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El refugio de las promesas de Dios

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En un mundo de incertidumbre, dolor y luchas, ¿dónde podemos hallar seguridad firme y verdad inquebrantable?

La talentosa maestra en temas de la Biblia y motivadora de Women of Faith [Mujeres de Fe], Sheila Walsh, ofrece poderosas enseñanzas llenas de sentimiento sobre diez promesas básicas de Dios, que dan fundamento a la confianza, alegría y esperanza diarias.

En El refugio de las promesas de Dios, Sheila muestra, a partir de las Escrituras, ...

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Overview

En un mundo de incertidumbre, dolor y luchas, ¿dónde podemos hallar seguridad firme y verdad inquebrantable?

La talentosa maestra en temas de la Biblia y motivadora de Women of Faith [Mujeres de Fe], Sheila Walsh, ofrece poderosas enseñanzas llenas de sentimiento sobre diez promesas básicas de Dios, que dan fundamento a la confianza, alegría y esperanza diarias.

En El refugio de las promesas de Dios, Sheila muestra, a partir de las Escrituras, lo que Dios nos ha prometido, lo que significan las promesas de Dios, y cómo los encuentros con Cristo son la realización eterna de su continuo compromiso con nosotros. En este fascinante caminar a través de las historias más maravillosas de la Biblia, Walsh revela diez promesas fundamentales de Dios que dan seguridad a nuestras vidas inclusive durante los momentos más difíciles. Sheila entreteje el sello personal de su narrativa, su inspiradora experiencia personal y las Escrituras para ayudar a los lectores a aumentar esa confianza en Dios que les sostendrá durante toda la vida.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602554689
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 8/2/2011
  • Language: Spanish
  • Pages: 256
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 9.00 (h) x 0.70 (d)

Meet the Author

Sheila Walsh, una oradora de éxito, es autora de la galardonada serie Gigi, God's Little Princess, The Heartache No One Sees, Get off Your Knees & Pray y Déjalo en las manos de Dios. Sheila vive con su esposo, Barry, y su hijo, Christian.

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EL REFUGIO DE LAS PROMESAS DE DIOS


By SHEILA WALSH

Grupo Nelson

Copyright © 2011 Sheila Walsh
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-478-8


Chapter One

Promesas, promesas Necesito algo a qué aferrarme

La promesa

Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios. —2 Corintios 1.20

Cuando meditas en las promesas, lo menos que quieres es pensar en lo que está quebrado, en el quebrantamiento. Es de naturaleza humana querer algo seguro y que alguien respalde tal certidumbre, que lo garantice, sin preguntas. Pero solo Dios puede pensar en lo inconcebible, para demostrarnos que lo imposible es posible, que existe una clase de quebrantamiento que mantiene todo unido y en el que las promesas son cumplidas.

Pero me estoy adelantando.

Para mí, decidir estudiar las promesas de Dios a profundidad, empezó con una carta. En estos días consigo muy pocas cartas en mi buzón. La mayoría de mis amigos se comunican por correo electrónico o por mensaje de texto, así que un sobre escrito a mano sobre mi escritorio era algo novedoso. Lo recogí y lo abrí con curiosidad. Y lo empecé a leer.

Nunca había conocido a la mujer que me escribió, pero al parecer ella me escuchó hablar en una actividad y sintió una conexión conmigo. Escribió sobre algunas de las adversidades que había estado enfrentando durante unos cuantos años ya. No eran pequeñeces: enfermedad, dificultad financiera y la disolución de su matrimonio. Entre todas esas dificultades, una línea captó mi atención por su profunda simplicidad: «No hubiese podido llegar hasta aquí sin las promesas de Dios».

Leí su carta nuevamente. Por una parte, había un enorme dolor humano. Por la otra, palabras escritas en papel acerca de un Dios que no podemos ver y de la ayuda invisible del Espíritu Santo. Para algunos, la balanza habrá parecido estar desequilibrada; las dificultades tangibles de su vida dejaron su cuerpo, alma y corazón completamente despojados. Aun así su confianza era contundente, hermosa y casi desgarradoramente persuasiva. Sus palabras no eran ilusorias, sino una proclamación que ha sido vivida a base de lágrimas y sin duda alguna. Me vinieron a la mente amigas y personas que he conocido a través de mis treinta años de hablar a mujeres alrededor del mundo. Me acordé de personas que habían enfrentado circunstancias difíciles similares y que lucharon para encontrar esperanza en medio de sus problemas. He leído las notas que me han dejado en mi página de Facebook, notas que me han deslizado en la mano al final de una actividad. Desde las cuevas oscuras de un sinnúmero de corazones, he escuchado el mismo grito primordial, las mismas preguntas una y otra vez:

¿Me ha olvidado Dios? ¿Tiene importancia mi vida? ¿Hay un plan en medio de este desastre? ¿Cómo lo voy a hacer? ¿Cómo sé que a Dios le importa mi familia? ¿Qué va a pasar cuando muera? ¿Moriré sola? ¿Qué pasará si sobrevivo a mis hijos? ¿Por qué Dios no me sana de la depresión? ¿Por qué Dios no ha restaurado mi matrimonio? ¿Cómo sé si siquiera Dios ha escuchado mi oración?

Queremos creer que Dios lo ve todo, nuestras entradas y salidas, nuestras noches y nuestros días, como lo dice el Salmo 121. Y necesitamos saber y sentir desesperadamente que sus promesas son válidas aun en las noches más oscuras. Creemos que Dios nos ama, pero aún nos suceden cosas malas. Hay consecuencias y efectos secundarios, daños y heridas, un dolor que corre tan profundamente que ante su presencia, el recuerdo de las tormentas, invade nuestras vidas una y otra vez.

Los fracasos, desilusiones y pesares nos mantienen preguntándonos: ¿Seguirán firmes las promesas de Dios cuando todo lo demás se esté derrumbando? ¿Qué es exactamente lo que nos promete? ¿Podemos confiar que va a cumplir sus promesas?

La promesa que permanece para siempre

Nuestra profunda necesidad de respuestas afirmativas a esas preguntas, nos afectó durante el tiempo en que mi suegro, William, vivió con nosotros. Aunque nunca lo expresamos verbalmente, mi esposo Barry y yo supusimos que su mamá iba a sobrevivir a su papá, ya que William era doce años mayor que Eleanor.

Pero eso no fue lo que sucedió. Eleanor fue diagnosticada con cáncer a los sesenta y siete años de edad, por lo que solo vivió dos años más.

Conservo una imagen vívida de William el día del funeral. Barry había llevado a nuestro hijo, Christian, al carro mientras William tuvo unos minutos a solas en el cementerio después que todos se fueron. Me senté bajo un árbol cubierto de musgo, con sus ramas y sus hojas extendidas en todas direcciones, como un paraguas sobrenaturalmente diseñado. Quería descansar un momento y disfrutar no solo de la paz que había allí, de la tranquilidad, sino también del alivio después de las emociones fuertes y el desapego que causa la muerte, y de la incertidumbre en las semanas anteriores. Cuando miré hacia arriba, William estaba parado allí con su traje oscuro, con su cabello canoso y bien peinado, con las manos cruzadas por delante, como un niño perdido que no sabía qué hacer.

Ese día tomamos la decisión: William se iba mudar de su hogar en Charleston, Carolina del Sur, a vivir con nosotros en Nashville, Tennessee.

—¿Qué ocurriría si ustedes se cansan de tenerme aquí? —preguntó una mañana mientras desayunábamos.

—Papá, no nos vamos a cansar de ti —le dije—. Tú eres de aquí. Éramos una familia de tres. Ahora somos cuatro.

—¿Cuáles son las reglas de la casa? —preguntó.

—Ah, tenemos una lista bien larga —dije con una sonrisa—. Sean amables los unos con los otros y, si se caen, voltéense, ríanse bastante y levántense otra vez.

Barry, Christian y yo disfrutábamos mucho con William en nuestro hogar. Él era gracioso y agradable, además de un gran cocinero. ¡Su sopa de quingombó era una leyenda! Estábamos muy felices de poder cuidarlo y disfrutar su compañía. Hasta que un día sucedió algo que hizo que empacara sus maletas, al menos en su mente. Estábamos discutiendo algo durante la cena. Ahora ni siquiera me acuerdo de qué era, pero William expresó que estaba en desacuerdo conmigo en cuanto a algo que dije. Me sorprendió un poco el tono de su voz, porque ese no era su carácter, pero supuse que tal vez estaba irritado porque sus rodillas estaban molestándole y causándole suficiente dolor como para hacerle perder el sueño. Todos nos quedamos callados por un momento, luego empujó su silla hacia atrás fuera de la mesa y subió a su dormitorio.

Como no volvió a bajar después de una hora, decidí ir a ver si se estaba sintiendo bien. Toqué la puerta de su dormitorio y me invitó a entrar. Sentado en el borde de su cama, con las manos sobre sus piernas, se veía como el mismo niño que estaba perdido, parado en el cementerio, sin saber qué hacer. Me senté a su lado.

—¿Y ahora qué? —me preguntó.

—¿A qué te refieres?

—A que si me voy ahora.

Me quedé atónita.

—Claro que no. ¿Por qué preguntas eso?

—Bueno, sé que me dijiste que me podía quedar para siempre. —Hizo una pausa—. Pero quebranté las reglas.

Entonces recordé el comentario que hizo durante la cena y supuse que para él, dejar la mesa, no fue un gesto amable conmigo. Se me partió el corazón al ver su desesperación, por lo que necesitaba ayudarle a entender.

—Papá, es posible que las reglas nos ayuden a poner orden, pero el amor y la gracia hacen que valga la pena vivir. Tú eres de aquí. Tienes permiso para cometer errores, como cada uno de nosotros. Eres nuestra familia y no vamos a ir a ningún lado sin ti. Botamos el recibo de compras cuando te trajimos a casa. Nos vamos a quedar contigo.

La promesa más vieja que Moisés

Lo que anhelamos es protección y eso es lo que Dios nos promete. Tenemos esperanza, deseamos, oramos por promesas en las cuales podamos confiar, caiga o no la lluvia, salga o no el sol, para proteger nuestros corazones y nuestro ser, nuestros sueños y nuestras acciones. Queremos que esas promesas se cumplan cometamos o no errores (o pensemos que los hemos cometido) o aun cuando los cometa otra persona.

Es un anhelo antiguo, más viejo que Moisés, esto de las promesas hechas y las cumplidas. Es más, es Moisés el que me viene a la mente cuando pienso en promesas: Moisés, el cual fue llamado a sacar al pueblo de Dios de la esclavitud para llevarlo a la tierra prometida. Moisés, el que fue llamado amigo de Dios. Moisés, el que hablaba con Dios tal y como un hombre le habla a un amigo (Éxodo 33.11). Y también Moisés el que dudaba (Éxodo 3.10—4.13) y el asesino (Éxodo 2.11–14), el Moisés tan humano que se enojó y tuvo miedo, el que se sintió desilusionado y desanimado. Pienso en el Moisés que, por experiencia propia, se dio cuenta —tal y como William lo verificó en nuestro hogar y yo lo descubrí aquella noche de tormenta en las montañas Cairngorms—, que Dios cumple las promesas que nos hace, no importa si le somos fieles o no.

El momento de la historia de Moisés que más me llama la atención es cuando le suplicó a Dios que se acordara de sus promesas (Éxodo 33.12–17). Dios le había dado los Diez Mandamientos a Moisés, que descendió con estos del monte Sinaí, solo para descubrir que las personas no estaban listas para recibirlos.

Cansadas de esperar a Dios y a Moisés en el desierto, hicieron un becerro de oro con sus joyas usadas: aretes y anillos. Estaban adorando a su propia creación, buscando las promesas que ellos mismos podían controlar y hacer o quebrantar como se les antojara, en vez de confiar en las promesas de Dios, que los llevaría a la tierra prometida.

Moisés llegó a la escena y, lleno de ira al ver el becerro de oro, tiró los mandamientos que estaban escritos en las tablas de piedra. ¿Cómo era posible que aquellas personas no pudieran esperar a Dios? ¿Cómo es que no pudieron ver que incluso ahora Dios les estaba dando todo lo que les había ofrecido? Polvo y piedritas, fragmentos y astillas de las tablas de piedra quedaron esparcidos a los pies de Moisés como promesas incumplidas. Acabando de bajar de la gloriosa presencia de Dios, se sintió descorazonado y desconsolado.

Dios también estaba así, tan quebrantado que le dijo a Moisés que tal vez debía abandonar a su pueblo.

Ah no, no, suplica Moisés. Si no vienes conmigo, con nosotros, ¿cómo puedo guiarlos? ¿A dónde vamos a ir? Déjame conocer tus caminos. Déjame ver tu gloria para poder conocerte. «O vas con todos nosotros —replicó Moisés—, o mejor no nos hagas salir de aquí. Si no vienes con nosotros, ¿cómo vamos a saber, tu pueblo y yo, que contamos con tu favor? ¿En qué seríamos diferentes de los demás pueblos de la tierra?» (Éxodo 33.15–16).

Dios, conmovido por Moisés e incapaz de abandonar a los que ama o resistir sus lamentos, ya había planeado la manera de permanecer con ellos y protegerlos. Entre el polvo y los escombros de las tablas de piedra, su Palabra siguió siendo fiel, y sus promesas iban a ser cumplidas. Dios vio a Moisés mientras suplicaba no solo para permanecer en su presencia, sino también para ver toda su gloria. Dios, a quien se le había destrozado el corazón como esas tablas de piedra, empezó a recoger todos los pedazos.

Imagínate a Dios, después de ver todo el rechazo de la gente a quien acababa de rescatar, diciéndole a Moisés: «Tendré clemencia... tendré compasión» (Éxodo 33.19). Es como que si Dios, habiendo visto a la gente profanar y destrozar el refugio de su protección estuviera dispuesto a ofrecer sus propios pedazos nuevamente, recogiéndolos y restableciéndolos. Luego, en un acto de gran misericordia, le dijo a Moisés que consiguiera piedras nuevas para así tener tablas nuevas de piedra sobre las cuales la Palabra pudiera ser escrita para el pueblo. Aun cuando demostraron ser totalmente infieles, Él permaneció dispuesto a empezar otra vez.

El refugio que Dios hizo para Moisés fue la hendidura de Horeb, una grieta no solo para protegerlo de las tormentas, sino para que tuviera la oportunidad de ver su gloria. Sin embargo, lo que aprendemos con Moisés se extiende más allá de la escena de los Diez Mandamientos. Había un tema mucho mayor que estaba sucediendo en ese momento, acerca de las promesas y la provisión de Dios. El comentarista de la Biblia, Matthew Henry, lo explica de esta manera:

Un descubrimiento total de la gloria de Dios hubiese abrumado hasta a Moisés. El hombre es tan malo que no se lo merece; tan débil que no podría tolerarlo; tan culpable que no podría hacer más que temerlo. Solo a través de Cristo Jesús podemos soportar tal despliegue de misericordia. El Señor nos otorgó lo que puede satisfacernos abundantemente. La bondad de Dios es su gloria; Él quiere que lo conozcamos por la gloria de su majestad. Sobre la roca, había un lugar ideal para que Moisés viera la bondad y la gloria de Dios. La roca de Horeb fue una representación de Cristo, la Roca; el refugio, la salvación y la fortaleza. Felices son los que permanecen sobre esa Roca. La hendidura es un emblema de Cristo, que fue afligido, crucificado, herido y asesinado.

Le hendidura en Horeb, para Moisés, es un símbolo que apunta a Cristo, que es la hendidura fundamental, la Roca eterna, la hendidura para nosotros. Como lo explica Henry Matthew, para Moisés, la hendidura no era solo para su protección. También era el lugar santificado por medio del cual Dios pudo hacer que él vislumbrara su gloria, su majestad. Y así es con Cristo, sobre el que Dios derramó su gloria y majestad para que pudiésemos ver momentáneamente al Todopoderoso y pudiésemos ser protegidos por la abundancia de su provisión.

Cristo es la hendidura, es el protector

Este es el refugio de todas las promesas de Dios: Dios no solamente cumple sus promesas, anhela mantenerlas. Así como en esos castillos de hace mucho tiempo atrás, hechos de piedra y roca, la torre central era llamada «el protector», ya que proveía refugio, un lugar de habitación, una estación central en la que operaba la defensa, cuando eran asediados. Usualmente había un pozo en el centro del protector para que los que estaban allí, no solo pudiesen perdurar sino prosperar.

En el reino de Dios también existe un protector: Cristo. Qué hermoso es que Dios diseñara una manera para proveernos tal fortaleza a través de la Persona que quebrantamos con nuestro pecado. Cuán apropiado es que la rebelión de los israelitas, la cual ocasionó la destrucción de las tablas de Dios, sea un reflejo del quebrantamiento que le haríamos a su Hijo. Pero muchos años después de esos fracasos, nuestro amoroso y cumplidor Padre, hallaría la forma de protegernos y de respondernos afirmativamente cuando le pidiésemos perdón, protección y un vistazo de su gloria. Ese sí eterno, ese refugio de la promesa, es Cristo.

Al enfrentar algunas desilusiones y desalientos, el apóstol Pablo les recordó a los corintios lo siguiente:

Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios. Dios es el que nos mantiene firmes en Cristo, tanto a nosotros como a ustedes. Él nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía de sus promesas. (2 Corintios 1.20–22)

Solo descansa por un momento en la belleza que viene con la frase: «nos selló como propiedad suya». Dios nos reivindicó por medio de Cristo, nos hizo una promesa eterna que no puede romper. Pero no solo nos ha puesto un sello y dejado a un lado como un jarro casi vacío metido en lo profundo de la alacena. No, Dios le ha hecho muchas promesas a su pueblo, todas las cuales convergen en Cristo. Así es como lo explica otro comentarista de la Biblia:

Todas esas promesas están «en» Cristo; ¿Con y en quién más podría ser sino en él, ya que es el único que existía cuando fueron hechas, quien es sempiterno? ¿Con y en quién más deberían ser certeras sino en él, con quien el pacto —el cual contiene estas promesas—, fue hecho, y quien se comprometió a cumplirlas? ¿Dónde podrían estar protegidas y seguras sino en él, en las manos en las que se encuentran las personas, la gracia y la gloria de su pueblo? No en Adán, ni en los ángeles, ni en ellas mismas, solo en él ... por la sangre de él, el pacto y todas las promesas que se encuentran en él, son ratificados y confirmados, y en él que es la certeza de estas, todas son cumplidas.

(Continues...)



Excerpted from EL REFUGIO DE LAS PROMESAS DE DIOS by SHEILA WALSH Copyright © 2011 by Sheila Walsh. Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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Table of Contents

Contents

Reconocimientos....................ix
Introducción: En la hendidura de la roca / Una noche sola en la tormenta....................xi
1. Promesas, promesas / Necesito algo a qué aferrarme....................1
2. Provisión / No tengo suficiente....................21
3. Paz / Tengo miedo y me siento sola....................47
4. Confianza / No puedo ver el plan de Dios en este dolor....................65
5. Amor / No creo que alguien pueda amarme en realidad....................87
6. Gracia / He fracasado....................109
7. Esperanza / Estoy hecha pedazos....................131
8. Fortaleza / Siento que lo que me rodea está derrumbándose....................149
9. Más / Sé que hay algo mejor....................167
10. Hogar / Tengo un futuro....................187
Notas....................211
Estudio bíblico....................215
Acerca de la autora....................231
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