El cementerio de Praga [NOOK Book]

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Una extraordinaria novela que abarca desde los inicios del siglo XIX hasta los primeros años del siglo XX. Marzo, 1897. París. Un hombre de sesenta y siete años escribe sentado a una mesa, en una habitación abarrotada de muebles: he aquí al capitán Simonini, un piamontes afincado en la capital francesa, que desde muy joven se dedicó al noble arte de crear documentos falsos. Hombre de pocas palabras, misógino y glotón impenitente, el capitán se inspira en los folletines de Dumas y Sue para dar fe de complots ...
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El cementerio de Praga

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Una extraordinaria novela que abarca desde los inicios del siglo XIX hasta los primeros años del siglo XX. Marzo, 1897. París. Un hombre de sesenta y siete años escribe sentado a una mesa, en una habitación abarrotada de muebles: he aquí al capitán Simonini, un piamontes afincado en la capital francesa, que desde muy joven se dedicó al noble arte de crear documentos falsos. Hombre de pocas palabras, misógino y glotón impenitente, el capitán se inspira en los folletines de Dumas y Sue para dar fe de complots inexistentes, fomentar intrigas o difamar a las grandes figuras de la política europea. Sin escrúpulos, Simonini trabaja al servicio del mejor postor: si antes fue el gobierno italiano quien pagó por sus imposturas, luego llegaron los encargos de Francia y Prusia, e incluso Hitler acabaría aprovechándose de sus malvados oficios. A traves de las experiencias únicas de Simonini, la intriga de la Europa del siglo XIX desfila por las páginas de esta cautivadora novela de Umberto Eco, quien, treinta años tras la publicación de El nombre de la rosa, regresa a la ficción y nos muestra que en la literatura como en la vida, nada es lo que parece y nadie es quien dice ser.
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Product Details

  • ISBN-13: 9780307832566
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 12/5/2012
  • Language: Spanish
  • Series: Vintage Espanol
  • Sold by: Random House
  • Format: eBook
  • Pages: 592
  • Sales rank: 399,251
  • File size: 7 MB

Meet the Author

Umberto Eco
Umberto Eco, ensayista italiano de renombre internacional y profesor en la universidad de Bolonia, hizo su entrada triunfal en el mundo de la ficción hace treinta años con El nombre de la rosa, una novela que lo convirtió en un autor admirado tanto por la crítica como por el gran público. A este primer éxito siguieron El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino y La misteriosa llama de la reina Loana.  

Biography

Back in the 1970s, long before the cyberpunk era or the Internet boom, an Italian academic was dissecting the elements of codes, information exchange and mass communication. Umberto Eco, chair of semiotics at the University of Bologna, developed a widely influential theory that continues to inform studies in linguistics, philosophy, anthropology, cultural studies and critical theory.

Most readers, however, had never heard of him before the 1980 publication of The Name of the Rose, a mystery novel set in medieval Italy. Dense with historical and literary allusions, the book was a surprise international hit, selling millions of copies in dozens of languages. Its popularity got an additional boost when it was made into a Hollywood movie starring Sean Connery. Eco followed his first bestseller with another, Foucault's Pendulum, an intellectual thriller that interweaves semiotic theory with a twisty tale of occult texts and world conspiracy.

Since then, Eco has shifted topics and genres with protean agility, producing fiction, academic texts, criticism, humor columns and children's books. As a culture critic, his interests encompass everything from comic books to computer operating systems, and he punctures avant-garde elitism and mass-media vacuity with equal glee.

More recently, Eco has ventured into a new field: ethics. Belief or Nonbelief? is a thoughtful exchange of letters on religion and ethics between Eco and Carlo Maria Martini, the Roman Catholic cardinal of Milan; Five Moral Pieces is a timely exploration of the concept of justice in an increasingly borderless world.

Eco also continues to write books on language, literature and semiotics for both popular and academic audiences. His efforts have netted him a pile of honorary degrees, the French Legion of Honor, and a place among the most widely read and discussed thinkers of our time.

Good To Know

Eco is a professor of semiotics at the University of Bologna, though in 2002 he was at Oxford University as a visiting lecturer. He has also taught at several top universities in the U.S., including Columbia, Harvard, Yale, and Northwestern.

Pressured by his father to become a lawyer, Eco studied law at the University of Turn before abandoning that course (against his father's wishes) and pursuing medieval philosophy and literature.

His studies led naturally to the setting of The Name of the Rose in the medieval period. The original tentative title was Murder in the Abbey.

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    1. Hometown:
      Bologna, Italy
    1. Date of Birth:
      January 5, 1932
    2. Place of Birth:
      Alessandria, Italy
    1. Education:
      Ph.D., University of Turin, 1954

Read an Excerpt

1
El viandante que esa gris mañana

El viandante que esa gris mañana de marzo de 1897 hubiera cruzado, a sabiendas de lo que hacía, la place Maubert, o la Maub, como la llamaban los maleantes (antaño, en la Edad Media, centro de vida universitaria, cuando acogía la algarabía de estudiantes que frecuentaban la Facultad de las Artes en el Vicus Stramineus o rue du Fouarre y, más tarde, emplazamiento de la ejecución capital de apóstoles del librepensamiento como Étienne Dolet), se habría encontrado en uno de los pocos lugares de París exonerado de los derribos del barón Haussmann, entre una maraña de callejones apestosos, cortados en dos sectores por el curso del Bièvre, que en esa zona todavía emergía de las entrañas de la metrópolis a las que fuera relegado desde hacía tiempo, para arrojarse con estertores febriles y verminosos en el cercanísimo Sena. De la place Maubert, ya desfigurada por el boulevard Saint-Germain, salía una telaraña de callejas como rue Maître Albert, rue Saint-Séverin, rue Galande, rue de la Bûcherie, rue Saint-Julien-le-Pauvre, hasta rue de la Huchette, salpicadas de posadas regentadas por auverneses, hoteleros de legendaria codicia, que pedían un franco por la primera noche y cuarenta céntimos por las siguientes (más veinte perras si uno también quería una sábana).

Si luego nuestro paseante hubiera embocado la que en el futuro sería la rue Sauton pero que en aquel entonces seguía siendo rue d’Amboise, hacia la mitad de esa calle, entre un burdel camuflado de brasserie y una taberna donde se servía, con pésimo vino, un almuerzo de dos perras (en aquella época bastante barato, pero eso era lo que se podían permitir los estudiantes de la no lejana Sorbona), habría encontrado un impasse o callejón sin salida, que ya por aquel entonces se llamaba impasse Maubert, pero antesde 1865 se llamaba cul-de-sac d’Amboise y aún antes cobijaba un tapis-franc (en el lenguaje del hampa, un garito, un figón de ínfimo rango, que solía ser regentado por un ex presidiario y lo frecuentaban forzados recién salidos de gayola) y, además, era tristemente famoso porque en el siglo XVIII amparaba el laboratorio de tres célebres envenenadoras, aquienes un día hallaron asfixiadas por las exhalaciones de las sustancias mortales que destilaban en sus hornillos.

En medio de ese callejón pasaba completamente desapercibido el escaparate de un baratillero que un rótulo descolorido encomiaba como «Brocantage de Qualité»; escaparate apenas transparente por el polvo espeso que ensuciaba los cristales, que a su vez dejaban ver un sí es no es de los géneros expuestos en su interior, puesto que cada uno de esos cristales era poco más que un cuadrado de veinte centímetros de lado, unidos por un bastidor de madera. Junto a ese escaparate, nuestro viandante habría visto una puerta, siempre cerrada, con un letrero, al lado del cordel de un timbre, que avisaba de que el propietario estaba temporalmente ausente.

Que si luego, como sucedía raramente, se hubiera abierto la puerta, quien hubiera entrado habría visto a la incierta luz que iluminaba ese antro, dispuestos en unas pocas estanterías tambaleantes y sobre algunas mesas igual de inseguras, una congerie de objetos que a primera vista resultaban apetecibles, pero que tras una inspección más cuidadosa habrían de revelarse completamente inadecuados para cualquier intercambio comercial, aunque se ofrecieran a precios tan mellados como ellos. Un par de morillos que deshonrarían cualquier chimenea, un reloj de péndulo de esmalte azul desconchado, cojines quizá antiguamente bordados con colores vivos, floreros sostenidos por agrietados amorcillos de cerámica, inestables costureros de un estilo impreciso, una cestita portatarjetas de hierro oxidado, indefinibles cajas pirografiadas, espantosos abanicos de madreperla decorados con dibujos chinos, uncollar que parecía de ámbar, dos zapatitos de lana blanca con hebillas incrustadas de diamantitos de Irlanda, un busto agrietado de Napoleón, mariposas tras un cristal quebrado, frutas de mármol policromado bajo una campana que una vez fue transparente, nueces de coco, viejos álbumes con modestas acuarelas de flores, algún daguerrotipo enmarcado (que por aquel entonces ni siquiera tenían un aire antiguo). De modo que, si alguien hubiera podido encapricharse depravadamente de uno de aquellos desechos de antiguos embargos de familias necesitadas, se encontrara ante el muy receloso propietario y le preguntara por el precio, oiría unacifra que desengañaría incluso al más perverso de los coleccionistas de teratologías de anticuario.

Y si, por fin, el visitante, en virtud de algún salvoconducto, hubiera atravesado una segunda puerta que separaba el interior de la tienda de los pisos superiores del edificio,y hubiera subido los escalones de una de aquellas inseguras escaleras de caracol que caracterizan esas casas parisinas con la fachada tan ancha como la puerta de entrada (esas que se apiñan oblicuas las unas contra las otras), habría penetrado en un amplio salón que parecía alojar no el bric-à-brac de la planta baja sino una colección de objetos de muy distinta hechura: una mesilla estilo imperio con tres patas adornadas con cabezas de águila, una consola sostenida por una esfinge alada, un armario del siglo XVII, una estantería de caoba que ostentaba un centenar de libros bien encuadernados en tafilete, un escritorio de esos que se dicen a la americana, con el cierre de persiana y muchos cajoncitos tipo secrétaire. Y si hubiera pasado a la habitación contigua, habría encontrado una lujosa cama con dosel, una étagère rústica cargada de porcelanas de Sèvres, junto con un narguile turco, una gran copa de alabastro, un jarrón de cristal y, en la pared del fondo, unos paneles pintados con escenas mitológicas, dos grandes lienzos que representaban a las musas de la historia y de la comedia, y, colgados heterogéneamente de las otras paredes, barraganes árabes, batas orientales de cachemir, una antigua cantimplora de peregrino y, además, un aguamanil de bella hechura con una superficie cargada de objetos de aseo de materiales valiosos: en definitiva, un conjunto extravagante de objetos curiosos y caros, que quizá no daban testimonio de un gusto coherente y refinado, pero sí, desde luego, de un deseo de ostentada opulencia.

De vuelta al salón de entrada, el visitante habría visto, ante la única ventana por la que penetraba la poca luz que iluminaba el callejón, sentado a la mesa, a un individuo anciano envuelto en un batín, el cual, por lo poco que el visitante pudiera atisbar por encima de su hombro, estaba escribiendo lo que nos disponemos a leer, y que a veces el Narrador resumirá, para no tediar demasiado al Lector.

Y que no se espere el Lector que le revele el Narrador que se sorprendería al reconocer en ese personaje a alguien ya mencionado porque (habiendo empezado este relato en este mismo instante) nadie ha sido mencionado antes. El mismo Narrador no sabe todavía quién es el misterioso escribano, y se propone saberlo (a la una con el Lector) mientras ambos curiosean, intrusos, y siguen los signos que la pluma está trazando en esos folios.
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  • Anonymous

    Posted December 25, 2013

    Terrible

    An idea for main character is brilliant but story that athor put Siminini in is just boring:(

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  • Anonymous

    Posted November 7, 2011

    No text was provided for this review.

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