El río

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“Fuiste hecho para El Río…

Gabriel Clarke se sentía misteriosamente atraído hacia El Río, un cordón de aguas bravas y espumosas, abriéndose camino por desfiladeros escabrosos, en las alturas de las Colorado Rockies. Esa pasión por El Río, desde lo más profundo de su ser, era innegable. Sus aguas impetuosas lo llamaban a sentir la libertad y vivir la aventura.

Pero algo lo retenía –el recuerdo de un espantoso ...

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Overview

“Fuiste hecho para El Río…

Gabriel Clarke se sentía misteriosamente atraído hacia El Río, un cordón de aguas bravas y espumosas, abriéndose camino por desfiladeros escabrosos, en las alturas de las Colorado Rockies. Esa pasión por El Río, desde lo más profundo de su ser, era innegable. Sus aguas impetuosas lo llamaban a sentir la libertad y vivir la aventura.

Pero algo lo retenía –el recuerdo de un espantoso acontecimiento que presenció en El Río cuando apenas tenía cinco años– algo que ningún niño debería ver.

Las cadenas del temor y del resentimiento lo alejaban de los tesoros que podría descubrir en El Río. No podía dejar su pasado atrás, seguía atrapado, temeroso de la vida que lo esperaba.

En esta cautivadora historia, Gabriel aprende que despojarse del pasado significa entregarse por completo a El Río –alma, corazón, cuerpo y mente.

El Río inspirará a sus lectores a llevar la vida para la que fueron creados” –John C. Maxwell, fundador de EQUIP y The John Maxwell Company

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602559257
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 9/18/2012
  • Language: Spanish
  • Pages: 336
  • Sales rank: 1,457,408
  • Product dimensions: 5.50 (w) x 8.20 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Talentoso escritor, experimentado actor y magistral cuentista, todo lo anterior describe a Michael Neale. En la actualidad, Neale dirige un evento musical en formato multimedia, con narraciones en vivo, conocido como The River Experience, que cautiva a la audiencia con imágenes impresionantes de calidad cinematográfica y una banda sonora de primera clase. Michael vive en Palm Beach Gardens, Florida, con su esposa, Leah, y sus hijos Micah, Maisie y Wyatt.

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EL RIO

UNA HISTORIA
By Michael Neale

Grupo Nelson

Copyright © 2012 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-925-7


Chapter One

La gran caminata

1956

Un frío domingo de septiembre de 1956, John Clarke se despertó al amanecer con la idea de salir de casa y disfrutar del aire libre. Era padre soltero, y como no había planificado que nadie cuidara de su hijo Gabriel aquel día, decidió tomar al pequeño y llevárselo de excursión al desfiladero Firewater, en el Río.

—¡Papá! ¡Más lento! —gritó el chico de cinco años con su voz aguda.

—Un poco más, chaval, y luego nos tomaremos un descanso —respondió su padre—. ¡Te va a encantar la vista cuando lleguemos! El abuelo me trajo aquí cuando yo tenía tu edad, y nunca lo he olvidado.

Quedándose sin aliento durante el tramo más llano del sendero, si bien animado, John continuó. Su punto de destino era una pintoresca y poco frecuentada panorámica sobre el Cañón Splash desde lo alto del río Whitefire. La mochila (repleta de muesli con chocolate, cecina casera, agua, material de primeros auxilios y chubasqueros) debía pesar como diez kilos.

—¡Papá! ¡Aúpame! —John se detuvo para esperar que Gabriel llegara a su lado y entonces, con un fuerte movimiento, alzó al chico sobre sus hombros para continuar el trayecto. Prosiguieron hacia la cima, padre e hijo unidos por su amor por la naturaleza salvaje.

Allí se sentía como en casa. John conocía todos aquellos caminos mejor que su propia casa. «Si pudiera, viviría a la intemperie todo el tiempo», solía decirles a sus amigos de vez en cuando. Con su metro ochenta y noventa kilos de peso, John era un tosco tipo de treinta y dos años, musculoso y fornido. Era fuerte como un roble debido a sus años escalando rocas y corriendo por el Río. Empezaban a aparecerle patas de gallo alrededor de sus ojos grises azulados. Con el pelo rubio rojizo cortado al estilo de los setenta, con su pavoneo añadido, era un hombre de pocas palabras con una sabiduría más allá de su edad.

La familia Clarke era la piedra angular de Corley Falls, Colorado. Su abuelo y su padre habían construido prácticamente la ciudad entera en la parte trasera de su hotel y su campamento de aventura de rápidos. John, siguiendo la tradición, había asumido el funcionamiento cotidiano, que incluía la formación para los guías de los rápidos. Desde hacía casi treinta y seis primaveras y veranos, el Campamento de Aventura Big Water les ofrecía a los excursionistas y navegantes una experiencia que no olvidarían en el río Whitefire. John Clarke repetía las palabras de su padre a menudo: «Nosotros los Clarke, fuimos creados para el río».

La temporada estival de rafting había concluido. Tan solo unos pocos avezados kayakistas recorrerían el Río durante aquella época, de modo que John tenía unos cuantos días libres entre las excursiones de senderismo guiadas y las clases que impartía en la Escuela para Guías Whitewater que su padre había fundado. Aquella semana habían tenido una inusual tromba de agua, así que el Río corría especialmente caudaloso.

El cañón y el bosque circundante eran imponentes, sobre todo en las primeras horas de la mañana. La niebla brumosa se levantaba lentamente, dando lugar a una sensación como si estuvieran caminando entre las nubes. Los pájaros gorjeaban una sinfonía polifónica, y se podían oler las píceas, los abetos y los pinos con llamativa potencia. Las ardillas correteaban alrededor, como si estuvieran jugando al «escondite inglés» mientras barrían por vez última el suelo del bosque en busca de nueces antes del invierno. En un momento dado, cualquier forma de vida silvestre podía hacer su aparición, incluyendo osos, lobos y ciervos, creando un lugar verdaderamente salvaje y mágico.

—¿Cómo de lejos estamos, papá?

—Faltan un par de campos de fútbol más —contestó su padre. John trataba de hablar sobre distancias en términos que su hijo pudiera visualizar.

Igual que una versión en miniatura de su padre, Gabriel era un chico achaparrado de cara redonda. Su lacio pelo rubio se balanceaba hacia atrás y adelante cuando caminaba, pero por lo general iba corriendo a todas partes. Tenía pestañas de sobra, y sus ojos azul celeste atraían a las mujeres allí donde su padre lo llevara. Por supuesto, a su padre le gustaba que así fuera.

Gabriel era inteligente, curioso y no hacía ascos a las travesuras. Sus preguntas surgían de la nada, y a menudo tiraban a su padre al suelo de la risa, o bien lo hacían rascarse la cabeza de asombro.

Durante aquella caminata matutina, sin embargo, las preguntas de Gabriel resultaban más dolorosas.

—¿Cuándo volveré a ver a mamá? Sammy Overton dijo que a lo mejor ella está enfadada. Jackson Wilbur dijo que las mamás son importantes porque necesitas tener una para haber nacido. ¿Podemos ir hoy a ver a mamá?

John quedó sorprendido por la aleatoriedad de las preguntas, lo que le rompió el corazón. Sabía que no sería por lo menos hasta el día de acción de gracias que Gabriel iría a ver a su madre.

Sin disminuir la velocidad, John enfiló el accidentado camino.

—Bueno, chaval, verás a tu mamá muy pronto. Ella no está enfadada contigo, Gabe. No vuelvas a pensar eso. Solo es que vive bastante lejos y le resulta difícil venir hasta aquí. ¡Eh! ¡Mira esas ardillas!».

John era consciente de que intentaba cambiar de tema, y le pesaba el corazón. La tristeza a veces acudía a él en oleadas. ¡Cómo deseaba que aún estuvieran juntos! Los sentimientos de desánimo conseguían aplastarle. Por lo general, se distraía con más trabajo.

John hizo descender a Gabriel de sus hombros con cuidado.

—¡Shhh! No las asustes.

Antes de que John pudiera quitarse la mochila, el niño ya la estaba revolviendo en busca de unos cacahuetes. Tomó unos pocos de una bolsa y se dirigió lentamente hacia la pareja de ardillas. Sin miedo, Gabriel tendió la mano con unos cuantos cacahuetes sin cáscara que descansaban en las yemas de sus dedos. Con cautela, ambas ardillas se acercaron con rápidos y nerviosos gestos, mirando de lado a lado. Parecían estar tratando de escabullirse con algo que no deberían.

—Mantén la mano firme —le aconsejó John.

Tomándose su tiempo, las dos ardillas agarraron un par de cacahuetes cada una y corretearon de vuelta al árbol. —¿Has visto eso, papá?

—Ya lo creo. Has hecho nuevas amigas. Deberías ponerles nombre. —John subió la cremallera de su mochila y la cargó de nuevo sobre sus hombros—. ¿Estás listo para subir a la cumbre?

Tomando un palo casi demasiado pesado para sostenerlo, Gabriel lo levantó como una espada, y con el grito de guerra más feroz que pudo articular exclamó:

—¡Vamos!

John lo cargó de nuevo sobre sus hombros y ambos retomaron su caminata hacia el mirador. Durante los siguientes cincuenta metros, todo lo que pudieron oír fue el sonido de las botas de John chocando contra el suelo. La niebla comenzaba a disiparse un poco. Gabriel se inclinó sobre el rostro de su padre y le dijo:

—Cacahu y Etes.

—¿Qué? —John dibujó una sonrisa perpleja en su rostro.

—Son sus nombres. Cacahu y Etes. Porque comen cacahuetes. ¿Lo pillas? Cacahu ... Etes ...

John se rio de buena gana.

—Esta va a ir al libro —dijo refiriéndose al diario donde llevaba un registro con los hitos, citas e historias de sus viajes con Gabriel.

Con las manos del niño descansando sobre la cabeza de su padre con completa satisfacción, siguieron adelante.

Ya podían oír el rugido del Río. El agua precipitándose por el cauce sonaba como una incesante ventisca: emocionante, aterradora y apacible, todo a un tiempo. John giró en un escabroso sendero que serpenteaba alejándose del Río hacia el bosque densamente poblado.

—El Río es por allí, papá —Gabriel señaló a su izquierda y detrás de sí —. ¿Por qué nos alejamos del Río?

—No te inclines hacia atrás. Lo pones más difícil de lo que es. —El padre se detuvo—. Tú solo espera, chaval. Un par de minutos más y ya verás.

El Río giraba bruscamente a la derecha, y tras pasar el recodo, los acantilados sobresalían creando la cascada más espectacular de la región del Cañón Firewater. Casi podían sentir al Río mover el suelo. El aire se encontraba brumoso por la aspersión.

Cruzaron el sector final de los árboles, y a medida que el camino se rizaba hacia su izquierda, fue como si se alzase el telón, mostrando el escenario por primera vez.

—¡Vaya! ¡Impresionante! ¡Mira, papá!

—Lo sé. ¿No es increíble, chico? —Bajó a Gabriel de sus hombros y luego se acercó a un árbol situado a unos tres metros de distancia de una pendiente irregular que daba a la orilla del Río.

—¿Ves este árbol, hijo? —John apoyó su mano sobre la corteza—. No puedes pasar de él. Es muy peligroso, y papá no quiere que caigas al Río. ¿Vale?

Distraído y mirando hacia el cañón, Gabriel asintió.

Con la mano sobre la cabeza de Gabriel, John le hizo girar como un títere, de manera que tuviera que mirarle a los ojos.

—¿Lo entiendes?

—Sí, papá.

Justo al otro lado del barranco, las paredes del cañón subían escarpadas. Estaban cubiertas de pintorescas rocas rojizas y cientos de píceas, abetos y pinos apuntando rectos hacia el cielo como gigantescos lápices. Las rocas habían ido desprendiéndose de las paredes del cañón durante miles de años para crear montañas diminutas a lo largo del caudal del Río.

Miles de litros de agua golpeaban la garganta cada minuto, cayendo desde una altura de tres pisos antes de llegar al primer nivel de la pila de rocas. El agua continuaba despeñándose tres niveles más, cada uno de ellos de unos tres metros de altura. En la parte inferior de las cataratas, el agua salpicaba en un movimiento circular masivo a causa de un agujero grande en el lecho del río. El efecto era como el de una gigantesca lavadora; sumidero era como lo llamaban los guías del Campamento de Aventura Big Water.

John se quitó la mochila y sacó un par de botellas de agua.

—Toma, muchacho. Bebe un poco de agua para mantenerte hidratado. A esta altitud el clima es bastante seco, y tu cuerpo necesita mucho líquido.

Ambos se sentaron en un tronco, y John desempaquetó algo de cecina casera.

Gabriel estaba mordiendo un pedazo cuando de repente anunció que quería meterse en el agua.

John se echó a reír.

—¡Te congelarías, chaval! ¡Esa agua está fría como el hielo!

—¡Pero parece divertido!

—Ya lo creo que es divertido, pero no con este frío ni con estas cascadas tan altas. Tal vez más abajo, que todo está en calma, dejaré que te mojes los pies. Quizá te enseñe a saltar las rocas.

John sacó una bolsa de cuero desgastado llena de canicas de época Bennington y las sostuvo. Al fondo, el rugir del Río era incesante.

—¿Listo para jugar?

—¡Sí! —gritó Gabriel.

John había heredado su gran colección de canicas de mármol antiguas de su abuelo. John despejó un lugar en la tierra y trazó un círculo para jugar.

—¡Esta vez voy a ganar, papá!

—¡Ja! ¡Ya lo veremos, muchacho!

Faltaban unos pocos minutos para las nueve de la mañana, y el sol ardía a través de una manta de nubes. Cuando John se agachó oyó voces en la distancia.

—¿Quién narices anda por aquí? —John miró por encima de su hombro hacia el Río—. ¡Quédate aquí! —ordenó.

John caminó rápidamente hacia el borde del precipicio, desde donde podía ver mejor río arriba. Las voces que gritaban de acá para allá eran intermitentes. No podía entender lo que decían, así que descendió por la ladera hasta una meseta que sobresalía por encima del Río. Mirando río arriba, divisó a un joven sentado en un kayak que se había atascado en un pequeño remolino junto a la orilla. Gritaba algo contra la corriente.

A John se le cayó el alma a los pies porque sabía lo que ocurría. Gritó para llamar la atención del hombre.

—¡No siga! ¡Hay cascadas! ¡No siga! ¡Cascadas!

El kayakista no podía oírle.

—¿Qué haces, papá? —Gabriel se puso de pie en lo alto del saliente.

—¡Quédate ahí! Tengo que bajar un poco más y avisarles. —Mirando a Gabriel, dijo categóricamente—: ¡Tú quédate ahí!

Apareció otro kayakista, pero estaba por lo menos a doscientos metros de donde se encontraba John. Obviamente aquellos chicos no conocían el terreno. Los rápidos eran de nivel VI. Aquella agua no era navegable, ese rápido no era practicable ni siquiera por los kayakistas más experimentados.

John sabía que eso significaría lesiones graves o la muerte de aquellos aventureros desprevenidos. Tenía la esperanza de que tendrían la prudencia de parar y explorar el terreno.

Acercándose más al Río, su corazón se aceleró por los peligros que aquellos dos hombres jóvenes enfrentaban. John se deslizó por una ladera pedregosa, apoyándose con el brazo izquierdo y frenando en una cornisa a unos seis metros del agua. Se quitó el chaleco de senderismo, y como un abanderado en la línea de meta de una carrera de coches, comenzó a agitarlo y a gritar frenéticamente:

—¡Peligro! ¡Peligro! ¡Peligro!

Vio al primer kayakista descender el Río. Esperando llamar su atención, continuó moviéndose y gritando. Por fin, justo antes del punto de no retorno, el kayakista miró hacia arriba y vio a John. Inmediatamente cambió de dirección y se dirigió hacia un remolino al otro lado del Río, saliendo de la corriente de agua principal.

John gritó:

—¿Hay más de los tuyos en camino?.

El kayakista afinó el oído y preguntó de nuevo:

—¿Qué? ¡Repítelo!

En aquel preciso momento, otro kayakista apareció por una curva del Río. El primero intentó llamar su atención mientras John volvía a agitar los brazos frenéticamente. El segundo tipo lucía una amplia sonrisa en su rostro e iba gritando y jaleando. Se quedó en el centro de las aguas agitadas a la vez que los rápidos se aceleraban y la pendiente del Río comenzaba a descender. Pasó junto a su amigo y entró en la corriente de la cascada. No había otro lugar hacia donde salir.

Se dirigía a las cataratas.

La primera caída fue de más de tres pisos de altura con rocas escarpadas a ambos lados. Después el agua se precipitaba encima y alrededor de una roca gigante en medio el Río, solo para caer otros diez o quince metros más. En la parte inferior de la segunda caída había una grieta enorme en el lecho del Río, donde la agitación del agua creaba un sumidero inmenso.

En aquel momento, lo único que pudieron hacer tanto John como el otro kayakista fue mirar. El kayak amarillo pálido se lanzó a la primera gran caída y rápidamente desapareció bajo la niebla y el estruendo del agua. A John se le subió el corazón a la garganta. Pasaron unos segundos y, de repente, el kayakista salió a flote, aunque del revés, como un corcho de pesca.

John entró en acción. Trepó por la ladera para interceptar el kayak antes de la próxima sucesión de cascadas y rápidos. Alcanzó la orilla del Río cuando el kayak apareció flotando junto a él, todavía boca abajo, con el hombre atrapado bajo el agua, probablemente inconsciente tras la primera caída.

John miró hacia atrás a la ladera y vio a Gabriel aferrado a un árbol, observando el desarrollo de la escena. John le hizo un gesto.

—¡Vuelve, Gabe! ¡Vuelve!

Gabriel se quedó inmóvil, abrazando el árbol, sin dejar de mirar a su padre.

—Aguanta, hijo. ¡En un minuto estaré contigo! ¡Quédate ahí mismo! —John se dio la vuelta para ver el kayak golpeándose de refilón contra una roca del Río y sumergiéndose en la próxima caída. Pasaron largos segundos antes de que hubiera cualquier señal de él. Su amigo estaba atascado en el otro lado de la corriente, incapacitado para ayudar.

John se dirigió rápidamente a la parte inferior de las cataratas, a tiempo para ver el kayak emergiendo del agua espumosa. El kayak había sido aplastado bajo las cataratas e inmovilizado por el agua incesante, pero ahora, aún vuelto hacia abajo, flotaba hacia una roca del lado más cercano a John.

Las aguas, aún profundas y en rápido movimiento, presionaban el kayak contra la roca con una fuerza tremenda. John lanzó una mirada hacia la colina para ver a Gabriel mientras trataba de imaginar qué podía hacer. El kayakista podría tener una oportunidad de sobrevivir si pudiera tirar de él en los próximos segundos.

Aferrándose a un árbol con la mano derecha y estirando su pie izquierdo, casi tocó la punta del kayak. Su plan era desencallar el kayak de la roca y tirar de él en aguas más tranquilas. Se inclinó, pero el kayak estaba demasiado lejos. John tomó una rama seca y golpeó el kayak, pero la fuerza del agua era demasiada para moverlo. Sin chaleco salvavidas, sabía que tenía que andar con sumo cuidado.

—¡Pa-pá! ¡Pa-pá! —John escuchó la débil llamada de Gabriel, pero estaba concentrado en el kayak. No podía soportar ver morir a un hombre delante de él. Debatiéndose entre quedarse en la orilla o arriesgar su vida en el rescate, mientras los preciosos segundos hacían tictac y dirigía una última mirada a Gabriel, John saltó sobre el kayak, abrazándose a él como un oso, pero luchando para agarrarse. Trató de empujar el kayak con una patada sobre la roca, lo suficiente como para hacer que la rodeara.

La llamada de Gabriel se convirtió en un grito:

—¡Pa-pá! ¡Vuel-ve!

(Continues...)



Excerpted from EL RIO by Michael Neale Copyright © 2012 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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Table of Contents

Contents

Una nota del autor....................xi
De una entrada en un Diario....................xiii
Prólogo....................1
1 La gran caminata....................9
2 La vida en Kansas....................24
3 El estanque....................34
4 Perritos de maíz y canicas....................47
5 El señor Earl y el viaje del cerdo....................61
6 La nueva maestra....................75
7 Un visitante llega a la granja....................87
8 Un regalo de cumpleaños....................100
9 La llamada telefónica....................111
10 El viaje al Río....................122
11 La chica....................133
12 La voz del Río....................146
13 Samuel y el Campamento de Aventura Big Water....................159
14 Clase V....................171
15 La última noche....................181
16 La despedida y el diario....................191
17 No más Kansas....................205
18 Pasando el rato con Ezra....................217
19 Un encuentro inesperado....................228
20 Una cena para recordar....................240
21 El descenso nocturno....................253
22 La sala de guerra....................264
23 Regreso al hogar....................278
Epílogo....................295
Guía de discusión....................299
Agradecimientos....................303
Andy Andrews entrevista a Michael Neale acerca de El Río....................307
Acerca del autor....................315
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  • Anonymous

    Posted July 29, 2014

    Info on Races & Groups

    Men: Rangers-Rangers are skilled fighters and assassins. They sleep in small camps and hunt for food in the wild. They fight or travel in small bands of 12 and always hide their faces in their hoods. They like to keep their identity hidden. <p> Men: Knights- Knights are loyal warriors who will die for their king. They live in kingdoms and take shifts on watching the gates. They kill swiftly and never give up. They can retire when they are old and apprentice young knights. <p> Elves: Light Elves- They have tanned or pale skin and any colored hair besides black. They are kind but hate goblins and dwarves. They are skilled archers and wear beautiful clothing. They carry the best of swords and the best crafted bows. They live in the woods in kingdoms which are protected by charms.<p> Elves: Dark elves: They have black skin and black or white hair. They have beautiful clothing as well and are very skilled archers. They hate the race of men and light elves. They live in the shadows of the woods or anywhere that has shadows. <p> More info in next result.

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  • Anonymous

    Posted February 6, 2013

    Apprentices den

    30...

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