El amor hace: Descubre una vida secretamente increíble en un mundo ordinario

El amor hace: Descubre una vida secretamente increíble en un mundo ordinario

by Bob Goff
     
 

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El amor hace comparte historias impactantes combinadas con verdades reveladoras y habilita a todo el que ansía un mundo mejor y fe abundante.Lo que necesitas no es otro mensaje cristiano o un libro de autoayuda.See more details below

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El amor hace comparte historias impactantes combinadas con verdades reveladoras y habilita a todo el que ansía un mundo mejor y fe abundante.Lo que necesitas no es otro mensaje cristiano o un libro de autoayuda.

Product Details

ISBN-13:
9781602558328
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
12/04/2012
Edition description:
Translatio
Pages:
240
Product dimensions:
5.30(w) x 8.30(h) x 0.30(d)

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EL AMOR HACE

DESCUBRE UNA VIDA SECRETAMENTE INCREÍBLE EN UN MUNDO ORDINARIO
By BOB GOFF

Grupo Nelson

Copyright © 2012 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-832-8


Chapter One

ESTOY CONTIGO

Solía querer arreglar a las personas, pero ahora solo quiero estar con ellas.

Cuando asistía a la escuela secundaria conocí a un tipo llamado Randy. Y Randy tenía tres cosas que yo no tenía: una motocicleta de marca Triumph, barba y una novia. Sencillamente no era justo. Yo quería las tres cosas y en orden ascendente. Me puse a investigar y descubrí que Randy ni siquiera era estudiante en mi escuela; solo se la pasaba por allí. Ya había escuchado sobre tipos como él; imaginé que debía guardar distancia, y así lo hice. Más tarde supe que Randy era cristiano y que trabajaba con un equipo llamado Young Life. Yo no sabía mucho de todo aquello, pero sirvió para entender el tema de la barba y justificaba que frecuentara los alrededores de la escuela, al menos, eso creo. Randy no me ofreció jamás darme una vuelta en su motocicleta, pero intentó implicarme en debates sobre Jesús. Lo mantuve a raya, aunque eso no pareció enfriar su interés en saber quién era yo y en qué pasaba el tiempo. Imaginé que quizás no conociera a nadie de su edad, así que a la larga, nos hicimos amigos.

Yo no era un buen estudiante y averigüé que podía tomar un examen que equivalía al diploma de la escuela secundaria. Sin embargo, no conseguí averiguar cómo inscribirme al mismo, algo que, pensándolo mejor, fue una buena señal de que debía quedarme en la escuela. Mi plan era mudarme a Yosemite y pasarme los días escalando los enormes acantilados de granito. Con un metro noventa y dos de estatura y unos cien kilos de peso, realmente no tenía la constitución de un escalador. Me pregunto qué me hizo pensar que en mí había un alpinista. Cuando estás en la secundaria no reflexionas demasiado en lo que no puedes hacer. Para la mayoría de las personas, esto algo que se aprende más tarde; y para unos pocos, es algo que se desaprende durante el resto de la vida.

Al empezar mi tercer año decidí que había llegado el momento de dejar la escuela secundaria y mudarme a Yosemite. Tenía un chaleco de plumas, dos bandanas rojas, un par de botas de alpinismo, setenta y cinco dólares y un Volkswagen. ¿Qué otra cosa necesitaba? Encontraría trabajo en el valle y pasaría mi tiempo libre en las montañas. Por cortesía, más que por otra cosa, pasé por casa de Randy a primera hora, un domingo por la mañana, para despedirme de él y hacerle saber que me iba. Llamé a la puerta y, tras un par de largos minutos, abrió. Estaba atontado y despeinado ... era evidente que le había despertado.

Le puse al corriente de lo que iba a hacer. Randy se quedó pacientemente parado en la puerta, haciendo un gran esfuerzo por evitar cualquier expresión de sorpresa.

—¿Te marchas pronto? —me preguntó cuando terminé de hablar.

—Sí, en realidad ahora mismo —respondí poniéndome muy derecho e hinchando el pecho para demostrar que hablaba en serio—. Mira, Randy, es hora de que salga de aquí. Solo he venido a darte las gracias por pasar tiempo conmigo y ser un buen amigo.

Randy mantuvo su rostro serio y preocupado, pero no pronunció ni una palabra.

—Oye —añadí—, ¿podrías despedirme también de tu novia, ya sabes, la próxima vez que la veas?

Y otra vez, Randy no dijo nada. Tenía ese tipo de mirada extraña y lejana, como si viera a través de mí. Bruscamente, volvió a nuestra conversación.

—Eh Bob, ¿podrías esperar aquí un segundo mientras verifico algo?

—Sin problema, Randy —contesté. Lo que me sobraba ahora era tiempo, ¿por qué me iba a importar?

Randy desapareció por unos minutos en el interior de la casa, mientras yo me quedé allí parado en su porche con las manos en los bolsillos. Cuando regresó a la puerta, llevaba una desarrapada mochila colgando del hombro con una correa deshilachada y un saco de dormir debajo del otro brazo. Fue concreto y directo. Todo lo que dijo fue esto: «Bob, estoy contigo».

Algo en sus palabras resonó dentro de mí. No me echó un sermón sobre cómo lo estaba tirando todo por la borda y desperdiciando oportunidades por abandonar la escuela secundaria. No me recriminó por ser un necio ni me advirtió que mi idea se quedaría sin gasolina antes de llegar a la pista de despegue. Tampoco se burló diciéndome que, con toda seguridad, me vendría abajo aunque lograra despegar brevemente. Estaba decidido, claro y no tenía ninguna agenda. Estaba conmigo.

A pesar de su amable gesto, me resultaba bastante extraño pensar que quisiera acompañarme.

—Hmm, claro ... bueno ... eso creo —le respondí con poco entusiasmo—. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

—Seguro, Bob, ¡me apunto! Si no te importa, ¿qué te parece si me doy un paseo contigo?

Randy estaba allí plantado, con la mirada decidida.

—A ver si lo entiendo. Tú quieres viajar conmigo hasta Yosemite ... ¿es así, no?

—Sí, correcto. Ya encontraré el camino de regreso una vez lleguemos y te instales.

No sé a ciencia cierta por qué acepté la generosa autoinvitación de Randy. Creo que fue porque me pilló totalmente por sorpresa. Nadie había expresado jamás tanto interés por mí hasta ese momento.

—S-seguro ... —balbuceé torpemente mientras ambos seguíamos allí parados, en su porche—. Eehh ... entonces creo que deberíamos ir moviéndonos.

Sin más, Randy cerró la puerta de su casita y nos dirigimos juntos a mi Volkswagen. Se dejó caer en el asiento del pasajero y echó sus cosas sobre las mías en el asiento trasero.

Llegamos a Yosemite antes del anochecer, y, por primera vez, me di cuenta que no teníamos donde pasar la noche. Disponíamos de un par de sacos de dormir, no teníamos tienda de campaña, y solo un poco de dinero, de modo que nos colamos por la parte trasera de una carpa levantada en uno de esos sitios para acampar de los que se paga por día de uso. Nos fuimos hacia el fondo, por si teníamos escapar de algún respetable inquilino que apareciera durante la noche. Afortunadamente, nadie vino y, a la mañana siguiente, nos despertamos en una fría pero gloriosa mañana en el valle de Yosemite. Hacia el norte se alzaba El Capitán, una formación rocosa vertical de unos novecientos metros de altura, como un inmenso soldado de granito. El Half Dome dominaba el paisaje hacia el este. Estos eran mis compañeros; aquella era mi catedral. Me encontraba en el salón, tan ancho como el valle, de mi nueva casa. Ahora tenía que conseguir un empleo y asentarme. Rodé sobre mí mismo en mi saco de dormir, pensando en lo bueno que era tener a Randy conmigo. Me sentía un poco nervioso, pero también entusiasmado por mi libertad recién hallada. Ahora era un hombre. Palpé mi barbilla en busca de algún asomo de pelo de barba. Todavía nada, pero aun así me afeité por si acaso.

Randy y yo nos sacudimos de la rigidez que provoca el dormir en una tienda de campaña, y nos dirigimos a la cafetería de la empresa Camp Curry. Pensé que podría conseguir un trabajo lanzando panqueques al aire por las mañanas, y así me quedaría el resto del día para escalar. Rellené la solicitud de trabajo delante del administrador, se la entregué, y me la devolvió sacudiendo la cabeza negativamente, muy serio. Ni siquiera fingió que pudiera interesarle, pero en el fondo me sentí agradecido de que, al menos, me siguiera la corriente y me permitiera presentar mi solicitud.

No importaba. Sin desánimo, me dirigí a una de las tiendas de artículos de alpinismo que tenía un escaparate hacia el valle. Les dije que haría todo lo que necesitaran. Estaba seguro de que podía compensar mi falta de experiencia con mi falta de madurez o mi inteligencia en bruto. Me contestaron que no tenían ningún trabajo para mí y que era muy difícil, casi imposible, conseguir empleos en el valle. Desalentado, salí de la tienda y miré a Randy que estaba reclinado sobre el Volkswagen. En lugar de animar mi desaliento o recriminarme con un «te lo dije», alimentó mi alma con palabras de verdad y perspectiva.

«Bob, puedes seguir adelante con esto, si es lo que quieres. Tienes lo que se necesita para lograrlo. Esos tipos no saben lo que se pierden. Intentémoslo en otro sitios».

Y, a continuación, tal como me había dicho el día antes en su porche, reiteró su declaración: «De cualquier manera, Bob, estoy contigo». Sus palabras me proporcionaron un tremendo consuelo.

Me ofrecí para trabajar en todos los negocios del valle, y en cada ocasión me rechazaron. Sencillamente, no había empleos disponibles ni esperanza de que surgiera alguno a corto plazo.

El sol había caído y se hundía entre las colinas; se acercaba la noche. Era una de esas puestas que despliegan todo un espectro de colores vibrantes y que le habría conferido un aspecto exageradamente ambicioso al lienzo de un pintor. Pero seguía animado: aquel ocaso era real, me encontraba en Yosemite, mi amigo estaba conmigo y mi sueño aún era posible.

Randi y yo regresamos al camping y nos volvimos a deslizar en la misma tienda de campaña que habíamos requisado la noche anterior. No dormí bien, ni mucho, porque me dediqué a revisar mi brevísima lista de opciones. No había trabajo, no tenía dinero, había abandonado la escuela secundaria, Randy roncaba, y yo necesitaba ir al baño. Esto casi cubría mi lista de problemas de menor a mayor.

La mañana siguiente llegó con un frío vivificante que no hizo más que alimentar mi ansiedad. Randy se movió cerca de mí, en su saco de dormir, tosió un par de veces y su tos sonó como si estuviera llena de flema; con demasiada alegría en la voz exclamó: «¡Vayamos a escalar algunas rocas!». Nos dirigimos al pie de uno de los acantilados monolíticos y, durante un par de horas, estuvimos trepando y fanfarroneando sobre cuál de los dos era mejor escalador. Hacia el mediodía, regresamos al valle para ver si algún negocio había decidido milagrosamente, durante la noche, expandir sus actividades. Sentía como si los propietarios de las tiendas se hubieran reunido silenciosamente en algún lugar al enterarse de mi llegada al valle y estuvieran conspirando contra mí para hacer trizas mis sueños. Las mismas rocas que habíamos venido a escalar empezaban a parecerme barricadas. Presenté mi solicitud en la única pequeña tienda que me quedaba por probar, y donde no lo había intentado el día antes. ¿Es necesario que gaste mi aliento para contarles lo que ocurrió?

Randy y yo nos sentamos en el parachoques delantero de mi Volkswagen y nos recostamos hacia atrás, contra el delgado capó ligeramente oxidado que se hundió un poco bajo nuestro peso. El sol bajaba de nuevo en el valle y los acantilados de granito que yo había esperado contar entre mis vecinos formaban largas y oscuras sombras sobre el suelo; se iban haciendo cada vez más profundas y señalaban a la única carretera que existía en el valle.

Después de echarle gasolina al coche, solo me quedaban unos cuantos pesos en el bolsillo, así que Randy se ofreció a pagar por la cena. Cuando volvíamos al auto después de haber comido, me volví hacia Randy y le dije: «Sabes, Randy, ha sido fantástico que vinieras conmigo y todo eso, pero siento que me estoy quedando sin opciones. Creo que voy a regresar y acabar la escuela secundaria». Tras una breve pausa, Randy volvió a repetir lo que se había convertido en un gran consuelo para mí durante todo el viaje: «Oye, decidas lo que decidas, sabes que de cualquier manera, estoy contigo, Bob».

Randy había estado conmigo y podía afirmar que «estaba conmigo» tanto en espíritu como con su presencia. Estaba comprometido conmigo y creía en mí. Yo no era un proyecto, era su amigo. Me preguntaba si tal vez todos los cristianos actuaban de ese modo. No lo creía, porque la mayoría de los que había conocido hasta el momento eran un tanto faltos de personalidad y parecían tener más opiniones sobre a qué o a quién se oponían, que sobre aquello o a quien apoyaban. Sin hablar mucho más, Randy y yo intercambiamos una mirada silenciosa y asentimos con la cabeza: esto indicaba que habíamos acabado. Sin pronunciar palabra, salté al asiento del conductor, Randy hizo lo mismo con el asiento del pasajero y seguimos la senda proyectada por las largas sombras el día anterior. Estaba regresando.

No hablamos demasiado al abandonar el valle de Yosemite; de hecho, tampoco conversamos durante un largo trecho del camino a casa. Uno de mis sueños acababa de internarse en un hospicio, y Randy era lo bastante sensible para saber que yo necesitaba espacio para pensar. Viajamos durante cinco o seis horas en silencio. De vez en cuando, Randy chequeaba cómo me iba, en su confiada y alentadora voz: «Eh Bob, ¿qué tal estás?».

Bajamos por algunas calles familiares y llegamos a casa de Randy. Había otro coche estacionado junto al suyo; parecía el de su novia. Solía visitarle con frecuencia. Caminamos hacia la puerta delantera, y él la abrió. Entré detrás de él sin que me invitara a hacerlo, pero de alguna manera me sentí bienvenido. En el suelo observé una pila de platos y papel de regalo, una cafetera, algunos vasos. Sobre el sofá había un microondas a medio meter en una caja. Al principio no lo entendí. ¿Acababa Randy de celebrar un cumpleaños? ¿El de su novia, quizás? Un microondas parece una forma extraña de celebrar la llegada de alguien al mundo. Yo sabía que no se estaba mudando, porque no habría papel de regalo. Entonces, desde la vuelta de la esquina, la otra mitad de la pareja salió y lanzó sus brazos alrededor de Randy. «Bienvenido a casa, cariño». En ese momento lo entendí todo.

Sentí nauseas y me emocioné. Comprendí que lo que había en el suelo eran regalos de boda. Randy y su novia acababan de casarse. Cuando yo había llamado a su puerta aquel domingo por la mañana, Randy no solo vio a un alumno de escuela secundaria que había interrumpido el principio de su matrimonio, sino a un chico que estaba a punto de saltar a la vía del tren. En lugar de pasar los primeros días de casado con su esposa, me los dedicó a mí, colándose con sigilo en la parte trasera de una caseta de campaña.

¿Por qué? Porque Randy me amaba. Vio la necesidad y actuó. No se limitó a decir que me apoyaba o que estaba conmigo. Estuvo presente, conmigo, de verdad.

Lo que aprendí de él cambió para siempre mi opinión de lo que significaba tener una amistad con Jesús. Entendí que la fe no significa saber todas las cosas correctas ni obedecer toda una lista de normas. Es mucho más, algo más costoso, porque implica estar presente y hacer un sacrificio. Quizás sea esta la razón por la que, a veces, a Jesús se le llame Emanuel, «Dios con nosotros». Creo que esto es lo que Dios tenía en mente: que Jesús estuviese presente, que solo estuviese con nosotros. Y también es lo que tiene en mente para nosotros cuando de otras personas se trata.

El mundo te puede hacer pensar que el amor se puede encontrar en una venta de garaje o se puede envolver en una tarjeta de Hallmark. Sin embargo, el tipo de amor que Dios creó y demostró es uno muy costoso, porque implica sacrificio y presencia. Funciona mejor como un lenguaje por señas que expresado directamente con palabras. Lo que aprendí de Randy sobre la clase de amor que Jesús ofrece es que tiene más que ver con presencia que con emprender un proyecto. Es un tipo de amor que no solo piensa en las cosas buenas, está de acuerdo con ellas o habla de ellas. Lo que aprendí de Randy reforzó la sencilla verdad que sigue tejiéndose en el tapiz de toda historia extraordinaria:

El amor hace.

Chapter Two

EL FRANCOT IRADOR

Solía pensar que tenía que actuar de un cierto modo para seguir a Dios, pero ahora sé que Dios no quiere que seamos típicos.

La primera vez que oí hablar de Jesús fue cuando estaba en la escuela secundaria, y fue de boca de un tipo llamado Doug, con quien solía disparar escopetas de aire comprimido. Nos íbamos al bosque, cerca de un depósito, y disparábamos a latas y parachoques de autos viejos. Ninguno tenía pinta de buen tirador y rara vez alcanzábamos a darle a lo que apuntábamos, de modo que denominábamos blanco a cualquier cosa a la que le atinábamos. Hay mucha gente que sigue haciendo esto. Estar en el bosque e ir armado hace que un chico de quince años se sienta como un hombre que tiene pelos en el pecho. La posibilidad de perder un ojo también hacía que volviéramos una y otra vez. No es algo exclusivamente masculino... bueno, en realidad, sí lo es. Es cosa de chicos.

Un día, la escopeta de Doug se rompió y consiguió una escopeta de perdigones. Yo también quería una, pero no pude encontrar a nadie que me la regalara, de modo que seguí utilizando la vieja escopeta que tenía desde los ocho años. Había una gran diferencia entre la escopeta legal de perdigones de Doug y mi escopeta de mala calidad que no disparaba ni muy lejos, ni muy bien. Una vez amartillada, el disparo casi atravesaba una habitación. Es decir, siempre que no hubiese un ventilador encendido, porque en ese caso hablaríamos de la mitad de distancia. Tenía una rendija en la que se podía echar un par de gotas de aceite que se convertía en una pequeña bocanada de humo azul al apretar el gatillo. A pesar de esa pequeña característica divertida, no se podía comparar en nada a la de Doug y ambos lo sabíamos. Su escopeta de perdigones también disparaba como una de verdad. Podía recargarla lo que a mí me parecía una cantidad ilimitada de veces, e imaginábamos que podía perforar el acero. Él le puso una enorme mira telescópica y le añadió camuflaje, básicamente hecho de viejos calcetines pintados de verde y algunos hierbajos. Era una fabulosa pieza con gran capacidad de disparo en comparación con mi escopeta llamada Daisy, aunque la mía tuviera humo azul y la suya no. Pensé que debería ahorrar para comprarme una escopeta de perdigones como la de Doug y, además, quizás, un estante para rifles. Sí, decididamente, un estante para rifles también.

(Continues...)



Excerpted from EL AMOR HACE by BOB GOFF Copyright © 2012 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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