El misterio de la casa amarilla

El misterio de la casa amarilla

by Gertrude Chandler Warner
     
 

La vieja casa fantasmagórica en la isla de las sorpresas intriga a Benny y, con la ayuda de sus hermanos, el pequeño resuelve un gran misterio. 

Desde su debut hace más de medio siglo, Los chicos del vagón de carga (The Boxcar Children Mysteries) ha sido una de las series infantiles más populares y apreciadas…  See more details below

Overview

La vieja casa fantasmagórica en la isla de las sorpresas intriga a Benny y, con la ayuda de sus hermanos, el pequeño resuelve un gran misterio. 

Desde su debut hace más de medio siglo, Los chicos del vagón de carga (The Boxcar Children Mysteries) ha sido una de las series infantiles más populares y apreciadas de todos los tiempos.

Product Details

ISBN-13:
9781497623828
Publisher:
Whitman, Albert & Company
Publication date:
07/29/2014
Series:
Los chicos del vagón de carga , #3
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
Pages:
85
File size:
4 MB
Age Range:
7 - 10 Years

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El misterio de la casa amarilla


By GERTRUDE CHANDLER WARNER, Mary Gehr, Carlos Mayor

ALBERT WHITMAN & Company

Copyright © 1981 Albert Whitman & Company
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-2382-8



CHAPTER 1

La cueva


Los cuatro alegres hermanos Alden vivían con su abuelo en una casa muy grande. Sus padres habían muerto hacía unos años. También vivía en la casa con ellos el tío Joe, con el que los niños se divertían mucho.

El hermano mayor, Henry Alden, tenía dieciséis años e iba al instituto. Lo seguía Jessie Alden, que también iba al instituto. Violet era una linda niñita morena de doce años. Benny, el pequeñín, tenía siete.

Un día de primavera, Benny volvió a casa de la escuela y, en cuanto entró, oyó que sonaba el teléfono. Contestó la señora McGregor, el ama de llaves.

—Es para ti, Benny —le dijo, emocionada—. Tu tío Joe.

Benny tomó el aparato y contestó:

—Hola, Joe.

—¡La explosión será dentro de muy poco, Benny! —exclamó Joe por el auricular—. Los hombres están prácticamente preparados para hacer estallar el techo de la cueva. Dijeron que ustedes cuatro pueden venir a la isla si se quedan siempre a mi lado. Avisa a tus hermanos y vengan a la isla.

—¡Muy bien, Joe! —respondió el niño—. Llegaremos lo antes posible.

Salió corriendo al pasillo para contárselo a Henry. Los chicos habían la cueva el verano anterior. Se habían metido para ver hasta dónde llegaba y, sin pretenderlo, habían encontrado en la arena unas herramientas indias que, según Joe, eran estupendas.

Hacía poco, su abuelo había enviado a unos hombres a la isla para que quitaran el techo de la cueva con explosivos. Así sería más fácil excavar el interior.

—¿Era Joe? ¿Qué quería? —preguntó Henry, saliendo al pasillo.

—¡Dijo que van a hacer estallar el techo de la cueva! —gritó Benny—. El verano pasado nos advirtió de que no podríamos estar presentes ese día, pero ahora se ve que sí.

El niño subió corriendo los escalones, de dos en dos, gritando: —¡Jess! ¡Jess! ¡Violet! ¡Violet!

—Pero, bueno, ¿a qué viene esto, Benny? —preguntó Jessie, levantando la vista de un libro de texto.

—Van a hacer estallar la cueva de la isla de las Sorpresas y tenemos que ir cuanto antes.

—¿Quién te lo dijo?

—Joe —contestó Benny—. Acaba de llamarme por teléfono.

—Pero no podemos ir sin el abuelo —intervino Violet, en voz baja.

—El abuelo está llegando en el carro —anunció Henry, desde abajo—. ¡Corran, bajen deprisa, antes de que aparque!

Al principio el señor Alden no entendió ni una palabra de lo que le decían, porque hablaban todos a la vez, pero de todos modos su chófer dio la vuelta con el carro. El señor Alden se sonreía por algún motivo.

—¿Joe también te llamó, abuelo? —preguntó Henry.

—Sí, ja, ja, ja. Bueno, vamos a ir al embarcadero y desde allí cruzaremos en la lancha a motor.

—Espero que el capitán Daniel la tenga de este lado y no en la isla —dijo Henry—. Por lo visto, Joe tenía prisa, y no creo que nos esperen mucho tiempo.

—Bah, no creo que lo hagan estallar hasta que lleguemos —replicó Benny.

—Estoy de acuerdo —afirmó el señor Alden con una sonrisa—. Si Joe los avisó, esperará a que tengan tiempo de llegar.

—Por supuesto, abuelo —dijo Jessie—. Y ahí está ya el capitán Daniel en el embarcadero.

Era cierto. El capitán sonrió al ver a los cuatro chicos acercarse con su abuelo. Les tenía cariño a todos.

—Los estaba esperando —anunció—. Y Joe y los trabajadores aguardan allí en la isla. Me aseguró que no provocarán la explosión hasta que lleguen ustedes.

—Muy bien. Me alegro —respondió Benny mientras subía a la lancha y se sentaba.

Al poco rato estaban navegando hacia la isla donde habían pasado un verano tan feliz el año anterior. Iban todos pensando en aquel día cargado de emociones, cuando encontraron la cueva.

—Supongo —dijo Benny— que no se acordará usted de los objetos indios que hallamos en la cueva, capitán.

—Pues claro que sí —rió éste—. Por entonces ustedes no sabían que el oficio del señor Joe era precisamente excavar, pero yo sí. Lo conozco desde que era niño.

—¿Se acuerdan de lo contento que se puso? —exclamó Jessie—. Ni siquiera nos permitió seguir buscando más cosas dentro de la cueva.

—Y acertó, Jessie —contestó Henry—. Quería que se hiciera todo bien. Estos trabajadores saben excavar mejor que nosotros.

—¡Y ahora vamos a hacer estallar el techo de la cueva! —recordó Benny.

—Por ahí viene Joe —informó Jessie—. Pero ¿quién va con él? ¡Si es una chica!

—No, no es una chica —replicó Benny—. Es una señora.

—Bueno, sea como sea no es muy mayor.

—Es guapísima —aseguró el pequeñín cuando se acercaron.

—Hola, chicos —saludó Joe cuando la lancha se detuvo en el embarcadero—. Les presento a Alice Wells. Vino a ver los objetos indios que hallaron ustedes. Sabe mucho de esas cosas.

—Tiene que ser un trabajo interesante —dijo Jessie, y le dio la mano. Alice le cayó bien de inmediato: tenía una sonrisa preciosa.

—La verdad es que sí —reconoció la joven—. A ver, tengo la impresión de que ya los conozco a todos. Tú eres Jessie. Éste es Benny, sin duda. Ésta, Violet. Y tú debes de ser Henry. Joe me habló mucho de ustedes.

Al señor Alden le sonrió como si ya lo conociera bien.

Benny le tomó la mano.

—Vamos ahora mismo a ver la explosión —pidió.

—Te lo pasarás muy bien, Benny —dijo el señor Alden, sonriéndole—. Los trabajadores te van a dejar apretar la palanca que accionará los explosivos.

—¡Bueno, bueno, bueno! —exclamó el niño—. ¿Dónde está esa palanca?

Joe abrió camino sin decir una palabra. Pasaron cerca de la casita amarilla y del establo donde habían vivido en el verano, y llegaron a la playa. Allí, junto a un grupo de trabajadores, vieron una palanca en el suelo.

—Ya llegaron —observó uno de los hombres—. ¿Tú eres el que va a detonar los explosivos, pequeñín? Ven, agarra esa palanca y aprieta con todas tus fuerzas.

Benny obedeció y a lo lejos se oyó un ruido ensordecedor, como un trueno. A continuación los hermanos vieron una gran nube de humo y luego rocas que salían volando.

—¡Qué estruendo! —exclamó Benny, y todos se quedaron mirando el humo que seguía saliendo de la cueva.

—Muy bien. Vamos —indicó Joe.

Echaron a andar por el camino y enseguida llegaron a la cueva. Las grandes rocas estaban hechas pedacitos que los hombres empezaron a retirar. Toda la cueva había quedado al descubierto. Los chicos lo miraban todo sin abrir la boca.

—Supongo que nadie podrá excavar hasta que hayan quitado todas las piedras —dijo por fin Henry.

—Exacto —confirmó Joe—. Y tardarán varios días. La verdad es que ahora ya no hay nada más que ver.

—¿Quieres decir que es mejor que nos vayamos a casa? —preguntó el señor Alden, y guiñó un ojo a Benny.

—Bueno, a mí me da igual —respondió el niño—. Además, hicimos estallar la cueva, que es más de lo que esperaba.

—Ya vendrán muchas veces cuando empecemos a excavar —aseguró Alice—. Ya retiramos el montón de conchas y todo lo que había alrededor.

—Sí, en el museo se quedaron encantados con todo eso —añadió Joe—. Encontraron ustedes cosas que no había visto jamás.

—Es cierto. Joe y yo vamos a investigar qué son —dijo Alice—. Trabajaré con esos objetos durante un año o incluso más.

—Qué bien. Ven a casa algún día a vernos —propuso Benny, y se sorprendió cuando Joe se echó a reír.

Aquella noche, durante la cena, Benny estaba ensimismado.

—¿Qué te pasa, Ben? —preguntó su hermano con cariño—. ¿No quieres comer nada?

—Ay, sí —contestó el pequeño—. Estaba pensando.

—¿En qué? —quiso saber Violet.

—Bueno, pues en Alice. Creo que a Joe le gusta. Creo que por eso nos dijo que volviéramos a casa.

—Ja, ja, ja. Bueno, ¿y qué? ¿A ti también te pareció simpática? —preguntó Jessie.

—¡Sí, sí! Muchísimo. Pero eso es otra cosa. Yo creo que Joe se va a casar con ella.

—¿Qué? —gritó Henry—. ¿Cómo lo sabes? Si la conoció hoy.

—Ah, no, jovencito —lo corrigió el señor Alden—. Qué va. Joe y Alice fueron juntos a la escuela de pequeños. Alice pasó mucho tiempo lejos y ahora acaba de volver para hacer este trabajo para Joe.

—Bueno, pues a mí me gustaría que Joe se casara —reconoció Jessie—. Tiene que sentirse solo viviendo en la planta de arriba de esta casa rodeado de un montón de niños.

—¡Y un viejo! —agregó su abuelo—. Voy a decirles una cosa: hoy estuve mirando a Joe y a Alice y creo que Benny tiene razón. Pero no digan nada. Vamos a ver qué sucede.

—Sí, muy bien, pero ya verán que acabarán casándose —contestó Benny. Y entonces empezó a cenar.

CHAPTER 2

Una boda


Qué gran día pasaron los hermanos Alden cuando los trabajadores por fin retiraron todas las piedras. En el suelo de la cueva ahora había sólo arena y se podía empezar a excavar. Llegaron más hombres a la isla y se pusieron a trabajar.

—Tiene gracia ver a los mayores cavar en la arena —comentó Benny.

—Ya verás, Benny —le dijo Alice—. Irán metiéndolo todo en esa caja tan grande.

En efecto, los hombres encontraban muchos pedazos de vasija, o de piedra pulida, y los guardaban cuidadosamente en cajas. Los chicos no se cansaban de mirarlos. Todos los días, después de clase, iban a la isla a ver qué habían encontrado.

A veces, Henry no podía reunirse con ellos hasta más tarde, ya que tenía que ir al río con el equipo de remo del instituto. Hacía un año que era el capitán. Sin embargo, en cuanto llegaba se ponía a ayudar a Joe a cargar las cajas hasta la lancha.

Un día llevaba una que pesaba mucho, y no pudo llegar hasta el embarcadero.

—Lo siento, Joe —se disculpó—. ¿Por qué no paramos aquí en la casa amarilla y nos sentamos un poco? Esto requiere más esfuerzo que el remo.

Para Joe también fue un alivio sentarse en los escalones de madera. Al poco rato Benny ya estaba mirando por todas las ventanas.

—Algún día tenemos que echar un vistazo en esta casa —dijo.

—Sí, ¿por qué no hemos entrado nunca, Joe? —preguntó Jessie—. ¿Sabes por qué al abuelo no le gusta hablar de ella?

—No —contestó su tío—. No se lo he preguntado nunca, porque se pone muy triste al mencionarla. Creo que hay un misterio. Un día Alice y yo entraremos para resolverlo.

—¿Sin nosotros? —exclamó Benny.

—¡Pues sí, sin nadie! —respondió Joe.

—No lo dices en serio, ¿verdad? —insistió el niño, al que le costaba creer que Joe quisiera ir sin ellos.

—No lo fastidies, Joe —intervino Alice de repente, y le puso la mano en el brazo—.

¡Vamos a decírselo! ¡vamos a decírselo a todos!

—Eso, eso. Aunque a lo mejor no hace falta que nos digan nada. A lo mejor podemos adivinarlo —propuso Benny.

—Muy bien. A ver, adivínenlo —rió Joe, y tomó a Alice de la mano.

—Nos lo pones demasiado fácil —afirmó Benny, y mirando a Henry añadió—: ¿No se lo dije? Se lo dije hace mucho tiempo.

—Hace mucho tiempo no había nada que contar —aseguró Joe.

—Vamos a ver —dijo Violet, tomando la otra mano de Alice—. ¿Ese secreto no tendrá algo que ver con un día en el que habrá música?

—¡Sí! —contestaron Joe y Benny al unísono.

—¿Y todo el mundo irá muy elegante? —preguntó Jessie, sonriente.

—Sí —respondieron Joe y Benny.

—¿Y habrá un pastel y quizá un anillo bien bonito?

—¡Aquí lo tienes, Henry! —exclamó Joe, levantando la mano de Alice, que lucía un anillo precioso.

—Qué curioso que no lo viéramos antes —comentó Jessie.

—No tanto, cariño —dijo Alice—. Acabo de ponérmelo.

—Para siempre —remató Joe.

—¿Dónde van a vivir, Alice? —preguntó Violet de repente.

—Bueno, ya saben que Joe tiene toda la planta superior de esa casa tan grande para él solo, y dice que le hace falta compañía. Viviremos allí los dos juntos.

—¡Qué bien! ¡En la misma casa que nosotros, como hasta ahora! —se alegró Benny.

—¿Lo sabe el abuelo? —preguntó Henry.

—Sí, se lo dijimos ayer —explicó Joe—. Nos aseguró que podíamos instalarnos en la planta superior. Lo decidió él. Es el dueño, al fin y al cabo.

—¿Y la boda será en casa? —preguntó Jessie.

—Sí. Queremos que Violet toque el violín y que también asista Guardián, llevando un lazo blanco enorme.

—Lo del lazo no le gustará —apuntó Benny—, pero si Jessie se lo prohíbe no ladrará. ¿Cuándo es la boda?

—En cuanto ustedes acaben la escuela —afirmó Joe—. Así tendrán más tiempo y, por otro lado, Alice y yo ya habremos avanzando mucho con el trabajo de la cueva.

—Qué ganas de que terminen las clases —dijo Benny.

—¡Me lo imagino! —rió Joe.

¡Qué gran boda fue la que se celebró en la residencia de los Alden! Durante días, nadie habló de otra cosa. Alice estaba guapísima con su precioso vestido de novia. Violet tocó el violín durante la ceremonia, acompañada por tres músicos más. Llevó un vestido violeta largo. Jessie fue de azul.

Guardián lució el gran lazo blanco y no hizo ruido hasta que todo hubo terminado. Cuando salieron al porche a despedirse de Joe y Alice sí que ladró, y con ganas, pero entonces ya daba igual, porque todo el mundo estaba riendo y charlando.

Tras la partida de sus tíos, los chicos no sabían muy bien qué hacer. Intentaron leer.

—Me encantaría saber adónde irán de luna de miel —dijo Jessie cuando ya casi era la hora de cenar.

—A mí tampoco me lo dijeron —contestó su abuelo—. La gente suele guardarlo en secreto.

—Volverán dentro de quince días —recordó Violet—. Vamos a subir otra vez a ver lo bien que les ha quedado el apartamento.

El señor Alden acompañó a sus nietos, al igual que Guardián, que siempre estaba feliz al lado de los cuatro hermanos.

El abuelo se sentó en un butacón y Violet y Jessie fueron a mirar de nuevo la preciosa cocina, azul y blanca. Entraron en el soleado dormitorio y regresaron al acogedor salón.

La vajilla era nueva y estaba apilada en armarios bien limpios.

—Qué bien van a vivir aquí —exclamó Jessie—. Está todo ordenadísimo. A Alice le encantará.

—Seguro que este verano nos lo pasamos de maravilla —dijo Benny—. Cuando vuelva Joe se le ocurrirán planes estupendos.

—Bueno, puede que no nos quieran en medio —respondió Jessie—. Tenemos que ir con cuidado para no molestar.

—Entonces lo que podemos hacer es pensar planes nosotros y luego proponerles que nos acompañen.

—Muy buena idea, jovencito —aseguró el señor Alden con una sonrisa en los labios—. Así, si no les apetece siempre pueden decir que no.

En ese momento oyeron pasos en la escalera. Era la señora McGregor. El ama de llaves era una mujer bajita y encantadora que cuidaba muy bien a los chicos. Tenía el pelo cano y los ojos, azules.

—La cena está lista —anunció, sonriente.

—Ojalá quede pastel. Me encantan las bodas —reconoció Benny, y tomándole la mano preguntó—: ¿A usted no, señora McGregor?

—Sí, cariño —contestó ella, sonriendo de nuevo—. Tu tío Joe se lleva a una mujer estupenda, y él mismo es un joven formidable. Fue una boda preciosa.

En ese momento Violet pensó, como había sucedido con frecuencia, que la señora McGregor tenía un aire triste. "Sí —se dijo—. Está triste incluso cuando sonríe."

CHAPTER 3

El misterio


Los chicos se quedaron muy solos después de la boda. Echaban de menos a Joe y a Alice. Sin embargo, precisamente entonces empezó el misterio de la casa amarilla.

Habían terminado la cena. Las ventanas estaban abiertas, entraba un aire cálido y los pájaros cantaban sus melodías nocturnas.

El señor Alden se sentó en su butaca y con una sonrisa amable preguntó:

—¿No es hora de decidir qué quieren hacer en verano?

—Abuelo —dijo Henry, volviéndose hacia él—, ¿te importa si te pregunto algo?

—No, claro que no. Pregunta lo que quieras.

—Pero a lo mejor no te parece de buena educación —contestó Henry, pausadamente.

—Bueno, ¿y para qué está un abuelo? —dijo el señor Alden, guiñando un ojo a Benny—. Además, siempre has sido muy educado conmigo. Adelante, no tengas miedo.

—A ver, ¿recuerdas que a principios de otoño te pregunté por qué nunca íbamos a la casa amarilla de la isla de las Sorpresas? Pusiste muy mala cara un momento y Jessie y yo nos quedamos convencidos de que te habíamos molestado.

—¿No te acuerdas? —insistió ella—. Contestaste: "Ésa es otra historia".

—Ay, pues claro que me acuerdo. ¿Cómo iba a olvidarme de una cosa así? —respondió el señor Alden, y los miró a todos a la cara—. Vengan, niños, y siéntense en el piso a mi lado. Voy a contárselo todo. Supongo que ha llegado el momento de que lo sepan.

El señor Alden aguardó hasta que estuvieron todos bien atentos y entonces empezó.

—Recordarán que mencioné que mi padre construyó el establo de la isla para sus mejores caballos de carreras. Y que el señor que se ocupaba de los animales construyó la casa amarilla para vivir él.

"Se llamaba Bill. Debía de tener unos treinta años por aquella época, como yo. Le tenía mucho cariño. Cuidaba muy bien los caballos de carreras y vivía en la casa amarilla con su mujer.

—¡No sabía que eran caballos de carreras! —exclamó Benny—. ¿Y corrían?

—Sí, mientras mi padre vivió, competían. Mi padre era el bisabuelo de ustedes, claro. Bill quería mucho a los caballos y era un hombre de buen corazón, pero tengo que reconocer que era débil.

—¿Quieres decir que le faltaba fuerza?

—No, Benny —dijo el señor Alden, con tristeza—. No me refiero a eso en absoluto. Era un hombre muy fuerte, capaz de levantar una barca. Lo que quiero decir es que era débil de voluntad. Se dejaba convencer fácilmente para hacer cualquier cosa.

El abuelo se detuvo.

—¡No nos lo cuentes si no quieres! —exclamó Jessie.

—Sí, quiero contárselo ahora. Mucho me temo que Bill era un cobarde. Hacía todo lo que le decía su hermano Sam. Y su hermano frecuentaba malas compañías.

De repente los chicos se quedaron en silencio. Sabían que a su abuelo le entristecía contar esa historia.

—¡Dejen que vaya a buscar a Guardián, por favor! —pidió Benny—. Enseguida vuelvo.

No tuvieron más remedio que sonreír todos cuando se fue corriendo a la cocina. Sabían que siempre quería tener al perro a su lado cuando algo iba mal. Regresó al momento, con Guardián pisándole los talones.


(Continues...)

Excerpted from El misterio de la casa amarilla by GERTRUDE CHANDLER WARNER, Mary Gehr, Carlos Mayor. Copyright © 1981 Albert Whitman & Company. Excerpted by permission of ALBERT WHITMAN & Company.
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Meet the Author

Gertrude Chandler Warner nació en Putnam, Connecticut, el 16 de abril de 1890. Hoy en día, la Sra. Warner es ampliamente conocida por sus libros de misterio de la serie Los chicos del vagón de carga. 

 
Gertrude Chandler Warner (1890–1979) was an American author of children’s books, most notably the nineteen original titles in the Boxcar Children Mysteries series. Warner was raised in Putnam, Connecticut, across the street from a railroad station, which later inspired her to write about children living in a boxcar. In 1918, she began what would become a thirty-two-year career teaching first and third grade at the Israel Putnam School. She died in Putnam on August 30, 1979, when she was eighty-nine years old. But the Boxcar Children live on: To this day, talented authors contribute new stories to the series, which now includes over one hundred twenty books.

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