El filibusterismo

El filibusterismo

by José Rizal y Alonso
     
 

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José Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda (19 de junio de 1861, Calamba-30 de diciembre de 1896, Manila), fue patriota, médico y hombre de letras inspirador del nacionalismo de su país. Rizal era hijo de un próspero propietario de plantaciones azucareras de origen chino. Su madre, Teodora Alonso, fue una de las mujeres más cultas de su…  See more details below

Overview


José Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda (19 de junio de 1861, Calamba-30 de diciembre de 1896, Manila), fue patriota, médico y hombre de letras inspirador del nacionalismo de su país. Rizal era hijo de un próspero propietario de plantaciones azucareras de origen chino. Su madre, Teodora Alonso, fue una de las mujeres más cultas de su época. La formación de José Rizal transcurrió en el Ateneo de Manila, la Universidad de Santo Tomás de Manila y la de Madrid, donde estudió medicina. Más tarde estudió en París y Heidelberg. Noli me Tangere, su primera novela, fue publicada en 1886, seguida de El Filibusterismo, en 1891. Por entonces editó en Barcelona el periódico La Solidaridad en el que postuló sus tesis políticas Pese a las advertencias de sus amigos, Rizal decidió regresar a su país en 1892. Allí encabezó un movimiento de cambio no violento de la sociedad que fue llamado «La Liga Filipina». Deportado a una isla al sur de Filipinas, fue acusado de sedición en 1896 y ejecutado en público en Manila.

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Product Details

ISBN-13:
9788499530932
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
08/31/2011
Series:
Narrativa Series
Pages:
288
Product dimensions:
5.50(w) x 8.40(h) x 0.70(d)

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El Filibusterismo. Continuación de Noli Me Tangere


By José Rizal

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9953-094-9



CHAPTER 1

SOBRE-CUBIERTA


Sic itur ad astra.

En una mañana de diciembre, el vapor Tabo subía trabajosamente el tortuoso curso del Pásig conduciendo numerosos pasajeros hacia la provincia de la Laguna. Era el vapor de forma pesada, casi redonda como el tabù de donde deriva su nombre, bastante sucio a pesar de sus pretensiones de blanco, majestuoso y grave a fuerza de andar con calma. Con todo, le tenían cierto cariño en la comarca, quizás por su nombre tagalo o por llevar el carácter peculiar de las cosas del país, algo así como un triunfo sobre el progreso, un vapor que no era vapor del todo, un organismo inmutable, imperfecto pero indiscutible, que, cuando más quería echárselas de progresista, se contentaba soberbiamente con darse una capa de pintura.

Y ¡si el dichoso vapor era genuinamente filipino! ¡Con un poquito de buena voluntad hasta se le podía tomar por la nave del Estado, construida bajo la inspección de Reverendas e Ilustrísimas personas!

Bañada por el Sol de la mañana que hacía vibrar las ondas del río y cantar el aire en las flexibles cañas que se levantan en ambas orillas, allá va su blanca silueta agitando negro penacho de humo ¡la nave del Estado, dicen, humea mucho también ...! El silbato chilla a cada momento, ronco e imponente como un tirano que quiere gobernar a gritos, de tal modo que dentro nadie se entiende. Amenaza a cuanto encuentra; ora parece que va a triturar los salambaw, escuálidos aparatos de pesca que en sus movimientos semejan esqueletos de gigantes saludando a una antidiluviana tortuga; ora corre derecho ya contra los cañaverales, ya contra los anfibios comederos o kárihan, que, entre gumamelas y otras flores, parecen indecisas bañistas que ya con los pies en el agua no se resuelven aún a zambullirse; a veces, siguiendo cierto camino señalado en el río por troncos de caña, anda el vapor muy satisfecho, mas, de repente un choque sacude a los viajeros y les hace perder el equilibrio: ha dado contra un bajo de cieno que nadie sospechaba ...

Y, si el parecido con la nave del Estado no es completo aún, véase la disposición de los pasajeros. Bajo-cubierta asoman rostros morenos y cabezas negras, tipos de indios, chinos y mestizos, apiñados entre mercancías y baúles, mientras que allá arriba, sobre-cubierta y bajo un toldo que les protege del Sol, están sentados en cómodos sillones algunos pasajeros vestidos a la europea, frailes y empleados, fumándose sendos puros, contemplando el paisaje, sin apercibirse al parecer de los esfuerzos del capitán y marineros para salvar las dificultades del río.

El capitán era un señor de aspecto bondadoso, bastante entrado en años, antiguo marino que en su juventud y en naves más veleras se había engolfado en más vastos mares y ahora en su vejez tenía que desplegar mayor atención, cuidado y vigilancia para orillar pequeños peligros ... Y eran las mismas dificultades de todos los días, los mismos bajos de cieno, la misma mole del vapor atascada en las mismas curvas, como una gorda señora entre apiñada muchedumbre, y por eso a cada momento tenía el buen señor que parar, retroceder, ir a media máquina enviando, ora a babor ora a estribor, a los cinco marineros armados de largos tikines para acentuar la vuelta que el timón ha indicado. ¡Era como un veterano que, después de guiar hombres en azarosas campañas, fuese en su vejez ayo de muchacho caprichoso, desobediente y tumbón!

Y doña Victorina, la única señora que se sienta en el grupo europeo, podrá decir si el Tabo era tumbón desobediente y caprichoso, doña Victorina que como siempre está nerviosa, lanza invectivas contra los cascos, bankas, balsas de coco, indios que navegan, ¡y aun contra las lavanderas y bañistas que la molestan con su alegría y algazara! Sí, el Tabo iría muy bien si no hubiese indios en el río, ¡indios en el país, sí! si no hubiese ningún indio en el mundo, sin fijarse en que los timoneles eran indios, indios los marineros, indios los maquinistas, indios las noventa y nueve partes de los pasajeros e india ella misma también, si le raspan el blanquete y la desnudan de su presumida bata. Aquella mañana, doña Victorina estaba más inaguantable que nunca porque los pasajeros del grupo hacían poco caso de ella, y no le faltaba razón porque consideren ustedes: encontrarse allí tres frailes convencidos de que todo el mundo andaría al revés el día en que ellos anduviesen al derecho; un infatigable don Custodio que duerme tranquilo, satisfecho de sus proyectos; un fecundo escritor como Ben Zayb (anagrama de Ibáñez) que cree que en Manila se piensa porque él, Ben Zayb, piensa; un canónigo como el padre Irene que da lustre al clero con su faz rubicunda bien afeitada donde se levanta una hermosa nariz judía, y su sotana de seda de garboso corte y menudos botones; y un riquísimo joyero tal como Simoun que pasa por ser el consultor y el inspirador de todos las actos de S. E. el capitán general, consideren ustedes que encontrarse estas columnas sine quibus non del país, allí agrupaditas en agradable charla y no simpatizar con una filipina renegada, que se tiñe los cabellos de rubio, ¡vamos! que hay para hacer perder la paciencia a una Joba, nombre que doña Victorina se aplica siempre que las ha con alguno.

Y el mal humor de la señora se aumentaba cada vez que gritando el capitán ¡baborp! ¡estriborp! sacaban rápidamente los marineros sus largos tikines, los hincaban ya en una y en otra orilla, impidiendo, con el esfuerzo de sus piernas y sus hombros, a que el vapor diese en aquella parte con su casco. Vista así la nave del Estado, diríase que de tortuga se convertía en cangrejo cada vez que un peligro se acercaba.

— Pero, capitán, ¿por qué sus estúpidos timoneles se van por ese lado? — preguntaba muy indignada la señora.

— Porque allí es muy bajo, señora — contestaba el capitán con mucha pausa y guiñando lentamente el ojo.

El capitán había contraído esta pequeña costumbre como para decir a sus palabras que salgan: ¡despacio, muy despacio!

— ¡Media máquina, vaya, media máquina! — protesta desdeñosamente doña Victorina; ¿por qué no entera?

— Porque navegaríamos sobre esos arrozales, señora — contesta imperturbable el capitán sacando los labios para señalar las sementeras y haciendo dos guiños acompasados.

Esta doña Victorina era muy conocida en el país por sus extravagancias y caprichos. Frecuentaba mucho la sociedad y se la toleraba siempre que se presentaba con su sobrina, la Paulita Gómez, bellísima y riquísima muchacha, huérfana de padre y madre, y de quien doña Victorina era una especie de tutora. En edad bastante avanzada se había casado con un infeliz llamado don Tiburcio de Espadaña, y en los momentos en que la vemos, lleva ya quince años de matrimonio, de cabellos postizos y traje semi-europeo. Porque toda su aspiración fue europeizarse, y desde el infausto día de su casamiento, gracias a tentativas criminales; ha conseguido poco a poco transformarse de tal suerte que a la hora presente Quatrefages y Virchow juntos no sabrían clasificarla entre las razas conocidas. Al cabo de tantos años de matrimonio, su esposo que la había sufrido con resignación de fakir sometiéndose a todas sus imposiciones, tuvo un aciago día el fatal cuarto de hora, y le administró una soberbia paliza con su muleta de cojo. La sorpresa de la señora Joba ante semejante inconsecuencia de carácter hizo que por de pronto no se apercibiese de los efectos inmediatos y solo, cuando se repuso del susto y su marido se hubo escapado, se apercibió del dolor guardando cama por algunos días con gran alegría de la Paulita que era muy amiga de reír y burlarse de su tía. En cuanto al marido, espantado de su impiedad que le sonaba a horrendo parricidio, perseguido por las furias matrimoniales (los dos perritos y el loro de la casa) diose a huir con toda la velocidad que su cojera le permitía, subió en el primer coche que encontró, pasó a la primera banka que vio en un río, y, Ulises filipino, vaga de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, de isla en isla seguido y perseguido por su Calipso con quevedos, que aburre a cuantos tienen la desgracia de viajar con ella. Ha tenido noticia de que él se encontraba en la provincia de la Laguna, escondido en un pueblo, y allá va ella a seducirle con sus cabellos teñidos.

Los combarcanos habían tomado el partido de defenderse, sosteniendo entre sí animada conversación, discutiendo sobre cualquier asunto. En aquel momento por las vueltas y revueltas del río, hablábase de su rectificación y naturalmente de los trabajos de las Obras del Puerto.

Ben Zayb, el escritor que tenía cara de fraile, disputaba con un joven religioso que a su vez tenía cara de artillero. Ambos gritaban, gesticulaban, levantaban los brazos, abrían las manos, pateaban, hablaban de niveles, de corrales de pesca, del río de S. Mateo, de cascos, de indios, etc., etc. con gran contento de los otros que les escuchaban y manifiesto disgusto de un franciscano de edad, extraordinariamente flaco y macilento, y de un guapo dominico que dejaba ... dejaba vagar por sus labios una sonrisa burlona.

El franciscano flaco que comprendía la sonrisa del dominico quiso cortar la disputa interviniendo. Debían respetarle sin duda porque con una señal de la mano cortó la palabra a ambos en el momento en que el fraile-artillero hablaba de experiencia y el escritor-fraile de hombres de ciencia.

— Los hombres de ciencia, Ben Zayb, ¿sabe usted lo que son? — dijo el franciscano con voz cavernosa sin moverse casi en su asiento y gesticulando apenas con las descarnadas manos —. Allí tiene usted en la provincia el puente del Capricho, construido por un hermano nuestro, y que no se terminó porque los hombres de ciencia, fundándose en sus teorías, lo tacharon de poco sólido y seguro, y ¡mire usted! ¡Está el puente que resiste a todas las inundaciones y terremotos!

— ¡Eso, puñales, eso precisamente, eso iba yo a decir! — exclamó el fraile-artillero pegando puñetazos en los brazos de su silla de caña —; ¡eso, el puente del Capricho y los hombres de ciencia; eso iba yo a decir, padre Salví, puñales!

Ben Zayb se quedó callado, medio sonriendo, bien sea por respeto o porque realmente no supiese qué replicar, y sin embargo, ¡él era la única cabeza pensante en Filipinas! — el padre Irene aprobaba con la cabeza frotando su larga nariz.

El padre Salví, aquel religioso flaco y descarnado, como satisfecho de tanta sumisión continuó en medio del silencio.

— Pero esto no quiere decir que usted no tenga tanta razón como el padre Camorra — que así se llamaba el fraile-artillero —; el mal está en la laguna ...

— ¡Es que no hay ninguna laguna decente en este país! — intercaló doña Victorina, verdaderamente indignada y disponiéndose a dar otro asalto para entrar en la plaza.

Los sitiados se miraron con terror y, con la prontitud de un general, el joyero Simoun acudió:

— El remedio es muy sencillo — dijo con un acento raro, mezcla de inglés y americano del Sur —; y yo verdaderamente no sé cómo no se le ha ocurrido a nadie.

Todos se volvieron prestándole la mayor atención, incluso el dominico. El joyero era un hombre seco, alto, nervudo, muy moreno que vestía a la inglesa y usaba un casco de tinsin. Llamaban en él la atención los cabellos largos, enteramente blancos que contrastaban con la barba negra, rala, denotando un origen mestizo. Para evitar la luz del Sol usaba constantemente enormes anteojos azules de rejilla, que ocultaban por completo sus ojos y parte de sus mejillas, dándole un aspecto de ciego o enfermo de la vista. Se mantenía de pie con las piernas separadas como para guardar el equilibrio, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

— El remedio es muy sencillo — repitió —, ¡y no costaría un cuarto!

La atención se redobló. Se decía en los círculos de Manila que aquel hombre dirigía al general y todos veían ya el remedio en vías de ejecución. El mismo don Custodio se volvió.

— Trazar un canal recto desde la entrada del río a su salida, pasando por Manila, esto es, hacer un nuevo río canalizado y cerrar el antiguo Pásig. ¡Se economiza terreno, se acortan las comunicaciones, se impide la formación de bancos!

El proyecto dejó atontados a casi todos, acostumbrados a tratamientos paliativos.

— ¡Es un plan yankee! — observó Ben Zayb que quería agradar a Simoun. El joyero había estado mucho tiempo en la América del Norte.

Todos encontraban grandioso el proyecto y así lo manifestaban en sus movimientos de cabeza. Solo don Custodio, el liberal don Custodio, por su posición independiente y sus altos cargos, creyó deber atacar un proyecto que no venía de él — ¡aquello era una usurpación! — y tosió, se pasó las manos por los bigotes y con su voz importante y como si se encontrase en plena sesión del Ayuntamiento, dijo:

— Dispénseme el señor Simoun, mi respetable amigo, si le digo que no soy de su opinión; costaría muchísimo dinero y quizás tuviésemos que destruir poblaciones.

— ¡Pues se destruyen! — contestó fríamente Simoun.

— ¿Y el dinero para pagar a los trabajadores ...?

— No se pagan. Con los presos y los presidiarios ...

— ¡Ca! ¡no hay bastante, señor Simoun!

— Pues si no hay bastante, que todos los pueblos, que los viejos, los jóvenes, los niños trabajen, en vez de los quince días obligatorios, tres, cuatro, cinco meses para el Estado, ¡con la obligación además de llevar cada uno su comida y sus instrumentos!

Don Custodio, espantado, volvió la cara para ver si cerca había algún indio que les pudiese oír. Afortunadamente los que allí se encontraban eran campesinos, y los dos timoneles parecían muy ocupados con las curvas del río.

— Pero, señor Simoun ...

— Desengáñese usted, don Custodio — continuó Simoun secamente —; solo de esa manera se ejecutan grandes obras con pocos medios. Así se llevaron a cabo las Pirámides, el lago Mœris y el Coliseo en Roma. Provincias enteras venían del desierto cargando con sus cebollas para alimentarse; viejos, jóvenes y niños trabajaban acarreando piedras, labrándolas y cargándolas sobre sus hombros, bajo la dirección del látigo oficial; y después, volvían a sus pueblos los que sobrevivían, o perecían en las arenas del desierto. Luego venían otras provincias, y luego otras, sucediéndose en la tarea durante años; el trabajo se concluía y ahora nosotros los admiramos, viajamos, vamos al Egipto y a Roma, enzalzamos a los Faraones, a la familia Antonina ... Desengáñese usted; los muertos muertos se quedan y solo al fuerte le da la razón la posteridad.

— Pero, señor Simoun, semejantes medidas pueden provocar disturbios — observó don Custodio —, inquieto por el giro que tomaba el asunto.

— ¡Disturbios, ja ja! ¿Se rebeló acaso el pueblo egipcio alguna vez, se rebelaron los prisioneros judíos contra el piadoso Tito? ¡Hombre, le creía a usted más enterado en historia!

¡Está visto que aquel Simoun o era muy presumido o no tenía formas! Decir al mismo don Custodio en su cara que no sabía historia, ¡es para sacarle a cualquiera de sus casillas! Y así fue, don Custodio se olvidó y replicó:

— ¡Es que no está usted entre egipcios ni judíos!

— Y este país se ha sublevado más de una vez — añadió el dominico con cierta timidez —; en los tiempos en que se les obligaba a acarrear grandes árboles para la construcción de navíos, si no fuera por los religiosos ...

— Aquellos tiempos están lejos — contestó Simoun riéndose más secamente aún de lo que acostumbraba —; estas islas no volverán a sublevarse por más trabajos e impuestos que tengan ... ¿No me ponderaba usted padre Salví — añadió dirigiéndose al franciscano delgado — la casa y el hospital de Los Baños donde ahora se encuentra su Excelencia?


(Continues...)

Excerpted from El Filibusterismo. Continuación de Noli Me Tangere by José Rizal. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Jos� Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda (19 de junio de 1861, Calamba-30 de diciembre de 1896, Manila), fue patriota, m�dico y hombre de letras inspirador del nacionalismo de su pa�s. Rizal era hijo de un pr�spero propietario de plantaciones azucareras de origen chino. Su madre, Teodora Alonso, fue una de las mujeres m�s cultas de su �poca. La formaci�n de Jos� Rizal transcurri� en el Ateneo de Manila, la Universidad de Santo Tom�s de Manila y la de Madrid, donde estudi� medicina. M�s tarde estudi� en Par�s y Heidelberg. Noli me Tangere, su primera novela, fue publicada en 1886, seguida de El Filibusterismo, en 1891. Por entonces edit� en Barcelona el peri�dico La Solidaridad en el que postul� sus tesis pol�ticas Pese a las advertencias de sus amigos, Rizal decidi� regresar a su pa�s en 1892. All� encabez� un movimiento de cambio no violento de la sociedad que fue llamado �La Liga Filipina�. Deportado a una isla al sur de Filipinas, fue acusado de sedici�n en 1896 y ejecutado en p�blico en Manila.

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