El Jesús que no puedes ignorar: Lo que debes aprender de las confrontaciones descaradas de Cristo

El Jesús que no puedes ignorar: Lo que debes aprender de las confrontaciones descaradas de Cristo

by John MacArthur
     
 

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John MacArthur, autor de gran éxito de ventas, ofrece a los lectores un vistazo nuevo a la manera en que Jesús enfrentó los ataques en contra de la verdad.
Manso y dulce. Políticamente correcto. Un gran maestro. Estas son las representaciones populares de Jesús. Pero no son la imagen completa. Tal vez porque es

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John MacArthur, autor de gran éxito de ventas, ofrece a los lectores un vistazo nuevo a la manera en que Jesús enfrentó los ataques en contra de la verdad.
Manso y dulce. Políticamente correcto. Un gran maestro. Estas son las representaciones populares de Jesús. Pero no son la imagen completa. Tal vez porque es incómodo, o tal vez porque es inconveniente, tanto los cristianos como los no cristianos están pasando por alto la dureza del Salvador, su misión apasionada de presentar claramente el evangelio y traer a la gente al reino de
Dios. Era una misión que a veces requirió que alzara su voz y levantara un látigo.

En el tan necesitado mensaje de El Jesús que no puedes ignorar, el renombrado maestro de la Biblia y autor de gran éxito de ventas John
MacArthur vuelve a introducir la persuasiva y a menudo inquietante pasión del ministerio de Jesús. MacArthur hace resaltar la imagen persuasiva del verdadero
Jesús que el mundo tiene tantas ganas de pasar por alto. Y hace un llamado a los lectores a imitar el compromiso de Jesús de promover el reino confrontando las mentiras y protegiendo la verdad de Dios.

Product Details

ISBN-13:
9781602552777
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
03/30/2010
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
272
Sales rank:
1,117,281
Product dimensions:
5.50(w) x 8.30(h) x 1.20(d)

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El Jesús Que No Puedes Ignorar

LO QUE DEBES APRENDER de las CONFRONTACIONES DESCARADAS de CRISTO
By John MacArthur

Thomas Nelson

Copyright © 2010 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-4185-6273-1


Chapter One

Cuando es erróneo ser <<amable>>

Y oyéndole todo el pueblo, dijo a sus discípulos: Guardaos de los escribas ...

Lucas 20.45-46

El modo que Jesús tenía de tratar a los pecadores estaba normalmente marcado por una ternura tan extrema que se ganó un burlón apodo por parte de sus críticos: amigo de pecadores (Mateo 11.19). Cuando Él se encontró hasta con el más flagrante de los leprosos morales (desde una mujer que vivía en adulterio en Juan 4.7-29 hasta un hombre infestado de una legión completa de demonios en Lucas 8.27-39), Jesús siempre los ministró con una notable benevolencia, sin darles ningún sermón como reprimenda ni cortantes reproches. Invariablemente, cuando tales personas llegaban a Él, ya estaban quebrantadas, humilladas y hartas de la vida de pecado. Él con entusiasmo otorgaba a tales personas perdón, sanidad, y plena comunión con Él sobre la base de la fe de ellos solamente (cp. Lucas 7.50; 17.19).

La única clase de pecadores a quien Jesús regularmente trataba con firmeza era la de los hipócritas profesionales, los farsantes religiosos, los falsos maestros, y los vendedores farisaicos de piedad de plástico: escribas, intérpretes de la ley, saduceos y fariseos. Aquellos eran los líderes religiosos en Israel: <<gobernantes>> espirituales (para usar un término que la Escritura con frecuencia aplica a ellos). Ellos eran los déspotas guardianes de la tradición religiosa; les importaba más la costumbre y la convención que la verdad. Casi cada vez que aparecen en los relatos de los Evangelios, están principalmente interesados en guardar las apariencias y aferrarse a su poder. Cualquier pensamiento que pudieran tener a favor de la auténtica piedad siempre ocupaba un segundo plano ante asuntos más académicos, pragmáticos o egoístas. Ellos eran los hipócritas religiosos por excelencia.

EL SANEDRÍN Y LOS SADUCEOS

El poder gobernante que aquellos hombres poseían se derivaba de un gran consejo con base en Jerusalén, que estaba compuesto de setenta y una autoridades religiosas destacadas, conocidas colectivamente como el sanedrín. Los miembros del consejo incluían al sumo sacerdote y a setenta principales sacerdotes y eruditos religiosos. (El número se derivaba del nombramiento de Moisés de setenta consejeros para ayudarle en Números 11.16.)

El sanedrín tenía autoridad final sobre Israel en todos los asuntos religiosos y espirituales (y, así, aun en algunos asuntos civiles). La autoridad del consejo estaba formalmente reconocida incluso por el César (aunque no siempre era respetada por los representantes oficiales del César o sus tropas en las calles en Jerusalén). El consejo era un elemento fijo en la Jerusalén del primer siglo, y constituyó el cuerpo de gobierno más importante en todo el judaísmo hasta la destrucción del templo en el año 70 d.C. (el sanedrín siguió operando en el exilio después de eso durante más de 250 años; aunque por razones obvias, su poder quedó muy disminuido. La persistente persecución romana finalmente silenció y dispersó al consejo en alguna época del siglo IV).

Los relatos que los Evangelios hacen de la crucifixión de Cristo se refieren alrededor de una docena de veces al sanedrín como <<los principales sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo>> (p. ej. Mateo 26.3; Lucas 20.1). El sumo sacerdote presidía todo el consejo, desde luego. Los sumos sacerdotes eran la aristocracia superior de la línea sacerdotal. (Algunos de ellos eran hombres que ya habían servido como sumo sacerdote en alguna ocasión; otros estaban en línea para servir un período en ese oficio). Prácticamente todos los sumos sacerdotes eran también saduceos. Los ancianos eran líderes clave e influyentes miembros de importantes familias fuera de la línea sacerdotal; y también eran predominantemente saduceos. Los escribas eran los eruditos, no necesariamente de nacimiento noble como los sumos sacerdotes y ancianos, pero eran hombres que se distinguían principalmente debido a sus conocimientos en erudición y su conocimiento enciclopédico de la ley y la tradición judías. Su grupo estaba dominado por fariseos.

Por tanto, el consejo consistía en una mezcla de fariseos y saduceos, que eran partidos rivales. Aunque los saduceos eran sobrepasados en gran medida por los fariseos en la cultura en general, sin embargo mantenían una notable mayoría en el sanedrín, y llevaban las riendas del poder con firmeza. El estatus de su primogenitura sacerdotal en efecto triunfaba sobre la erudita influencia de los fariseos, porque los fariseos eran tradicionalistas tan devotos que se inclinaban ante la autoridad de la línea sacerdotal, aunque estuvieran en fuerte desacuerdo con prácticamente todo lo que distinguía al sistema de creencias de los saduceos.

Por ejemplo, los saduceos cuestionaban la inmortalidad del alma humana, negando tanto la resurrección del cuerpo (Mateo 22.23) como la existencia del mundo espiritual (Hechos 23.8). El partido de los saduceos también rechazaba el énfasis que los fariseos hacían en las tradiciones orales, llegando tan lejos como fuese posible en la dirección opuesta. De hecho, los saduceos hacían hincapié en el Pentateuco (los cinco libros de Moisés) casi excluyendo el resto del Antiguo Testamento. Como resultado, la potente expectativa mesiánica que inundaba la enseñanza de los fariseos quedaba casi por completo perdida en la perspectiva de los saduceos.

Los dos grupos también mantenían opiniones contrarias con respecto a cómo deberían observarse las costumbres ceremoniales. Tanto saduceos como fariseos tendían a prestar más atención a la ley ceremonial que a las implicaciones morales de la ley. Pero los fariseos generalmente hacían las ceremonias todo lo elaboradas posible, y los saduceos tendían hacia la dirección contraria. En general, los saduceos no eran tan rígidos como los fariseos en la mayoría de las cosas, excepto cuando se trataba del asunto de hacer cumplir la ley y el orden. Mientras que los saduceos disfrutaran de un mínimo de poder que era reconocido por Roma, eran ferozmente conservadores (y a menudo rudos) cuando se trataba de la implementación de la ley civil y de la imposición de castigos y penas.

Pero en la mayoría de los aspectos, los saduceos eran clásicos teólogos liberales. Su escepticismo en cuanto al cielo, los ángeles y la vida después de la muerte les hacía automáticamente tener una mentalidad terrenal y hambre de poder. Estaban mucho más interesados (y eran capaces) en la política del judaísmo de lo que estaban dedicados a la religión misma.

CONOZCAMOS A LOS FARISEOS

Sin embargo, fueron los fariseos, y no los saduceos más doctrinalmente aberrantes, quienes se convirtieron en las principales figuras de oposición pública a Jesús en los relatos de los cuatro Evangelios en el Nuevo Testamento. Su enseñanza dominaba y personificaba la clase religiosa en el Israel del primer siglo. Ellos eran los descendientes espirituales de un grupo conocido como los hasideanos en los siglos II y III a.C. Los hasideanos eran ascéticos, devotos de la ley judía, y se oponían a todo tipo de idolatría. A mitad del siglo II a.C., los hasideanos habían sido atraídos a la famosa revuelta dirigida por Judas Macabeo contra Antíoco Epífanes, y subsecuentemente, sus enseñanzas tuvieron un profundo y duradero impacto en la cultura religiosa judía popular. Hasid viene de una palabra hebrea que significa <<piedad>>. (La moderna secta hasídica, fundada en el siglo XVIII, no está en ninguna línea directa de descendencia de los hasideanos, pero sus creencias y prácticas siguen la misma trayectoria.)

La palabra fariseo con mayor probabilidad está basada en una raíz hebrea que significa <<separado>>, así que el nombre probablemente subraya su separatismo. Además, los fariseos tenían una forma ostentosa de intentar mantenerse a sí mismos separados de todo lo que tuviera alguna connotación de contaminación ceremonial. Su obsesión por los signos externos de piedad era su característica más destacada, y la llevaban en sus mangas: literalmente. Utilizaban las tiras de cuero más anchas posible para unir filacterias a sus brazos y antebrazos. (Las filacterias eran cajas de cuero que contenían pedazos de pergamino inscritos con versículos de las Escrituras hebreas.) También alargaban los flecos de sus vestidos (véase Deuteronomio 22.12) a fin de hacer que su demostración pública de devoción religiosa fuese todo lo llamativa posible. Así, habían tomado un símbolo que debía ser un recordatorio para ellos mismos (Números 15.38-39) y lo habían convertido en un anuncio de su fariseísmo a fin de obtener la atención de otros.

El historiador Josefo fue el escritor secular más temprano en describir la secta de los fariseos. Nacido a los cuatro o cinco años de la crucifixión de Jesús, Josefo registra que él era hijo de un destacado sacerdote de Jerusalén (un saduceo) llamado Matías. Comenzando alrededor de los dieciséis años de edad, Josefo estudió con cada una de las tres principales sectas del judaísmo: los fariseos, los saduceos y los esenios. Al no quedar plenamente satisfecho con ninguna de ellas, vivió en el desierto por tres años y siguió a un maestro ascético (cuyo áspero y espartano estilo de vida recordaba en ciertos aspectos a Juan el Bautista y, sin ninguna duda, se parecía mucho al de los esenios, con base en el desierto, quienes originariamente ocultaron los Rollos del Mar Muerto). Pero después, tras su estancia en el desierto, Josefo regresó a Jerusalén y siguió la vida de un fariseo. Su vida se vio gravemente trastocada, desde luego, por la caída de Jerusalén en el año 70 d.C. Josefo posteriormente se convirtió en partidario de los romanos y escribió su historia a petición del Imperio. La mayoría de eruditos, por tanto, cree que él deliberadamente sesgó partes de su historia de maneras que sabía que agradarían a los romanos. Pero, no obstante, él escribió como alguien con conocimiento de los fariseos desde dentro, y no hay razón para dudar de ninguno de los detalles que él dio en sus descripciones de ellos.

Josefo observa que los fariseos eran la mayor y más estricta de las principales sectas judías. De hecho, dice que la influencia de los fariseos era tan profunda en la vida judía de principios del siglo I que hasta los adversarios teológicos de los fariseos, los saduceos, tenían que conformarse al estilo de oración de los fariseos, a la observancia del día de reposo y a la ceremonia en su conducta pública, pues de otro modo la opinión pública no los habría tolerado.

Por tanto, la influencia de los fariseos era palpable en la vida cotidiana de Israel durante la vida de Jesús, especialmente con respecto a asuntos de piedad pública como regulaciones del día de reposo, lavatorios rituales, restricciones alimenticias, y otros asuntos de la pureza ceremonial. Esas cosas se convirtieron en los emblemas de la influencia de los fariseos, y ellos tomaban como tarea intentar que todo el mundo en la cultura cumpliera sus costumbres, aunque muchas de sus tradiciones no tenían base ninguna en la Escritura. La mayoría de sus conflictos con Jesús se centraba precisamente en esos asuntos, y desde el comienzo de su ministerio público, los fariseos se situaron contra Él con la oposición más feroz.

Había algunos fariseos excepcionales, desde luego. Nicodemo era un destacado dirigente de los judíos (véase Juan 3.1). Evidentemente, él era miembro del sanedrín, el consejo religioso gobernante en Jerusalén (cp. Juan 7.50). <<Este vino a Jesús de noche>> (Juan 3.2), evidentemente por temor a lo que los otros fariseos pudieran pensar si sabían de su sincero interés en Jesús. En claro contraste con la mayoría de los fariseos que se acercaban a Jesús, Nicodemo estaba haciendo una pregunta sincera, y no meramente poniendo a prueba a Jesús; por tanto, Cristo le habló con franqueza y con claridad pero sin el tipo de severidad que tintaba la mayoría del trato de Jesús con los fariseos. (Examinaremos el diálogo de Jesús con Nicodemo más detalladamente en el capítulo 3.)

Los cuatro Evangelios también mencionan a un acaudalado e influyente miembro del consejo llamado José de Arimatea, quien se convirtió en discípulo de Cristo (<<pero secretamente por miedo de los judíos>>, dice Juan 19.38). Marcos 15.43 y Lucas 23.50 identifican expresamente a José como miembro del sanedrín, y Lucas dice que José no había consentido en su decisión y su obra cuando ellos conspiraron para matar a Jesús. Fue José, desde luego, quien se aseguró el permiso de Pilato para bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, y él y Nicodemo prepararon en seguida el cadáver para su entierro y lo pusieron en un sepulcro sellado (Juan 19.39). No hay registro en el Nuevo Testamento de ningún encuentro directo entre Jesús y José de Arimatea durante el ministerio terrenal de Cristo. Parece que José mantenía su distancia, sin siquiera acercarse a Jesús de noche del modo en que Nicodemo había hecho. Eso no se debía a que tuviera ningún temor de Jesús, sino que temía lo que los otros líderes judíos pudieran decir, hacer, o pensar de él si sabían que era secretamente un discípulo de Jesús.

Como norma, entonces, las interacciones de Jesús con los fariseos, saduceos, escribas y principales sacerdotes estaban marcadas por la acritud, y no por la ternura. Él los reprendía públicamente y frente a frente; repetidamente decía cosas duras sobre ellos en sus sermones y discursos públicos; advertía a sus seguidores que se guardasen de su mortal influencia. Él regularmente empleaba un lenguaje más fuerte en sus denuncias a los fariseos del que nunca utilizó contra las autoridades paganas romanas o sus ejércitos ocupadores.

Ese hecho enfurecía totalmente a los fariseos. Ellos de buena gana habrían aceptado a cualquier mesías que se opusiera a la ocupación romana de Israel y afirmase sus tradiciones farisaicas. Jesús, sin embargo, no habló una palabra contra el César mientras trataba a toda la aristocracia religiosa de Israel como si ellos fueran tiranos más peligrosos que el César mismo.

Sin duda, lo eran. Su falsa enseñanza era mucho más destructiva para el bienestar de Israel que la opresión política de Roma. En términos espirituales, el fariseísmo y el tradicionalismo religioso de los fariseos representaban un peligro más claro y presente para la salud vital de la nación que el ajustado tornillo político que ya había sido sujeto sobre Israel por el César y sus ejércitos de ocupación. Eso es decir bastante, dado el hecho de que en menos de medio siglo, ejércitos romanos devastarían completamente Jerusalén y enviarían a la población de Israel a un extenso exilio (la Diáspora) del cual el pueblo judío no ha emergido totalmente incluso en la actualidad.

Pero por profundo y trascendental que el holocausto del año 70 d.C. fue para la nación judía, una calamidad mucho mayor se cernía en: especialmente su preferencia por las tradiciones humanas por encima de la Palabra de Dios. Eso condujo a un desastre espiritual de proporciones eternas e infinitas, porque la mayoría de israelitas en aquella generación rechazaron a su verdadero Mesías; y multitudes de sus descendientes han continuado la incansable búsqueda de tradición religiosa durante casi dos milenios completos, muchos negándose a prestar una seria consideración a las afirmaciones de Cristo como el Mesías de Dios.

El sistema legalista de los fariseos era, en efecto, una apisonadora que preparó el camino para esa tragedia. El apóstol Pablo (él mismo un fariseo convertido) estaba describiendo con todo detalle la religión farisaica en Romanos 10.2-3 cuando lamentó la incredulidad de Israel: <<Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios>>.

Los fariseos sí que tenían cierto tipo de celo por Dios. En lo externo, sin duda no parecían plantear una amenaza tan grande como los ejércitos romanos. De hecho, los fariseos eran genuinos expertos cuando se trataba de conocer las palabras de la Escritura. Eran también escrupulosos en su observancia de los más mínimos detalles externos de la ley. Si compraban semillas para su huerto, por ejemplo, contaban meticulosamente los granos que había en cada paquete y apartaban un diezmo (Mateo 23.23).

Para el ojo de un observador superficial, la cultura religiosa que los fariseos habían cultivado en el Israel del primer siglo podría haber parecido representar cierto tipo de edad de oro para la ley judía. Sin duda, no era la misma variedad de religión abiertamente falsa de la que leemos tan frecuentemente en el Antiguo Testamento: esas repetidas épocas de apartarse y de idolatría con becerros de oro, adoración a Asera, y cosas peores.

Nadie podía acusar a un fariseo de demasiada tolerancia con las creencias paganas, ?no es cierto? Después de todo, ellos se oponían fuertemente a toda expresión de idolatría, y estaban totalmente comprometidos a los más mínimos detalles secundarios de la ley judía. Además, por seguridad, habían añadido muchos rituales de sobra que ellos mismos habían creado, como escudos extra contra la contaminación accidental. Si la ley bíblica demandaba lavatorios ceremoniales para los sacerdotes que ofrecían sacrificios, ?por qué no añadir lavatorios extra para todos, y convertirlos en una parte esencial de las rutinas cotidianas comunes? Eso es precisamente lo que hicieron.

(Continues...)



Excerpted from El Jesús Que No Puedes Ignorar by John MacArthur Copyright © 2010 by Grupo Nelson. Excerpted by permission.
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Meet the Author

John MacArthur es pastor y maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California. También es presidente de The Master's College and Seminary y se le escucha diariamente en «Gracia a Vosotros», un programa distribuido a nivel internacional en diferentes formatos, para alcanzar a millones cada día. Con más de dos décadas de ministerio, ha escrito y editado muchos libros incluyendo el ganador del premio Medallón de Oro, La Biblia de estudio MacArthur.

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