El camino del tabaco

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Unsentimentally realistic, this classic novel is a reflection of the effects of poverty on tenant farmers in the South during the Great Depression. It focuses on the Lester family, former cotton farmers who continue to live on their ancestors’ plantation even though it has long ceased to be prosperous. Jeeter and Ada Lester have 17 children, two of whom still live at home: Ellie May, their only unmarried daughter who has a cleft lip, and Dude, their youngest son who is mentally handicapped. The family’s antics, ...

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Overview

Unsentimentally realistic, this classic novel is a reflection of the effects of poverty on tenant farmers in the South during the Great Depression. It focuses on the Lester family, former cotton farmers who continue to live on their ancestors’ plantation even though it has long ceased to be prosperous. Jeeter and Ada Lester have 17 children, two of whom still live at home: Ellie May, their only unmarried daughter who has a cleft lip, and Dude, their youngest son who is mentally handicapped. The family’s antics, while at times vile and perverse, depict the racism and moral ambiguity that existed among some impoverished Southerners at that time and represent Erskine Caldwell’s critique of the failed economic system and its consequences.

 

Realista sin ser sentimental, esta novela clásica es una reflexión de los efectos de la pobreza en los aparceros en el sur durante la Gran Depresión. Se enfoca en la familia Lester, antiguos agricultores de algodón que siguen viviendo en la plantación de sus antepasados, a pesar de que ésta desde hace tiempo dejó de ser próspera. Jeeter y Ada Lester tienen 17 hijos, dos de los cuales todavía viven en casa: Ellie May, su única hija soltera que tiene un labio leporino, y Dude, su hijo menor que tiene deficiencia mental. Las travesuras de la familia, aunque a veces viles y perversas, muestran el racismo y la ambigüedad moral que existía entre algunos sureños empobrecidos en ese momento y representan la crítica de Erskine Caldwell del sistema económico reprobado y sus consecuencias.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788496707665
  • Publisher: Ediciones Robinbook
  • Publication date: 9/1/2011
  • Language: Spanish
  • Edition description: Translatio
  • Pages: 200
  • Product dimensions: 4.80 (w) x 7.50 (h) x 0.60 (d)

Meet the Author

Erskine Caldwell was a writer whose work focused on poverty and the racial and social struggles of the South. His most famous novels include Annette, God’s Little Acre, Jenny by Nature, and Trouble in July. Horacio Vázquez-Rial is a writer and a translator whose other translations include Against Interpretation by Susan Sontag, Flowering Judas by Katherine Anne Porter, and The Pearl by John Steinbeck.

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El camino del tabaco


By Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, Horacio Vázquez Rial

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1959 Erskine Caldwell
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9081-9


CHAPTER 1

Lov Bensey regresaba por el camino del tabaco, carcomido por las lluvias, hollando con paso cansado la espesa capa de arena que lo cubría. Cargaba un saco de nabos, que no poco esfuerzo le había costado conseguir, y su peso hacía aún más penoso el largo trayecto.

El día anterior, Lov había oído decir que en Fuller había alguien que estaba vendiendo nabos a cincuenta céntimos el robo, y esa mañana muy temprano había salido de su casa con medio dólar en el bolsillo para comprarlos. Ahora llevaba ya recorridos once kilómetros, y aún le quedaban otros tres más para llegar a su casa, junto al cargadero de carbón del ferrocarril.

Cuatro o cinco de los Lester se encontraban en el patio delantero, si tal podía llamarse al baldío que daba acceso a la casa, cuando Lov se detuvo enfrente. Hacía cerca de una hora que lo habían visto en las dunas, a casi tres kilómetros; no le habían quitado la vista de encima, y ahora que lo tenían a su alcance, estaban dispuestos a hacer todo lo posible por impedir que siguiera viaje con los nabos.

Pero Lov tenía una mujer en quien pensar, además de su propia persona, y no iba a permitir que ninguno de los Lester se acercara demasiado a su saco. Habitualmente, si tenía que pasar por allí llevando nabos, boniatos o cualquier clase de comestible, se apartaba del camino un kilómetro antes de llegar a la casa, daba un gran rodeo a campo traviesa, y volvía a tomarlo cuando se encontraba a una distancia prudencial. Pero hoy tenía que hablar con Jeeter de un asunto muy importante, y ese era el motivo por el que se había aventurado tan cerca de la casa, a pesar de los nabos.

Los Lester seguían mirando fijamente a Lov, que no se había movido del centro del camino; había dejado que el saco cayera de sus hombros, pero lo mantenía rígidamente aferrado con ambas manos. Ninguno de los que se encontraban en el patio había cambiado de postura en los diez últimos minutos, dejando la iniciativa enteramente en manos de Lov.

Solo una razón poderosa podría haberle llevado a detenerse allí; si no, hubiese tenido buen cuidado de no dejarse ver. El verano anterior se había casado con Pearl, la hija menor de Jeeter Lester, que acababa de cumplir doce años, y ahora quería conversar sobre ella con Jeeter.

Pearl no quería hablar; no había manera de hacerle pronunciar palabra, ni por las buenas ni por las malas. Hasta se escondía de Lov cuando él regresaba a la casa desde el cargadero de carbón y, si la encontraba, se le escabullía de entre las manos para huir a los matorrales, perdiéndose de vista, llegando incluso a veces a permanecer en ellos toda la noche para no volver hasta el día siguiente, después de que Lov hubiese marchado a su trabajo.

Lo cierto es que Pearl nunca había hablado gran cosa. Mientras vivía en su casa, antes de que Lov se casara con ella, se había mantenido apartada de los otros Lester, y era raro que despegara los labios en todo el día. Únicamente su madre, Ada, había podido conversar con ella, y aun entonces Pearl se había limitado a responder con monosílabos. Es cierto que Ada había sido igual, ya que solo había empezado a hablar por voluntad propia en los últimos diez años; hasta entonces, Jeeter había tenido con ella las mismas dificultades con que ahora tropezaba Lov.

Lov hacía preguntas a su mujer, la castigaba, le arrojaba palos y piedras, y hacía con ella todo cuanto creía que podía servir para que le hablara. Pearl no hacía más que llorar, sobre todo si le había hecho mucho daño, y Lov, como es lógico, no consideraba que eso fuera realmente una conversación. Lo que quería era que le preguntase si estaba cansado, si se iba a cortar el pelo, si iba a llover de nuevo ... Pero Pearl nunca decía nada.

Varias veces había hablado con Jeeter de sus dificultades con Pearl, pero este no sabía cuál era la causa de que se comportara así. Se había limitado a decirle que desde que era una criatura había sido igual, y que Ada también había sido callada hasta hacía pocos años. Ese silencio de Ada, que Jeeter no había podido quebrantar en cuarenta años, lo había roto el hambre; el hambre le había aflojado la lengua y desde entonces vivía quejándose. Pero Jeeter no le había recomendado que hiciese pasar hambre a Pearl, porque sabía que esta iría a pedir comida a otro sitio y la conseguiría.

—Hay veces en que creo que tiene el diablo dentro —había dicho Lov—. A mi entender, no tiene ni gota de religión, y cuando muera irá a parar al infierno, como que dos y dos son cuatro.

—Hombre, quizá no esté contenta con su vida de casada —le había respondido Jeeter—. Tal vez no esté satisfecha con lo que le das.

—He hecho todo lo posible para tenerla contenta y satisfecha. Todas las semanas, el día de pago, voy a Fuller y le compro alguna cosita. Le compro rapé, pero no quiere tomarlo; le compro un corte de percal, pero no quiere coserlo. Tengo la impresión de que desea algo que yo no tengo, y que no puedo conseguir, y me gustaría saber qué es. Es tan guapa ... y esos rizos rubios que le caen por la espalda hay veces que parece que me van a volver loco. ¡No sé lo que me va a pasar, porque necesito con todas mis fuerzas que Pearl sea mi mujer!

—Yo creo que todavía es demasiado joven para comprender bien las cosas —le había dicho Jeeter—. Aún no ha crecido como Ellie May o Lizzie Belle o Clara y las otras muchachas. Pearl no ha dejado de ser una chiquilla, y ni siquiera se ha desarrollado como mujer.

—De haber sabido que iba a ser así, tal vez no hubiera deseado tanto casarme con ella; podría haberlo hecho con una mujer que quisiera estar casada conmigo. Pero ahora no quiero dejar ir a Pearl; me he acostumbrado a tenerla cerca y no podría pasarme sin esos rizos rubios que le caen por la espalda. Le hacen sentir a uno muy solo ... Realmente es guapa, a pesar de la forma en que se porta todo el tiempo.

En aquella oportunidad, Lov, al volver a su casa, había contado a Pearl lo que de ella había dicho Jeeter, pero esta le escuchó sin hacer el menor movimiento en la silla en que estaba sentada, y sin pronunciar palabra. Después de eso, Lov ya no supo qué hacer con ella, pero comprendió que todavía no era más que una criatura. Durante los ocho meses que llevaban casados había crecido cerca de diez centímetros y había aumentado unos ocho kilos, pero aun no pesaba más de cuarenta y cinco, aunque día a día fuera ganando en altura y en peso.

El motivo particular que ahora traía a Lov a hablar con Jeeter era la negativa de Pearl a dormir con él. Llevaban casi un año de casados, y aún continuaba durmiendo sola, como lo venía haciendo desde el primer día. Dormía en un jergón tendido en el suelo y no dejaba que Lov la besara o la tocase. Lov le había dicho que las vacas solo eran buenas después de haber sido servidas y que se había casado con ella porque quería besarla, acariciar sus rizos rubios y dormir con ella; pero Pearl no había dado siquiera señal de haberle oído ni de saber de qué estaba hablando. Además de querer besarla y hablar con ella, lo que más ambicionaba Lov era contemplar sus ojos, pero hasta ese gusto le estaba vedado; sus ojos azul pálido siempre miraban en otra dirección cuando él llegaba y se plantaba delante de ella.

Lov permanecía inmóvil en mitad del camino, mirando a Jeeter y a los demás Lester que estaban en el patio. Estos, por su parte, esperaban que él hiciera el primer gesto, importándoles poco que fuese amistoso u hostil mientras hubiese nabos en la bolsa.

Jeeter se preguntaba dónde habría conseguido Lov los nabos, pero no se le ocurría la posibilidad de que los hubiese comprado; hacía ya mucho tiempo que Jeeter había llegado a la conclusión de que el único modo posible de conseguir comida en cantidad apreciable era robándola, pero ese año no había encontrado nabos en ocho o diez kilómetros a la redonda. El año anterior, los Peabody habían sembrado una hectárea de su terreno, pero los Peabody se mantuvieron vigilándolo escopeta en mano, y este año ni siquiera se habían molestado en sembrarlos.

—¿Por qué no sales del camino del tabaco, Lov, y entras en el patio? —dijo Jeeter—. No tienes por qué estar parado ahí. Pasa y descansa.

Lov no contestó ni hizo movimiento alguno. En aquel momento, se enfrentaba a la difícil opción entre mantenerse seguro donde estaba o arriesgarse a entrar en el baldío.

Últimamente, Lov había considerado la posibilidad de procurarse unas correas para atar con ellas a Pearl a la cama por las noches. Hasta entonces, había probado todo cuando se le había ocurrido, salvo la fuerza, y continuaba decidido a conseguir que se portara como creía que debía hacerlo una esposa. Ahora había llegado al punto en que quería contar con la opinión de Jeeter antes de poner en práctica su proyecto, pues creía que este sabría si era práctico, ya que había tenido que vérselas con Ada durante casi toda su vida. Sabía que, en una época, Ada se había comportado tal como ahora lo hacía Pearl, pero Jeeter no había sido tratado de la misma manera que él, ya que Ada le había dado diecisiete hijos, mientras que Pearl ni siquiera había empezado por el primero.

Si Jeeter decía que le parecía bien que atara a Pearl a la cama, lo haría sin vacilar. Jeeter sabía mucho más que él de esas cosas; llevaba cuarenta años casado con Ada.

Lov esperaba que Jeeter se ofreciera a acompañarlo a su casa, junto al cargadero de carbón, y le ayudara a atar a Pearl a la cama. Pearl se resistía con tanta furia cada vez que se proponía atraparla, que tenía miedo de no poder hacer nada sin ayuda de Jeeter.

Los Lester seguían de pie en el patio y la galería de la casa, esperando a ver lo que hacía Lov. También aquel día se había comido muy mal en la casa: algo de sopa salada que había hecho Ada hirviendo en una olla unos trozos de pellejo de tocino y un poco de pan de maíz. Nada más que eso, y ni siquiera había alcanzado para todos, así que, cuando la abuela pretendió entrar en la cocina, la habían sacado a empellones de allí.

Ellie May se hallaba detrás de un amole, asomando la cabeza para mirar a Lov y moviéndola hacia los lados para atraer su atención.

Ellie May y Dude eran los únicos hijos de los Lester que aún quedaban en la casa. Los restantes se habían marchado y casado, y algunos se habían ido sin decir nada, saliendo hacia el cargadero de carbón como quien va a ver los trenes. Cuando no regresaban al cabo de dos o tres días, se sabía que habían abandonado para siempre el hogar.

Dude tiraba una maltrecha pelota de béisbol contra una de las paredes de la casa, y la recogía cuando rebotaba. La pelota golpeaba contra la casa con un estruendo infernal, sacudiendo los tablones hasta que sus vibraciones hacían que todo el edificio se tambaleara. Arrojaba la pelota sin parar, y esta volvía con regularidad matemática a través del patio hasta el punto en que se encontraba.

La casa, de tres habitaciones, estaba montada en forma precaria sobre unas pilas de losas de piedra caliza colocadas bajo sus cuatro esquinas. Las piedras habían sido puestas una sobre otra; encima de ellas, las vigas maestras, y el resto del edificio, armado con clavos y gruesos tornillos. Lo simple y descuidado de su construcción se ponía ahora en evidencia. En el centro, el edificio se hundía entre los umbrales; la galería del frente se había desprendido del resto de la casa y estaba ahora un pie más baja que al ser terminada; y el techo también había cedido en el centro, por haber sido colocadas descuidadamente las vigas que lo sostenían. La mayor parte de las tejas estaban podridas y, cada vez que había una tormenta, el patio quedaba cubierto de trozos dispersos en todas las direcciones. Cuando aparecían goteras en el techo, los Lester se trasladaban de un lado al otro de la habitación hasta que cesaba la lluvia, y la casa jamás había sido pintada.

Jeeter estaba tratando de poner un parche a una cámara podrida. Había dicho que si alguna vez conseguía que todos los neumáticos de su viejo automóvil estuvieran inflados a la vez, llevaría a Augusta una carga de leña para venderla. Los leñadores recibían dos dólares por cada carga de pino estacionado entregada en la ciudad; pero Jeeter nunca conseguía más de cincuenta o setenta y cinco centavos por el roble enano que quería que la gente le comprara como combustible. Habitualmente, cuando conseguía llegar con una carga de esa madera a Augusta, no podía ni siquiera regalarla; nadie, al parecer, era tan tonto como para comprar una madera que era más dura que el hierro. La gente discutía con Jeeter a causa de su empecinamiento en vender como leña el roble enano, y trataba de convencerle de que no servía como combustible, pero Jeeter contestaba que quería sacar todo el que tenía en sus tierras porque iba a volver a cultivarlas.

Lov, entretanto, había dado unos pasos hacia el patio, sentándose al borde del camino del tabaco, con los pies en la cuneta. Seguía sujetando con firmeza el saco con una mano, por la boca, cerrada con un trozo de bramante.

Ellie May seguía escondida detrás del amole, tratando de atraer la atención de Lov, pero cada vez que este miraba en su dirección, ocultaba rápidamente la cabeza detrás del tronco, para que no pudiese verla.

—¿Qué tienes en ese saco que llevas ahí, Lov? —gritó Jeeter desde el patio—. Hace rato que te estoy viendo venir con ese saco a la espalda, y te digo que me gustaría saber qué hay dentro. He oído decir que algunos tienen nabos este año.

Lov aferró con más fuerza aún el saco, mirando primero a Jeeter y luego sucesivamente a cada uno de los Lester, y vio a Ellie May que le contemplaba desde detrás del amole.

—¿Te costó mucho trabajo conseguir lo que tienes en el saco, Lov? —dijo Jeeter—. Parece como si te hubieses quedado sin aliento.

—Quiero decirte algo, Jeeter —respondió—. Es sobre Pearl.

—¿Qué ha hecho ahora esa chica, Lov? ¿Te está tratando mal otra vez?

—Es lo mismo que siempre, solo que esta vez ya me estoy cansando. No me gusta la forma en que se porta; nunca estuve conforme con lo que hace, pero cada vez es peor. Todos los negros se ríen de mí por la forma en que me trata.

—Pearl es igual que su madre —dijo Jeeter—. Su madre solía hacer las cosas más raras en su época.

—Cada vez que quiero tenerla a mi lado, se escapa y no quiere volver cuando la llamo. Ahora, digo yo, ¿para qué diablos tenía yo que casarme con una mujer si no tengo ninguna de las ventajas? Dios no quiso que las cosas fueran así, ni quiere que un hombre sea tratado de esa manera. Está bien que una mujer juegue un poco con uno, hasta conseguir lo que quiere, pero no parece que Pearl piense eso; a su modo de ver, no está jugando conmigo, pero para mí es como si lo estuviera haciendo. Lo que siento en este momento es que me gustaría una mujer que no fuese tan ...

—¿Qué tienes en ese saco, Lov? —interrumpió Jeeter—. Te estoy mirando desde hace una hora o más, desde que pasaste por lo alto de aquella colina, allá lejos.

—¡Nabos, recristo! —contestó Lov, mirando a las mujeres.

—¿Dónde conseguiste esos nabos, Lov?

—Te gustaría saberlo ¿no?

—Estaba pensando que tal vez pudiéramos hacer algún arreglo, Lov ... tú y yo. Por ejemplo, yo podría ir hasta tu casa y más o menos decirle a Pearl que tiene que dormir en la cama contigo. De eso pensabas hablar conmigo, ¿no es cierto? Tú quieres que duerma en la cama, ¿no?

—Nunca ha dormido en la cama; todas las noches las pasa en ese condenado jergón tirado en el suelo. ¿Crees que podrías conseguir que dejara de hacer eso, Jeeter?

—Me gustaría de veras conseguir que hiciera lo que debe ..., eso es, si tú y yo llegamos a un arreglo sobre esos nabos, Lov.

—Para eso vine aquí ..., para hablarte de Pearl, pero no creas que voy a darte uno solo de estos nabos. He tenido que pagar medio dólar por los que hay en el saco y me he visto obligado a ir hasta la otra punta de Fuller y volver de allí, todo el tiempo caminando, para conseguirlos. Pearl es tu hija, y debías hacer que se porte bien sin pedirme nada. No hace ningún caso de las cosas que le digo que haga.


(Continues...)

Excerpted from El camino del tabaco by Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, Horacio Vázquez Rial. Copyright © 1959 Erskine Caldwell. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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