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"Un fresco impresionante, un tapiz trabado con la precisión de un artesano minucioso y ducho en tramas y urdimbres, y una denuncia amarga sobre el desarraigo de la España rural". ÁNGEL GARCÍA GALIANO, Reseña Es esta novela el relato de un tiempo mítico que reúne en sí el pasado y el presente, marcado por las invasiones y los olvidos, origen y testigo de las vidas de quienes lo poblaron desde su principio. El caldero de oro será el símbolo de las estirpes que vivieron junto al río milenario, leyenda fundacional, símbolo insoslayable de la infancia ...
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El caldero de oro

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"Un fresco impresionante, un tapiz trabado con la precisión de un artesano minucioso y ducho en tramas y urdimbres, y una denuncia amarga sobre el desarraigo de la España rural". ÁNGEL GARCÍA GALIANO, Reseña Es esta novela el relato de un tiempo mítico que reúne en sí el pasado y el presente, marcado por las invasiones y los olvidos, origen y testigo de las vidas de quienes lo poblaron desde su principio. El caldero de oro será el símbolo de las estirpes que vivieron junto al río milenario, leyenda fundacional, símbolo insoslayable de la infancia de un protagonista que, un día, regresará al pueblo de sus antepasados, abandonado y solitario, para encontrase con un destino encerrado en su propia historia. Narrada desde la memoria y la imaginación sustentada en un lenguaje que no olvida nunca su condición reveladora, El caldero de oro es una de las obras que evidencian la renovada vitalidad de la literatura española.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480491601
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 3/25/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 208
  • File size: 954 KB

Meet the Author


José María Merino empezó siendo un niño enamorado de los diccionarios que se encontraban en el bufete de abogados de su padre y ello le condujo a la producción apasionada de poesía y prosa. Aunque su primer libro es un poemario, Sitio de Tarifa (1972), la mayor parte de su obra será en prosa. Su debut narrativo es con Novela de Andrés Choz (1976). El género del cuento es también relevante en la carrera de Merino: Cuentos del Barrio de Refugio, El libro de las horas contadas, Historias del otro lugar, Cuentos del reino secreto, Cuentos de los días raros o El viajero perdido. Entre sus novelas destacan Las crónicas mestizas, Cuatro nocturnos, El caldero de oro o El centro del aire. Reconoce las influencias de Unamuno, Edgar Allan Poe o Calderón—en especial a La vida es sueño. Y es que Merino entiende la lectura “como una aventura interior, un viaje personal secreto.”
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El caldero de oro


By José María Merino, Ignacio Ballesteros

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1982 José María Merino
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9160-1



CHAPTER 1

Yo no sé si vi el caldero de oro alguna vez, si mis ojos recorrieron sus brillos, o si nunca lo vi y es solo el argumento de un relato maravilloso, muchas veces repetido, que ha ido incorporándose tenaz a mi imaginación hasta convencerme de haberlo contemplado realmente, de haber escrutado de verdad su contextura metálica, tan vetusta, tan deslucida, oro que no lo parecía, decepcionante amarillo sucio, cascarón que contradecía, con su apariencia ajada, las leyendas fabulosas de lo áureo.

Y, sin embargo, prevalece en mi conciencia la convicción de que he contemplado verdaderamente el leve resplandor de aquellos relieves, mientras reflejaban entre unas manos, en algún espacio sombrío, el brillo también escaso de alguna luz improvisada: la de una vela, la de una lámpara de carburo o una linterna.

Recuerdo el caldero, o lo pienso, ancho como una hogaza, hondo como una olla, un gran cuenco con el fondo plano. En lo más vertical de su pared, antes de que se combe violentamente hacia dentro para cerrar la concavidad, están las figuras, rodeándolo como un friso: desde el gran torso que corona la cabezona hasta la figura del hombre nadando, o volando, en el extremo opuesto; ambas son, al tiempo, principio y final del ornamento y, entre ellas, se suceden las figuras pequeñas.

Sin duda lo vi: las imágenes permanecen en mi memoria como si realmente hubiesen pasado por delante de mis ojos y estos las hubieran fijado con avidez en un recuerdo aterciopelado como el interior de un joyero, hecho de penumbras propiciadoras de ese fulgor mágico que engalanaba el brillo mortecino del metal. Sin duda, fui contemplador absorto de su panzudo misterio.

En la gran cabeza, bajo las largas cejas (que incorporan su relieve y su curva a la nariz, sin transición alguna) resaltan los ojos, como dos almendras grandes. En medio de cada uno de ellos debió de haber dos pequeñas esferas que simularon los globos oculares, pero alguna vez fueron recortadas, el tiempo pulió sus bordes, y queda solamente el hueco oscuro, dándole a la imposible mirada una extraña profundidad. El gesto impávido se engalana con las curvas solemnes en que se retuerce el pelo de la cabeza, del bigote y de las barbas en artística y exagerada ondulación.

A ambos lados del torso se alzan, también hieráticos, los brazos, largos y flacos, y cada mano levanta, como sin esfuerzo alguno, un caballo que empuña por las patas traseras. Diminutos en comparación con el resto de la figura, los caballos cuelgan de las manos cabeza abajo, al parecer inertes, con las patas delanteras recogidas contra el cuerpo.

A partir de la gran cabeza, rodeando el caldero, se van sucediendo las demás figuras: a un lado los animales fabulosos (dragones bípedos con alas y cola serpentina, lagartos con garras y orejas puntiagudas, truchas gigantescas cabalgadas por imprecisos jinetes), al otro los animales reales (caballos y lobos, gallos y jabalíes).

Luego vienen las figuras humanas, también en ambos lados, aproximándose en indescifrables cortejos a la del nadador. Figuras humanas que parecen luchar o danzar, portando espadas unas, lanzas otras, y ruedas de ocho radios, y pequeños discos. Las unas vistiendo ropa de pantalones que una sucesión de pequeñas incisiones quiere hacer simular pellejo o cuero; las otras desnudas, en la evidencia de las formas femeninas. Coronadas de cornamentas ramificadas; cubiertas de cascos puntiagudos; ostentando pequeños moños las cabezas de mujer.

Sobre ellos vuelan los cuervos de largos y curvos picos, de largas y curvas alas, las golondrinas estilizadas como pequeñas anclas. Entre las figuras de los animales y de los hombres se desparraman hojas de roble, hojas de hiedra; bulbos de los que sale un largo tallo que remata en un corazón, en un tulipán; mariposas.

Por fin, dos discos adornados por un círculo de pequeñas cabezas humanas, ocho cada uno, enmarcan la figura opuesta al gran torso: la gran figura humana, vestida también de pieles, las piernas ligeramente dobladas y los brazos extendidos como si se lanzase al espacio, como si volase o nadara. En el rostro barbilampiño, estupefacto, hay dos ojos también almendrados, y en ellos sobresalen los pequeños globos, estos intactos, en que brillan sendas chispas doradas.

Por encima de aquellas extrañas comitivas que adornaban el caldero había una ancha franja lisa que terminaba en el borde. Luego, el vacío que se perdía en su zona cóncava. Así, el borde resultaba el brocal de un abismo diminuto, concreto, de una oscuridad precisa pero ominosa, que parecía el disimulo de una oscuridad mayor, como si amenazase abrirse de pronto y desparramarse, capaz de tragárselo todo con su redonda boca.

Ya no sé si lo vi de verdad con esa minuciosa observación o si es el recuerdo de un grabado, la memoria de un relato. Pero ahora, mientras me encuentro arrojado bruscamente al pasmo de un despertar entre el más completo silencio, descubro que la evocación del caldero y de sus imágenes principales ha venido entreverándose con una presencia verdadera y cercana: unos ojos en los que chispean dos pequeños fogonazos y que me miran fijamente desde la inmóvil claridad de una cabeza.

Voy descubriendo que esa imagen es la que suscitaba en mi memoria la de la cabezona del caldero; voy aceptando que no se trata de un recuerdo, sino de la propia realidad: y sin extrañeza, pienso que esa imagen es la mía en un espejo, pienso que sin duda son mis propios ojos, enmarcados por mi propia cabeza, a un lado la masa de los cabellos, al otro el blancor del rostro, apenas interrumpido por la sombra de la nariz. Los labios, entreabiertos, dejan asomar un atisbo de la dentadura. Vislumbro a medias la masa desplomada del resto del cuerpo y un brazo extendido, con la mano abierta cerca de la cara, se ofrece muy cerca de mi vista con exacta inmovilidad.

Y voy considerándome en tal postura, en ese gesto que se ha mezclado con un recuerdo familiar, el gesto mismo del nadador del caldero de oro que no sé si vi en verdad pero que conservo tan preciso en mi imaginación.

También el gesto de la nueva imagen, aunque solo percibo la cabeza y la mano y el bulto del tronco y la masa lejana y desvaída de las piernas, es completado por mi ensueño: y me parece contemplar el cuerpo, mi propio cuerpo, desde el aire, como si mi visión se proyectase verticalmente, como si yo gravitase sobre un inmenso espejo, unos metros por encima.

Estoy tirado en el suelo, boca abajo, con el rostro apoyado sobre la mejilla derecha, los brazos casi en cruz pero con los antebrazos doblados, las piernas plegadas ligeramente en las rodillas, como en el amago de un pataleo, de un paseo imposible.

Pero mientras me detengo en mi contemplación minuciosa, con los ojos y con la imaginación que enriquece el recuerdo de aquellas visiones lejanas (o el exasperado imperio de una narración fabulosa), voy comprendiendo también (o lo comprendo de pronto, porque no sabría decir si se trata de un proceso o de una revelación súbita) que esa figura tendida no es la mía, que no soy yo, que no son esos ojos fijos ni ese cuerpo inmóvil el mío, sino que es un cuerpo ajeno tirado también en el suelo, más allá del mío.

Porque ahora descubro de verdad mi propio cuerpo, veo mi propia mano extendida, más cerca de mí que la otra, consigo moverla un poco (cierro primero el meñique, luego el anular y el cordial, por fin el índice, agito levemente el pulgar, abro al cabo la mano otra vez) y estoy notando mucho frío en los pies, un frío que se expande en mi carne, en unos pies que son sin duda los míos, aunque parezcan independientes de mi cuerpo por una especie de apartamiento que ha hecho más lenta mi comprensión de lo arrecidos que están, mi conciencia de ese malestar.

Advierto enseguida que es otro el lugar de mi dolor más agudo, más acuciante: un escozor firme que fluye de mis ijadas y se va extendiendo por todo mi cuerpo en pequeñas pero insoslayables ondas. Y siento el frío raspando mi mejilla izquierda y entiendo que mis piernas están dobladas también, como en el ademán congelado de un pataleo.

No son, pues, mis ojos esos, ni mi cuerpo ese: su mano no rebulle como la mía ni sus ojos parpadean, siquiera mínimamente. Y sé que estoy caído en el suelo, enfrente de otro cuerpo; una iluminación ambigua, blanca y amarillenta, hace que me parezca el de un gran muñeco, un enorme pelele sobre el que hubieran colocado una de esas caretas antiguas de cartón piedra que interpretaban con tanta exactitud el rostro blanco, hierático, de los maniquíes.

El dolor no pincha, es más parecido a un peso insistente, a un agobio interminable que va entrando en mi cuerpo como si fuese de arena y una piedra muy densa y pesada se estuviese hundiendo implacablemente en su masa. También hay en mis piernas un picor de arañazos. Y apenas puedo mover la cabeza; apenas vislumbro, un poco más allá del cuerpo caído junto al mío, un entorno confuso de masas vegetales.

Ese dolor en mi cuerpo podría ser el dolor de una herida. Estaría herido, tirado en el suelo. Sobre el otro cuerpo, más allá de los matorrales en que resbala la luz oscilante, está la noche, y en ella refulgen unos diminutos pero intensos estallidos, brillos y fulgores que no cesan y en los que se adivinan los distintos matices del espectro.

Estoy aquí, caído en la noche, contemplando de refilón las estrellas. ¿Estoy herido? Las estrellas chisporrotean porque es invierno, es una noche helada. Siento el frío también, aunque no del mismo modo que mi herida. Y escucho unos sonidos cercanos, algún gemido, un ansioso alentar. ¿Soy un guerrero herido? ¿Me rodean, pues, los restos de una batalla? ¿Es ese cuerpo tirado junto al mío el de otro guerrero, el del enemigo que abatí antes de caer, el del amigo que cayó a mi lado?

¿O no son las estrellas? Pudiera pensarse que se trata de otros brillos, los de unas misteriosas fosforescencias. ¿Ojos, presencias fabulosas en lo oscuro? No es una herida: es un dolor que viene de otra parte, es el dolor de una amargura invencible, es la pena que me atraviesa como una estocada, y no estoy tirado bajo el cielo, sino tumbado en alguna estancia, en un cobijo, escrutando desde el interior la oscuridad exterior, una negrura menos densa, donde crepitan diversas luminarias, no solo en el cielo, sino también en el agua: porque hay brillos en el cielo y en el agua, y aunque las dos masas están llenas de oscuridad, las distingue una sutil diferencia en los diminutos resplandores.

Tumbado, caído. Viendo de soslayo unos brillos movedizos. Es de noche y el suave resplandor blanquecino se debe a la luz de la luna. ¿O es el crepúsculo? ¿Anochece, amanece? Hay en cualquier caso una luz ambigua. Los brillos no son tan lejanos. Su resplandor no es un chisporroteo, sino la continua vibración de un reflejo multiplicado. Pueden ser los reflejos de las hojas. ¿Se menean las ramas de los chopos, brillan las hojas?

En cuanto a esos otros dos brillos tan cercanos, esos ojos: ¿Es el caballo muy cerca de mí? Pero no son los ojos de un caballo, no hay ningún caballo, sino los ojos de otra persona que me mira, enmarcados en esa perspectiva del lago lleno de lucecitas.

Los brillos lejanos fulguran. Estrellas, luciérnagas o reflejos de las hojas que la brisa mueve. En los ojos cercanos hay también brillos. O solo hay brillos alrededor de ellos y los ojos permanecen fijos, negros, insondables: son los iris recortados de un bajorrelieve, una figura grabada en un gran cuenco que recuerda una caldera. Y sin embargo, no: se trata de dos ojos verdaderos. Las córneas resaltan sobre la esclerótica, como explicaría, con aquellos ademanes de paciencia hastiada, el hermano Benigno. Dentro estará el cristalino y más dentro el cuerpo vítreo, un rotundo moco. Dos ojos humanos, en un rostro de carne y hueso.

Y sé que se trata de los ojos de Lupi, del cuerpo de Lupi. Suya es esa boca cuyas comisuras entreabiertas dejan brillar los grandes incisivos, y junto a su mano inmóvil se encuentra la vetusta caja de madera con remaches de latón y ancha bandolera de cuero en que guarda las herramientas, los cebos, los fulminantes, los cables.

Detrás del cuerpo de Lupi, de los ojos de Lupi, una maraña con atisbos de zarzal. Encima, otra masa vegetal más espesa, pero no muy alta; más densa, pero no opaca. Cae un poco hacia nosotros, podría sugerir un abrigo, un cobijo. En esta oscuridad parecería cubierta de follaje si no fuese por la otra luz, la luz que no es de la luna, que hace marcarse sobre el fondo (el informe telón nocturno, las palideces lejanas del monte) las líneas sinuosas de los troncos y las ramas de los robles deshojados. El zarzal, también desnudo, desparrama como cuerdas sus ramas espinosas. Todo está pelado. La raspadura del suelo en mi mejilla no la produce la hierba, sino un matojo reseco que huele a moho, que sabe a frío y tiene tiento de cristales mojados.

Y resulta que la luz no lunar se mueve, titubea, se proyecta sobre nosotros, se arrastra con tacto seco por encima de mi cuerpo, por encima del cuerpo de Lupi. A causa de ello, sus ojos fijos fulguran, como si en algún momento hubieran quedado deslumbrados y permaneciesen para siempre detenidos en el mismo ademán del deslumbramiento.

Con la impresión del fogonazo, yo recupero también las sensaciones sonoras (por tanto no es una ensoñación, no me he quedado dormido con los auriculares puestos y el disco terminó hace rato) y comprendo que nunca estuve envuelto en un espeso silencio: con el murmullo continuo del río inmediato se mezclan otros sonidos, suenan voces, una palabra o una tos o un estornudo, un sonido que brotó de una garganta y empieza a estallar en la noche.

Sin comprenderlo, yo lo percibo todo como desde dentro de un sueño, en una de esas pesadillas en que el soñador puede, no obstante, descubrirse como tal (aunque no por ello descartar la angustia; pero sin conseguir asumirlo). Naufrago desmadejadamente en la sensación de que este es un momento sin pasado, sin precedente alguno; siempre, sin duda, he estado aquí tirado, enfrente de esos ojos y ese cuerpo, contemplando alternativamente los ojos de la figura frontera desde los otros ojos, sin saber nunca qué figura era la mía y cuál la de Lupi sino por los breves temblores de una mano y por la conciencia del dolor, que es la conciencia de estar aquí caído, pero que muere en esa misma constatación, sin que sea posible rastrear las peripecias que me trajeron aquí.

Y si dentro de mí, en el hondón de esta memoria desmoronada que se disgrega en una imprecisa viscosidad, no hubiese alguna mínima agitación que me obligara a dudar, estaría seguro de que este ha sido desde siempre mi lugar en el mundo: en la noche fría, rumorosa, sobre el suelo oscuro y áspero, bajo el cielo estrellado y el brillo lunar y las ramas desnudas, mientras un rayo de luz menos blanca, más precisa, horizontal, recorre los matojos y mi cuerpo, o el cuerpo de Lupi, y hace brillar mis ojos, o los ojos de Lupi, y un estornudo o una exclamación comienzan a crepitar en la noche, detrás de mí, donde no puedo ver.

Qué hago aquí, dónde estoy, qué haces aquí, Chino.


El abuelo me mira fijamente y estoy a punto de perder la sonrisa, mezcla de orgullo y vergüenza, que me había parecido ver reflejada en su mirada condescendiente. Aprieta un poco más mi pestorejo con su mano izquierda y repite:

—¿Chino?

Ya anoche, desde el momento en que me senté a su lado en el escaño de la cocina, extendió el brazo izquierdo y, apoyando la muñeca en mi hombro, tomó mi pescuezo entre sus dedos, apretándolo intermitentemente mientras me hablaba. Yo me siento incómodo por esa manía del abuelo, como atado, en cierto modo uncido a su cuerpo. Aunque me costará unos días, al cabo aprenderé a alejarme del alcance de su brazo, y ese apartamiento me permitirá observarle de modo más completo, vestido con ese largo guardapolvos que nunca abandona, la pequeña boina sobre la cabeza y las botas marrones, relucientes, en los pies.

Yo afirmo con la cabeza un par de veces. Estamos sentados en aquella piedra larga y cilíndrica que, como sabré unos años más tarde, después de que el abuelo hubiese decidido ponerla de pie (tronco insólito en la huerta) es una antigua columna del tiempo de los romanos.

A nuestras espaldas, en sombra ya, se extiende el parterre donde la abuela cultiva las dalias, las margaritas, las caléndulas, los pensamientos, única vegetación jardinera entre el resto de los cultivos de la huerta, todos utilitarios.

Unos metros delante de nosotros, Olvido cuelga la ropa a secar en la cuerda tendida entre dos enormes moreras. Su figura, llena de sol, resalta sobre las prendas de ropa, que mantienen en su forzado estiramiento una sutil impronta humana. Olvido lleva una blusa blanca y una falda oscura, muy fruncida, que hace resaltar su culo mientras lo mueve en su esfuerzo a un lado y a otro, acompasado al ritmo de agacharse, desenredar la ropa, estirar los brazos y sujetarla a la cuerda con las pinzas.

—A mí me llaman Chino —le habías dicho al abuelo.

En el colegio, tú y Jaguayana, el filipino, sois personajes singulares: de tez morena, ojos muy oscuros y cabellos lacios, presentáis un aspecto exótico entre los muchachos sanguíneos y mofletudos.

—Y tú, ¿qué dices? —pregunta el abuelo.

Yo encojo los hombros, no digo que nada. El filipino rechaza con enérgica resolución ese mote que, abarcando lo oriental de su aspecto todo, tiene como referencia directa las piernas suaves, barbilampiñas, ostentadas a menudo en las carreras tras el balón. Pero yo no replico, asumo mi mote con un sentimiento ambiguo en el que conviven la humillación y el halago: al fin y al cabo se trata de una prueba de diferencia, de individualidad. «Dale Chino», «Pasa Chino», «Aquí Chino»: así resuena mi nombre en los recreos, invocado precisamente por su peculiaridad, del mismo modo y con igual brillo que los de los campeones indiscutibles: Remba, Muñiz, Cascallana.


(Continues...)

Excerpted from El caldero de oro by José María Merino, Ignacio Ballesteros. Copyright © 1982 José María Merino. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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Portadilla,
Créditos,
Nota del autor a la edición de 2008,
Sobre el autor,

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