- Shopping Bag ( 0 items )
El tercer y último capítulo de la crónica épica de Mario Puzo sobre la familia Corleone—uno de los linajes más sólidos de la literatura y el cine norteamericano—logra un extraordinario crescendo con una historia en la que nos describe el papel de la mafia en el asesinato de un joven y carismático presidente.
El Padrino: La Venganza, autorizada por Mario Puzo, sitúa a la familia Corleone en un escenario excepcional: la intersección del crimen organizado con la política nacional.
Un subordinado de Michael Corleone, Carlo Tramonti, el sottocapo de Nueva Orleáns, es humillado públicamente cuando el fiscal general del Estado ordena su arresto y lo deporta a Colombia. Tramonti regresará resuelto a saldar las cuentas pendientes y ello desencadenará una serie de acontecimientos que cambiarán el curso de la historia norteamericana. Michael Corleone, obsesionado por la muerte de su hermano Fredo, sabe que no es el momento de flaquear. El hijo pródigo torturado está decidido a redefinir el legado de la familia.
Capítulo Uno
Tres Chevrolet negros modelo Byscaine—cada uno de ellos con dos hombres armados a bordo, bizqueando a la cruda luz del sol y apretando los dientes—circulaban en dirección a Nueva Orleans en fila india por la autopista 61, la reina de las largas carreteras americanas. La autopista 61 se extendía a lo largo del país, atravesando su oculto corazón alimentado con maíz. Su final estaba siempre muy lejos. A lo largo de esa carretera, los hombres de Dios han pecado contra nosotros y también han muerto por nuestros pecados. En sus cruces, el talento ha sido comprado por lo que vale a la baja una alma humana. En los cercanos callejones y polvorientos caminos, los hijos inadaptados de tenderos, antiguos esclavos o maestros poco respetados le encontraron sentido a buscarse un alias. Buddy, Fats, Jelly Roll, T. S. y Satchmo. Bix, Pretty Boy, Tennessee, Kingfish y Lightnin'. Muddy, Dizzy y Bo. Son, Sonny y Sonny Boy. B. B., Longhair, Yogi, Gorgeous y Dylan. Disfrazados de ese modo, se fueron de casa por esa misma autopista y extendieron por Norteamérica la verdadera voz de un mundo inesperado. Hubo por lo menos un camionero que recorrió esa carretera hacia su improbable destino de rey, y alguna prostituta la utilizó para llegar a reina. Ambos murieron jóvenes, como suele pasarle a la realeza en la autopista 61: el rey en su trono dorado y la reina en el propio camino, manchando con su sangre el asfalto. A lo largo de esta carretera, la idea que una nación se ha hecho a sí misma ha muerto y posteriormente ha vuelto a nacer. Una y otra vez. Eternamente.
Era el año 1963. Un domingo extrañamente caluroso para el mes de enero. Los hombres de los tres Byscaine negros llevaban las ventanillas bajadas y no parecían sudar ni estar nerviosos. Los rascacielos de Nueva Orleans estaban al acecho. Cambió el límite de velocidad y los conductores aminoraron la marcha.
Más adelante, a la izquierda, a unos pocos kilómetros del final de la autopista, se alzaba el Pelican Motor Lodge, donde Carlo Tramonti tenía su despacho. Nadie de fuera de la ciudad podría adivinar que el discreto restaurante de al lado, Nicastro's (cerrado los domingos), servía la mejor comida italiana de la zona. La mejor comida a la venta.
La mejor comida a secas se servía todos los domingos a unas pocas manzanas de allí, en la mansión modelo plantación de Tramonti, donde el joven y brillante chef y propietario de Nicastro's—junto a cualquier otro hombre unido a Carlo Tramonti por sangre o matrimonio—estaba ese día bebiendo vino tinto y holgazaneando bajo un roble macizo que impedía la menor visión de la casa desde la calle. La mansión era blanca, hermosa, acorde con el resto del vecindario. El jardín trasero daba a una rutilante esquina, impregnada de olor a magnolias, de uno de los mejores clubes de campo de Nueva Orleans. Tramonti era el primer italiano admitido en el club: el gobernador en persona lo había apadrinado.
Niños de todas las edades correteaban por el jardín.
Se había iniciado un juego de bocce que se había convertido en una excusa para que los adultos sacaran pecho. Como de costumbre, Agostino Tramonti—el más listo y más bajito de los cinco hermanos menores de Carlo—llevaba la peor parte. Estaba dotado para deportes y juegos, pero se los tomaba demasiado en serio.
Del interior de la casa llegaba el sonido de las órdenes en italiano de Gaetana Tramonti, que eran prácticamente ladridos; unos ladridos que, afortunadamente, se diluían en la galbana de mediodía junto al aroma del pollo al horno, las salchichas asadas y algunas sencillas salsas que su yerno el chef era capaz de imitar, pero no de perfeccionar. Gaetana era toda una matriarca napolitana que llevaba cuarenta y un años casada con Carlo. Un ejército de hijas y nueras lo ponían todo de su parte para exasperarla, cosa que allí todo el mundo consideraba una muestra de amor.
Carlo Tramonti caminaba entre sus invitados con la ayuda de un bastón, besando a sus nietos mientras les alborotaba el cabello, escuchando los problemas de sus sobrinos y sus primos. Parecía un rico armador mediterráneo al que no le faltaba ni un detalle: desde el cabello blanco desteñido por el sol y perfectamente peinado hasta los pies sin calcetines y envueltos en mocasines, pasando por su chaqueta azul de capitán de yate. Medía un metro setenta, lo que hacía de él el hombre más alto de la reunión. Lucía unas enormes gafas de sol negras. Su aire aristocrático se había ido formando gradualmente. Había empezado como marinero en un barco dedicado a la pesca de gambas, cargo que compartía con un trabajo a tiempo parcial de corredor de apuestas, y a partir de ahí había ascendido en el escalafón. En esos tiempos, el hampa de la ciudad estaba dirigida por dos facciones rivales, por sendas familias que habían venido del mismo pueblo de la costa occidental de Sicilia y cuyos agravios mutuos se remontaban a tiempos inmemoriales. Tramonti había negociado la paz y había unido a los supervivientes de esa negociación en el clan que dirigía desde hacía casi treinta años. Ninguna otra familia había disfrutado jamás de una mejor protección política ni de un monopolio tan completo sobre su territorio. Ninguna otra familia había sido tan poco violenta. El temor que el clan Tramonti inspiraba era como el que sienten los devotos hacia su dios: una servidumbre al poder y una forma de amor. Para mucha gente de Nueva Orleans, y de toda Louisiana, los Tramonti eran como la serpiente reina, grande y negra, que vivía tranquilamente debajo de la casa, alimentándose de parásitos, pequeñas serpientes de cascabel y ratas enfermas.
Carlo se unió por fin al juego de bocce. Todos sus movimientos eran de lo más gráciles. Su presencia calmó a su hermano. Augie Tramonti era una versión reducida en un palmo de Carlo—el mismo corte de . . .
El Padrino
Overview
El tercer y último capítulo de la crónica épica de Mario Puzo sobre la familia Corleone—uno de los linajes más sólidos de la literatura y el cine norteamericano—logra un extraordinario crescendo con una historia en la que nos describe el papel de la mafia en el asesinato de un joven y carismático presidente.
El Padrino: La Venganza, autorizada por Mario Puzo, sitúa a la familia Corleone en un escenario excepcional: la intersección del crimen organizado con la política nacional.
Un subordinado de Michael Corleone, Carlo Tramonti, el sottocapo de Nueva Orleáns, es humillado públicamente cuando el fiscal general del Estado...