El General Fray Felix Aldao

El General Fray Felix Aldao

by Domingo Faustino Sarmiento
     
 

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Este libro es una semblanza de la vida de Félix Aldao, una de las grandes figuras militares de la Argentina del siglo XIX. Quien tuvo una valerosa participación en la batalla de Chacabuco, decisiva en la emancipación de Chile, y más tarde ascendió ocupando diversos puestos en las jerarquías militares. Entre los acontecimientos que

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Este libro es una semblanza de la vida de Félix Aldao, una de las grandes figuras militares de la Argentina del siglo XIX. Quien tuvo una valerosa participación en la batalla de Chacabuco, decisiva en la emancipación de Chile, y más tarde ascendió ocupando diversos puestos en las jerarquías militares. Entre los acontecimientos que protagonizó estuvo la batalla en los Potreros de Hidalgo.

Product Details

ISBN-13:
9788498164664
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
01/01/2007
Pages:
48
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x 0.14(d)

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El General Fray Félix Aldao


By Domingo Faustino Sarmiento

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
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ISBN: 978-84-9816-466-4



CHAPTER 1

EL GENERAL FRAY FÉLIX ALDAO. GOBERNADOR DE MENDOZA


Hace veintiocho años que tuvo lugar la escena que voy a referir. Eran las cinco de la tarde del 4 de febrero de 1847, hora en que el Sol, aún muy elevado en el cielo, echaba sus rayos de despedida en un oscuro y hondo valle que forman las ramificaciones de la cordillera de los Andes. El río de Aconcagua desciende por entre ellas de pedrisco en pedrisco interrumpiendo, con sus murmullos, el silencio de aquellas soledades alpinas. La vanguardia de la división del coronel Las Heras, que descendía a Chile por el camino de Uspallata, caminaba silenciosa por un sendero quebrado y erizado de puntas. La Guardia Vieja se divisaba en lo hondo del valle como un castillejo feudal, abandonado en la apariencia, pero ocultando un destacamento español que veía venir la columna de los insurgentes que se acercaban en silencio y apercibida para el combate. Dos descargas de detrás de las trincheras iniciaron la jornada; una compañía de Cazadores del Núm. 11 se acercaba tiroteando por la orilla del río hasta doce pasos de las murallas, mientras que otra desfilaba por las faldas escarpadas de un cerro para imposibilitar todo escape. Un momento después, la tropa de línea tomaba los parapetos a la bayoneta, y la Guardia Vieja presentaba todos los horrores del asalto. Treinta sables se veían en la orla de este cuadro subir y bajar en el aire con la velocidad y el brillo del relámpago; entre estos treinta granaderos a caballo mandados por el teniente José Aldao, y en lo más enmarañado de la refriega, veíase una figura extraña vestida de blanco, semejante a un fantasma, descargando sablazos en todas direcciones, con el encarnizamiento y la actividad de un guerrero implacable. Era el capellán segundo de la división que, arrastrado por el movimiento de las tropas, exaltado por el fuego del combate, había obedecido al fatídico grito de ¡a la carga!, precursor de matanza y exterminio cuando hería los oídos de los vencedores de San Lorenzo. Al regresar la vanguardia victoriosa al campamento fortificado que ocupaba el coronel Las Heras con el resto de su división, las chorreras de sangre, que cubrían el escapulario del capellán, revelaron a los ojos del jefe, que menos se había ocupado en auxiliar moribundos, que en aumentar el número de los muertos. «Padre, cada uno en su oficio: a Su Paternidad el breviario, a nosotros la espada.» Este reproche hizo una súbita impresión en el irascible capellán. Traía aún el cerquillo desmelenado y el rostro surcado por el sudor y el polvo; dio vuelta a su caballo en ademán de descontento, cabizbajo, los ojos encendidos de cólera y la boca contraída. Al desmontarse en el lugar de su alojamiento, dando un golpe con el sable que aún colgaba de su cintura, dijo como para sí mismo: ¡lo veremos!, y se recostó en las sinuosidades de una roca. Era éste el anuncio de una resolución irrevocable; los instintos naturales del individuo se habían revelado en el combate de la tarde, y manifestádose en la superficie con toda su verdad, a despecho del hábito de mansedumbre, o de una profesión errada; había derramado sangre humana, y saboreado el placer que sienten en ello las organizaciones inclinadas irresistiblemente a la destrucción. La guerra lo llamaba, lo atraía, y quería desembarazarse del molesto símbolo de humillación y de penitencia, quería cubrir sus sienes con los laureles del soldado; había resuelto ser militar como José y Francisco, sus hermanos, y en vez del pacífico valor del sacerdote que encamina al cielo el alma del guerrero moribundo, encaminar a la muerte a los enemigos de su patria. Y el temor del escándalo no era parte a retraerlo de esta resolución, pues muchos ejemplos análogos podía citar en su apoyo; el célebre ingeniero Beltrán, que iluminaba con antorchas bituminosas las hondonadas de la cordillera para facilitar en medio de la noche el pasaje de los torrentes, y que preparó después en Santiago los cohetes de la congréve que debían lanzarse sobre los castillos del Callao, era también un fraile que había colgado los hábitos a fin de hallarse más expedito para servir a la patria; por todas partes en América, sobre todo en México, se había visto curas y monjes ponerse a la cabeza de los insurgentes, aprovechándose del prestigio que su carácter sacerdotal les daba sobre las masas; últimamente, no era de devotos de los que podía acusarse a los ejércitos revolucionarios de la época que participaban del espíritu de la reacción que se apodera de los pueblos en las crisis sociales. Sus instintos naturales, por otra parte, habrían vencido al fin y al cabo una conciencia poco escrupulosa, aunque su resolución careciese de ejemplos tan influyentes y de una aquiescencia tan tolerante. De una familia pobre, pero decente, e hijo de un virtuoso vecino de Mendoza que había prestado muchos servicios como jefe de la frontera del sur, mostró desde su infancia una indocilidad turbulenta que decidió a sus padres a dedicarlo a la carrera del sacerdocio, creyendo que los deberes de tan augusta misión reformaran aquellas malas inclinaciones. ¡Error lamentable! Su noviciado fue, como su infancia, una serie de actos de violencia y de inmoralidad. No obstante esto, recibió las órdenes sagradas del año de 1806 en Chile bajo el obispado del señor Marán, y el patrocinio del reverendísimo padre Velasco, dominico que le ayudó en su primera misa celebrada en Santiago. ¡Cuál debió ser su asombro al ver a su ahijado de órdenes, presentársele, al día siguiente de la batalla de Chacabuco, con el uniforme de granaderos a caballo, con el terrible sable a la cintura y los aires marciales que ostenta el soldado victorioso! «¡Un día te arrepentirás, malvado!», fue la exclamación que el horror de aquella profanación arrancó al buen sacerdote. Pero, desgraciadamente para él y para los pueblos argentinos, la profecía no ha sido justificada por los hechos, el apóstata murió en su cama; los honores de general le rodearon en su tumba, y su muerte, si no ha sido llorada, no ha satisfecho tampoco la justicia divina en la tierra.

El coronel Las Heras, en su parte oficial del combate de la Guardia Vieja, en cumplimiento de su deber había recomendado al fraile por haber rendido y hecho prisioneros a dos oficiales, lo que, según la ordenanza militar, constituye un título para merecer ascensos; y a su pedido, el fraile que en la Guardia Vieja hacía su primer ensayo como aficionado, pudo ya presentarse en la batalla de Chacabuco bajo el honroso carácter y uniforme de teniente, agregado a Granaderos a caballo, y optar a los laureles que ciñen la frente del guerrero; y aunque nunca pudo librarse de la denominación de el fraile con que el ejército y el público lo designó siempre, justificó desde sus primeros pasos en la escabrosa senda de la gloria, que no en vano ceñía una espada, y que había la patria rescatado un hijo que ayudaría poderosamente a su salvación. En todos los encuentros se mostró soldado intrépido, acuchillador terrible, enemigo implacable. La campaña de Chile, que concluyó con la completa expulsión de los españoles, fue para él un teatro glorioso en que ostentó su audacia característica y su sed de combates. Un hecho citaré que merece un lugar distinguido entre los muchos que ocurrían en aquella época de hazañas estupendas. En la persecución, que siguió a la batalla de Maipú, un granadero español, de talla gigantesca, se abría paso por entre centenares de enemigos que le precedían y rodeaban por todos lados; cada golpe de su terrible sable echaba un cadáver mutilado a tierra; un círculo vacío en derredor suyo mostraba bien a las claras el terror que inspiraba, y los vencedores todos, que habían pensado traspasarlo, habían pagado con la vida su temeridad. El valiente Lavalle lo seguía a corta distancia, y por confesión suya, sentía flaquear su valor romanesco cada vez que el calor de la persecución lo conducía a aproximársele demasiado. El teniente Aldao los alcanza, ve al terrible español, se lanza sobre él, y cuando sus compañeros esperaban verle caer abierto en dos, le ven parar el tremendo sablazo que le manda el granadero, y hundirle en seguida y revolverle hasta el puño en el corazón repetidas veces la espada. Mil vivas fueron la inmediata recompensa de su temerario arrojo.

Pero si el valiente apóstata honraba su nueva vocación por los hechos de armas, su conducta pudiera en otra época que aquella, haberle cubierto de baldón irreparable. Libre de la sujeción que hasta poco antes ponía a sus instintos el carácter sacerdotal, ansioso de goces, y acaso impulsado al desorden por aquella necesidad de conmociones fuertes que sienten para adormecer su conciencia los hombres que se han aventurado a dar un paso reprensible, el fraile se hizo notar desde luego por el desenfreno de sus costumbres, en las que la embriaguez, el juego y las mujeres entraban a formar el fondo de su existencia; y sin duda que pasara por alto estas tachas que afean su vida, y que, sin embargo, eran tolerables en aquellos días de conmociones y entre hombres que necesitaban resarcirse de los padecimientos y privaciones que les imponía una profesión de hierro, si estos vicios no hubiesen sobrevivido en él a las excitaciones que atenuaban su fealdad, influido en los principales acontecimientos de su vida, cubierto de ignominia a un pueblo entero, y conducídolo y acompañádolo hasta el sepulcro.

Aun entre sus compañeros de armas agotó la abundante indulgencia con que se miraban entonces aquellos desórdenes, y los jefes cuidaron siempre de aprovecharse de su valor, alejándole, sin embargo, del teatro principal de la acción. Cualesquiera que sean las ideas de un hombre, siente cierta repugnancia al ver a un sacerdote manchado en sangre, y entregado a la crápula y a los vicios. San Martín siempre lo tuvo o agregado a los cuerpos o en comisiones especiales.

La expedición libertadora que zarpó de Valparaíso a las órdenes de San Martín a sustraer el Perú de la dominación española, le contó en sus filas como capitán agregado a Granaderos a caballo. En aquel país, residencia entonces del grueso de las fuerzas españolas, el ejército libertador necesitaba auxiliares que de todas partes hostilizasen al enemigo y proveyesen de recursos al ejército. Con este fin se organizaron en la Sierra bandas de guerrilleros, montoneras o republiquetas, como solían llamarse, que mantuviesen en continua alarma a los realistas. Necisitábase, para acaudillarlas, hombres decididos que lo intentasen todo, y para quienes todos los medios fuesen buenos, incluso el pillaje, el asesinato y todo género de violencias. El capitán Aldao, después de haberse hallado en los encuentros de Laca y de Pasco, fue destacado a levantar una de aquellas bandas, y obrar separadamente, según se lo aconsejasen las circunstancias. Dueño allí de sí mismo y sin autoridad alguna que pesase sobre él, es fácil concebir que los actos de violencias y la satisfacción de pasiones desarregladas, encontrarían víctimas y pábulo en poblaciones tímidas e incapaces de resistir. Un hecho notable y que lo caracteriza suficientemente tuvo lugar durante su mansión en aquellos parajes apartados. Habíase propuesto defender con sus indios el pasaje del puente de Iscuchaca; pero al aproximarse un destacamento español, más de mil indígenas huyen cobardemente malogrando su ventajosa posición, y entregando sin resistencia al enemigo un punto importante. El jefe, enfurecido, y no pudiendo contener a los fugitivos, se echa sobre ellos como un león sobre un rebaño de ovejas, y no deja de matar indios sino cuando ha marcado su pasaje por entre la multitud con una larga calle de cadáveres y de heridos que caen a ambos lados a los repetidos golpes de su sable. Por sangriento que hubiese sido un combate en el puente, y por más efectivo el fuego de los españoles, habrían perecido menos hombres que los que quedaron en aquel campo, víctimas de la cólera de uno solo.

Los acontecimientos, que dieron lugar a la disolución del ejército de San Martín, hicieron inútil su mansión en la Sierra; y con el grado efectivo de teniente coronel bajó a Lima, donde la fortuna lo favoreció en el juego hasta poner en sus manos un gran caudal. Con esta adquisición se separó del ejército en 1823, y se dirigió a Pasco, por motivos que ignoro. Allí conoció a una joven de familia decente, de figura agradable, que realzaban quince años y las gracias que distinguen a las mujeres peruanas; y el fraile teniente coronel, cansado de combates y amansado por los dones de la fortuna, sintió encenderse en su corazón una amorosa llama que prendió bien pronto en el del objeto que la había excitado. No fue ésta una de tantas afecciones pasajeras como las que cruzan, cual ráfagas luminosas, por la vida amasada de fatigas y de sufrimientos de un militar aventurero; era una pasión profunda, irritada aún más por la imposibilidad en que su apostasía le ponía de santificarla con los indisolubles vínculos del matrimonio. Afortunadamente para él, aquella joven tuvo suficiente abnegación para aceptar el humillante carácter de querida de un militar cuyas charreteras no alcanzaban a cubrir el feo borrón de la apostasía; y sacrificándole patria y familia, se dejó robar, acompañando al que bien a su pesar no podía ser su esposo, a tierra extranjera, para ocultar allí, si era posible, los sinsabores que les imponía una posición social que teñía con los colores del vicio una unión que hubiera podido ser santa sin los votos que había hollado su raptor sin alcanzar a romperlos. Aldao vino a fijarse en San Felipe, capital de la provincia del Aconcagua, donde se consagró al comercio, llevando una vida regular, que en nada le distinguía de los demás vecinos. Pero la mal afortunada pareja estaba condenada a sufrir las consecuencias inevitables a su falsa posición, y la Iglesia, aquella esposa que había repudiado el apóstata, no podía verlo entregado a otra menos digna que ella. El cura Espinosa empieza a inquietarlo, le amenaza hacerlo conducir a Santiago con una barra de grillos, y entregarlo a la justicia del prelado de la orden a que había pertenecido, forzándole al fin a llevar a Mendoza, su patria, el escándalo de su ilegítima unión. ¿Por qué la sociedad y las leyes se manifiestan tan severas en casos, en que como éste, no hay medio que elegir, y en que lo que fuera un vicio en circunstancias ordinarias, es acaso una virtud recomendable? La Iglesia, por otra parte, se muestra implacable para con los ministros que abandonan sus filas y quieren pasar a las de la sociedad civil. Si el fraile Aldao hubiera podido legitimar su matrimonio, acaso sus pasiones, dulcificadas por los goces domésticos, le habrían retraído de los crímenes y desórdenes a que más tarde se abandonó por despecho, quizá por horror de sí mismo.

Aldao, al cruzar los Andes, debió de ser asaltado por los recuerdos que la vista de los lugares testigos de nuestras acciones despiertan siempre en el ánimo con la vivacidad de sucesos recientes. Las nevadas crestas de los Andes, que dividen hoy dos repúblicas, se alzaban también para él como el límite de dos fases distintas de su vida: el fraile dominico, el capellán, de aquel lado; de éste, el teniente coronel, el esposo ilegítimo de la mujer que traía a su lado. Acaso rodaban aún al viento por las breñas inmediatas algunos harapos deshilachados del hábito que por allí colgó seis años antes. Mendoza que le había visto, revestido de los ornamentos sacerdotales, ofrecer en los altares el incruento sacrificio, iba ahora a verle con charreteras en lugar de casulla sobre los hombres, y por cíngulo una espada. Las mujeres y los niños, al verle pasar, habrían de señalarle con el dedo, y con la sorpresa, la desaprobación y la novedad pintadas en sus semblantes, trasmitirse al oído esta injuriosa frase: ¡el fraile! Me detengo en estas consideraciones, porque esta circunstancia de ser irrevocablemente fraile el teniente coronel don Félix Aldao, convertida en apodo en boca del pueblo, ha influido poderosamente sobre su carácter y sus acciones posteriores. El desprecio que concitaba su posición equívoca estaba presente a sus ojos, y aun en la época de su tiranía, la palabra fraile lo hería como una mordedura. Aldao huyó siempre del público, y alimentó en secreto una especie de rencor contra la sociedad, tanto más temible, cuanto más reconcentrado era y menos posible desahogarse ni señalar la causa. A su llegada a Mendoza en 1824 tomó una hacienda apartada, donde se consagró a la industria con una actividad y una inteligencia que le hacen honor. Allí, lejos de las miradas del público, en el seno de su familia, podía verse llamado padre por sus hijos, sin más zozobra que el recuerdo amargo de que en otro sentido se le había llamado el padre Aldao. ¡Así, los goces de la paternidad fueron para él un suplicio y un acusador eterno! Desgraciadamente para él y su país, ni esta felicidad ficticia le fue dado gozar largo tiempo; el ruido de las armas y los ecos del clarín, que llamaban a la guerra civil, penetraron en su quieta morada, y lo echaron desde entonces y para siempre en la vida pública, de que no debía salir sino cargado de crímenes y abrumado de maldiciones.

Por entonces empezaban a agitarse en la República Argentina los elementos de destrucción que encerraba en su seno, y que más tarde han producido el gobierno sanguinario y despótico que hoy la ha hecho descender tanto. El gobierno nacional de Rivadavia en Buenos Aires, rodeado del brillo artificial, que tanto alucinó a sus adeptos, provocaba en el interior y en las masas resistencias sin nombre todavía. Las ambiciones estaban en germen, los caudillos no habían aparecido, los partidos no se delineaban bien, la envidia, que excita una ciudad poderosa y rica entre sus vecinas pobres y atrasadas, hablaba de federación; las preocupaciones españolas se encogían de hombros al ver desenvolverse el sistema reformador; los intereses materiales gritaban contra el comercio libre; la presidencia parecía una dominación extranjera. Por doquier se agitaba el caos; los nubarrones de la próxima tormenta asomaban torvos y negros en el horizonte; y como las aves que cruzan inquietas la atmósfera anuncian la próxima borrasca, los ánimos se agitaban por todas partes, la inquietud estaba pintada en los semblantes, y confusos murmullos que traía el viento llamaban en vano la atención; porque nadie comprendía lo que querían decir, nadie preveía el desenlace de los sucesos, aunque todos sintiesen el malestar general, que algo iba a suceder de notable o de siniestro.


(Continues...)

Excerpted from El General Fray Félix Aldao by Domingo Faustino Sarmiento. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Domingo Faustino Sarmiento Albarrac�n (1811-1888). Argentina. Hijo de Jos� Clemente Sarmiento, soldado del ej�rcito del San Mart�n, y de Paula Zoila Albarrac�n. Tuvo quince hermanos, s�lo sobrevivieron seis. En 1816 ingres� en la Escuela de la Patria. Estudi� lat�n a los trece a�os, doctrina cristiana y geograf�a y trabaj� para un ingeniero franc�s. La Autobiograf�a de Benjam�n Franklin influy� en �l. En 1828 entr� en el ej�rcito a favor de los unitarios. Escribi� mucho y con autoridad sobre temas militares. Se distingui� en el combate de Niquivil y sufri� arresto domiciliario hasta que en 1831 march� a Chile. All� fue minero durante tres a�os. Sin embargo, continu� sus estudios y tradujo obras de Walter Scott. En 1842 el gobierno de Chile lo nombr� director y organizador de la primera Escuela Normal de Preceptores de Santiago de Chile. Escribi� en la prensa chilena bajo la influencia de Larra. Viaj� a Madrid;Argel, Italia, Suiza, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y Canad�. Poco despu�s se cas� con Benita Mart�nez Pastoriza. Fue representante de Argentina en los Estados Unidos. Estuvo tres a�os all� y se interes� por conocer su democracia, que hab�a apreciado en su viaje anterior. En 1880 fue candidato a la presidencia de la rep�blica. El 8 de mayo de 1888 march� a Paraguay en busca de un ambiente propicio para su salud. Muri� unos d�as despu�s.

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