El Politico

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by Baltasar Gracian
     
 

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Baltasar Gracián (Belmonte, Zaragoza, 1601-Tarazona, Zaragoza, 1658). España. Se educó en Toledo con un tío clérigo. A los dieciocho años ingresó en la Compañía de Jesús, más tarde fue profesor de teología moral y filosofía en colegios de Valencia, Lérida, Gandía y Huesca. En Zaragoza fue

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Baltasar Gracián (Belmonte, Zaragoza, 1601-Tarazona, Zaragoza, 1658). España. Se educó en Toledo con un tío clérigo. A los dieciocho años ingresó en la Compañía de Jesús, más tarde fue profesor de teología moral y filosofía en colegios de Valencia, Lérida, Gandía y Huesca. En Zaragoza fue confesor del virrey de Aragón y luego predicador en Madrid y Valencia. Después ocupó una cátedra de Sagrada Escritura, pero fue destituido por publicar El criticón (1651).

Product Details

ISBN-13:
9788498167252
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
01/01/2007
Pages:
60
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x 0.17(d)

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El Político


By Baltasar Gracián

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9816-725-2



CHAPTER 1

Pongo un rey a todos los pasados; propongo un rey a todos los venideros: don Fernando el Católico, aquel gran maestro del arte de reinar, el oráculo mayor de la razón de Estado.

Sera éste (¡oh, excelentísimo Duque, Mecenas y maestro mío juntamente), no tanto cuerpo de su historia cuanto alma de su política; no narración de sus hazañas, discurso sí de sus aciertos; crisis de muchos reyes, que no panegiris de uno solo, debida a la magistral conversación de Vuestra Excelencia, lograda de mi observación.

Comentaré algunos de sus reales aforismos, los más fáciles, los accesibles, que los primorosos, los recónditos, esos cederlos he a quien presumiere alcanzarlos. Apreciaré reglas ciertas, no paradojas políticas, peligrosos ensanches de la razón, estimando más la seguridad que la novedad.

Protesto que no alienta mi pluma el favonio de la lisonja, pues nunca esta buscó tan remotos los asuntos. Excusa, sí, mi osadía, y aun la solicita, mi suerte de hallarme, digo, con muchas noticias eternizadas por su propia real católica mano; deformes caracteres, pero informados de mucho espíritu. Oráculo dos veces por lo arcano de la inscripción, y más por lo profundo del pensamiento.

Quedó envidiando a Tácito y a Comines las plumas, mas no el cetro; el espíritu, mas no el objeto.

Fundó Fernando la mayor monarquía hasta hoy en religión, gobierno, valor, estados y riquezas; luego fue el mayor rey hasta hoy.

Concurrieron siempre grandes prendas en los fundadores de los imperios; que si todo rey, para ser el primero de los hombres ha de ser el mejor de los hombres, para ser el primero de los reyes ha de ser el máximo de los reyes.

Fueron comúnmente tan prodigiosos los hechos de todos los fundadores, que las narraciones de ellos se juzgaron antes por invenciones de la Épica que por rigores de la Historia. Los suyos los imaginaron más que hombres, hasta inaugurarlos en dioses: los extraños, echando por otro extremo, los tuvieron por héroes fabulosos.

Destinose la elegante pluma de Jenofonte al glorioso cetro de Ciro, cabeza del imperio de los persas, y remontose tanto, que se perdió de crédito, pues creyó la posteridad que había escrito, no lo que había sido Ciro, sino lo que debe ser un perfecto monarca.

Es el fundador de un imperio hijo de su propio valor; sus sucesores participaron de la grandeza. Hízose rey, que pudo, sobre la corona de los méritos, fabricársela de diamantes. Ellos, o nacen reyes, o son hechos reyes.

Fue Rómulo un prodigio de la capacidad y del valor, para fundar la monarquía romana, tan dilatada en espacios como en siglos. Déjoles a los suyos en su significativo nombre depositada, como en semilla, la virtud y vinculado el valor, para ocupar lo mejor del mundo, y fue tanto más cuanto comenzó de menos.

Las principales de estas heroicas prendas son antes favores del celestial destino que méritos del propio desvelo.

Hijos fueron de esta divina elección suprema, y hermanos en la grandeza, Constantino y Carlos, para fundar los dos cristianos imperios, el uno en el Oriente y el otro en el Occidente.

Celebren todos los siglos, depositadas todas las prendas en el verdadero Gerión de España, los tres fundadores de sus tres católicos reinos, don García Jiménez de Sobrarbe, don Pelayo de las Asturias, don Alonso Enríquez de Portugal, que con gloriosa emulación pasaron a ser imperios extendiéndose cada uno por diferente parte del universo.

Con el valor se consiguen las coronas, y con la prudencia se establecen. Sobrole a Alejandro la braveza para conquistar y faltole la sagacidad para establecer, si ya no fue envidia de que ninguno de sus sucesores le igualase, o soberbia de no imaginar a otro alguno capaz de tanto empleo.

Llenó el Oriente el Tamorlán más de terror que de señorío, bárbaro cometa que con la facilidad con que se forjó se deshizo, y comenzaba así en nuestros días Gustavo Adolfo el de Suecia.

No tengo yo por fundador de una monarquía al que la dio cualquier principio imperfecto, sino al que la formó.

Mucho se le debe en el poderoso imperio de los turcos al valeroso Otomán, que lo comenzó, pero mucho más al conquistador Mahometo, que lo estableció en Constantinopla, dejándolo tan acreditado como acrecentado.

Plantó la monarquía de Francia el valiente Faramundo. Regola Clodoveo con el licor celestial, coronándola más con sus cristianísimas virtudes que con sus fragantes lises.

Hay también grande distancia de fundar un reino especial y homogéneo dentro de una provincia al componer un imperio universal de diversas provincias y naciones. Allí, la uniformidad de leyes, semejanza de costumbres, una lengua y un clima, al paso que lo unen en sí, lo separan de los extraños. Los mismos mares, los montes y los ríos le son a Francia término connatural y muralla para su conservación. Pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir.

Ni se limita el fundar los imperios a un modo singular; halló muchos y especiales el ingenio. De esta suerte transformó César la aristocracia en monarquía y fueron tantas sus prendas como sus coronas. Los romanos conquistaron lo más y lo mejor del mundo, y él sujetó a los romanos. Avasalló otros tantos reyes cuantos fueron los senadores y capitanes que venció.

Dio lugar el gran Constantino a la monarquía pontificia y trasladó la suya imperial allá al Oriente, haciendo de sus victoriosas armas muralla fuerte a la Iglesia. Facilitó la conquista de todo el mundo al yugo de la fe santa, si hubieran sabido sus sucesores ejecutar la traza y lograr la ocasión.

Fue dos veces grande, por lo valeroso y por lo sagaz, Ismael Sofi, pues fundó su imperio de Persia, no de las ruinas del otomano, sino de lo más florido de él. Detuvo el curso a su felicidad en su mayor aumento, y por Divina Providencia (derechamente favorable a la cristiandad) enfrenó el orgullo turquesco a lo mejor.

Tiene la astucia su propio modo de fundar, que fue valerse siempre de la ocasión; y, después de haber la inconsiderada porfía de los príncipes cristianos consumido alternativamente sus fuerzas, agotado sus tesoros, desflorado sus ejércitos, salieron de refresco los turcos y alzáronse con todo, sin resistencia: están más llenas las historias de casos que de escarmientos.

Viose renovada la gloria antigua africana en su Jerife, bárbaro sabio que supo jugar a dos manos, ya de la política y ya del valor.

Émulo Quingui de Alejandro, y envidiándole el renombre, volvió a conquistar todo el Oriente, desde las murallas de la China hasta las selvas de Moscovia, dejando a sus sucesores, más en empeño que en herencia, el renombre de Gran Kan de la Tartaria.

Todos fueron cabezas de monarquías, correspondiendo en cada uno la grandeza de su ánimo a la de su imperio. Pocos de sus sucesores les igualaron, y aunque adelantaron los términos del mando, pero no los del valor.

El claro Sol que entre todos ellos brilla es el Católico Fernando, en quien depositaron, la naturaleza prendas, la fortuna favores y la fama aplausos. Copió el Cielo en él todas las mejores prendas de todos los fundadores monarcas, para componer un imperio de todo lo mejor de las monarquías. Juntó muchas coronas en una y, no bastándole a su grandeza un mundo, su dicha y su capacidad le descubrieron otro. Aspiró a adornar su frente de las piedras orientales, así como de las perlas occidentales, que, si no lo consiguió en sus días, enseñó el camino a sus sucesores por el parentesco, que, donde no ha lugar la fuerza, lo ha la maña.

Fue Fernando de la heroica prosapia de los reyes de Aragón, que fue siempre fecunda madre de héroes.

Ayuda mucho, o estorba, para conseguir la celebridad esto de las familias. Secreta filosofía, manifiesto efecto de la Soberana Providencia, más favorable a unas que no a otras. Parece que se heredan, así como las propiedades naturales, así las morales, los privilegios o achaques de la naturaleza y fortuna.

Casas hay que llevan consigo hereditaria la felicidad, y otras la desdicha. La de Austria ha sido siempre felicísima, prevaleciendo eternamente contra todas las máquinas de sus émulos.

La de Valois, al contrario, en Francia, ha sido desgraciada, no perdonando esta infelicidad aun a las privilegiadas hembras.

Otras prosapias hay belicosísimas por naturaleza y por afición, como lo es la de Borbón, seminario de valerosos caudillos, cuya mezcla con la de Austria prometen en nuestro Serenísimo Príncipe de España, con la felicidad, el valor para ser monarca del Universo. Sea oráculo su real nombre BALTASAR REY, compuesto de las cuatro vocales, que dan principio a todas las cuatro partes del mundo, en presagio de que su monarquía y su fama han de ocuparlas todas.

La familia de los Césares en Roma fue estéril de sucesores, tanto en calidad como en número, ordinario castigo de la tiranía.

Casas hay cuyos príncipes tardan en hacerse, pero, en despertando una vez, recompensan la tardanza de los principios con un prodigioso exceso en los progresos.

La casa de los reyes de Aragón fue de príncipes eminentes en el gobierno. Todos a una mano selectos, políticos, sagaces, belicosos y prudentes, felicidad rara y envidiable de todos los demás reinos.

Nació y criose, no en el ocio ni entre las delicias del rey don Juan, su padre, sino en medio de sus mayores aprietos. Las luminarias de su nacimiento fueron rayos de las bombardas, y los regocijos de la Corte fueron triunfos de las multiplicadas victorias.

Príncipe niño, se vio cercado en el castillo de Girona con la reina doña Juana, su madre, aquella castellana amazona que capitaneó tantos ejércitos en Navarra, Aragón y Cataluña. Contra un niño y una madre hubo día en que se fulminaron al castillo cinco mil balas, pero, como la fénix, salió triunfante de este incendio, que todos los reinos parece que se conjuraron contra Fernando niño para sujetárse le después muy hombre.

De una heroica educación sale un heroico rey. Dura en la vasija largo tiempo el buen o mal olor del primer licor que tuvo. Ensaya el águila su generoso polluelo para ser rey de las aves a los puros rayos del Sol. Críese un príncipe mirando siempre al lucimiento, a los brillantes rayos de la virtud y del honor.

Ayudole mucho a Enrique IV, el de Francia, para ser rey, y gran rey, el haber sido trasladado de la cuna al pabellón.

Más gloriosas fueron las abarcas del aragonés don Sancho que el zapato de ámbar de otros príncipes, pues éstos paran en asquerosos muladares y aquéllas en majestuosos timbres.

Desamparó al niño Jaime, famoso conquistador de Aragón, su mismo padre el rey don Pedro; aborreciole aun antes de engendrarle y arrojole después; al que no quisiera haberle dado el primer ser de naturaleza, no quiso darle el más principal de la educación, y aquí estuvo su mayor dicha, pues sustituyendo el valeroso caudillo, el Conde Simón Monforte le fue padre y ayo juntamente, que se han de criar los propios hijos como extraños, y los extraños como propios: la primera gala que se puso fue el arnés, y aquellos tiernos infantiles miembros que aún no sabían andar iban ya crujiendo la malla y la loriga.

De esta suerte se criaron todos los célebres monarcas: ésta es la educación de los héroes.

Creció Alejandro al ruido, no de las fiestas y entretenimientos, sino de las hazañas del rey Filipo, su padre, alimentándose de envidia, saciándose de emulación. Hijo fue del mayor rey de la Grecia y alumno del mayor filósofo del mundo, para ser el primer monarca magno.

Presidió Fernando, siendo de menor edad, a las Cortes de Aragón en Zaragoza, supliendo la capacidad muy de hombre la edad muy de niño. Escarmentaron padre e hijo en el príncipe don Carlos de Viana, aquél para confiar más de su segundo hijo, y éste para saber unirse y aunarse con su padre.

Socorrían los emperadores romanos su cansada vejez con ir introduciendo en césares sus hijos, y, cuando no los hallaban en la naturaleza, los buscaban en la adopción. De esta suerte el sabio Nerva adoptó al valeroso Trajano. Hacían un cuerpo entrambos; aquél era cabeza y éste brazos, repartiéndose las facultades: el viejo la prudencia y el mozo el valor. Y lo que recababa la confianza en los extraños, ¿por qué no lo ha de pretender la naturaleza en los propios?

El amor o el recelo paterno es un fatal escollo donde dieron al traste muchos sucesores. Sepultaron en Francia a Carlos el Inepto, aun antes de nacer, entre pegajosas delicias, con que siempre fue rey muerto. La afición o la desconfianza les ha inventado ya a los príncipes otomanos la dulce cárcel de los entretenimientos, de donde nunca más acertaron a salir. Porque no aspirase temprano al mando Dionisio el Segundo de Sicilia lo criaron como a otros muchos, de suerte que, después, ni aun tarde, fueron capaces dél.

Todas las artes se aprenden, y en todos los mecánicos empleos, aun en los más fáciles, hay tiempo de aprendices. Solo al real, siendo el más arduo, se le hurta esta común providencia. «No hay cosa más dificultosa, decía Diocleciano, que imperar bien.»

Entran algunos a ser reyes sin arte ni experiencia. Hallose de repente Nino el Segundo, el hijo de Semíramis, empeñado en el dificultoso gobernalle de un cetro. Viose Childerico, el francés, en medio de un océano político y no en leche, sino en sangre, y tal vez en pura hiel.

El riesgo grande, la experiencia ninguna. Concibió con esto don Sancho el Segundo de Portugal horror al oficio y, lo que es peor, desconfianza de sí, y, remitiendo todos éstos el trabajo, vinieron a quedarse con solo lo gustoso y el título de reyes, hasta perderlo también.

Entregó Fernando la juventud a la milicia y la senectud a la política. Atendió en sus primeros años a conquistar, en los postreros a gobernar.

Piden las edades sus empleos: compete el valor a la mocedad y la prudencia a la vejez.

Ejercítanse las armas en la lozanía y ferviente edad con facilidad, y con felicidad también: dictamen del insigne Marqués de Mariñano, ponderado en otra ocasión.

Envidiaba Trajano a Alejandro el haber comenzado a reinar mozo, no por ambición del mando, sino por emulación de la suerte. Acabáronseles a muchos con los floridos años los felices sucesos, y perdió Pompeyo en la vejez cuanto adquirió en su gallarda mocedad.

Requieren las armas un grano de temeridad que no se encuaderna con la madurez; lo muy considerado de la mayor edad detiene el brío, enfrena la osadía, y nunca los muy prudentes fueron grandes batalladores.

Depuso presto el arnés el prudente de los Filipos de España. Pero Alejandro, con su temeridad, conquistó más que todos los reyes juntos con su mucho tiento. El determinado César triunfó con su mucha audacia de la mucha prudencia del Senado.

Ni es la menor de las conveniencias ocupar las armas la deleznable mocedad y escaparla, sino de los vicios de la negligencia.

Apetece la vejez todo lo contrario, ama la paz, porque el sosiego da leyes, reforma las costumbres, compone la república, establece el imperio.

Comenzó por rey de Sicilia, ilustre agüero de su gran cosecha de coronas. Entró luego en Castilla, empresa más ardua que las de Alcides, aunque entre la hidra con sus siete cabezas. Viose luego el exceso de su capacidad, la grandeza de su valor y conociose que había de ser un prodigio político.

La llave de un feliz y acertado reinado consiste en el arrancar y, permítaseme decirlo así, en acertar a encarrilar. Por donde comenzó a correr el caudaloso río, por allí prosigue, que después es género de imposible el mudarle la corriente.

Tienen los reyes grandes contrarios a los principios de su gobierno. Toda prudencia, toda atención, toda sagacidad, aún no es bastante en este dificultoso punto. En las entradas de los caminos es el riesgo de errarlos, que, acertados una vez, con facilidad se prosiguen.

Comenzó el que hoy es rey de la gran China con opinión y aun alarde de prendas superiores, a la expectativa de sus atentos vasallos, pero luego lo enviciaron, unos por un fin y otros por otro, y echaron a perder el mejor rey que hubiera eternizado la fama.


(Continues...)

Excerpted from El Político by Baltasar Gracián. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Baltasar Graci�n (Belmonte, Zaragoza, 1601-Tarazona, Zaragoza, 1658). Espa�a. Se educ� en Toledo con un t�o cl�rigo. A los dieciocho a�os ingres� en la Compa��a de Jes�s, m�s tarde fue profesor de teolog�a moral y filosof�a en colegios de Valencia, L�rida, Gand�a y Huesca. En Zaragoza fue confesor del virrey de Arag�n y luego predicador en Madrid y Valencia. Despu�s ocup� una c�tedra de Sagrada Escritura, pero fue destituido por publicar El critic�n (1651).

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