El descanso: Una historia de segundas oportunidades (Island of Saints: A Story of the One Principle That Frees the Human Spirit)

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Una mezcla única entre hechos históricos y una ficción cautivadora que muestra el poder del perdón.
En 1942, los submarinos alemanes eran despachados para el Golfo de México con el propósito de hundir a los navíos de Estados Unidos que llevaban bienes de consumo y combustible. Al tomar un paseo nocturno, Helen Mason, viuda a causa de la guerra, descubre el cuerpo casi sin vida de un marinero alemán. Enfurecida al ver el uniforme de Josef Landermann, Helen está preparada a ...

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Overview

Una mezcla única entre hechos históricos y una ficción cautivadora que muestra el poder del perdón.
En 1942, los submarinos alemanes eran despachados para el Golfo de México con el propósito de hundir a los navíos de Estados Unidos que llevaban bienes de consumo y combustible. Al tomar un paseo nocturno, Helen Mason, viuda a causa de la guerra, descubre el cuerpo casi sin vida de un marinero alemán. Enfurecida al ver el uniforme de Josef Landermann, Helen está preparada a dejarlo morir cuando una frase inusual, débilmente pronunciada, la hizo cambiar de idea.

En El descanso, un pequeño pueblo debe prepararse a sí mismo para lo peor que el mundo tiene que ofrecer, y Josef y Helen deben reconciliar sus pasados para crear un futuro.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602554221
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 3/29/2011
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 272
  • Sales rank: 1,412,326
  • Product dimensions: 5.30 (w) x 8.20 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Andy Andrews, aclamado por un escritor del New York Times
como "una de las personas más influyentes de Estados Unidos", es un novelista de gran éxito de ventas y orador empresarial de mucha demanda. Ha dado discursos a pedido de cuatro presidentes de Estados Unidos.

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El descanso

Una historia de segUndas oportUnidades
By Andy Andrews

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-422-1


Chapter One

Estamos a principios de verano. Estoy sentado ante mi escritorio y me dispongo, por fin, a acometer el proceso de separar lo que sé que es cierto de aquello que no es más que una mera sospecha. A medida que forme las palabras y las vaya escribiendo para que queden registradas, intentaré separar los hechos de la leyenda y el mito en los que se han visto envueltos durante décadas.

Como autor, suelo tener una obra en particular anidando en mi cabeza (completa, con su título, su argumento, sus tramas secundarias y el final) durante meses, hasta que llega el momento en que salta, tomando la forma que yo pueda darle y quedando plasmada en las páginas. Sin embargo, en estos momentos no tengo ni siquiera un título provisional para este manuscrito. Si el libro ha llegado hasta sus manos, debo decir que no era mi propósito escribirlo. El bosquejo de mis dos próximos libros ya está hecho y estoy preparado para comenzar a escribirlos. No obstante, me he visto distraído por el intento de resolver un misterio que la propia tierra ha lanzado, literalmente, a mi vida. Permítanme que me explique ...

Vivo con mi esposa, Polly, y nuestros dos hijos en una pequeña isla situada a lo largo de la línea costera norte del golfo de México, que pertenece a Florida y Alabama. Hay un único puente pequeño que nos conecta con el continente. Orange Beach, Alabama, se encuentra exactamente al oeste de donde vivimos y es donde hacemos nuestras gestiones bancarias, votamos, asistimos a la iglesia y hacemos la compra.

Perdido Key, Florida, está hacia el este. A treinta segundos del puente, en esa dirección, se cruza por carretera la línea de demarcación del estado de Florida y llegamos al mundialmente conocido Flora-Bama Lounge, un conglomerado de madera, ladrillos y carpas construido sin excesivo rigor. Es muy famoso, supongo que por eso mismo, porque es muy conocido. Esa es la razón por la que esté siempre abarrotado y, cuando el viento sopla hacia donde estamos, a veces puedo llegar a oír el sonido de Redneck Mother o You Don't Have to Call Me Darlin' ... Darlin', desde mi embarcadero, hasta bien entrada la noche.

Durante los últimos veinte años, este litoral previamente ignorado se ha convertido, cada vez más, en el principal destino de los turistas en verano y de los pinzones de las nieves en invierno, que llegan a la zona atraídos por el turquesa del mar y el blanco cegador de la arena. La playa es una de las pocas en todo el mundo que se compone de un único mineral (en este caso se trata de cuarzo finamente molido) y forma parte de un tramo de unos ciento sesenta kilómetros; incluye las ciudades de Panama City y Destin, en el estado de Florida, y que se conoce como «Miracle Strip».

Nuestra casa está situada en una línea de dunas que se levanta a unos siete metros y medio del borde del agua y se extiende de este a oeste; su ubicación nos proporciona vistas del mar a ambos lados de la isla. El paisaje es, en el mejor de los casos, mínimo. A base de paciencia hemos conseguido que crezcan algunas flores en medio de la arena y varias palmeras en macetones adornan el embarcadero. Polly dice que «lo natural es lo mejor» y yo, que no he olvidado aún lo pesados que fueron mis padres, unos fanáticos del jardín, estoy más que contento de poder estar de acuerdo con ella.

De modo que, en lugar de tener un césped que haya que cortar constantemente y arbustos de azalea que supliquen abono, poda, y paja de pino colocada a mano alrededor de sus preciosas raíces, tenemos arrocillo, árboles de la cera y viejos robles que crecen en la arena. Se desarrollan bastante bien sin necesidad de que yo les preste ninguna ayuda. Bueno, la mayor parte del tiempo.

El pasado mes de septiembre observé que el árbol de la cera más grande de nuestra propiedad había empezado a morirse. Tenía casi cien años y había alcanzado casi los doce metros de altura; daba sombra a una zona del tamaño de una pista de tenis y coronaba la parte superior de la duna que quedaba cerca del porche de nuestra cocina. Los navegantes solían ver ese magnífico monarca incluso antes de reparar en la casa. Por su altura y su cercanía, mi familia se dio rápidamente cuenta de la inminente muerte del árbol.

Al llegar el Año Nuevo, no había rastro de vida en sus ramas. Me sorprendió ver que me sentía extrañamente aliviado, como si se tratara de la muerte de un viejo amigo cuya lucha fuese ya demasiado difícil de presenciar. Tras un periodo razonable de lo que yo denominé luto y mi esposa calificó de «desidia en la jardinería», supe que había llegado el momento de quitar el árbol de allí.

El árbol de la cera, también conocido como arrayán del sur, era utilizado por los indios y los primeros colonos estadounidenses para hacer velas. Su olor tan particular y aromático procede de los aceites volátiles contenidos en las diminutas glándulas de sus hojas. Estos hacen que el árbol sea altamente inflamable y permanecen en él mucho tiempo después de su muerte. La leña muerta impregnada de resina combustible no es una buena combinación cuando se encuentra tan cerca de una casa. Así que, con pesar en mi corazón (y una radio sintonizada para seguir los torneos eliminatorios de la Liga Nacional de Fútbol) asesté el primer hachazo al tronco del árbol.

Soy hombre de hacha. Desde que en mi adolescencia vi una película en la que la motosierra era el arma elegida para asesinar, no he tenido nunca una especial predilección por ese sonido concreto. De modo que, en lugar de un corte rápido y un gran estrépito, el talado del árbol me llevó toda la mañana y estuve arrastrando los trozos esparcidos hasta el principio de la tarde. No quedó más que el tocón como recordatorio de que una vez hubo un árbol allí. Con todo lo que nos gustaba ese árbol, nadie quería tener allí el rastro de su existencia. «¡Desentiérralo!», me dijo mi esposa apremiándome con un tono que, a su entender, era una voz de aliento. Y yo lo hice.

Damos por sentado que, al estar rodeado de arena, un tocón no es un oponente tan temible como cuando sus raíces están arraigadas en un terreno de arcilla o de roca. Sin embargo, estamos hablando de un sistema de raíces que ha pasado cien años buscando alimento. Me encontré con tremendas marañas de ramas fibrosas y subterráneas que se habían extendido en ramificaciones aun mayores que las alcanzadas por el follaje bajo la luz del sol. Me sentía impresionado y exhausto. Había hecho un boquete en la tierra en el que cabía el Buick de mi abuelo y estaba empezando a acordarme de mi querida esposa. Aquello que desconozca no podrá herirla. Estaba a punto de dar marcha atrás, cubrir las raíces que quedaban y tapar todo aquel destrozo cuando mi pala tropezó con algo que no parecía una raíz.

Durante un momento, la pala se quedó como pegada. Era como si hubiese golpeado un montón de goma o de caramelo masticable. El sonido también era distinto. Me había ido acostumbrando al sonido de la pala de acero cuando ésta corta la arena, pero esto sonaba como un restallido sordo. En aquel momento no me pareció que sonara a metal, pero era exactamente eso.

Al retirar la pala, un trozo de ... algo oxidado, del tamaño de una mano, quedó a la vista. La arena se deslizó por una hendidura que se había abierto en aquel objeto, seguramente al golpearlo con el filo de la pala. De rodillas, me apresuré a retirar una madeja de diminutas raíces que cubrían aquella cosa y, con mis dedos, conseguí sacarlo haciendo fuerza. ¡Era una lata!

Estaba muy oxidada; le di la vuelta con mucho cuidado para no cortarme con ninguno de sus bordes afilados. Era grande ... como las latas de verdura o los recambios de ketchup que los restaurantes suelen utilizar. Estaba sellada por ambas partes, pero observé que el óxido había ocasionado varios agujeritos en la superficie, sin contar con la apertura más grande que el golpe de la pala había producido.

La presencia de los agujeros indicaba que la lata no estaba llena de comida ni contenía líquido alguno. Sin embargo, pesaba más que una lata vacía y sonó al darle la vuelta. Aunque di por sentado que aquel ruido estaba causado por conchas y arena, sentía mucha curiosidad y rompí el delgado y frágil metal.

Dentro de la lata encontré algo frío, húmedo y enmohecido que me pareció una vieja gamuza. Alguna vez habría sido de suave cuero, pero ahora estaba rígida por el tiempo y la humedad herrumbrosa en la que se había visto encarcelada. Saqué el cuero de la lata y me di cuenta de que, en su momento, había sido doblado cuidadosamente. Ahora, sin embargo, estaba un poco encogido, ennegrecido por el moho y sus bordes eran casi tan duros como si se tratara de un agarrador grande y feo que alguien hubiese almidonado.

Los pliegues se abrieron fácilmente entre mis manos y, al hacerlo, dejaron caer un botón sobre la arena, delante de mí. Era un botón de plata. Aunque estaba algo deslustrado, llevaba un hermoso grabado: un ancla. De la parte trasera salía un único enganche con letras alrededor. Eran tan diminutas que me resultaba imposible reconocer algo más que una K, una R y, siguiendo la línea de la inscripción hacia abajo, lo que me pareció que podía ser una A.

Coloqué el botón sobre el porche de la cocina, detrás de mí, y tiré más fuerte del cuero del que éste había salido. Arranqué todo un trozo del mismo y otros tres botones, idénticos al primero, cayeron a la arena junto con un anillo. También era de plata, un poco más descolorido que los botones y, en el centro, llevaba un águila rodeada por una corona de hojas. El anillo también llevaba letras grabadas que recorrían toda la circunferencia del círculo. En voz alta leí las palabras: «Wir Fahren Gegen Engelland».

No era capaz de traducir, ni de identificar tan siquiera, el idioma; dejé el anillo junto con los botones y seguí separando los pliegues del cuero costroso. Una vez abierto el último doblez, coloqué la gamuza lentamente sobre la arena y contemplé boquiabierto lo que escondía. Había otros cuatro botones que, junto con los demás, hacían un total de ocho; una insignia de plata en forma de ancla de unos cinco centímetros de alto por casi cuatro de ancho; una especie de medalla de color negro y plata con un trocito de cinta de color rojo, negro y blanco que colgaba de ella y tres fotografías en blanco y negro que el agua había dañado ligeramente.

La primera fotografía era de medio cuerpo y representaba a un hombre con uniforme militar. No reconocí el atuendo, pero me percaté de inmediato de que los botones de la foto eran los mismos que ahora obraban en mi poder. De hecho los conté. En la foto había ocho botones de plata con un ancla grabada en ellos ... los mismos que estaban en mi porche. No podía decir con certeza si el hombre de la foto tenía veinte o cuarenta años; en ese sentido me recordaba a las fotografías antiguas que había visto de colegiales de los años 1930 a 1940. Todos parecían mayores de lo que eran en realidad.

El hombre no sonreía. Era como si no se hubiese sentido cómodo con la idea de que le hicieran una foto. No era ni gordo ni delgado, aunque la palabra «fuerte» sería una buena descripción para ese tipo de cuerpo. En la chaqueta de su uniforme, en la parte derecha de la pechera, lucía la misma águila que aparecía en el anillo. En la cabeza llevaba una gorra de tipo boina. A lo largo del borde inferior de la gorra, bordada en grandes letras góticas figuraba la palabra Kriegsmarine.

La segunda fotografía era más pequeña y llevaba una orla negra decorativa alrededor. En ella aparecían tres personas: una mujer joven con lo que me pareció que debía ser su mejor vestido, un hombre trajeado, con una camisa blanca y sin corbata, y un bebé en un carrito que estaba entre ellos. No podría decir si era un niño o una niña. Aunque la mujer miraba directamente (¿con temor?) a la cámara, la atención del hombre se centraba en el bebé, por lo que su cara se veía de perfil. No estaba seguro, pero creo que quizás se trataba del mismo hombre que se veía en la fotografía anterior, vestido de uniforme.

Pero lo que captó toda mi atención fue la tercera fotografía junto con la medalla y la cinta. La condecoración militar negra y plateada tenía la forma de una cruz. En el aspa inferior de la misma había una fecha: 1939 y, en el centro, un símbolo aún más familiar. Parpadeé mientras la tocaba con el dedo y me estremecí; no sabría si achacarlo al frío de enero o a algo invisible.

Rápidamente volví a mirar la última fotografía. Eran hombres en un tipo de barco ... formaban para inspección. En la esquina derecha de la primera línea ... ¡sí! ... ¡allí estaba el hombre de la primera fotografía, vistiendo su uniforme! En primer plano aparecían cuatro oficiales con sus abrigos repletos de condecoraciones militares. Tres de ellos iban vestidos de oscuro con lo que imaginé sería un ribete dorado o plateado. El cuarto hombre, que estaba más a la izquierda, vestía impecablemente con un conjunto del mismo diseño pero de una tela más clara. Y fue la cara de ese hombre la que reconocí. Era la persona para la que se había creado el símbolo de la medalla. Pero, ¿por qué rayos había una fotografía de Adolf Hitler enterrada en mi jardín trasero?

Chapter Two

Una semana más tarde seguía sin poder contestar a mis preguntas. ¿De dónde venían todas esas cosas? Al menos, a través de los distintos buscadores de internet había podido resolver algunas de las incógnitas con respecto a qué eran exactamente aquellas piezas. La esvástica repujada en la medalla me dio alguna idea de lo que podía encontrar.

Después de entrar a toda prisa en la casa y desplegar todas aquellas cosas sobre la mesa de la cocina ante mi atónita esposa, me retiré a mi despacho y encendí el ordenador. La primera palabra que busqué fue Kriegsmarine, la inscripción de la gorra del hombre de la fotografía. Rápidamente encontré que era el nombre de la Armada alemana controlada por el régimen nazi hasta 1945. Anteriormente conocida como Reichsmarine, la Kriegsmarine se constituyó en mayo de 1935 después de que Alemania aprobara la Ley para la reconstrucción de la Fuerza de Defensa Nacional. Esta ley restauró la presencia militar alemana que había quedado prácticamente excluida por el Tratado de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial.

A continuación escribí: botones de la Kriegsmarine e inmediatamente fui recompensado. Allí, en la pantalla de mi ordenador, en un plano ampliado, tenía una vista frontal y trasera de un botón idéntico a los ocho que yo tenía. En el frente del botón se desplegaba con orgullo el ancla, mientras que la ampliación del reverso mostraba claramente la palabra Kriegsmarine inscrita en semicírculo. Recordé las letras que apenas había conseguido distinguir en la parte trasera del primer botón que encontré. Saqué de mi escritorio una vieja lupa de fotógrafo de ocho aumentos y examiné el dorso de uno de los botones reales. Se veía el mismo grabado semicircular; ¡era la misma palabra que estaba allí, ante mis ojos, en la pantalla del ordenador!

Al retirar mis ojos del artilugio de aumento observé que la lupa de fotógrafo (una pequeña pieza de plástico que llevaba el nombre de la marca Lupe) tenía su propia inscripción. Made in Germany, decía. De no haber sido todo tan misterioso me habría reído a carcajadas.

La medalla (fácil de encontrar) era una Cruz de Hierro. Fue instituida por el rey Federico de Prusia en 1813 y Adolf Hitler la adoptó como pieza de simbolismo político en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Se convirtió en la condecoración de mayor reconocimiento que podía conseguir un miembro del ejército alemán. La Cruz de Hierro era una recompensa al valor frente al enemigo. La medalla en sí no se mostraba. Aquel que la recibía sólo llevaba la cinta de colores vivos, pasada a través del ojal de su chaqueta. En la primera fotografía pude ver ese trozo de tela rojo, blanco y negro que ocupaba un lugar destacado en el uniforme del Kriegsmariner.

A continuación, emprendí una frustrante búsqueda de la insignia de plata con el ancla escribiendo estas mismas palabras. Después lo intenté con: insignia alemana de plata con ancla; insignia alemana de plata con ancla y cuerda e insignia de la Armada alemana de plata con ancla y cuerda, sin obtener resultado alguno. Sustituí la palabra insignia por broche y medalla; cambié alemana por nazi; remplacé Armada por Kriegsmarine y probé todas las combinaciones posibles de esos términos que se me ocurrieron, pero el resultado fue el mismo: ¡Nada!

(Continues...)



Excerpted from El descanso by Andy Andrews Copyright © 2011 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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  • Anonymous

    Posted February 19, 2013

    Onyx

    Wingfury... I know you.

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  • Anonymous

    Posted February 16, 2013

    Wingfury

    He made a nest.
    ~ Wingfury

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  • Anonymous

    Posted February 11, 2013

    Trainees' Den

    The trainees' den.

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