aguas calientes, cortadas por el bongo. Ya los palanqueros no cantan ni entonan coplas. Gravita sobre el espíritu la abrumadora impresión del desierto.

-Ya estamos llegando al palodeagua -dice, por fin, el patrón, dirigiéndose al pasajero de la toldilla y señalando un árbol gigante-. Bajo ese palo puede usted almorzar cómodo y echar su buena siestecita.

El pasajero inquietante entreabre los párpados oblicuos y murmura:

-De aquí al paso del Bramador es nada lo que falta y allí sí que hay un sesteadero sabroso.

-Al señor, que es quien manda en el bongo, no le interesa el sesteadero del Bramador -responde ásperamente el patrón, aludiendo al pasajero de la toldilla.

El hombre lo mira de soslayo y luego concluye, con una voz que parecía adherirse al sentido, blanda y pegajosa como el lodo de los tremedales de la llanura:

-Pues entonces no he dicho nada, patrón.

Santos Luzardo vuelve rápidamente la cabeza. Olvidado ya de que tal hombre iba en el bongo, ha reconocido ahora, de pronto, aquella voz singular.

Fue en San Fernando donde por primera vez la oyó, al atravesar el comedor de una pulpería. Conversaban allí de cosas de su oficio algunos peones ganaderos, y el que en ese momento llevaba la palabra se interrumpió de pronto, para decir después:

"- Ese es el hombre."

La segunda vez fue en una de las posadas del camino. El calor sofocante de la noche lo había obligado a salir al patio. En uno de los corredores, dos hombres se mecían en sus hamacas y uno de ellos concluía de esta manera el relato que le hiciera el otro:

-Yo lo que hice fue arrimarle la lanza. Lo demás lo hizo el difunto: él mismo se la fue clavandito como si le gustara el frío del jierro.

Finalmente, la noche anterior. Por habérsele atarrillado el ca?ballo, llegando ya a la casa del paso por donde esguazaría el Arauca, se vio obligado a pernoctar en ella, para continuar el viaje al día siguiente en un bongo que, a la sazón, tomaba allí una carga de cueros para San Fernando. Contratada la embarcación y concertada la partida para el amanecer, ya al coger el sueño oyó que alguien decía por allá:

-Váyase alante, compañero, que yo voy a ver si quepo en el bongo.

Fueron tres imágenes claras, precisas, en un relámpago de memoria, y Santos Luzardo sacó esta conclusión que había de dar origen al cambio de los propósitos que lo llevaban al Arauca: "Este hombre viene siguiéndome desde San Fernando. Lo de la fiebre no fue sino un ardid. ¿Cómo no se me ocurrió esta mañana?"

En efecto, al amanecer de aquel día, cuando ya el bongo se disponía a abandonar la orilla, había aparecido aquel individuo, tiritando bajo la cobija con que se abrigaba y proponiéndole al patrón:

-Amigo, ¿quiere hacerme el favor de alquilarme un puestecito? Necesito ir hasta el paso del Bramador y la calentura no me permite sostenerme a caballo. Yo le pago bien, ¿sabe?

-Lo siento, amigo -respondió el patrón, llanero malicioso, después de echarle una rápida mirada escrutadora-. Aquí no hay puesto que yo pueda alquilarle porque el bongo navega por la cuenta del señor, que quiere ir solo.

Pero Santos Luzardo, sin más prenda y sin advertir la significativa guiñada del bonguero, le permitió embarcarse.

Ahora le observa de soslayo y se pregunta mentalmente: "¿Qué se propondrá este individuo? Para tenderme una celada, si es que a eso lo han mandado, ya se le han presentado oportunidades. Porque juraría que éste pertenece a la pandilla de El Miedo. Ya vamos a saberlo".

Y poniendo por obra la repentina ocurrencia, en alta voz, al bonguero:

-Dígame, patrón: ¿conoce usted a esa famosa doña Bárbara de quien tantas cosas se cuentan en Apure?

Los palanqueros cruzáronse una mirada recelosa y el patrón re?spondió evasivamente, al cabo de un rato, con la frase con que contesta el llanero taimado las preguntas indiscretas:

-Voy a decirle, joven: yo vivo, lejos.

Luzardo sonrió comprensivo; pero, insistiendo en el propósito de sondear al compañero inquietante, agregó, sin perderlo de vista:

-Dicen que es una mujer terrible, capitana de una pandilla de bandoleros, encargados de asesinar a mansalva a cuantos intenten oponerse a sus designios.

Un brusco movimiento de la diestra que manejaba el timón hizo saltar el bongo, a tiempo que uno de los palanqueros, indicando algo que parecía un hacinamiento de troncos de árboles encallados en la arena de la ribera derecha, exclamaba, dirigiéndose a Luzardo:

-¡Aguaite! Usted que quería tirar caimanes. Mire cómo están en aquella punta de playa.

Otra vez apareció en el rostro de Luzardo la sonrisa de inteligencia de la situación, y, poniéndose de pie, se echó a la cara un rifle que llevaba consigo. Pero la bala no dio en el blanco, y los enormes saurios se precipitaron al agua, levantando un hervor de espumas.

Viéndoles zambullirse, el pasajero sospechoso, que había permanecido hermético mientras Luzardo trataba de sondearlo, murmuró, con una leve sonrisa entre la pelambre del rostro:

-Eran algunos bichos y todos se jueron vivitos y coleando.

Pero sólo el patrón pudo entender lo que decía y lo miró de pies a cabeza, como si quisiera medirle encima del cuerpo la siniestra intención de aquel comentario. Él se hizo el desentendido y, después de haberse incorporado y desperezado con unos movimientos largos y lentos, dijo:

-Bueno. Ya estamos llegando al palodeagua. Y ya sudé mi calentura. Lástima que se me haya quitado. ¡Sabrosita que estaba!

En cambio, Luzardo se había sumido en un mutismo sombrío, y entretanto el bongo atracaba en el sitio elegido por el patrón para el descanso del mediodía.

Saltaron a tierra. Los palanqueros clavaron en la arena una estaca a la cual amarraron el bongo. El desconocido se internó por entre la espesura del monte, y Luzardo, viéndolo alejarse, preguntó al patrón:

-¿Conoce usted a ese hombre?

-Conocerlo, propiamente, no, porque es la primera vez que me lo topo: pero por las señas que les he escuchado a los llaneros de por estos lados, malicio que debe de ser uno a quien mientan El Brujeador.

A lo que intervino uno de los palanqueros:

-Y no se equivoca usted, patrón. Ése es el hombre.

-¿Y ese Brujeador, qué especie de persona es? -volvió a interrogar Luzardo.

-Piense usted lo peor que pueda pensar de un prójimo y agréguele todavía una miajita más, sin miedo de que se le pase la mano - respondió el bonguero-. Uno que no es de por estos lados. Un guate, como les decimos por aquí. Según cuentan, era un salteador de la montaña de San Camilo y de allá bajó hace algunos años, descolgándose de hato en hato, por todo el cajón del Arauca, hasta venir a parar en lo de doña Bárbara, donde ahora trabaja. Porque, como dice el dicho: Dios los cría y el diablo los junta. Lo mientan asina como se lo he mentado por su ocupación, que es brujear caballos, como también aseguran que y que sabe las oraciones que no mancan para sacarles el gusano a las bestias y a las reses. Pero para mí que sus verdaderas ocupaciones son otras. Esas que usted mentó en denante. Que, por cierto, por poco no me hace usted trambucar el bongo. Con decirle que es el espaldero preferido de doña Bárbara...

-Luego no me había equivocado.

-En lo que sí se equivocó fue en haberle brindado puesto en el bongo a ese individuo. Y permítame un consejo, porque usted es joven y forastero por aquí, según parece: no acepte nunca compañero de viaje a quien no conozca como a sus manos. Y ya que me he tomado la licencia de darle uno, voy a darle otro también, porque me ha caído en gracia. Tenga mucho cuidado con doña Bárbara. Usté va para Altamira, que es como decir los corredores de ella. Ahora sí puedo decirle que la conozco. Ésa es una mujer que ha fu?staneado a muchos hombres, y al que no trambuca con sus carantoñas lo compone con un bebedizo o se lo amarra a las pretinas y hace con él lo que se le antoje, porque también es faculta en brujerías. Y si es con el enemigo, no se le agua el ojo para mandar quitarse de por delante a quien se le atraviese y para eso tiene a El Brujeador. Usted mismo lo ha dicho. Yo no sé qué viene buscando usted por estos lados; pero no está de más que le repita: váyase con tiento. Esa mujer tiene su cementerio.

Santos Luzardo se quedó pensativo, y el patrón, temeroso de haber dicho más de lo que se le preguntaba, concluyó, tranquilizador:

-Pero como le digo esto, también le digo lo otro: eso es lo que cuenta la gente, pero no hay que fiarse mucho porque el llanero es mentiroso de nación, aunque me esté mal el decirlo, y hasta cuando cuenta algo que es verdad lo exagera tanto que es como si juera mentira. Además, por lo de la hora presente no hay que preocuparse: aquí habemos cuatro hombres y un rifle y el Viejito viene con nosotros.

Mientras ellos hablaban así, en la playa, El Brujeador, oculto tras un mogote, se enteraba de la conversación, a tiempo que comía con la lentitud peculiar de sus movimientos, de la ración que llevaba en el porsiacaso.

Entretanto, los palanqueros habían extendido bajo el palodeagua la manta de Luzardo y colocado sobre ella el maletín donde éste llevaba sus provisiones de boca.

Luego sacaron del bongo las suyas. El patrón se les reunió y, mientras hacían el frugal almuerzo a la sombra de un paraguatán, fue refiriéndole a Santos anécdotas de su vida por los ríos y caños de la llanura.

Al fin, vencido por el bochorno de la hora, guardó silencio, y durante largo rato sólo se escuchó el leve chasquido de las ondas del río contra el bongo. Extenuados por el cansancio, los palanqueros se tumbaron boca arriba en la tierra y pronto comenzaron a roncar. Luzardo se reclinó contra el tronco del palodeagua. Sin pensamientos, abrumado por la salvaje soledad que lo rodeaba, se abandonó al sopor de la siesta. Cuando despertó, le dijo el patrón vigilante:

-Su buen sueñito echó usted.

En efecto, ya empezaba a declinar la tarde y sobre el Arauca corría un soplo de brisa fresca. Centenares de puntos negros erizaban la ancha superficie: trompas de babas y caimanes que respiraban a flor de agua, inmóviles, adormitados a la tibia caricia de las turbias ondas. Luego comenzó a asomar en el centro del río la cresta de un caimán enorme. Se aboyó por completo, abrió lentamente los párpados escamosos.

Santos Luzardo empuñó el rifle y se puso de pie, dispuesto a reparar el yerro de su puntería, momentos antes, pero el patrón intervino:

-No lo tire.

-¿Por qué, patrón?

-Porque... Porque otro de ellos nos lo puede cobrar, si usted acierta a pegarle, o él mismo si lo pela. Ése es el tuerto del Bramador, al cual no le entran balas.

Y como Luzardo insistiese, repitió:

-No lo tire, joven, hágame caso a mí.

Al hablar así, sus miradas se habían dirigido, con un rápido movimiento de advertencia hacia algo que debía de estar detrás del palodeagua. Santos volvió la cabeza y descubrió a El Brujeador, reclinado al tronco del árbol y aparentemente dormido.

Dejó el rifle en el sitio de donde lo había tomado, rodeó el palodeagua y, deteniéndose ante el hombre, lo interpeló sin hacer caso de su ficción de sueño:

-¿Conque es usted amigo de ponerse a escuchar lo que puedan hablar los demás?

El Brujeador abrió los ojos, lentamente, tal como lo hiciera el caimán y respondió con una tranquilidad absoluta:

-Amigo de pensar mis cosas callado es lo que soy.

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    Posted November 26, 2011

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  • Anonymous

    Posted August 25, 2013

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