El hombre llamado Noon

El hombre llamado Noon

4.0 1
by Louis L'Amour
     
 

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En un breve instante, una caída borró su memoria. Ahora, de lo único que estaba seguro era de que alguien lo quería muerto… y que era mejor que averiguara por qué. Pero parecía que en cada sitio al que llegaba había aún más interrogantes… o más personas demasiado dispuestas a ocultar la verdad

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Overview

En un breve instante, una caída borró su memoria. Ahora, de lo único que estaba seguro era de que alguien lo quería muerto… y que era mejor que averiguara por qué. Pero parecía que en cada sitio al que llegaba había aún más interrogantes… o más personas demasiado dispuestas a ocultar la verdad detrás de una cortina de humo compuesta de mentiras. Tenía únicamente el nombre que le habían dicho que era el suyo, su misteriosa destreza con la pistola y una relación con el equivalente a medio millón de dólares en oro escondido como evidencia de su vida pasada. ¿Era suyo el tesoro? ¿Era él un ladrón? ¿Un asesino? No tenía las respuestas, pero debía encontrarlas pronto. Porque lo que aún no sabía de sí mismo, lo sabían otros… y, a menos que develara el secreto de su pasado, no tendría mucho futuro.

Product Details

ISBN-13:
9780553591200
Publisher:
Random House Publishing Group
Publication date:
02/26/2008
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
244
Sales rank:
1,361,791
Product dimensions:
4.30(w) x 6.90(h) x 0.60(d)

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Capítulo Uno

ALGUIEN QUERÍA matarlo. Era la idea que tenía en la cabeza al abrir los ojos a la oscuridad de un espacio estrecho entre dos edificios. Sus ojos se enfocaron en un rectángulo de luz en la pared del edificio del frente, la luz de una ventana del segundo piso.

Desde esa ventana había caído.

Acostado, totalmente inmóvil, miraba fijamente al rectángulo de luz como si su vida dependiera de ello; sin embargo, tenía cada vez más clara en su conciencia la certeza de que la ventana ya no importaba.

Ahora, sólo una cosa era importante: escapar. Debía alejarse, huir, lo más rápido posible.

Sentía en su cráneo un dolor punzante, ese pulsar sordo y pesado que no le permitía concentrarse en ninguna otra cosa. Impulsado por una urgencia que no podía imaginar, levantó una mano hacia su rostro. Sintió una punzada repentina y transitoria en su brazo y luego tocó su rostro.

No sabía a quién pertenecían esas facciones. Muy suavemente, tocó su cráneo… Tenía sangre medio coagulada y una herida profunda en su cuero cabelludo. Su mano cayó entonces sobre su camisa, que se estaba acartonando por la sangre. Alguien había tratado de matarlo, y tenía la certeza de que lo intentarían de nuevo, y que no se darían por vencidos hasta verlo muerto. No tenía ningún otro recuerdo.

Con movimientos rígidos, giró la cabeza, primero en un sentido y luego en el otro. Hacia un lado, todo era oscuridad; hacia el otro, había luz… una calle.

Tenía conciencia de la presencia de movimientos leves provenientes de la oscuridad detrás de los edificios. Algo o alguien se arrastraba lentamente en la sombra, algún enemigo decidido a destruirlo.

Levantándose del piso con un gran esfuerzo, medio se dejó caer contra la pared del edificio que tenía detrás. Permaneció allí por un momento intentando hacer acopio de fuerzas. Porque debía escapar. Tenía que irse de allí.

Se llevó la mano a la cadera. Tenía la cartuchera de su pistola, pero estaba vacía. Se dejó caer de rodillas y buscó rápidamente a su alrededor sin encontrar nada. Entonces, su pistola debía de estar allá arriba, en esa habitación. Se le debió de haber caído o alguien se la debió de haber quitado antes de que cayera de la ventana.

Caminó en dirección a la calle sin fijar en ningún sitio específico. Podía escuchar música proveniente del edificio que tenía al lado, un murmullo de voces y luego risas contenidas.

Dando tumbos hacia la luz, se detuvo y miró atontado a la izquierda y a la derecha. La calle estaba desierta. Mareado por el dolor y el shock, se dirigió al otro lado de la calle hacia las sombras de un espacio entre los edificios que se encontraban a la diagonal del que acababa de dejar tras de sí.

No tenía la menor idea de adónde se dirigía, sólo sabía que debía alejarse; debía salir del pueblo. Más allá de los edificios por entre los que pasaba había dependencias en espacios abiertos y corrales, y unas pocas cabañas sin luz, y luego comenzó a caminar entre pastizales, por entre pasto muy alto.

Hizo una pausa y miró hacia atrás. Nadie lo venía siguiendo, entonces ¿por qué estaba tan seguro de que habría una persecución?

Siguió adelante, su cabeza embotada con el pulsante dolor, hasta que vio ante sí un sólo ojo rojo. Mirándolo fijamente, avanzó hacia esa luz roja. De pronto la tenía a su lado y su dedo gordo del pie tropezó contra el extremo de un riel.

A su izquierda, los rieles brillaban en la distancia en una inmensa oscuridad; a la derecha, conducían a una pequeña estación de ferrocarril. Había dado un paso vacilante en esa dirección cuando se detuvo de pronto, consciente de que sus enemigos seguramente lo buscarían allí.

Se detuvo, tambaleante, esforzándose por mantenerse de pie e intentando poner orden a sus ideas.

No sabía quién era. O qué era.

Sus dedos palparon su ropa. El saco le apretaba en los hombros y las mangas le quedaban un poco cortas, pero parecía ser de buen paño.

Miró hacia atrás, en dirección al pueblo, pero fuera de que era un pueblo muy pequeño, no le recordó nada. A lo largo de la calle había barras para amarrar las cabalgaduras, y había unos cuantos ponis parados allí. Por consiguiente, era un pueblo del oeste.

Oyó por segunda vez el silbato antes de comprender que venía un tren y que, si se quedaba donde estaba, se encontraría justo frente al faro de la locomotora. Se dejó caer en el pasto, justo a tiempo, mientras el tren avanzaba rápidamente de la oscuridad de la noche.

Un tren era un medio de huir, y el escape le daría la oportunidad de considerar, de determinar lo que debía de haber sucedido, de descubrir quién era y por qué lo perseguían.

Cuando el tren había pasado y se había detenido en la estación, él lo examinó con cuidado. Había al menos tres vagones de carga vacíos, con sus puertas abiertas invitándolo a subir. Sin embargo, mientras consideraba sus probabilidades de poder subir al vagón más cercano, oyó el galopar de caballos. Sin levantarse, giró su cuerpo sobre el pasto y vio un grupo de jinetes que avanzaba hacia el tren y se dividía en dos grupos para examinarlo de lado y lado, vagón por vagón, techo por techo, incluyendo las uniones entre los vagones.

Retrocedió lentamente entre el pasto, pero los podía oír hablar a medida que se acercaban.

—…una pérdida de tiempo. Estaba en muy mal estado, cubierto de sangre y tambaleante. Créanme que no es posible que haya podido llegar hasta la carrilera. Si no está escondido en algún lugar del pueblo, estará acostado en algún lugar distante entre el pasto, desangrándose hasta morir.

—Para ser un novato, era un hombre rudo.

—No estoy tan seguro de que lo fuera; es decir, de que fuera un novato. Ben Janish juró que lo había matado, ¿y alguna vez han visto que Ben falle? ¡Ese tipo debe tener un cráneo de hierro!

—¡No cabe duda de que está muerto! Muerto o agonizando.

Al llegar al último vagón, giraron y cabalgaron a paso lento a todo lo largo del tren. Habían avanzado ya unos doce metros cuando sonó de nuevo el silbato. Levantándose, Noon corrió hacia el vagón vació más cercano. Uno de los jinetes comenzó a moverse en su silla para mirar hacia atrás, por lo que decidió cambiar de dirección y saltó hacia la escalera trasera para impulsarse entre dos vagones y evitar ser visto.

Sólo le quedaba un momento antes de que los vagones lo llevaran a las luces de la estación, y subió por la escalera y se acostó junto a la pasarela, con un brazo sobre la barandilla para sostenerse.

El tren se sacudió, comenzó a andar, se sacudió de nuevo y fue aumentando la velocidad. Él permanecía acostado mientras su corazón latía fuertemente. ¿Habría alguien en el vagón de cola? ¿Lo habrían visto por entre las ventanillas?

El silbato del tren sonó de nuevo, los vagones rodaban sobre los rieles con su característico martilleo y adquirían cada vez más velocidad. Siempre acostado, fue arrastrándose lentamente, hasta quedar justo encima de la puerta del vagón vacío.

¿Se atrevería a dejarse descolgar por un lado para impulsarse luego por la puerta? Si caía, caería más allá de los rieles, pero podría romperse una pierna o desnucarse. El tren avanzaba ya a gran velocidad, las luces de la estación habían desaparecido y pronto el guardafrenos recorrería la pasarela vigilando el tren.

Arrastrándose lentamente por el techo del vagón, miró hacia abajo. Ahí estaba la puerta, abierta e invitándolo a entrar. Giró su cuerpo y se agarró con los dedos a las ranuras entre los tablones del techo. Bajó primero una pierna, luego la otra, sosteniéndose sólo con las puntas de los dedos. Bajó su cuerpo, movió sus manos una a la vez para agarrarse al borde del techo del vagón y luego impulsó su cuerpo al interior del vagón y se soltó.

Cayó al piso del vagón con los brazos y las piernas separadas y permaneció allí inmóvil procurando recobrar el aliento. Después de un largo rato, se levantó y avanzó tambaleante hacia la puerta. Recostando su hombro contra la pared del vagón al lado de la puerta, miró hacia afuera, hacia la oscuridad de la noche. Había estrellas, y la noche estaba fresca, con una suave brisa que soplaba desde los matorrales de salvia.

Intentó pensar. ¿Quién era él? ¿Un fugitivo huyendo de la justicia?

O, por el contrario, ¿eran esos hombres que habían tratado de encontrarlo forajidos que deseaban matarlo por algo que él sabía? ¿O por algo que tenía?

Agobiado por el cansancio, se sentó, recostado contra la pared, su cuerpo sin fuerza, totalmente vacío y enfermo. Pero se obligó a pensar.

Ben Janish… al menos se acordaba de un nombre. Ben Janish había sido enviado para matarlo, y Janish generalmente no fallaba. Esto significaba que Janish era experto en la materia y podía haber matado antes. Se habían referido a él como un hombre con una reputación. Por lo tanto, no debería de ser demasiado difícil encontrar a Ben Janish y, al mismo tiempo, descubrir quién era él mismo.

Pero si Ben Janish había sido enviado para matarlo, ¿quién lo había enviado? Habían dicho que era un novato, lo cual implicaba que era nuevo en el oeste. De ser así, ¿a qué había venido al oeste? ¿Y de dónde había venido? ¿Tenía familia? ¿Era casado o soltero?

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Meet the Author

Louis L’Amour is undoubtedly the bestselling frontier novelist of all time. He is the only American-born author in history to receive both the Presidential Medal of Freedom, and the Congressional Gold Medal in honor of his life's work. He has published ninety novels; twenty-seven short-story collections; two works of nonfiction; a memoir, Education of a Wandering Man; and a volume of poetry, Smoke from This Altar. There are more than 300 million copies of his books in print worldwide

Brief Biography

Date of Birth:
March 22, 1908
Date of Death:
June 10, 1988
Place of Birth:
Jamestown, North Dakota
Education:
Self-educated
Website:
http://www.louislamour.com/

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El hombre llamado Noon 4 out of 5 based on 0 ratings. 1 reviews.
Anonymous More than 1 year ago
Good book to practice reading in Spanish