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El angel perdido: Una novela
     

El angel perdido: Una novela

3.6 15
by Javier Sierra
 

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Mientras trabaja en la restauración del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, Julia Álvarez recibe
una noticia devastadora: su marido ha sido secuestrado en una región montañosa del noreste de Turquía. Sin
quererlo, Julia se verá envuelta en una ambiciosa carrera por controlar dos antiguas piedras que, al

Overview

Mientras trabaja en la restauración del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, Julia Álvarez recibe
una noticia devastadora: su marido ha sido secuestrado en una región montañosa del noreste de Turquía. Sin
quererlo, Julia se verá envuelta en una ambiciosa carrera por controlar dos antiguas piedras que, al parecer,
permiten el contacto con entidades sobrenaturales y por las que están interesados desde una misteriosa secta
oriental hasta el presidente de los Estados Unidos. Javier Sierra, autor bestseller del New York Times, nos sumerge en un mundo en el que historia, magia, tecnologías ancestrales y ciencia de vanguardia se aúnan en un thriller tan evocador y documentado como original. Una obra que deja atrás todos los convencionalismos del género, reinventándolo y empujando al lector a una aventura que no olvidará.

Product Details

ISBN-13:
9781451641387
Publisher:
Atria Books
Publication date:
10/04/2011
Series:
Atria Espanol Series
Pages:
576
Sales rank:
706,620
Product dimensions:
5.30(w) x 8.20(h) x 1.60(d)

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1

Por alguna extraña razón me había hecho a la idea de que el día que muriese mi alma se despegaría del cuerpo e ingrávida ascendería hacia las alturas. Estaba convencida de que una vez allí, guiada por su irresistible fuerza de atracción, sería arrastrada hasta el rostro de Dios y podría mirarlo a los ojos. En ese momento lo comprendería todo. Mi lugar en el Universo. Mis orígenes. Mi destino. Y hasta por qué mi percepción de las cosas era tan... singular. Así me lo había explicado mi madre cuando le preguntaba por la muerte. E incluso el cura de mi parroquia. Ambos sabían cómo tranquilizar mi alma católica. La determinación con la que defendían todo lo que tuviera que ver con el más allá, la vida ultraterrena o las almas en pena era envidiable. Y ahora empezaba a saber por qué.

Aquella primera noche de noviembre yo, por supuesto, todavía no estaba muerta. En cambio, ésa era justo la visión que tenía frente a mí: un semblante gigantesco, sereno, unido a un cuerpo sedente de casi cinco metros de envergadura, había clavado sus ojos en los míos mientras revoloteaba a escasos palmos de sus mejillas.

—No se quede hasta muy tarde, rapaza.

Manuel Mira, responsable de la seguridad de la catedral de Santiago de Compostela, me sacó del aturdimiento gritándome desde el piso inferior. Se había pasado la tarde husmeando cómo instalaba el equipo de escalada frente al severísimo Cristo en Majestad del pórtico de la Gloria, en la fachada más occidental del templo, y ahora que su turno terminaba, debía de sentir remordimientos por dejarme allí sola, a merced de cuerdas y ganchos que él no entendía.

En realidad no tenía de qué preocuparse. Yo estaba en excelente forma física, contaba con experiencia sobrada en técnicas de montañismo y la alarma que monitorizaba esa parte de la catedral llevaba días chivándole que siempre dejaba mi andamio antes de la medianoche.

—No es bueno que trabaje en un lugar tan solitario.

El vigilante se lamentó en voz alta para que pudiera escucharle.

—Ande, Manuel. No pienso dejarme la piel aquí —repliqué con una sonrisa, sin perder de vista lo que estaba a punto de hacer.

—Usted verá, Julia. Si se cae o su arnés cede, nadie lo sabrá hasta mañana a las siete. Piénselo.

—Me arriesgaré. Esto no es el Everest. Ya lo sabe. ¡Y siempre llevo encima mi teléfono móvil!

—Lo sé, lo sé, claro que lo sé —rezongó—. Aun así, sea prudente. Buenas noches.

Manuel, que tendría veinticinco o treinta años más que yo y era padre de una muchacha de mi edad, se atusó la gorra dándome por imposible. Sabía que, mientras estuviese suspendida a la altura de un segundo piso, enfundada en mi mono de trabajo blanco, con el casco serigrafiado con el logotipo de la Fundación Barrié de la Maza, gafas de plástico, una diadema de leds alrededor del cráneo y un tubo de nylon conectado por un extremo a una PDA y por otro a una aguja de aleación clavada bajo el costado derecho del Cristo, era mejor no llevarme la contraria. El mío era un trabajo que requería pulso de cirujano y una concentración absoluta.

—Buenas noches —acepté, agradeciéndole su prudencia.

—Y tenga cuidado con las ánimas —añadió sin pizca de humor—. Hoy es noche de difuntos y siempre merodean por aquí. Les gusta este sitio.

Ni siquiera sonreí. Tenía en las manos un endoscopio de treinta mil euros diseñado en Suiza sólo para aquel trabajo. Los muertos, pese al recuerdo que acababa de tener, me quedaban algo lejos.

O quizá no.

Tras meses redactando informes sobre cómo conservar la obra maestra del románico, sabía que me encontraba a un paso de poder explicar el deterioro de uno de los conjuntos escultóricos más importantes del mundo. Un monumento que había conmovido a generaciones enteras, recordándoles que después de esta vida nos aguarda otra mejor. Qué importaba que fuera noche de difuntos. En el fondo era una coincidencia de lo más oportuna. Las imágenes que iba a analizar llevaban siglos recibiendo a los peregrinos del Camino de Santiago, la ruta religiosa más antigua y transitada de Europa, reavivando su fe y recordándoles que traspasar aquel umbral simbolizaba el final de su vida pecadora y el inicio de otra, más sublime. De ahí su nombre. Pórtico de la Gloria. Sus más de doscientas figuras eran, pues, auténticos inmortales. Un ejército ajeno al tiempo y a los miedos de los humanos. Y, sin embargo, desde el año 2000, una extraña enfermedad los estaba desvitalizando. Isaías y Daniel, por ejemplo, se exfoliaban, a la vez que algunos de los músicos que tañían sus instrumentos poco más arriba amenazaban con desplomarse si no se lo impedíamos. Ángeles trompetistas, personajes del Génesis, pecadores y ajusticiados mostraban también signos preocupantes de ennegrecimiento. Por no hablar de la imparable decoloración de todo el conjunto.

Desde la época de las cruzadas ningún ser humano había examinado aquellas figuras tan de cerca ni tan a fondo como yo. La Fundación Barrié creía que estaban siendo atacadas por la humedad o por bacterias, pero yo no estaba tan segura. Por eso hacía horas extras cuando no había turistas mirándome ni peregrinos cuestionando que hubiéramos ocultado la obra maestra del Camino tras unos andamios casi opacos. Ni, claro, otros técnicos que pudieran cuestionar mis ideas.

Aunque yo tenía una razón más.

Una, a mi juicio, tan poderosa que no me había granjeado más que problemas.

Yo era la única del equipo que había crecido cerca de allí, en un pueblo de la costa da Morte, y sabía —o para ser más precisa, intuía— que existían motivos menos mundanos que líquenes o ácidos para que la piedra se estuviese echando a perder. A diferencia de mis colegas, no dejaba que mi formación científica me impidiera considerar alternativas menos convencionales. Cada vez que me ponía seria con ellos y recurría a conceptos como telurismo, fuerzas de la tierra o radiaciones, se me echaban encima y se reían de mí. «No hay estudios críticos sobre eso», rezongaban. Por suerte, no estaba sola en mi empeño. El deán de la catedral me apoyaba. Era un anciano cascarrabias al que, a diferencia de los demás, yo adoraba. Todos lo llamaban padre Fornés. Yo prefería quedarme con su nombre de pila, Benigno. Supongo que me divertía lo mucho que contrastaba aquel nombre con su carácter. Fue él, de hecho, quien siempre me defendió ante la Fundación y quien me animó a seguir.

«Tarde o temprano —decía—, los sacarás de su error.»

«Algún día», pensaba yo.

A eso de la una menos veinte, cuando llevaba ya un buen rato introduciendo el endoscopio en cada una de las nueve grietas cartografiadas por nuestro equipo, la PDA emitió tres pitidos agudos anunciando que ya estaba transmitiendo los primeros datos al ordenador que había instalado frente al pórtico. Suspiré aliviada. Si todo se desarrollaba como estaba previsto, al día siguiente la Universidad de Santiago procesaría mis datos en el Departamento de Mineralogía de la Facultad de Ciencias Geológicas y en cuestión de treinta y seis horas podríamos discutir los primeros resultados.

Cansada pero expectante, me descolgué de mis correas para cerciorarme de que el envío de las lecturas del endoscopio se había realizado según lo previsto. No podía permitirme ningún error. El disco duro de cinco terabytes ronroneaba como un gato satisfecho llenando el recinto de un soniquete que me puso de buen humor. En su interior, en efecto, estaban terminando de acomodarse los perfiles microtopográficos de cada grieta, los análisis del espectrógrafo y hasta el archivo de vídeo que documentaba cada una de mis incursiones en la piedra. A simple vista todo parecía correcto, así que, con calma, y con la satisfacción del trabajo bien hecho, comencé a quitarme el equipo de protección y a recogerlo todo. Necesitaba darme una buena ducha, cenar algo caliente, hidratarme la piel y leer algo que me distrajera.

Lo merecía.

Pero el Destino juega siempre con ventaja, y justo esa noche me había preparado algo que no esperaba. Algo... tremendo.

Fue al desconectar las potentes luces de mi corona y quitarme el casco cuando un movimiento inusual al fondo del templo me sobresaltó. Tuve la impresión de que, de repente, la atmósfera se había cargado de electricidad estática. La nave entera —con sus noventa y seis metros de largo y sus ciento dieciocho balcones ajimezados— pareció conmoverse por una «presencia». Mi cerebro trató de racionalizar aquello. En el fondo, sólo había creído ver un destello rápido. Una chispa fugaz. Silenciosa. Un brillo que emergió casi a ras del suelo, de apariencia inofensiva, y que pareció enfilar hacia el crucero, a unos diez o doce metros de donde me encontraba.

«No estoy sola» fue mi primer pensamiento. Noté cómo el pulso se me aceleró.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

Sólo el eco recogió mis palabras.

—¿Me oyen? ¿Hay alguien? ¡Hola...! ¡Hola!

Silencio.

Traté de conservar la calma. Conocía aquel lugar como la palma de la mano. Sabía hacia dónde correr en caso de necesidad. Además, disponía de un teléfono móvil y de las llaves de una de las puertas que daban a la plaza del Obradoiro. Era imposible que me pasara nada. Me dije entonces que quizá había sido víctima del contraste entre la zona iluminada del laboratorio, en el lado oeste, y la penumbra que envolvía el resto de la catedral. A veces los cambios de luz provocaban esa clase de malentendidos. Pero tampoco terminaba de convencerme. Aquello no había sido un reflejo en el sentido estricto del término. Ni un insecto. Ni tampoco el ascua de un cirio estrellándose contra la piedra.

—¡Hola...! ¡Hola...!

El silencio siguió siendo mi única respuesta.

Al escrutar la nave me sentí como si estuviera asomándome a las fauces de una ballena colosal. Las luces de emergencia apenas servían para marcar los accesos a algunas capillas y no daban una idea de las dimensiones del monstruo. Sin iluminación eléctrica era difícil intuir dónde estaba el retablo central. Incluso el acceso a la cripta. Y los dorados del altar mayor o el rico busto de madera polícroma del apóstol Santiago parecían haberse esfumado en la oscuridad.

«¿Llamo al 112? —pensé mientras mi mano temblaba buscando el móvil en mi bolso—. ¿Y si es una estupidez?»

«¿Y si es un alma en pena?»

Deseché aquella última idea por absurda. Mi mente luchaba por no conceder al miedo ni un milímetro de ventaja. Y, sin embargo, mi corazón latía ya acelerado.

Queriendo conjurar aquel cosquilleo, tomé mi anorak, el bolso y la corona de leds y me interné hacia donde había creído ver la luz. «Los fantasmas desaparecen en cuanto te enfrentas a ellos», me recordé. Y, temblando de miedo, enfilé la nave lateral derecha del templo en dirección al transepto, rezando para que allí no hubiera nadie. Para cuando lo alcancé, Dios te salve, María, giré con determinación hacia la puerta de Platerías, que a esa hora, claro, estaba ya cerrada.

Entonces lo vi.

De hecho, casi me di de bruces con él.

Y, aun teniéndolo tan cerca, dudé.

«¡Dios mío!»

Era un tipo sin rostro, oculto tras una túnica negra, como de monje, que parecía hurgar en algo que acababa de depositar bajo el único monumento moderno de toda la catedral: una escultura de Jesús León Vázquez que representaba el campus stellae o camino de las estrellas. Gracias a Dios, su actitud era huraña, no agresiva, como si acabara de caerse dentro del templo y todavía no supiera muy bien dónde estaba.

Sé que debí salir corriendo de allí y avisar a la policía, pero el instinto, o quizá que nuestras miradas se cruzaron en el último segundo, me empujó a hablarle.

—¿Qué hace usted aquí?

La pregunta me salió del alma.

—¿No me ha oído? ¿Quién le ha dado permiso para estar en la catedral?

El ladrón —pues, en definitiva, eso era lo que parecía— dejó lo que estaba haciendo sin alterarse por mi apremio. Oí cómo cerraba la cremallera de una bolsa de nylon al tiempo que se giraba hacia mí como si no le preocupara en absoluto que alguien lo hubiera descubierto. Es más: viéndolo ahora, casi estaba tentada de creer que se había agazapado allí para esperarme. Por desgracia, la escasa luz no me ayudó a identificarlo. Intuí que vestía unas mallas oscuras debajo del hábito y que era un tipo fuerte. Entonces dijo algo en un idioma que no reconocí y, a continuación, dio un paso al frente murmurando una pregunta que me desconcertó:

—¿Ul-á Librez?

—¿Cómo?

El «monje» titubeó, tal vez meditando cómo precisar su pregunta.

—¿Ul-ia Alibrez?

Ante mi cara de perplejidad, reformuló una vez más sus palabras, haciéndolas tan comprensibles como desconcertantes.

—¿Jul-ia Álvarez? ¿Es... us-ted?

© 2011 por Picatrix S.L.

Meet the Author

Javier Sierra, whose works have been translated into forty languages, is the author of The Lost Angel, The Lady in Blue, and the New York Times bestselling novel The Secret Supper. One of the most accomplished authors on the Spanish literary scene, Sierra studied journalism at the Complutense University of Madrid. El Maestro del Prado spent a year on the bestseller list in Spain, gaining the admiration of art experts, aficionados, and critics. A native of Teruel, Spain, he currently lives in Madrid with his wife and two children.

Brief Biography

Hometown:
Málaga, Spain
Date of Birth:
August 11, 1971
Place of Birth:
Teruel, Spain
Education:
Journalism studies at the Complutense University, Madrid, 1989-1995
Website:
http//www.javiersierra.com

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;ri
carlosmock More than 1 year ago
El Ángel Perdido (The Lost Angel) by Javier Sierra - Spanish Edition While working in the restoration of Santiago de Compostela's "Glory Portico," Julia Álvarez receives devastating news: her husband, Martin Faber, has been kidnapped in the mountainous north east section of Turkey. Michael Owen, a NSA agent, knowing that she, Julia, is also in danger, gets to Santiago de Compostela with a contingent of NSA agents, to try to save her. As Julia tells the agent all she knows about her husband current research and why he's in Turkey, a helicopter lands carrying the sheik Artemi Ivanovich Dujok, a member of the yesidi faith of Makataiss-the Armenian region where Julia's husband is working. After neutralizing the NSA contingent and killing some local Spanish policemen, the Sheik, with his assistants Waasfi, Janos, and the helicopter pilot, Hali, convince Julia that the Americans are the enemy and only he can get her husband back to her safely. As it turns out, the sheik was at Julia's wedding and he knows Mr. Faber's work, because they have been working on the same subject together. As Julia remembers her wedding night, she also remembers that Martin married her because she had a special psychometric ability-she could touch an object and would be able to manage it's powers and know its history. The sheik takes Julia to Noia, where her husband-who had left a message for her in the captivity tape, had hidden a very powerful rock-a rock so powerful that the NSA, the CIA, and even Ellen Elizabeth Watson, special envoy to the President of the United States, Roger Castle, will do anything to get their hands on it. After the group finds the second stone in Noia, Julia touches it and a very strong electromagnetic field occurs simultaneously both in Noia and where Julia's husband is in Turkey. So now they must go find Martin. Ellen Watson orders the NSA from stopping the helicopter from leaving. She manages to get on board the helicopter by promising the sheik as safe passage out of Spain. Of course, having a direct line to the President of the United states can facilitate things. The NSA and the US government want the stones, but by allowing the chopper to escape, Ms. Watson hopes that the sheik will take them to where the other stone is hidden. Then, and only then, the US will take the sheik and keep the stones for the US. Javier Sierra submerges us in a world in which history, magic, religion, angels, the Bible-and its chapter on the great flood and Noah, Hopi mythology, extraterrestrial technologies, and the latest scientific advances converge in a thriller as wonderful to read as original. This a book that creates a new gender in literature that pusher the reader to an unforgettable adventure.