El Cristiano Ateo: Creer en Dios, pero vivir como si Dios no Existiera

Overview

The Christian Atheist, by recovering Christian Atheist Craig Groeschel, is an honest, hard-hitting and eye-opening look into the ways people believe in God but live as if he doesn't exist. From his own lapses in faith as a young man to the painful self-admission he had to make as an established pastor, Groeschel's own journey will immerse you and challenge you into a deeper, Christ-filled life.

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El cristiano ateo

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The Christian Atheist, by recovering Christian Atheist Craig Groeschel, is an honest, hard-hitting and eye-opening look into the ways people believe in God but live as if he doesn't exist. From his own lapses in faith as a young man to the painful self-admission he had to make as an established pastor, Groeschel's own journey will immerse you and challenge you into a deeper, Christ-filled life.

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Product Details

  • ISBN-13: 9780829758108
  • Publisher: Vida
  • Publication date: 7/8/2010
  • Language: Spanish
  • Pages: 240
  • Sales rank: 1,398,669
  • Product dimensions: 5.30 (w) x 8.40 (h) x 0.70 (d)

Meet the Author

New York Times bestselling author, Craig Groeschel, is the founding and senior pastor of LifeChurch.tv, a pace-setting multicampus church and creators of the popular and free YouVersion Bible App. He is the author of several books including Soul Detox, Weird, The Christian Atheist and It. Craig, his wife, Amy, and their six children live in Edmond, Oklahoma. SPANISH BIO: Craig Groeschel es pastor fundador y pastor principal de LifeChurch.tv. LifeChurch.tv es una de las principales iglesias del pais ubicada en varias localidades con mas de ocho cultos de adoracion semanales congregados en doce localidades, incluyendo un campus en linea. LifeChurch.tv reunio a mas de 2.000 iglesias para participar por espacio de un mes en una serie denominada Una Oracion.
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Table of Contents

Contents

Carta al lector....................11
INTRODUCCIÓN Un cristiano ateo en recuperación....................15
CAPÍTULO 1 Cuando crees en dios, pero no lo conoces de verdad....................27
CAPÍTULO 2 Cuando crees en dios, pero te avergüenza tu pasado....................43
CAPÍTULO 3 Cuando crees en dios, pero no tienes la certeza de que te ama....................55
CAPÍTULO 4 Cuando crees en dios, pero no en la oración....................69
CAPÍTULO 5 Cuando crees en dios, pero no consideras que sea justo....................87
CAPÍTULO 6 Cuando crees en dios, pero no quieres perdonar....................105
CAPÍTULO 7 Cuando crees en dios, pero no piensas que puedas cambiar....................117
CAPÍTULO 8 Cuando crees en dios, pero igual te preocupas por todo....................137
CAPÍTULO 9 Cuando crees en dios, pero buscas la felicidad a cualquier precio....................155
CAPÍTULO 10 Cuando crees en dios, pero confías más en el dinero....................169
CAPÍTULO 11 Cuando crees en dios, pero no hablas de tu fe....................187
CAPÍTULO 12 Cuando crees en dios, pero no en su iglesia....................209
PALABRAS FINALES fe de tercera línea....................227
Reconocimientos....................237
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First Chapter

El cristiano ateo

Creer en Dios, pero vivir como si Dios no existiera
By CRAIG GROESCHEL

ZONDERVAN

Copyright © 2010 CRAIG GROESHEL
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-5810-8


Chapter One

Cuando crees en dios, pero no lo conoces de verdad

«Craig, tienes que conocer a esta chica. Es rara, como tú. Quiero decir, es una fanática de Dios. Está loca por Dios».

«Rara como tú» no era una de las cualidades que más buscara en una chica, pero como tanta gente me hablaba de Amy, pensé que debía conocerla. Estaba terminando la universidad y oraba a diario pidiendo conocer a alguien que tuviera la misma pasión por Cristo. Y por lo que me decían, Amy era todo lo que yo soñaba y más.

Nuestra relación comenzó con varias llamadas telefónicas antes de que por último nos conociéramos en persona. Alguien le había dicho a Amy que me parecía a Tom Cruise. Sin embargo, cuando abrió la puerta y me vio por primera vez, su expectante sonrisa desapareció. Supongo que no me veo exactamente como Maverick de Top Gun (aunque sí tengo cabello oscuro y nariz grande).

Esa noche fuimos a un estudio bíblico que Amy lideraba para varias chicas de la secundaria. Era asombrosa, y me cruzaron por la mente todas esas frases hechas sobre el amor y cosas por el estilo. Cuando oró por «sus chicas», me pareció que el cielo se abría. Mientras cantaba canciones de adoración, el tiempo se detenía. Cada vez que me miraba, alababa a Dios y me derretía al mismo tiempo. Era divertida, leal, sincera. Y eso sin mencionar que en la escala del uno al diez equivalía a unos cuatrocientos noventa y ocho millones (y así es todavía). Recuerdo haber pensado: Dios, sí que eres bueno. Buen trabajo.

No cabía en mí de la emoción, y siempre intentaba dar una buena impresión, mostrando al mejor Craig. Usaba mis camisas más nuevas, me ponía colonia de más, lavaba el auto, además de grabar la mejor música (una combinación de canciones cristianas y románticas de la década de 1980). Sin embargo, sobre todas las cosas, intentaba asegurarme de dar lo mejor de mí en lo espiritual, orando constantemente para tratarla con honor y pureza.

Seis meses después de conocer a Amy, le propuse matrimonio en la iglesia frente a nuestros seres queridos (afortunadamente, aceptó, pues la otra opción hubiera sido muy incómoda). Y nos casamos cinco meses más tarde.

Eso fue hace diecinueve años ya, por lo que nuestro matrimonio ha alcanzado la edad oficial para salir de casa e ir a la universidad. En todos estos años, he llegado a conocer a Amy más que a cualquier otra persona en el mundo. Si hay cuarenta mujeres en una habitación, hablando todas al mismo tiempo, enseguida puedo distinguir su voz. Si entro en un salón lleno de gente, mis ojos la encuentran al instante. Conozco su perfume, y con solo olerlo pienso en ella durante el resto del día. Sé cuál es su color predilecto, su canción preferida, su comida favorita, cuál de mis camisas es la que más le gusta.

No obstante, a pesar de lo mucho que nos conocemos, e incluso después de casi dos décadas, nuestra intimidad sigue creciendo. Constantemente aprendemos cómo conectarnos y comunicarnos en el nivel más profundo. Casi puedo leer su mente. Si pasa algo y Amy no está, sé exactamente lo que ella haría. Conozco sus valores. Sé cómo procesa las decisiones.

Compartimos una historia, anécdotas, experiencias y muchos hijos. Nos amamos. Creemos el uno en el otro.

En dos palabras, nos conocemos.

Creer no es lo mismo que conocer

Una reciente encuesta de Gallup informa que el noventa y cuatro por ciento de los estadounidenses afirman creer en Dios o en un espíritu universal. Sin embargo, con solo echarle un vistazo a las Escrituras y a nuestra cultura, queda en evidencia que los que conocen de veras a Dios no llegan al noventa y cuatro por cierto ni mucho menos. Me refiero a conocer a Dios de una forma íntima, de verdad. Conocer a alguien personalmente no es lo mismo que creer. Para muchos la sola idea de conocer a Dios y mantener una relación con él es algo que suena improbable, irrealista, una cosa que no se puede lograr.

Parte de la confusión surge de no llegar a reconocer los diferentes niveles de intimidad en el proceso de conocer a Dios.

Algunos conocemos a Dios por reputación, así como conocemos a alguien por lo que nos cuenta un amigo, por ejemplo. Tal vez sepamos un poco acerca de Dios ... y hasta hayamos ido a la iglesia algunas veces, escuchado algunas historias bíblicas, y tengamos nuestro versículo favorito pegado con un imán a nuestro refrigerador. No obstante, esas son cosas secundarias.

Otros conocemos a Dios a través de nuestros recuerdos. Hemos experimentado en verdad su gracia, su bondad y su amor en el pasado. Es como cuando hace poco me topé con un viejo amigo de la universidad. Veinte años atrás, éramos inseparables. Asistíamos a clases, practicábamos deportes y conocimos a Cristo juntos. Sin embargo, después de graduados, perdimos contacto. Conocía a esta persona hace años, pero no puedo decir que la conozca ahora.

Y algunos de nosotros conocemos a Dios íntimamente. Justo aquí, justo ahora.

Este es el tipo de conocimiento amoroso que Dios nos promete cuando lo buscamos (véase Deuteronomio 4:29; Jeremías 29:13; Mateo 7:7-8; Hechos 17:27). Cuando tenemos sed de Dios, él satisface ese deseo. Y cuando continuamos buscándolo, llegamos a conocerlo cada vez más íntimamente. Si oímos la voz de Dios, la reconocemos al instante. Hablamos con él todo el tiempo y lo echamos de menos cuando las circunstancias nos distraen de percibir su presencia. Construimos una historia juntos, acumulando una tras otra las experiencias compartidas.

Amamos a Dios. Confiamos en Dios.

Conocemos a Dios.

No conocer a Dios

Tal vez estás pensando: Creo en Dios. ¿No es eso suficiente? Es decir, muchas personas no creen en Dios, pero yo sí. ¿No es eso lo que él quiere de mí? Todas estas son preguntas justas. No obstante, que creamos en él no es todo lo que Dios quiere de nosotros. El libro de Santiago afirma que aun los demonios creen en Dios, sin embargo, tiemblan porque saben que desde el punto de vista relacional están separados de él (Santiago 2:19). Obviamente, el cristianismo es mucho más que solo creer en Dios.

Mientras crecía, los miembros de mi familia eran lo que llamo «cristianos culturales». Asistíamos a la iglesia en Navidad y Pascua. Ayudábamos a los vecinos en necesidades. Donábamos ropa y comida enlatada. Orábamos en la cena del Día de Acción de Gracias. No obstante, básicamente eso era todo. Aunque creía en Dios, todo lo que sabía eran algunas cosas sobre él ... y muy pocas, por cierto. No lo conocía. Y puesto que no conocía a Dios de la forma en que se conocen los buenos amigos o los esposos, vivía según mis propias reglas.

Mis acciones revelaban la ausencia de un conocimiento íntimo de Dios. En 1 Juan 2:3-4 se nos indica: «¿Cómo sabemos si hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: «Lo conozco» pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad». ¿Suena un poco duro? Prefiero pensar que es una declaración directa y honesta, pronunciada con sinceridad por alguien que en verdad se preocupa y quiere lo mejor para nosotros.

Debemos tener en mente que los mandamientos de Dios son amorosos. Lo que él les pide a sus hijos que hagan -como practicar la justicia, amar la misericordia y vivir con humildad (Miqueas 6:8)- es lo que desea que hagamos siempre, o al menos en nuestros mejores momentos. Fuimos creados para ser ejemplos vivientes del amor de Dios para un mundo que sufre.

Dios se interesa por cómo vivimos. Y una relación con él naturalmente resultará en actitudes y acciones diarias. Así que si pareces bueno, eres bueno, ¿verdad? Pues tal vez no. Conocer a Dios puede conducir a un estilo de vida positivo, pero lo inverso no siempre es cierto. Nuestras acciones visibles por sí mismas no prueban que disfrutemos de una relación interna con Dios. Solo porque hagamos el bien, eso no significa que conozcamos a aquel que es el bien. Como cuando vi a Amy por primera vez. Al principio no la conocía, pero intentaba llegar a conocerla. Si no me esforzaba, no nos habríamos conocido de veras. Tenemos que hacer un esfuerzo para llegar a conocer a Dios.

A Dios le interesan no solo nuestras acciones, sino nuestros corazones. Y en particular, nuestra actitud hacia él. ¿Esas buenas acciones que hacemos surgen porque lo conocemos? ¿o vivimos como si Dios solo se remitiera a observar y marcar en su lista celestial las casillas de los logros que vayamos alcanzando? ¿obtuviste una estrella por ir a la iglesia? ¿Por ser amable? ¿Por donar dinero a una obra de caridad? Algunos intentamos ganarnos la aceptación de Dios sin conocer en verdad su corazón. Y cuando se acabe la vida, Jesús les dirá a estas personas: «No quisiste una relación conmigo. Vete» (véase Mateo 7:21-23).

Hay una gran cantidad de gente con buenas intenciones que cree en Dios, pero no lo conocen personalmente. Muchos solo representan un papel. Y muchos pensamos que somos cristianos porque ... bueno ... es distinto a ser budistas.

Creemos en Dios, pero nuestras vidas no reflejan quién es él en realidad.

No conocer bien a Dios

¿Has oído hablar de George Brett, el legendario tercera base del Kansas City Royals? Cuando era pequeño, coleccionaba todas las tarjetas de béisbol de George Brett y sabía todo sobre él.

En 1988, jugué en el campeonato nacional de tenis de la NAiA, en la ciudad de Kansas. Y mientras caminaba por la ciudad vi a George Brett sentado a la mesa de un café junto a la calle. No pude evitar llegarme hasta allí y tenderle la mano:

-Sé que esto debe sucederle todo el tiempo. Lo siento. Sin embargo, no puedo dejar de decirle que usted es genial! En 1980 bateó .390, casi supera los .400, lo cual habría roto el récord de Ted Williams en 1941. Y en solo ciento diecisiete juegos impulsó ciento dieciocho carreras. Es genial! (Sé que estuve repetitivo, pero me sentía nervioso).

Ahora bien, yo en realidad no conocía a George Brett. Lo que poseía era mucha información acerca de él. Y había oído que era arrogante y maleducado. No obstante, según mi experiencia su conducta fue por completo opuesta.

-¿Así que sabes todo acerca de mí? -preguntó.

-Bueno, apenas empiezo.

-Asombroso. ¿Quieres sentarte con nosotros? Charlemos un poco.

Y acercó una silla para mí. Después de hablar durante unos quince minutos, George me preguntó:

-¿Qué te trae a la ciudad de Kansas?

Le dije que jugaría en el torneo de tenis al día siguiente. Me felicitó y dijo:

-Sabes ... ya que me viste jugar durante todos estos años, trataré de ir a verte jugar mañana.

Al día siguiente gané el título nacional ... y George Brett estuvo en primera fila, alentándome. (Aquí correspondería oscurecer gradualmente la escena al son de alguna música etérea).

Bueno, eso no sucedió en realidad, aunque habría sido un final grandioso. Lo que ocurrió fue que George no se apareció para nada, y yo perdí en la segunda ronda y volví a casa alicaído y triste.

Técnicamente, podría decir que conocía a George Brett, ya que había conversado con él ese día. Sin embargo, es obvio que no lo conozco de veras. Si alguien le mencionara ese encuentro conmigo en la ciudad de Kansas, lo más probable es que no lo recordara en lo absoluto.

Vayamos ahora hacia atrás en el tiempo, rebobinando unos dos mil años. Cuando el apóstol Pablo escribió su carta a los gálatas (los seguidores de Jesús que vivían en la región de Galacia, hoy Turquía), ellos habían experimentado al Dios real y viviente, pero luego cayeron en la trampa del legalismo. Conocían a Dios, pero no lo suficiente como para evitar que los absorbiera una vida basada en la ley, no en el amor. En Gálatas 4:8-9, Pablo escribió: «Antes, cuando ustedes no conocían a Dios, eran esclavos de los que en realidad no son dioses. Pero ahora que conocen a Dios -o más bien que Dios los conoce a ustedes-, ¿cómo es que quieren regresar a esos principios ineficaces y sin valor? ¿Quieren volver a ser esclavos de ellos?».

En esencia, lo que Pablo les decía es esto: «Ustedes conocen a Dios, pero no lo suficiente como para evitar sus viejos hábitos, esas actitudes que les hacen daño y afectan su relación íntima con Dios».

En el siglo veintiuno, más nos valdría preguntarnos: «¿Somos nosotros así también?».

Quizás conocemos a Dios «hasta cierto punto». Es posible que hayamos orado alguna vez, y hasta que le rogáramos a Jesús que transformara nuestras vidas. Incluso podemos tener un entendimiento básico de Dios o nos hemos sentido de verdad cerca de él. No obstante, ahora ya no lo conocemos tan bien.

Conocer a Dios íntimamente

Por último, están los que conocen a Dios íntimamente y le sirven con todo el corazón. En mi caso, sé que eso es lo que sucede cuando me vuelvo cada vez más consciente de su presencia en mí, su provisión, su poder y su paz. No siento que Dios esté «ahí afuera» esperando que le envíe una oración a cada rato. Es más como una conversación continua: "Hola, Dios. Oye, ¿qué te parece esto?". Y sinceramente, creo que Dios me habla a través de su Palabra escrita y su Espíritu.

De alguna manera, mi espíritu está conectado a él y oigo lo que está diciendo. Es como un zumbido, una conciencia constante de que a medida que se desarrolla mi día, Dios está dirigiendo las cosas y envía a las personas a mi vida. Eso es vivir con Dios.

En otras ocasiones, tal vez no siento que Dios esté tan cerca, pero por fe sé que está conmigo. Más allá de lo que sienta, tengo la seguridad de que Dios nunca me abandona. Y tampoco te abandonará a ti.

El salmista David describe su relación con Dios en el Salmo 63:1-4. En realidad, afirma que su experiencia de conocer al Dios personal crea un anhelo profundo de conocer a Dios más íntimamente todavía. El versículo 1 comienza diciendo: "oh Dios, tú eres mi Dios". No eres el Dios de otro, alguien de quien acabo de oír. Eres mi Dios.

David continúa: «Yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta». En este mundo no hay nada que me satisfaga. Si estoy hambriento, como, pero luego volveré a sentir hambre otra vez. Solo Dios puede satisfacer por completo. Te amo tanto, Dios, que me duele. Necesito más de ti.

¿Has sentido ese tipo de amor por alguien? Cuando no están juntos, la impaciencia por estar de nuevo con esa persona te consume. Si estoy separado de Amy, siento impaciencia por volver a oír su voz. Imagina eso con Dios.

El salmista sigue: «Te he visto en el santuario y he contemplado tu poder y tu gloria». Te he visto. Te conozco. Al verte, te reconozco. Sé cómo te ves. Tu poder y majestad sin límites, el destello de tu esplendor, tu belleza, todo eso es más de lo que podría imaginar o describir.

El versículo 3 dice: «Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán». ¿Mejor que la vida? Él está diciendo que si tuviera que elegir -entre tener el amor de Dios y ver morir su cuerpo mortal, o perder el amor de Dios y seguir viviendo- preferiría morir.

Siguiente versículo: «Te bendeciré mientras viva, y alzando mis manos te invocaré». Jamás volveré a ser el mismo. He sido transformado, y la experiencia me abruma y sobrepasa mi entendimiento. No siento vergüenza de hacer lo que sea para expresarme delante de ti. No puedo mantener las manos a los costados. Quiero elevarlas hacia ti. Sonreiré. Echaré la cabeza hacia atrás y me regodearé en tu gloria magnífica.

El nombre es lo que te dará la pauta

La mayoría de los historiadores de la Biblia concuerdan en que también fue David el que escribió el Salmo 9:10, el cual dice en referencia a Dios: «En ti confían los que conocen tu nombre». ¿Cómo llamas a Dios? La forma en que te diriges o te refieres a él podría revelar la profundidad de tu intimidad o la falta de esta.

Quiero ilustrar esto. La forma en que me llamas revela a las claras hasta dónde me conoces, o si me conoces siquiera. Suena el teléfono y respondo. Del otro lado, me dices: «Buenas tardes, Sr. Gress-shuhl. Quiero hablarle sobre su servicio telefónico».

Una cosa es evidente: No me conoces. Ni siquiera sabes cómo se pronuncia mi apellido!

(Continues...)



Excerpted from El cristiano ateo by CRAIG GROESCHEL Copyright © 2010 by CRAIG GROESHEL. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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  • Posted July 20, 2011

    Super

    Si que escarvo mi interior....

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  • Posted May 24, 2011

    Great book. Un buen libro

    Me encanta este libro.habla muchas verdades, te anima a cambiar y a ser realmente un creyente que sigue a Jesus.

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