El Duodecimo Iman

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Mientras los líderes de Irán piden la aniquilación de Israel y Estados Unidos, el agente de la CIA David Shirazi es enviado a Teherán con un solo objetivo: usar todos los medios disponibles para desbaratar el programa de armas nucleares de Irán sin dejar huellas estadounidenses, y sin provocar una guerra regional.
Arriesgando su propia vida, Shirazi ejecuta su plan. Como su familia escapó de Irán en 1979, su idioma natal es el persa, así que él no podría estar mejor preparado ...

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Mientras los líderes de Irán piden la aniquilación de Israel y Estados Unidos, el agente de la CIA David Shirazi es enviado a Teherán con un solo objetivo: usar todos los medios disponibles para desbaratar el programa de armas nucleares de Irán sin dejar huellas estadounidenses, y sin provocar una guerra regional.
Arriesgando su propia vida, Shirazi ejecuta su plan. Como su familia escapó de Irán en 1979, su idioma natal es el persa, así que él no podría estar mejor preparado para la misión. Pero nada de su entrenamiento ha preparado a Shirazi para lo que sucederá a continuación. Un oscuro clérigo religioso es proclamado súbitamente a través de la región como el mesías islámico conocido como el Mahdi o el Duodécimo Imán. Las noticias de sus milagros, sanaciones, señales y maravillas se esparcen como fuego arrasador, así como rumores de una guerra nueva y horrorosa. Con la profecía del Duodécimo Imán aparentemente cumplida, las fuerzas armadas de Irán se preparan para atacar a Israel y provocar los Últimos Días. Shirazi debe actuar para salvar a su país y al mundo, pero el reloj sigue avanzando y entonces un oscuro secreto de su pasado sale a la luz y cambia el curso de su vida para siempre.

As the apocalyptic leaders of Iran call for the annihilation of Israel and the U.S., CIA operative David Shirazi is sent into Tehran with one objective: use all means necessary to disrupt Iran’s nuclear weapons program, without leaving American fingerprints, and without triggering a regional war. At extreme personal risk, Shirazi executes his plan.
A native Farsi speaker whose family escaped from Iran in 1979, he couldn’t be better prepared for the mission. But none of his training has prepared Shirazi for what will happen next. An obscure religious cleric is suddenly hailed throughout the region as the Islamic messiah known as the Mahdi or the Twelfth Imam. News of his miracles, healings, signs, and wonders spreads like wildfire, as do rumors of a new and horrific war. With the prophecy of the Twelfth Imam seemingly fulfilled, Iran’s military prepares to strike Israel and bring about the End of Days. Shirazi must take action to save his country and the world, but the clock is ticking—and then a dark secret from his past comes to light and changes the course of his life forever.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781414334714
  • Publisher: Tyndale House Publishers
  • Publication date: 4/1/2011
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 528
  • Sales rank: 994,464
  • Product dimensions: 8.04 (w) x 5.58 (h) x 1.28 (d)

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EL DUODÉCIMO IMÁN


By JOEL C. ROSENBERG

TYNDALE HOUSE PUBLISHERS, INC.

Copyright © 2011 Joel C. Rosenberg
All right reserved.

ISBN: 978-1-4143-3471-4


Chapter One

TEHERÁN, IRÁN 4 DE NOVIEMBRE DE 1979

Charlie Harper todavía estaba a unos cuatro o cinco mil metros del complejo, pero estaba solo; aunque pudiera luchar por abrirse paso entre la creciente multitud, todavía no tenía ningún plan para rescatar a los que estaban adentro.

Podía escuchar disparos. Podía sentir el hedor acre del humo espeso y negro que se elevaba con el aire frío de la mañana. Podía sentir el calor abrasador de las fogatas mientras las banderas de Estados Unidos, las llantas y el auto volcado de alguien se incendiaban a su alrededor. Podía ver la ira en los ojos de los jóvenes —miles de ellos, tal vez decenas de miles, con barba, vociferando y gritando fuera de control— que rodeaban la embajada y amenazaban con invadir sus instalaciones. Simplemente no tenía idea de qué hacer.

Era la primera misión del joven de veintiséis años con el Departamento de Estado. Él era el funcionario político más joven en el país y no tenía experiencia de campo. Él y su bella esposa, Claire, apenas tenían un año de casados. Estaban en Teherán desde el 1 de septiembre —apenas dos meses. Ni siquiera sabía los nombres de muchos de sus colegas que estaban detrás de las paredes del complejo. No obstante, aunque cada vez temía más por su seguridad, se rehusaba a creer que personalmente estaba en peligro de muerte.

¿Cómo podría estarlo? Charles David Harper amaba Irán de una manera que tenía poco sentido para él, mucho menos para su esposa. Al haber crecido en el lado sur de Chicago, no había conocido a nadie de Irán. Nunca antes había estado allí. Ni siquiera había estado cerca, pero de una manera inexplicable se había enamorado del pueblo persa en algún momento. Le encantaba la complejidad de esta cultura antigua y exótica. Le cautivaba el ritmo misterioso de la moderna Teherán, aunque estuviera tan llena de extremistas religiosos y secularistas militantes. Especialmente, le fascinaba la comida; khoroshte fensejoon era su favorita últimamente, un sabroso guisado de cordero asado, granadas y nueces, que los Shirazi, sus vecinos de al lado —que Dios los bendiga—, habían preparado para él y Claire dos veces desde que habían llegado a este puesto.

Para Charlie había sido una alegría asimilar y perfeccionar el idioma de Irán. Había aprendido rápidamente el persa cuando era estudiante universitario en Stanford. Se había ejercitado en él cuidadosamente durante su postgrado en Harvard. Cuando se unió al Departamento de Estado después de graduarse, lo habían colocado inmediatamente en la vía rápida para llegar a ser funcionario del Servicio Exterior, pasó rápidamente por un entrenamiento diplomático básico y fue enviado aTeherán para su primera misión. Se sintió emocionado en cada etapa de la trayectoria. Afortunado al usar el persa todos los días. Estimulado al haber sido lanzado a una caldera política altamente volátil. Entusiasmado al tratar de entender la dinámica de la revolución de Jomeini desde adentro. Y convencido de que mientras más rápidamente se familiarizara con los acontecimientos, más rápidamente podría ayudar con efectividad a Washington a comprender y a navegar por la enorme conmoción social y cultural que estaba desarrollándose en Irán.

Charlie estaba convencido de que los arrebatos violentos de los estudiantes eran esporádicos. Este también pasaría como una tormenta de verano, al igual que habían pasado todos los demás. Las nubes oscuras pasarían. El sol volvería a salir. Solamente tenían que ser pacientes. Como pareja. Como país.

Charlie le dio un vistazo a su reloj. Apenas eran las seis y media de la mañana. Desde que había escuchado en la radio de su departamento los reportes iniciales de los disturbios, había salido corriendo a toda velocidad casi nueve cuadras, pero ya no podía hacerlo —demasiada gente y muy poco espacio. Mientras avanzaba lentamente, podía ver los pisos superiores de la cancillería, no lejos de la Puerta Roosevelt, la entrada principal de la embajada, pero sabía que nunca lograría llegar desde este lado. Tendría que encontrar otra manera de entrar —tal vez por las oficinas del consulado en la esquina noroeste del complejo.

Falto de aire, con la camisa húmeda y pegada a su espalda, Charlie cambió de velocidad. Comenzó a tratar de moverse zizagueando entre la multitud. Su relativa juventud, su pelo oscuro y sus ojos color café —regalo de la herencia italiana de su madre— parecían ayudarlo a mezclarse un poco, aunque de repente deseó tener barba. Y una pistola.

Podía sentir que la situación se deterioraba irremediablemente. Los Marines no se veían por ningún lado. Podía ver que ya no estaban vigilando la puerta principal, ni siquiera patrullaban la cerca. Supuso que se habían retirado a defender los edificios del complejo: la cancillería, la casa del embajador, la casa del director adjunto de la misión, el consulado y la bodega (más conocida como "Mushroom Inn"), junto con varias otras oficinas y el centro de vehículos motorizados. Charlie no era militar, pero pensó que esa decisión tal vez era tácticamente sabia. Podía sentir la masa de cuerpos que avanzaba hacia adelante sin pausa. Estos estudiantes de ojos desorbitados no tardarían mucho en echar abajo la puerta.

¿Abrirían fuego los marines cuando eso finalmente sucediera? ¿Cómo podrían hacerlo? Sería un baño de sangre. Sin embargo, ¿cómo podrían no hacerlo? Muchos de los jóvenes que lo rodeaban tenían pistolas. Algunos tenían rifles. Otros ya estaban disparando al aire. ¿Qué pasaría si los estudiantes realmente abrían fuego contra los diplomáticos estadounidenses? Los marines se verían obligados a devolver los disparos. Los sucesos podrían salirse de control rápidamente.

El estruendo del gentío era ensordecedor. Un necio, encaramado en el muro del perímetro, gritaba a través de un megáfono: "¡Muerte a Estados Unidos!". La multitud frenética y enloquecida recibía cada palabra con fervor y la repetía una y otra vez, y cada vez más fuerte.

Finalmente Charlie comenzó a avanzar, y mientras se abría camino con los codos entre el gentío, no pudo sino pensar en lo feos que eran los edificios achaparrados de ladrillo de la embajada. De hecho, todo el complejo parecía una escuela pública estadounidense de los años cuarenta o cincuenta. Incluso había sido apodado "Henderson High" por Loy Wesley Henderson, el embajador estadounidense en Irán de 1951 a 1954. De verdad no era un logro arquitectónico. Pero no había duda de que sería una mina de oro de inteligencia para los radicales leales al Ayatolá Jomeini, si lograban ingresar antes de que los oficiales del Servicio Exterior quemaran y destruyeran todos los documentos.

Alguien agarró a Charlie desde atrás. Se volteó y se encontró mirando a los ojos inyectados en sangre de un fanático sin afeitarse, probablemente cinco años menor que él, pero doce centímetros más alto.

—¡Tú ... tú eres estadounidense! —gritó el estudiante en persa. Las cabezas se voltearon. Repentinamente Charlie se sintió rodeado. Se dio cuenta de que la mano derecha del muchacho se empuñaba. Vio los ojos perdidos del chico y, por primera vez, Charlie Harper temió por su vida.

—Vous êtes fou. Je suis de Marseille! —respondió con un francés perfecto; llamó loco al muchacho y afirmó ser del puerto comercial más grande de Francia.

La vehemencia de la respuesta de Charlie y el hecho de que no estaba hablando en inglés, tomó al estudiante desprevenido. Se quedó en blanco por un momento. Obviamente no hablaba francés y por una fracción de segundo pareció inseguro de cómo proceder.

Los pensamientos de Charlie se agolparon. De repente se dio cuenta de lo rápido que sería hombre muerto si estos radicales descubrían que era estadounidense. Se sintió tentado a patear al muchacho en la ingle y a salir corriendo entre la multitud. Pero ahora había por lo menos seis o siete más, igual de grandes y de furiosos.

Uno de ellos comenzó a caminar hacia él, pero justo entonces una camioneta, llena de otros jóvenes —enmascarados y gritando— saltó una vereda y llegó rápidamente a través de la multitud. El conductor presionó la bocina y la gente corrió a protegerse. La camioneta dio un frenazo para detenerse justo a la derecha de Charlie. Los jóvenes que iban atrás comenzaron a disparar las ametralladoras al aire y, entonces, cuando la multitud finalmente dejó libre un camino directo, el conductor aceleró el motor y condujo hacia la Puerta Roosevelt. La barrera de hierro forjado se convirtió en un montón arrugado, y miles de estudiantes enfurecidos vitorearon, gritaron y se metieron en las instalaciones de la embajada como si los hubieran disparado desde un cañón.

Tan pronto como lo habían agarrado, ahora Charlie se encontraba libre, ya que sus atacantes lo abandonaron y siguieron a la multitud a través del boquete en las puertas. Con el corazón desbocado y la adrenalina corriéndole por sus venas, Charlie se dio cuenta que tenía la oportunidad de escapar. Aprovechó el momento y comenzó a dirigirse en dirección opuesta, lejos de la puerta principal y hacia una calle lateral. Seguía teniendo problemas para moverse entre la turba desenfrenada, pero momentos después dio vuelta a la esquina y logró ver la entrada al consulado.

Estaba cerrada. Por un momento vaciló. ¿Debería dirigirse hacia allí? ¿Debería tratar de entrar y ayudar a quien estuviera atrapado? El personal de adentro estaba constituido mayormente de mujeres encargadas del procesamiento de visas ocho horas al día, todos los días, año tras año. No estaban entrenadas para enfrentar revoluciones. Seguramente estarían aterrorizadas. No obstante, ¿podría en realidad ayudarlas, o cabía la posibilidad de que en lugar de eso lo atraparan y lo trataran brutalmente?

Entonces, vio a dos empleadas del consulado que rápidamente salieron por una puerta lateral. Alborozado, estaba a punto de llamarlas cuando un grupo de estudiantes enmascarados y armados con rifles, llegaron corriendo por la esquina y rodearon a las dos jóvenes. Saltaron sobre ellas y comenzaron a golpearlas sin misericordia.

La ira de Charlie hervía, pero no podía hacer nada. Estaba solo. Estaba desarmado. Y, otra vez, pensó en Claire en su departamento —sola, aterrorizada, y con tres meses y medio de embarazo.

(Continues...)



Excerpted from EL DUODÉCIMO IMÁN by JOEL C. ROSENBERG Copyright © 2011 by Joel C. Rosenberg. Excerpted by permission of TYNDALE HOUSE PUBLISHERS, INC.. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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