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El Libro de los milagros

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Las historias que contienen estas páginas, que Bernie Siegel recopiló durante sus más de treinta años de ejercicio, divulgación y enseñanza de la medicina, son fascinantes, cálidas y expanden nuestra creencia. Sin minimizar la realidad del dolor y las dificultades, las historias muestran a personas reales que convierten las adversidades en bendiciones porque responden a los contratiempos de un modo que les brinda poder y capacidad de curarse. Demuestran lo que somos capaces de hacer y nos enseñan que podemos ...

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Las historias que contienen estas páginas, que Bernie Siegel recopiló durante sus más de treinta años de ejercicio, divulgación y enseñanza de la medicina, son fascinantes, cálidas y expanden nuestra creencia. Sin minimizar la realidad del dolor y las dificultades, las historias muestran a personas reales que convierten las adversidades en bendiciones porque responden a los contratiempos de un modo que les brinda poder y capacidad de curarse. Demuestran lo que somos capaces de hacer y nos enseñan que podemos conseguir milagros mientras afrontamos las dificultades de la vida.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788497779647
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 9/30/2013
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 264
  • Sales rank: 1,389,282
  • Product dimensions: 5.90 (w) x 9.00 (h) x 0.80 (d)

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El Libro de los Milagros

Historias verdaderas inspiradoras de sanación, gratitud y amor


By Bernie S. Siegel, Andrea Hurst

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2013 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-964-7



CHAPTER 1

Nacimiento y renovación


El nacimiento es la apertura repentina de una ventana a través de la cual observamos un panorama estupendo. ¿Para qué ha acontecido? Es un milagro. Hemos intercambiado nada a cambio de la posibilidad de todo.

William Macneile Dixon


La naturaleza de la vida es un milagro. La energía inteligente, afectuosa y consciente es la responsable de la creación y la que comprende que la verdadera creación empieza con la variedad y no con la existencia de un único tipo de ser vivo. La creación empieza cuando nos sumamos unos a otros.

Todos los niños son un milagro. El espermatozoide fecunda el óvulo y de una sola célula se crea un ser humano. La inteligencia está presente en cada una de las células y sabe qué son y a qué parte del cuerpo pertenecen. Si una célula se coloca en el lugar equivocado durante la formación embrionaria, volverá a su lugar y al órgano al que pertenece. Todas las semillas contienen sabiduría y conocimiento. La semilla de una planta puede detectar la gravedad para saber hacia dónde crecer a fin de encontrar la luz del sol, e incluso puede abrirse paso a través del pavimento.

Nuestra mente también desempeña un papel importante en los milagros. Las mujeres poco fértiles aumentan su probabilidad de concebir cuando se apuntan a grupos de apoyo y abordan sus asuntos emocionales y cuando empiezan a imaginar que ocurre aquello que desean en vez de estar deprimidas y estresadas por su deseo de concebir. El temor y el estrés existen para protegernos de las amenazas de la vida, pero impiden la capacidad del cuerpo de desarrollarse y curarse cuando seguimos temiendo aquello que imaginamos o con lo que fantaseamos.

Una mujer de mi grupo de apoyo me llamó porque estaba teniendo un parto prematuro y temía sufrir un aborto. Cuando fui al hospital a visitarla, podía sentir en la atmósfera el temor y el pánico. Pedí a todos que se marcharan, puse una música tranquila y, a través de imágenes, traté de que relajara el útero y detuviera las contracciones. Al poco rato todo regresó a la normalidad, tuvo un embarazo a término y le puso mi nombre a su hijo. Eran irlandeses, de modo que se llama Brady, no Bernie, pero para mí ya es lo bastante parecido.


Los bebés son milagrosos

por Tanya F. Chernov

Cuando Rachel, mi mejor amiga, me llamó una tarde de verano de hace cinco años, temí que me estuviera llamando desde el hospital. Durante varios años Rachel había padecido una debilitante colitis ulcerosa y, en los últimos meses, apenas podía llevar su vida con normalidad. Sin embargo, cuando contesté al teléfono, me dijo que, inesperadamente, se había quedado embarazada. Como sabía que necesitaba todo el apoyo del mundo, me mostré eufórica al teléfono y manifesté todo mi afecto y emoción.

Pero cuando colgamos rompí a llorar. Rachel había estado enferma durante tanto tiempo que me preguntaba si sería posible que su debilitado cuerpo albergara un bebé. Había perdido peso, había perdido sangre y padecía múltiples y espantosos efectos secundarios a causa de los medicamentos que la habían mantenido con vida. Temía por ella y también por el bebé, por la fuerte medicación que Rachel había estado tomando. ¿Sería capaz de tener un embarazo a término? ¿Tendría un bebé sano? No había nada que pudiera hacer excepto brindarle mi afecto y apoyo, al margen de lo sólidos que fueran mis temores y mis dudas.

Los meses pasaron y, en vez de sentirse cada vez más débil, Rachel recobró la salud. Cada vez que la veía tenía mejor aspecto y se veía más saludable. Estaba fuerte y enérgica y tenía color en las mejillas por primera vez en años. A medida que pasó el primer trimestre y comenzó el segundo, Rachel se sentía increíblemente bien –no tenía ningún síntoma de la colitis, como si esa terrible enfermedad nunca hubiese formado parte de su vida–. Ya no necesitaba ningún medicamento más allá de las vitaminas para el embarazo. Como si el bebé que crecía en su interior estuviera hecho de propiedades curativas, el cuerpo de Rachel respondió conforme a ello y de algún modo recobró un milagroso estado de salud. Al ver cómo le crecía el vientre y su cuerpo se recuperaba, aprendí a confiar en que la vida encontraría un camino, porque el cuerpo es capaz de realizar cambios repentinos y milagrosos cuando lo necesita. Bromeamos con que si su colitis respondía de este modo al embarazo, querría estar embarazada siempre y su pareja estaría muy ocupada.

En marzo, Rachel dio a luz a una niña completamente sana y hermosa llamada Linnea Spring. La alegría por el nacimiento de Linnea se vio interrumpida tan sólo dos semanas después, cuando se agravó la colitis de Rachel de una forma mucho más destructiva que nunca. Con un bebé recién nacido del que cuidar, la salud de Rachel se deterioró rápidamente y su estado emocional se vino abajo junto con su estado físico. Ingresaron a Rachel en el hospital con menos de la mitad del volumen de sangre considerado seguro para una mujer que acababa de dar a luz y que tenía un edema de unos quince kilogramos. Cuando llegué al hospital apenas reconocía a Rachel. Parecía como si desde el momento en que su cuerpo había sabido que había logrado crear una vida, hubiera empezado a retirarse a la oscuridad. Durante las dos siguientes semanas me quedé con Rachel mientras le administraban medicamentos y la sometían a tratamientos y procedimientos ineficaces. Como los hospitales no siempre son lugares agradables para los bebés recién nacidos y puesto que Linnea, que sólo tenía unas pocas semanas de vida, iba y venía con distintos miembros de la familia que querían ayudar, Rachel no veía a su hija muy a menudo. Su salud iba a peor y temíamos que no lograra sobrevivir.

Al final, cuando parecía que lo único que podía salvar la vida de Rachel era una cirugía radical para extirparle todo el colon, tuvimos una idea. Los médicos llevaron a Rachel a la sala de maternidad, donde volvió a estar con su bebé. En el instante en que Rachel sostuvo de nuevo a su bebé en brazos, vi que sus mejillas recuperaban un destello de color. Las tres –Rachel, Linnea y yo– permanecimos en esa sala del hospital durante varios días, aportando un rayo de esperanza a la situación de Rachel. Tras probar una medicación experimental que pareció hacer remitir la colitis, mi mejor amiga recobró la vida.

Aunque sus médicos digan que la medicación fue lo que devolvió la vida a Rachel, que había estado a punto de morir, yo supe que no había sido así. Linnea salvó el cuerpo de Rachel durante el embarazo y volvió a hacerlo cuando Rachel estuvo tan cerca de la muerte en el hospital. Rachel necesitó a su bebé para curarse –no sólo una vez, sino dos–. Los bebés son milagrosos incluso en la mejor de las situaciones, pero la fuerza del vínculo entre la madre y el hijo es lo suficientemente poderoso como para desafiar la muerte. He tenido la suerte de dar testimonio de este milagro durante los últimos cinco años en los que Linnea ha crecido hasta convertirse en una niña, con una madre fuerte, saludable y vibrante.


Anclados en los brazos de Dios

por ChrisTie Gorsline

Nanook, nuestro velero, entró sigilosamente en la bahía envuelto en una capa de humedad. Rick lanzó el ancla y yo recogí y plegué las velas. Lo único que interrumpía el silencio eran las reverberaciones de un barítono que sonaban como el canto de las ballenas. Estábamos sentados en la cabina cuando la lluvia empezó a salpicar sobre el mar. Cada gota perforaba la superficie como la aguja de una máquina de coser a toda velocidad.

Con un gesto de celebración, alcé los brazos hacia el cielo y traté de imitar el baile de una danza tribal. Ofrecimos nuestro agradecimiento por el repentino aguacero; habíamos estado navegando por la costa oeste de México durante tres años y las sorpresas de la naturaleza todavía nos llenaban de asombro.

Al cabo de una hora el torrente de lluvia cesó. Me tumbé en la proa con una bolsa húmeda para las velas debajo de la cabeza como si fuera una almohada y observé cómo las nubes jugaban a las adivinanzas. Una brisa las volvió a colocar. ¿Un pirata? Un plátano. Globos de luz. Italia. Muchas formas. De pronto, una ruidosa salpicadura en popa interrumpió mis sueños.

Una ballena, con el lomo reluciente como una roca a la luz del sol, se revolcaba con una intensidad inquietante. Le acerqué los prismáticos a Rick y le pregunté: «¿Qué crees que le pasa?».

Observó durante varios minutos y respondió: «Parece que esté tratando de librarse de algo que tiene en la cola».

Me senté en un rincón de la cabina con las manos alrededor de las rodillas, y observé con los ojos entrecerrados por encima de la barandilla.

Rick se puso de pie a mi lado y observamos con desesperación el panorama que sucedía frente a nosotros. Parecía como si la culpa de todo aquello fuese algún resto de basura, y de algún modo nos sentíamos responsables.

A medida que pasaron los minutos nos centramos en el ritmo de la ballena, que descansaba de sus sacudidas a intervalos regulares. Tras dos minutos de salpicaduras ruidosas había treinta segundos de silencio. Y así sucesivamente. Otra vez. Y otra vez. Ni siquiera con ayuda de unos buenos prismáticos podíamos identificar el motivo.

Hasta casi una hora después no cesó el alboroto. Fue entonces cuando Rick resolvió lo que probablemente habíamos estado observando.

—Santo cielo ... –dijo, con los prismáticos en la mano.

—¿Qué es? –pregunté, acercándome los prismáticos a los ojos.

—Es un milagro –respondió Rick, con los ojos humedecidos de lágrimas.

Un milagro. Pudimos observar cómo la cría de ballena salía de la matriz de su madre y se adentraba en el océano Pacífico. Primero la cola, luego la cabeza. A los pocos minutos, madre y cría se marcharon y volvió a reinar la tranquilidad. Nos sentamos en un silencio reverente mientras las lágrimas caían por nuestras mejillas.

Otro obsequio de Dios.


La luz de un delfín

por Paula TimPson

Simplemente sabía que tenía que ir a las Bermudas. Era una llamada profunda. Algo especial iba a suceder; podía sentirlo en lo más profundo de mi interior. De niña siempre había soñado con nadar entre delfines. Un día, cuando el Espíritu me concedió la sabiduría para poder llevar a cabo esta empresa, seguí mi deseo con toda mi alma y mi corazón.

Fuimos a mediados de junio. El clima era ideal, igual que nuestro estado de ánimo. Cuando llegó el día de nadar con delfines estaba emocionada como una niña. ¡Me sentía más libre y afectiva que nunca! Mi marido me observó orgulloso mientras yo nadaba y jugaba con mi amigo delfín. Sentí verdadera alegría durante ese rato, que pareció prolongarse eternamente y que, a partir de ese momento, formaría parte de nosotros para siempre. Mientras el delfín gozaba y sacudía su cuerpo en el agua reluciente, yo también me llenaba de luz y esperanza.

Habíamos estado barajando la idea de tener un bebé. Después de nadar con delfines, me sentí dispuesta y preparada. Justo después de terminar de nadar empezó a llover y sentí que el agua se vertía sobre nosotros a modo de bautizo. Me dejé llevar y dejé que Dios obrara conmigo, en mi interior.

El delfín me permitió reunir el valor para convertirme en madre y confiar en que aquello que quisiera Dios sería lo mejor para mí. Aquel verano lo intentamos y no tardé en quedarme embarazada. Mi hijo es puro amor. ¡Jamesey es nuestro milagro! Nos ha hecho personas mejores y más fuertes, y somos más conscientes de la vida tal y como es. Creo que la brillante luz que hay junto al corazón de Jamesey la trajo mi amigo delfín.

Algunas veces, sólo el Espíritu puro sabe lo que necesitamos para ser felices, y cuando hallamos la respuesta en nuestro interior, debemos hacer caso de ella. Sólo así podemos convertirnos en quienes estamos destinados a ser realmente. Tener esta oportunidad fue un verdadero obsequio. Gracias a Dios.

I Corintios 13,4: El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia ...


El hombre de mis sueños

por Cate Perry

En 1988 era la típica niña de quince años. Mis prioridades habían dejado de ser los juegos infantiles y ahora eran la ropa, los chicos y ... bueno, un nuevo tipo de juegos infantiles, supongo. La vida de estudiante de instituto consistía en alcanzar la popularidad casi a cualquier precio. Para ello, entre otras cosas, llevaba pantalones muy ceñidos, me rociaba el flequillo con laca para hacerme una cresta y evitaba todo lo que tuviera que ver con estudiar. Estoy segura de que todo esto parecería una dosis saludable de narcisismo adolescente si no fuera por el hecho de que deseaba privarme de comer para llamar la atención de cierto chico.

Resultó que Dios tenía en mente un chico distinto para mí, y a pesar de que era lo último que habría esperado, tuvo más impacto en mi vida del que jamás habría creído posible.

Ten en cuenta, por ejemplo, que este chico todavía no había nacido; entonces era andrógino para nosotros y lo llamábamos «el bebé». Aun teniendo un tamaño microscópico, el bebé añadió una nueva perspectiva a mi vida y me brindó algo por lo que ilusionarme que era completamente independiente de mi propio ego. A medida que trascurrieron los meses, fue creciendo y pude sentir cómo daba patadas en el vientre de mi madre. Y, finalmente, el día en que debía de nacer llegó y pasó, y se alejó durante varias semanas. Tres para ser exactos.

Yo también estaba tratando de perderme de vista utilizando la anorexia y la bulimia para conseguir mi objetivo de llegar a pesar 52 kg. Para una chica de 15 años de 170 cm de altura no era un peso precisamente realista; tampoco la idea de que esta clase de autocastigo podría traerme el verdadero amor.

En cualquier caso, el nacimiento de mi hermano debía ser el 4 de junio. Sin embargo, hasta el 27 de junio los médicos no indujeron el parto por tercera vez. Mi madre tenía una hemorragia interna, el bebé estaba inquieto y era necesario practicarle una cesárea inmediatamente. Dejé a toda la familia en la sala de espera y salí afuera a hablar seriamente con Dios. Eso es; le dije que ya no creía más en él.

Incluso cuando finalmente sostuve a mi hermano en brazos por primera vez, le recordé a Dios que no creía en él.

Y mientras ayudaba a bañar a mi hermanito, le daba de comer y me descubría enamorada de alguien que nunca me utilizaría ni me haría daño, le recordé a Dios que no creía en él.

No hace falta decir que un día a mi mente adolescente se le ocurrió preguntarse que si no creía en Dios, ¿a quién diablos dirigía mis rezos?

¿Acaso mi madre no había logrado sobrevivir a la cirugía?

¿Acaso mi hermano no estaba perfecto?

¿Acaso Dios no ha permitido que mi hermano me siga enseñando lo verdaderamente importante de la vida hasta el día de hoy? ¿Que mi peso no tenía nada que ver con alcanzar la gracia de Dios?

Sí, se me había concedido un milagro materializado en mi hermano, y sé a quién debo dar las gracias.


(Continues...)

Excerpted from El Libro de los Milagros by Bernie S. Siegel, Andrea Hurst. Copyright © 2013 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Table of Contents

Contents

Agradecimientos, 9,
Prólogo, 11,
Introducción, 17,
Capítulo Uno: Nacimiento y renovación, 21,
Capítulo Dos: Inspiración animal, 35,
Capítulo Tres: Sueños y símbolos, 49,
Capítulo Cuatro: Curaciones milagrosas, 67,
Capítulo Cinco: Reorientaciones, 85,
Capítulo Seis: Ángeles y guías, 103,
Capítulo Siete: El obsequio del amor, 117,
Capítulo Ocho: Crear milagros, 133,
Capítulo Nueve: Milagros cotidianos, 153,
Capítulo Diez: Meditación y visualización, 169,
Capítulo Once: El poder de la oración, 177,
Capítulo Doce: Milagros vacacionales, 193,
Capítulo Trece: Los finales nunca son el final, 213,
Capítulo Catorce: Milagros del más allá, 229,
Capítulo Quince: Bernie: el milagro, 237,
Epílogo, 249,
Ejercicio milagroso de dibujos, 253,
Colaboradores, 255,

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