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"Un libro hermoso en su expresión, hondo e inquietante en su contenido. Pocas obras se publican tan acertadas como ésta". SANTOS SANZ, Diario 16 Dos hombres y una mujer, amigos de la niñez que se han ido distanciando con los años, descubren la posibilidad de que otra amiga -la artífice de la cohesión del grupo en la pequeña ciudad originaria- no haya muerto en un accidente aéreo, como ellos creían, sino que se encuentre en algún lugar lejano, ocultando su verdadera personalidad. Uno de ellos -que intenta escribir un libro sobre los secretos del
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El centro del aire

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"Un libro hermoso en su expresión, hondo e inquietante en su contenido. Pocas obras se publican tan acertadas como ésta". SANTOS SANZ, Diario 16 Dos hombres y una mujer, amigos de la niñez que se han ido distanciando con los años, descubren la posibilidad de que otra amiga -la artífice de la cohesión del grupo en la pequeña ciudad originaria- no haya muerto en un accidente aéreo, como ellos creían, sino que se encuentre en algún lugar lejano, ocultando su verdadera personalidad. Uno de ellos -que intenta escribir un libro sobre los secretos del patio que fue el centro de las aventuras y los sueños infantiles, cuando vivían identificados con los héroes imaginarios de los relatos y las películas- induce a los demás a viajar en su búsqueda. La necesidad y la nostalgia de los mitos, su evanescencia irremediable, los laberintos de la memoria y de la vida, son elementos sustanciales de El centro del aire, novela en que, entrelazándose lo cotidiano, lo misterioso y lo fantástico, se manifiesta con especial intensidad la maestría literaria de José María Merino.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480491618
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 3/25/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 297
  • File size: 2 MB

Meet the Author



José María Merino empezó siendo un niño enamorado de los diccionarios que se encontraban en el bufete de abogados de su padre y ello le condujo a la producción apasionada de poesía y prosa.. Aunque su primer libro es un poemario, Sitio de Tarifa (1972), la mayor parte de su obra será en prosa. Su debut narrativo es con Novela de Andrés Choz (1976). El género del cuento es también relevante en la carrera de Merino: Cuentos del Barrio de RefugioEl libro de las horas contadasHistorias del otro lugarCuentos del reino secreto,Cuentos de los días raros o El viajero perdido. Entre sus novelas destacan Las crónicas mestizasCuatro nocturnosEl caldero de oro o El centro del aire. Reconoce las influencias de Unamuno, Edgar Allan Poe o Calderón—en especial a La vida es sueño. Y es que Merino entiende la lectura “como una aventura interior, un viaje personal secreto.”
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El centro del aire


By José María Merino, Ignacio Ballesteros

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1991 José María Merino
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9161-8



CHAPTER 1

Bernardo


Basi pronunció las palabras por tercera vez, entrecerrando los ojos. Su rostro de arpillera había adquirido la rigidez de las tallas benditas y su voz estaba envuelta en el temblor de los augurios.

Confundido por la atropellada dicción de la vieja, Bernardo tardó unos instantes en sospechar que la insistencia era acaso malévola: como si Basi pretendiese fraguar un conjuro capaz de diluir el sentido del nombre y, con ello, de anular y hacer desvanecerse a la persona misma que denominaba; mas, de haberse utilizado como invocación de una hechicería, sin duda aquel nombre habría producido un efecto distinto al del propósito originario, pues era él mismo quien parecía sometido a su influjo, para verse arrancado de pronto de una estupefacción de infinita densidad.

Se sintió emerger de un espeso y negro corazón, de allí donde no existe centro ni hay tampoco límites, e imaginó que, creado por el puro poder de las palabras de Basi, en aquel mismo instante comenzaba su existencia en el mundo.

¿Estoy naciendo?, se preguntó.

Lo familiar del espacio que lo rodeaba, en el que no aparecía ninguna pureza inaugural, sino solamente señales de larga postrimería —bajo sus pies la tarima crujiente; cerca del rostro la cortina que mantenía con inalterable equilibrio los contrapuestos efluvios de la cocina y de la escalera de la torre; a sus espaldas una penumbra coagulada más por la fosilización del polvo que por la inconsistencia de la luz—, le hizo considerar que no brotaba, sin pasado, de la inmutable y sólida nada, sino que regresaba de una existencia anterior, quizá separada de la nueva por una muerte antigua, a juzgar por aquellos espacios domésticos que manifestaban con tanta certeza la ruina íntima y apacible de los sepulcros cerrados durante muchos años.

No estoy naciendo, juzgó entonces. Resucito.

Miró el reloj: eran las diez y veinticinco de un miércoles. Desde el descansillo, el frío del invierno hacía manar la corriente húmeda de los sótanos. Estornudó y, como tenía el torso a medio girar —todavía entre el impulso de la carrera que lo había sacado del desván y su repentina detención tras la cortina, para no tropezar con la vieja, separada dos pasos del emplazamiento del teléfono—, sintió un fuerte tirón muscular en el pecho. La voz de Basi —cuyo temblor de chicharra, escuchado tan cerca, no reflejaba vaticinios ni emociones morales, sino el mero desgaste de los años— repetía el nombre una vez más.

Recién nacido o resucitado, sin duda estoy vivo, pensó, soportando con esfuerzo el esguince, pues la vida se hacía notar precisamente en tales calambres, como florecía en cada malestar de los resfriados que se atrapaban al descender en pijama a lugares como aquellos, en la mañana de un día de invierno. Acaso tampoco resucito. Acaso solamente despierto, o recupero mi ser, como esas bellas que duermen sin plazo o esos príncipes metamorfoseados en seres grotescos, cuando se cumple el destino de su encantamiento.

—Aquí estoy, Basi, no grites más, mujer, no chilles —exclamó.

—¿No me oías? Es aquel Lesmes, Julio Lesmes, aquel Julito.

Al asumir el nombre y evocar en su imaginación la figura del nombrado, dentro de Bernardo se enfrentaron sentimientos simultáneos, la sorpresa temerosa y hostil y el hastío de reconocer que los innumerables olvidos que habían precedido a aquel momento quedaban cancelados y que, vigentes los recuerdos, estaba obligado a soportar de nuevo la conciencia que había permanecido amortiguada durante tantos años.

Con claridad entonces, de modo menos difuso, tuvo el barrunto de emerger de unas entrañas viscosas, con gesto similar a ese de nacer que, según dicen, nunca se borra de la memoria profunda. Era como una resurrección y aunque no provenía de la muerte real, sino de un insondable aturdimiento, la padecía como si fuese auténtica y la comprobaba dolorosamente, entre estiramientos y contracciones propicios al desgarro, como el que había originado su torcedura.

—Dame, anda. Trae.

Sujetó el teléfono, que Basi le alargaba más desde sus ojos de jabonosa opacidad que desde la mano flaca con que lo agarraba y repitió en voz alta el nombre, casi interrogándose a sí mismo. Pero en el aparato resonó una voz que llegaba desde el pasado ensartando los años con la puntería de una identidad inconfundible —el carraspeo ronco que precedía a cada período oral— y recuperó, con esa resignación ante lo forzoso que nos deja inermes, al antiguo amigo, compañero de tantas horas perdidas.

—Julio Lesmes —repitió el otro—. No me digas que tampoco tú te acuerdas de mí.

Bernardo mantuvo un silencio dubitativo, mientras contemplaba el tronco de apretadas partículas, brillantes y veloces, que el sol vertical de la mañana plantaba en mitad del vestíbulo, entre el peludo contorno de los cortinones y los muebles que, en la sombra, mostraban las osamentas de sus patas y respaldos; lo rodeaba un conjunto de estructuras sepulcrales, apropiadas un momento antes a su condición pero de pronto ajenas, con las que su presencia no parecía armonizarse.

—El patio, los piratas de Anguila, Sangre en el Ojo —añadió el otro.

Jadeaba casi, como después de un gran esfuerzo, enarbolando lo festivo —que, tras la larga separación, adquiría la lúgubre resonancia de las fórmulas caducas— como una bandera blanca.

—Cómo no me voy a acordar —repuso al fin Bernardo, y al recobrar la memoria del Pelfo Tanubre encontró signos de un código muy añejo, que se proyectaba con el automatismo de las experiencias asimiladas en las edades tiernas de la vida.

—Me alegro de volver a hablar contigo, desde entonces —añadió el otro con cautela.

El adverbio proclamó unos tiempos mucho más cercanos que los evocados por su interlocutor en sus primeras alusiones e hizo que Bernardo se estremeciera, al suscitar en él un estímulo que sin duda no había sido voluntariamente considerado por el otro. Pero cuando se resucita es preciso acomodarse cuanto antes al nuevo estado, para evitar quedar flotando en las orillas del remolino, como un desperdicio errante entre las avalanchas de esa realidad que fluye sin tregua sobre los cascotes del marasmo perdido.

—Es Julio Lesmes, mujer —exclamó Bernardo, vocalizando tan claramente como si masticase lo que decía, en un esfuerzo por dominar su pavor, soportando la mirada de los ojos lechosos de Basi.

Basi suspiró y, encogiendo los hombros, lanzó una exclamación quejumbrosa —mientras sus manos, frotándose contra el delantal, se mostraban como única traza de vida entre la decrepitud terrosa de su aspecto— antes de volverse y desaparecer lentamente entre las sombras del corredor.

—¿Qué haces? —preguntó Bernardo.

—¿No lees mis artículos? También he escrito un par de novelas. Escribo, doy charlas.

—No, no he leído nada, ni siquiera sabía que habías vuelto a escribir desde aquellos poemas. ¿Cómo te ha dado por ahí?

—¿Cómo puedes existir sin leerme? —interpeló el otro, con tono jocoso que manifestaba una ironía conciliadora—. ¿Y no me has visto en la tele?

Bernardo continuaba contemplando el gran cilindro luminoso donde giraba la minúscula y apretada galaxia de polvo, entre las sombras macizas del vestíbulo que iba adquiriendo la apariencia de esos lugares sagrados en los que los límites de la sombra prevalecen y derrotan la expansión de la luz hasta establecer un ámbito favorable al temeroso recogimiento.

Sonaron las campanas de la catedral anunciando o marcando las ceremonias de algún rito, y mientras su reciente resurrección enardecía dentro de él un insoslayable deseo de fumar —tras muchos años de haber abandonado tal práctica— tuvo la sospecha de que la llamada que lo había obligado a despegarse de una estupefacción tan silenciosa e inmóvil como la muerte o la nada era anuncio de otras señales que marcarían también en él nuevas transformaciones.

—No leer, ni escuchar la radio, ni ver la televisión. Esas son algunas de mis aficiones favoritas —añadió Bernardo con énfasis.

Esperaba receloso el momento en que el diálogo, abandonando las convenciones, enseñaría su filo.

—Tengo que acercarme por ahí para hablar contigo.

—Oye, Pelfo —exclamó Bernardo, reticente—, yo estoy muy tranquilo aquí, he alcanzado el nirvana.

—¿Todavía me lo tienes apuntado? Quiero que sepas que ya no vivimos juntos.

Pese al aire de confidencia, Bernardo creyó advertir en la voz del otro el titubeo de los vendedores inseguros y se sintió obligado a seguir respondiendo con reserva.

—No seas prepotente, Pelfo, hace milenios que lo he olvidado. Pero ¿de qué podemos hablar tú y yo? La verdad es que no hay nada de lo que pueda hablar contigo, ni con nadie. Felizmente, a estas alturas he olvidado hasta la tabla de multiplicar.

Su reticencia no forzó al antiguo amigo a poner de manifiesto más interés: quedó en silencio —de manera que solo la suave resonancia indicaba que no había cortado la comunicación— y cuando habló recuperó un tono vago, que no hacía evidente la decepción.

—Hay algo que tienes que saber.

—Ya te digo que no hay nada que pueda interesarme.

—Algo sobre Heidi.

Bernardo permaneció indeciso, dejándose resbalar en un silencio que se alargaba como el estertor del diálogo y que al cabo interrumpió nerviosamente él mismo, arruinando sus improvisadas defensas.

—¿Sobre Heidi?

—Algo muy extraño, que quiero contarte personalmente.

—Mira, no me interesa nada, sea lo que sea —repuso Bernardo con aparente seguridad, pero sintiendo que se le iba a quebrar la voz—. Puedes ahorrarte el viaje.

—¿Nada de nada? ¿Ni siquiera la posibilidad de que esté viva?

Bernardo se atragantó con la saliva que había aflorado repentinamente en su boca. La resurrección incorporaba dentro de él otro cuerpo macizo, capaz de asfixiarlo.

—¿Cuándo vienes? —dijo luego.

—El viernes próximo. Podemos cenar juntos, en el Salamón. ¿Sigue abierto?

—Creo que sí. Desde que regresé, no he vuelto a salir de casa.

El silencio extendió por fin entre ellos una distancia insalvable.

—De acuerdo —añadió Bernardo, con voz neutra.

—Sangre en el Ojo —musitó Julio Lesmes, como apresurada despedida.

Bernardo colgó el teléfono y se dirigió a la escalera de la torre, atisbando a Basi, que acechaba desde la puerta de la cocina. En los ojos del gato acurrucado a sus pies el reflejo del rayo polvoriento exaltaba un fulgor impropio de materia viva.

—Ay Dios —exclamó Basi cuando pasó junto a ella, y él se detuvo, modificando súbitamente su intención de no hacerlo.

—¿A qué vienen esos gimoteos? —preguntó.

—No sé si los presagios son malos o buenos.

—Vamos, es Julio Lesmes, que viene a darse una vuelta. ¿Es que ya no te acuerdas de él? —dijo, y continuó andando.

Pero ella no le hacía caso y su voz temblona borboteaba a sus espaldas.

—Anoche, al abrir el armario, me pareció ver por un momentín, reflejada en el espejo, a la señorita Heidi. Estaba saliendo de un ataúd blanco que parecía una bañera.

Desde que la recordaba, desde los primeros años de una vida al parecer antiquísima, o en la sucesión de vidas interrumpidas por resurrecciones como la presente, a Bernardo le habían sorprendido siempre las peculiares asociaciones que encendía en la imaginación de Basi cualquier suceso poco usual. Se detuvo otra vez y, sobre los desvaríos de aquella debilitada razón, se encontró acometido por una evidencia violenta de realidad, que lo llevó a considerar no solo su inequívoca presencia en aquel pasillo oscuro, sino la del pasillo en la casa en que este se hallaba, y la del solar sobre el que se alzaba la casa, y la de los infinitos puñados de tierra y cieno que lo separaban del fuego interior del planeta.

El silencio estaba tejido sin una sola deshilachadura y de la vieja, cuatro pasos más allá, se desprendía un tufillo amoniacal. Tocó la pared y separó la mano con un respingo, porque había sentido en su tacto la frialdad pegajosa de una piel de batracio. El puntazo del pecho se hizo más fuerte.

No irá a ser otra cosa, pensó.

Regresó del fuego planetario hasta atravesar los sótanos y quedar de pie otra vez sobre la tarima en que la desidia había sucedido a los esfuerzos de épocas pasadas, como distinta expresión de la costumbre, fijando un sólido barniz de suciedad. La conciencia de la realidad seguía siendo acuciante y percibió una continua y sutil vibración, imaginando la ciudad que rodeaba la casa y la comarca toda que rodeaba la ciudad perdidas en la corteza de un planeta que giraba ciegamente en el infinito vacío. Nunca estuve muerto, ni dormido, pensó. Esto es una forma de condena perpetua.

—Vieja imbécil —musitó—. Vieja loca.

Escrutaba la oscuridad buscando el rostro de la mujer que, desde el lugar en que entonces se hallaba, había quedado disimulado entre los perfiles sombríos del pasillo, como un pliegue más de la cortina o un pedazo de moldura.

—No estaba muerta, solo dormida —añadió Basi—. Y ahora llama aquel Lesmes, aquel Julito endemoniado.

—Vieja idiota. Vieja meona.

El brillo de los ojos del gato denunció su posición, pero ella no habló nada más. Sus suspiros evolucionaron rápidamente hasta un suave resollar que se confundió con el ronroneo del animal y Bernardo continuó andando, con la intención de subir rápidamente las escaleras y el ademán encogido de quien huye por un paraje desértico en la zozobra de no conseguir pasar inadvertido.

Cruzaba con sigilo el primer descansillo, pero sin duda habían llegado a oídos de su madre los gritos de Basi llamándolo al teléfono, la posterior reiteración del nombre del comunicante, todos los extremos del incidente, pues escuchó la voz materna que lo interpelaba desde el otro lado de la puerta, interesándose por la causa de aquellas voces.

—Me llamaron al teléfono —dijo Bernardo, con voz bastante alta, sin abrir.

—¿Aquel Julio Lesmes? —preguntó su madre.

—Sí.

—Pasa un momento, por favor —pidió su madre, con la cortesía que utilizaba para impartir las órdenes perentorias.

Al abrir volvió a reconocer que, como los cielos estrellados del verano, aquella habitación enorme que ocupaba el primer piso de la torre permanecía inalterable en sus dimensiones y en sus brillos. Era una imagen fijada firmemente desde la infancia, acaso porque sus visitas al cuarto materno adquirían una solemnidad peculiar y solo sucedían en ocasiones especialmente señaladas, pues la convivencia cotidiana solía tener lugar en la salita, al otro lado de la casa, donde Basi le contaba cuentos cuando era muy pequeño y sus sueños más tarde, y donde se entretenía él con los juguetes y los libros o preparaba los deberes escolares.

La entrada a la habitación de la madre era bastante rara y solo se justificaba en causas poderosas, como analizar las calificaciones mensuales conseguidas en los estudios. Bernardo recordaba con precisión algunas de aquellas ocasiones: la prueba de su traje de primera comunión, ante la gran luna del armario, y las despedidas llenas de consejos, la víspera de su salida de la ciudad, cuando iniciaba cada curso de la carrera; pero, sobre todo, aquellas veces en las que permaneció largo tiempo sentado junto a su madre, con motivo de las muertes que tenían especial relación con ellos —la del tío Alfonso o la del mismo Buenaventura— y de otros sucesos extraños y deplorables, como la aparición del esqueleto en la Valcueva o la carta de María Luisa comunicando su decisión de abandonarlo.

En su memoria, la habitación se presentaba siempre así, en el contraluz de la media mañana, con la cama hecha y su madre sentada ante el pequeño velador, de espaldas a la puerta, ocultando el rostro familiar que, mientras se volvía para mirarlo, en el ademán de girar sobre el cuello, le hacía sospechar con angustia que una misteriosa metamorfosis podría haberlo trocado en otro rostro, tal vez en un semblante que no mostraría la habitual serenidad triste, sino una ferocidad crispada.

A lo largo de los años de la niñez, a Bernardo le había parecido que debía existir en aquella habitación, mediante mecanismos que a él no le era posible imaginar, una invisible alarma que solamente su madre conocía, pues siempre que intentaba entrar de modo subrepticio, con la mezcla aventurera de incertidumbre y osadía que lo empujaba a intentar descubrir por sí mismo los secretos que guardaban los cofrecillos de madera oscura, la caja de lata con un elefante troquelado en la tapa o los pequeños estuches de cuero que cerraba un pezón de cobre retráctil, la irrupción de su propia madre —como si, misteriosamente alertada de su invasión, se trasladase hasta el cuarto instantáneamente, utilizando un mágico poder— frustraba sus propósitos.


(Continues...)

Excerpted from El centro del aire by José María Merino, Ignacio Ballesteros. Copyright © 1991 José María Merino. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
Dedicatoria,
Parte 1,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 2,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 3,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 4,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 5,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 6,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 7,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Parte 8,
Bernardo,
Julio Lesmes,
Magdalena,
Sobre el autor,

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