El cincel de Dios: Cuando las heridas provocan sanidad y la noche es una inundacion de luz

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Exploring how the author was faced with a terrible health crisis and lost his will to live, this reflective account discusses how he reaffirmed his desire to survive after discovering God during these moments of intense pain. Assuring that there is growth through adversity, this inspirational book reminds readers that they never walk alone in the world, especially when they experience their deepest suffering.

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Exploring how the author was faced with a terrible health crisis and lost his will to live, this reflective account discusses how he reaffirmed his desire to survive after discovering God during these moments of intense pain. Assuring that there is growth through adversity, this inspirational book reminds readers that they never walk alone in the world, especially when they experience their deepest suffering.

Explorando cómo el autor experimentó una crisis de salud durante la cual sucumbió también su ánimo, este relato reflexivo discute cómo él reafirmó su deseo de sobrevivir después de descubrir a Dios durante estos momentos de dolor intenso. Asegurando que puede haber crecimiento en medio de la adversidad, este libro inspirador les recuerda a los lectores que nunca caminan solo en el mundo, especialmente cuando experimentan su sufrimiento más profundo.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788493564100
  • Publisher: Ediciones Noufront
  • Publication date: 11/1/2010
  • Language: Spanish
  • Edition description: Second edition
  • Pages: 126

Meet the Author


José Luis Navajo is a columnist, a commentator on various radio programs, and the author of several books in his native Spanish, including Eduquemos a nuestros hijos.
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El cincel de Dios

Cuando las heridas provocan sanidad y la noche es una inundación de luz
By José Luis Navajo

Thomas Nelson

Copyright © 2011 José Luis Navajo
All right reserved.

ISBN: 978-84-92726-32-5


Chapter One

CUANDO EL ALMA DUELE

"Quien sabe de dolor, todo lo sabe." Dante Alighieri

En la oscuridad de mi particular noche, he experimentado que el dolor puede alcanzar cotas muy elevadas y he comprobado, además, que no es sólo el cuerpo lo que sufre bajo la sacudida de su látigo: el alma puede doler, y mucho.

El dolor del alma es engañoso. Asoma, casi inocente, por la mañana y se acerca, amenazador, al palidecer la tarde, pero es cuando el día definitivamente abate sus cortinas cuando esa tortura se despereza y se alza como un feroz gigante que aprieta sus garras en torno al corazón.

Lo peor es que no hay medicina para el dolor del alma ... ni solución intravenosa, ni de ingestión oral. Ningún fármaco lo alivia.

Ahora, recostado aún, con mis párpados cerrados y traslúcidos por el reconfortante sol, hago memoria, y me estremece el recuerdo ... Tiemblo al rememorar las últimas noches, cuyas horas se tornaron perezosas hasta adquirir una longitud extraordinaria, e insufrible también.

Una de ellas es la que ahora revivo ...

Evitando casi respirar para no interrumpir el escaso y frágil descanso de mi esposa, pero incapaz de tolerar por más tiempo la cruel inmovilidad de la noche, decidí enfrentar de una vez la longitud de las tinieblas que tenía aún por delante y extendí la mano buscando mis gafas. El mensaje del reloj fue despiadado, tan sólo eran la una y media de la madrugada ... demasiadas horas de oscuridad frente a mí; y por detrás ... ¿Cuánta noche cargaba a mis espaldas? Ya había perdido la cuenta.

Resignado, devolví las gafas a su lugar e intenté acomodar la dolorida pierna sobre las almohadas. Otra cosa seria acomodar el alma, porque era ésta, y no la malograda extremidad inferior, lo que más dolía.

El silencio, tan sólo matizado por la respiración profunda de mi esposa, me incitó al recuerdo. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo al revivir los acontecimientos de los últimos días:

Aquella tarde el nervio ciático me había brindado su más brutal saludo. La punzada atroz me paralizó en mitad de la calle haciéndome gemir casi con desesperación. El transporte hasta el hogar fue tortuoso y humillante. Siguieron seis horas de angustiosa espera, aguardando a que el desbordado servicio médico de urgencias extrajese del bombo de la suerte la papeleta con mi nombre ... - Revivo con emoción la imagen de mi cuerpo caído, y mis tres dulces mujeres, mis tres baluartes, rodeándome con cariño, besándome con ternura y atenuando con sus caricias el dolor que me rompía. Las palabras del poeta acudieron a mi mente: Es buena una mano, una mano que se coge y se aprieta- Luego, entrada la madrugada, el veloz trayecto en la ambulancia, y ya en el hospital, el tratamiento de choque para atenuar el dolor.

A eso le siguieron varios días de inmovilidad casi absoluta, en los que aguardaba con resignada paciencia, no exenta de temor, que las descargas del nervio ciático continuaran su cruel secuencia. Cada hora, aproximadamente, un terrible calambre desgarraba mi pierna, dejándola torcida como un garfio y curvando todo mi cuerpo en una crisis bárbara que se prolongaba por espacio de veinte minutos a media hora. Luego el tormento se hacía a un lado, cediendo su lugar a una frágil y provisional calma. Mi respiración se sosegaba entonces, y mi cuerpo recuperaba, un tímido movimiento.

Así quedaba, acribillado y deshecho.

En ese tiempo, las crisis del cuerpo ya se fueron alternando con las del alma, pues mi ego, inquieto y activo, iba recibiendo serios golpes ante la impuesta inmovilidad. Es difícil permanecer quieto en un mundo que te inyecta en las venas el hábito de la prisa.

Aprendí a temerle a las sombras; sentía miedo cuando el día comenzaba a entornar sus párpados, pues los calambres nocturnos me torturaban de modo especial, aunque no en el cuerpo. La inquietud que usaba como almohada me sumía en una espiral de pensamientos tan angustiosa como inevitable. Pensaba mucho ... más de lo que debiera. Lo malo es que al olor del pensamiento acude el recuerdo. ¡Cómo son los recuerdos en esas tempestades! Se convocan todos e invaden la mente que, baja de defensas, sucumbe a su asedio.

Luché en esas noches, con todas mis fuerzas, para que la intolerable y febril actividad de mi mente no afectara al descanso de mi esposa. Duele mucho interrumpir el sueño de la amada al descubrir frente a ella una jornada agobiante en la que sólo podrá reposar para inclinarse sobre ti y posar un beso en tus labios mientras sus manos rozan tu rostro y acarician tu alma. El ritmo vertiginoso de la persona a la que amas, y sobre todo la imposibilidad de atenuarlo, agigantan el calambre de la pierna enferma. La incapacidad para desplazarme derrumbó mi muro de autosuficiencia al obligarme a asumir una dependencia total hasta para las más íntimas necesidades de mi aseo ... Aún los aprietos de los que no es de buen gusto hablar ... todo requería asistencia. Todos mis proyectos y cada una de mis actividades, tenían la obligación de ejecutarse en la mínima dimensión de mi lecho. De golpe mi mundo se concretó en el reducido espacio de un colchón.

Lo peor es que sobre una cama el tiempo se ralentiza. La enfermedad es un pesado lastre en las manillas del reloj. Mis opciones no eran muchas. Contar el tiempo, hora por hora, apurando el vaso de la soledad hasta el fondo.

La fuerte medicación fue estableciendo distancia entre los accesos de dolor. Y pude, en esas treguas que el cuerpo me concedía, medir la realidad de que es en la frágil estructura del alma donde se localizan las más sensibles terminaciones nerviosas. Es, inequívocamente, el dolor moral - el sentimiento y la pena que se padece en el ánimo - la cara más cruel del sufrimiento.

Duele, hasta las lágrimas, la premura con que algunos asuntos precisan ser alcanzados y la incapacidad de correr tras ellos con una pierna tullida. Observar la veloz marcha de la vida, desde una celda horizontal a la que te atan grilletes de nervios ciáticos, es una feroz tortura.

Todo sería más fácil si junto a la inmovilidad del cuerpo se nos concediera la de la mente. Pero, como ya he dicho, lejos de ello, el pensamiento adquiere una velocidad sorprendente, y agobiante también. Y, definitivamente, la dificultad adquiere tinte de tragedia cuando decidimos observarla ajustándonos las gafas del pesimismo y vistiendo la agobiante coraza de la autocompasión.

Yo caí en ese error: observar mi vida desde las estribaciones de la autocompasión. Desde allí contemplé el sinuoso recorrido de mis años, enfatizando las lágrimas y minimizando las risas; deteniéndome a inspeccionar, con la inclemente exageración del microscopio, los parajes difíciles, para luego pasar de largo, sin apenas apreciarlas, las verdes dehesas y las cristalinas aguas en las que también fui apacentado.

La altura de mi desgracia me produjo un vértigo mareante. A punto de transformarme en objeto, en vez de sujeto activo, terminé abatido bajo el peso del desaliento.

Mal que bien, fueron pasando los días -las noches parecían no pasar-. Hasta que, llegado el tiempo ... en la enésima noche de mi particular desierto. Cuando comenzaba a acostumbrarme a lo que di en llamar la "costosa inutilidad"; cuando la minuciosa labor de marquetería con que había construido mi vida amenazaba con hundirse totalmente ...

El cielo descorrió de pronto sus cortinas y abrió las ventanas de par en par.

Sobrecogido, cesé en mi lamento, y el silencio de mi queja permitió que otra voz llegara a mí:

"¡¡En descanso y en reposo estaréis a salvo, en quietud y confianza seréis fortalecidos!!"

Fue una inyección de paz para mi mente desbocada.

Recordé, vagamente, que esas palabras estaban escritas en la Biblia. Alguien me las había mencionado, no sé cuando ni por qué, pero el consejo volvía a mí cuando más lo necesitaba.

Un mensaje que me invitaba a la calma en una sociedad en la que llegar el segundo significa ser el primer perdedor.

La afirmación bíblica parecía una proclamación absurda para un sistema edificado sobre el éxito y la competitividad. Ahora se me recordaba que hay momentos en que tales virtudes, no sólo no cotizan, sino que se convierten en obstáculos.

Era una voz pausada. No urgente ... nada apremiante. Las palabras transmitían serenidad y sosiego. Como si nada corriera prisa ni existiera cosa alguna que justificase la ansiedad.

Esa voz seguía fluyendo:

"La tentación más frecuente que te acecha es pretender que algo depende de ti. Demasiado a menudo no me das más opción que paralizarte, y en la postración absoluta es donde, por fin, asumes la única realidad: Sólo Dios es, sólo Dios sabe, sólo Dios puede ... Mi poder se perfecciona en la debilidad, no en la fortaleza. En los tiempos de incertidumbre no deberías plantearte los grandes problemas. Las grandes cuestiones se resolverán: no dependen de ti. Guardar silencio y esperar, hacer menos y confiar más, eso es lo que te corresponde. Ya llegará la hora de mi mensaje: no lo precipites. Las maravillas que entonces sucedan no serán cosa tuya. Y comprobarás que yo puedo hacer en 20 minutos más de lo que tú harías en 20 años"

¿Quién me hablaba? ¿Era Dios? ¿Desde cuando el Creador visita la habitación de sus criaturas? Por un momento temí haber perdido la razón; pero aquellas palabras entraban por mis sentidos y se escurrían lentamente, dejando a su paso una estela de paz e impregnándome todo de una dulce quietud. Escucharlas fue como envolverme en sábanas de terciopelo ó sumergirme en un lago de agua cálida, cristalina y sobre todo reposada.

El mensaje penetró como anestesia en mi sistema nervioso central, y mi alma dejó de doler. Lloré a mares, como si no hubiese llorado nunca ó como si me hubiese olvidado hace mucho de llorar, y ahora, de repente, lo recordase a la perfección. Pero eran lágrimas de paz y de alegría irrefrenable.

Ni siquiera el calambre que volvió a desgarrar mi pierna fue capaz de interrumpir ese dulce momento; porque esa voz retornaba, como lluvia pacífica y ligera que fertilizaba mi tierra.

"Lo que más te tortura: tu incapacidad para moverte, es tu gran oportunidad. Hay tramos del camino tan repletos de riquezas, que es una insensatez cruzarlos a la carrera. Es sabio pararse en ellos, rebuscar entre sus piedras, beber en sus manantiales y disfrutar de las bellezas que allí abundan ... La prisa, la urgencia, la precipitación ... son los enemigos más acérrimos de mis proyectos. No entables amistad con mi rival más peligroso. La vida es una jornada, no una carrera. Cabalgar despacio, con serenidad y mesura, es la manera más segura de llegar pronto."

Un manto de quietud cubrió la bruma de la urgencia y barrió todo vestigio de ansiedad. Una paz densa, casi tangible, me envolvió, sumiéndome en el más feliz de los estados.

Al meditar en esas palabras comprendí mi errónea perspectiva, y observé mi vida y mis circunstancias desde el enfoque adecuado: La cama ya no era un potro de tortura, sino un colchón de fresco y mullido césped. Ni era postración mi estado, ni inutilidad mi condición. Mi extremidad dolorida dejó de ser un estorbo y se tornó en una sublime escala.

La fe resucitada lamió, hasta abatirlos, los cimientos del dolor.

Una frase vieja - oída o tal vez leída - se mecía en la superficie de mi conciencia: 'Los alquimistas añadían la sustancia más negra para tratar de producir la más brillante: el oro.'

Ahora comprendía la alquimia misteriosa que en mi se estaba realizando con el propósito de extraer de lo más negro lo más brillante.

La noche, todavía brumosa, acechaba golpeando con su negrura los cristales. Pero ya no infundía temor. La oscuridad ya no era la enemiga, ni resultaba amenazante. Si se cerraban las cortinas, era un tierno gesto que me invitaba al descanso.

Casi pude sentir que me arropaban y que una mano acariciaba mi cabello cuando las palabras finales se posaron sobre mi mente:

"Descansa y confía. La ansiedad es capaz de mantenerte toda la noche despierto, pero la fe es una magnífica almohada"

Abro los ojos súbitamente, sobresaltado. Sigo recostado, tal y como quedé después del breve paseo.

Las noches sin sueño me traicionan durante el día. Sin darme cuenta, mi reposar se convirtió en dormir y he mezclado sueños y recuerdos.

El sol está muy alto, ha superado ya el límite de mi ventana, pero su luz todavía alegra mi habitación, al igual que el resplandor que desprendía aquella voz - ¿vivida?, ¿soñada? - que tan sabios consejos me ha transmitido.

Nuevamente me incorporo y me deslizo lentamente, con pasos cortísimos, como si resbalara despacito por el suelo. Al enfrentar el pasillo sonrío y detengo mi lenta marcha, pensativo; la incipiente sonrisa se eleva a carcajada cuando considero que, precisamente ahora, anclado en dos piernas tullidas, comienzo a sentirme libre en el enorme sentido de la palabra.

El Néctar de la Reflexión

La noche no es siempre un tropiezo, ni recibe en todos los casos el nombre de tinieblas.

A veces se abaten las cortinas para invitarnos al descanso. Porque desde la quietud y el reposo se coronan elevadas cimas que nunca podrán conquistarse a la carrera.

AMANECE

"El verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor." Fiodor Dostoievski

Gocé de un descanso tan reparador como hacía muchas noches que no disfrutaba. He despertado a las cinco de la mañana y la sensación de paz se mantiene.

La experiencia de ayer fue hermosa: Las palabras escuchadas, las sensaciones vividas ... al parecer todo fue un sueño, pero ¡bendito sueño que me ha despertado de una pesadilla! En él he aprendido enormes verdades: No es una cruz estar clavado a una cama ... El sufrimiento gratuito sería una incomprensible e imposible maldad del Creador, pero nadie está eximido de padecer dolor, y apurar la copa de hiel es, con frecuencia, condición indispensable para convertirnos en fábrica de miel.

Rememoro alguno de los mensajes que ayer recibí y me emociono. No sé si vuelvo a sonar ... pero percibo un susurro:

"El amanecer es uno de mis más bellos milagros, y yo hago cada día uno nuevo para ti. ¿Cuánto hacía que no contemplabas el alba desde el reposo? Y la belleza de mi creación ¿Cuánto hace que no la observas? Mira la naturaleza, no es un almacén de formas y colores, sino algo fresco, tierno, exuberante, que yo he creado para ti."

La voz adquiere luego un matiz de ironía: "A veces hay que estar cojo para no estar ciego. Es necesario dejar de correr para comenzar a ver y detener la veloz marcha para levantar la vista."

Miro de nuevo el reloj, y ya son las siete. En mis ojos encharcados danza el alba. Mi ventana es un lienzo donde se mezclan tonos rosas y naranjas, luces que se imponen y sombras que huyen. También dentro de mí se está creando el más bello amanecer.

Mientras contemplo como se ordena el día en mi ventana, reflexiono en la pregunta que hace tiempo me formularon: ¿Cuándo acaba la noche y empieza el día? Tardé un rato en responder: Cuando es posible distinguir el rostro de las personas.

No -Me corrigió mi interlocutor-. Habrá amanecido cuando en el cielo de tu noche más oscura puedas apreciar luz. Mientras eso no ocurra no se habrá hecho de día en tu corazón.

Cierro mis ojos y observo mi personal cielo. Decididamente ha amanecido, y bajo la luz de este hermoso día la enfermedad ha dejado de ser un largo y ensombrecido pasillo que me conduce al desaliento, para convertirse en un amplio corredor que desemboca en una cima repleta de oportunidades.

El néctar de la Reflexión

A veces hay que estar cojo para no estar ciego.

Es necesario dejar de correr para comenzar a ver y detener la veloz marcha para levantar la vista.

(Continues...)



Excerpted from El cincel de Dios by José Luis Navajo Copyright © 2011 by José Luis Navajo. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Prólogo....................9
Prólogo de los editores....................13
Prólogo del autor a la 3a edición....................17
Preludio....................27
Cuando el alma duele....................29
Amanece....................43
El valle de la espera....................51
La aparición del hombre montaña....................61
Sabiduría grabada en la piel....................73
Una exclusiva universidad....................87
La belleza de la noche....................99
Tesoros en la oscuridad....................111
Fruto madurado con luz de luna....................131
Bellas y bestias del mismo cincel....................145
El veneno de la autocompasión....................159
Una poda necesaria....................173
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