El regreso glorioso: Los ultimos dias (Glorious Appearing: The End of Days)

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Product Details

  • ISBN-13: 9781616861315
  • Publisher: Editorial Unilit
  • Publication date: 3/1/2004
  • Language: Spanish
  • Product dimensions: 5.40 (w) x 8.20 (h) x 0.90 (d)

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EL RÉGIMEN

LA MALDAD AVANZA ANTES DE QUE FUERAN DEJADOS ATRÁS
By Tim LaHaye Jerry B. Jenkins

Tyndale House Publishers, Inc.

Copyright © 2006 Tim LaHaye y Jerry B. Jenkins
All right reserved.

ISBN: 1-4143-1014-5


Chapter One

EL BENTLEY BLANCO se deslizaba silenciosamente bajo el toldo del pórtico de la propiedad más extensa de Rumania. Desde el vestíbulo de dos pisos, Nicolás Carpatia miraba a través de las cortinas como el conductor y el guardia de seguridad salían rápidamente del vehículo.

El conductor se puso de pie junto a su puerta, mientras que el guardia -a toda prisa- se ubicó junto a la puerta trasera opuesta, esperando a Carpatia. Nicolás sabía que los dos hombres llevaban unas Uzis compactas bajo sus uniformes.

El acercamiento del automóvil activó una alarma codificada dentro de la mansión, por lo cual una de las sirvientas se dirigió rápidamente hacia la puerta. No obstante, la joven se detuvo cuando vio a Nicolás mirando a través de la ventana.

-Yo me encargo, Gabriela -dijo él sin siquiera darse la vuelta y mirando en el reflejo del vidrio como ella le hacía una reverencia antes de retirarse.

Él mismo tenía que reconocer que no era su costumbre el estar esperando con tanta impaciencia hasta quelo vinieran a llevar. Por el contrario, sus empleados domésticos tenían que ir a buscarle en su oficina, en su biblioteca, o en cualquier lugar de la mansión en el que se encontrare, ya que todo giraba única y exclusivamente en torno a su horario.

Sin embargo, hoy día Nicolas estaba muy ansioso ya que había disfrutado de un dia y de una noche enteros después de su extenuante experiencia -cuarenta días ayunando en un desolado desierto-, que debió haberle hecho perder por lo menos veinticinco libras de peso. De hecho, cuando por fin se vio de vuelta en su propia cama, con sus pijamas de seda hechas pedazos, le pareció que pudo ver y palpar claramente cada una de sus costillas y cualquier protuberancia de sus huesos.

Nicolás había reunido a todos los miembros de su servicio doméstico así como también a los empleados de su negocio de importación y exportación y les había pedido que rápidamente le pusieran al día en todos los asuntos que le incumbían. Mientras tanto había también comenzado poco a poco, a lo largo del día, a servirse porciones pequeñas de comida. Se sorprendió mucho al ver que su cuerpo parecía llenarse y fortalecerse con una rapidez inusitada, como si nunca hubiera soportado semejante ayuno. Al terminar el día había sentido que ya había vuelto a la normalidad. Parecía como si la carne hubiera regresado a sus huesos.

Esta mañana, más que nunca, Nicolás se sintió como un hombre destinado para grandes cosas. Además de que su agudeza mental siempre había parecido estar muy por encima de to normal, ahora creía que tenía una mision que cumplir. Se había humillado, había dedicado su vida a un ser aun más grande que él mismo, se había consagrado al máximo espíritu guía, el cual le había prometido -a cambio de su devoción- darle el mundo entero. ¡Semejante premio tan grandioso por un precio tan mínimo!

Sus consejeros humanos habían resultado ineptos, poco inteligentes y hasta débiles. Ricardo Planchet, a pesar de tener el doble de su edad, era fácil de intimidar. Por otro lado, su tía adoptiva, Viv Ivins, le prestaba una ayuda muy valiosa pero era demasiado ingenua y aduladora como para servirle seriamente como consejera, aunque se notaba que ella se esforzaba por serlo. Los demás empleados sabían que Viv hablaba en nombre de Nicolas y por lo tanto la respetaban, pero ellos no sabían que él le prestaba muy poco, o casi nada, de atención.

No había sido Planchet, ni tampoco Ivins, quien le había sugerido su plan de acción para este día, sino más bien su propio espíritu guía. Nicolás estaba extasiado ante el privilegio de comunicarse directamente, obviando cualquier otra intervención humana, con el mundo de los espíritus. Ya que solamente habían transcurrido veinticuatro horas desde tal suceso, no había aún podido determinar si es que el ser con el cual se había comunicado a través de su oración había sido el mismo que le acompaño en el desierto. En realidad eso no tenía importancia; lo que sí importaba era que ahora él tenia acceso a una aparente fuente de recursos ilimitados. Todo lo que Nicolás deseaba saber era qué debia hacer, puesto que ya sabía lo que recibiría a cambio: nada menos que todos los reinos del mundo.

* * *

Raimundo Steele, capitán de aviones comerciales pesados de la Pan-Con Airlines, pensaba para sí mismo que lucía diferente. Mientras salía, pasada la medianoche, del centro de vuelo del aeropuerto O'Hare para it de regreso a su casa en Mount Prospect, se preguntaba si los demás veian en su rostro cómo se sentía realmente. Una de las situaciones que últimamente lo abrumaban era la humillación de tener que regresar a Chicago como pasajero en otro avion de Pan-Con, en lugar de volver piloteando él mismo su avión. Esto se debía a la práctica comun de poner a un piloto en cesantía temporal cada vez que un posible accidente tal como el suyo, el cual pudo haber tenido resultados trágicos, era investigado por la Pan-Con y por el Consejo Nacional de Seguridad.

Naturalmente lo que había afectado más a Raimundo fue haberse salvado, por un pelo, de una muerte segura. Le desagradaba sobremanera revivir una y otra vez las imágenes de tan espantosa experiencia, pero la gravedad de la misma la hacía muy difícil de olvidar. Solamente el pensar que tal accidente pudo haber ocurrido y en las consecuencias que tan horrible tragedia pudo haber traído, era suficiente como para enloquecerle. Como si esto fuera poco, había también tenido que repetir durante horas enteras los detalles del incidente ante los oficiales de Los Ángeles International Airport.

Raimundo, en el instante en que había creído que iba a morir, había clamado y dicho a gritos una oracion que ahora no podía ignorar. Había hecho promesas muy sinceras y ahora por lo menos tenía que mencionárselas a Irene.

Tenía que reconocer que su esposa, una mujer con mucha intuición y perspicacia, parecía conocerle aún mejor de lo que se conocía a sí mismo. Aunque tenían sus desacuerdos y discusiones, su relación como esposos era firme -a pesar de que él casi le había sido infiel durante una fiesta de Navidad de la oficina, a la cual ella no había podido asistir.

Ya que tal desliz se había dado hacía mucho tiempo atrás, y aunque nunca se lo había confesado a su esposa, Raimundo creía que ya no debía sentirse culpable por ello. No obstante, este último acontecimiento -lo que quiera que hubiera sido lo que le acababa de pasar- tenía que contárselo a Irene, la única persona en quien confiaba lo suficiente como para hacerlo.

Raimundo nunca había tomado seriamente a Dios, ni siquiera durante su niñez cuando sus padres le llevaban a la iglesia cada domingo. Lo consideraba más bien como algo rutinario. Así era precisamente como tomaba el asunto también ahora, puesto que no le importaba faltar a la iglesia debido a su trabajo. En ocasiones hasta se daba modos para hallar excusas para no ir, aunque no tuviera que trabajar. En cambio Irene parecía ser la más devota, la más interesada en la fe. Estaba firmemente decidida a llevar también a sus hijos y, aunque había aprendido a no acosar a Raimundo al respecto, tampoco podía disimular su disgusto cuando la hacia it sin el.

Cuando Raimundo llegó a casa, Irene estaba esperándole en la puerta. Los niños ya estaban durmiendo.

-Échales una mirada, pero no los despiertes -dijo ella.

-Éstá bien, despues necesitamos hablar -respondió él.

-Sí, ya me di cuenta. ¿Acaso es algo de lo que tenga que preocuparme?

-Irene le preguntó.

-No, es solo que quiero contarte algo.

* * *

-Buenos días, señor. ¿Cómo está esta mañana el hombre de negocios más exitoso de toda Europa? -pregunto el guarda-espaldas a Nicolás mientras le abría la puerta del automóvil.

-Aburrido -contestó Nicolás.

Esa era su respuesta típica, pero hoy día hasta en sus propios oídos esta tuvo una resonancia diferente. Hoy no se sentía aburrido ni en lo más mínimo, solamente era que acostumbraba a decirlo, para indicar que aún no estaba del todo satisfecho con todos sus prodigiosos logros, que aún había mucho más por hacer, muchas más batallas que luchar y ganar.

Nicolás Carpatia no podía estar aburrido, sino más bien embargado por la intriga. Sabía, sin lugar a dudas, que tenía el mundo en sus manos.

La única razón por la cual no había pedido que el médico viniera a su propia casa era porque la clínica tenía todo el equipo necesario para la completa evaluacion física que tanto ansiaba.

Por ahora el espéritu no le había revelado el momento propicio para establecer su dominio, algo que había estado esperando durante toda su vida. Nicolás había asumido que todo lo tendría que hacer solo, y posiblemente lo hubiera logrado, pero con todos los nuevos recursos con los que ahora con taba, nadie sería capaz de interponérsele en su camino.

* * *

Raimundo relató a Irene todo detalladamente: lo relacionado a su nuevo primer oficial, lo de la luz del aceite del motor, lo del registro de mantenimiento que mostraba restos metálicos, todo lo cual había parecido ser tan inofensivo como para haber tenido la plena seguridad de poder pilotear el avión a Los Ángeles.

No habían tenido ningún problema grave, aún cuando habían perdido uno de los motores. Aunque no era algo común, Raimundo antes ya había piloteado aviones comerciales pesados en semejantes condiciones. El problema había sido el clima -no habían tenido suficiente visibilidad hasta que salieron de entre las nubes bajas, después de que ya habían iniciado el proceso de aterrizaje- todo eso, combinado con el malentendido con el jet de US Air, el cual había estado preparando su despegue y había entendido erróneamente que estaba aprobado para tomar pista.

-Tuve que levantar el avion y dar una vuelta -continuó Raimundo en su relato a Irene-. Aún no puedo creer que no nos estrellamos con ese jet. Lo más probable hubiera sido que todos los ocupantes de las dos aeronaves hubiéramos muerto.

-Sabes, siempre oro por lo seguridad -respondió Irene, sacudiendo la cabeza.

-Bueno, parece que esta vez dio resultado. Yo también oré.

Ella respiró como si estuviera a punto de decir algo, pero titubeó.

-Hice todo lo que pude en un caso como este -continuó Raimundo-. Sin embargo, estaba seguro de que íbamos a estrellarnos en contra de ese jet, por lo que de repente no me quedó más alternativa que, frente a mi nuevo oficial, clamar: "¡DDios, ayúdame!"

-Y Dios sí lo ayudó, Raim.

-Debe haberlo hecho. ¿Crees que las promesas que le hice a Dios en silencio aun son válidas?

-¿Las promesas? ¿Qué le prometiste? -preguntó ella sonriendo.

-Que iría a la iglesia cada domingo y que oraría todos los días.

-Y tú que eres un hombre tan recto y que siempre cumple su palabra -replicó ella, abrazándole y riéndose-. Puedo ver que estás fatigado y tembloroso, pero yo también tengo algo que contarte. Tal vez esperaré hasta mañana, hasta que te sientas mejor.

-Más bien estoy un poco animado. Cuéntamelo ahora de una vez.

* * *

Las enfermeras, e inclusive algunos de los enfermeras, parecían no poder quitarle los ojos de encima a Nicolás Carpatia mientras este se dirigía hacia uno de los cuartos de la clínica. Él estaba acostumbrado a semejante atención. Muchos ya le habían dicho cuan bien parecido era y cómo proyectaba la imagen de todo un ídolo. Por el momento eso no le preocupaba, todo lo que le importaba era saber cómo había afectado su salud el ayuno de cuarenta dias que había acabado de pasar en el desierto.

-¿Explíqueme, por favor, por qué es tan urgente este examen? -le preguntó el doctor mientras preparaba una prueba para determinar el grado de tensión.

-Me perdí cuando salí en una excursión y mi gente no pudo encontrarme durante cuarenta días.

-No supe nada de eso. Me imagino que algo así hubiera salido en las noticias.

-No hubiera querido dar semejante ventaja a mis competidores. Mis empleados no hubieran reportado mi muerte sino varios meses después de que hubiera ocurrido -respondió Nicolás con una sonrisa.

-¿Es propenso a inventar cuentos y hazañas, señor Carpatia?

-¿Yo? No. ¿Por qué?

-¿Qué comió mientras estaba perdido?

-Muy poco, casi nada.

-Perdón, ¿que dijo?

-Casi nada.

-Por favor, trate de recordar. Tal vez comió animales pequeños, plantas, frutas silvestres, o algo por el estilo.

-Honestamente, le digo que no comi nada. Es más, ni siquiera recuerdo haber tomado agua -contestó Nicolás, sosteniendo ambas manos en alto.

-Un ser humano no puede vivir sin agua. Sin alimento tal vez, por cierto tiempo, pero no sin agua. Usted tiene que haber estado recibiendo su hidratacion de algun modo.

-Es posible, pero como podrá imaginarse, después de unos días ya estuve delirando. De hecho, me sorprendió saber que estuve allí solo por cuarenta días; me parecio que pasaron meses.

-¿Le sorprendería saber que solo ha perdido tres libras desde que le vi por ultima vez el ano pasado?

-Sí, eso sí que es una sorpresa.

-Y también es algo que no calza con su historia, señor.

-No puedo engañar a la ciencia, ¿verdad?

-No señor, eso no es posible. Y si no fuera porque han pasado literalmente veinticuatro horas desde que terminó su ayuno en el desierto, no lo estaría sometiendo a todas estas pruebas físicas. No obstante, su pulso en reposo es tan bajo como el de un corredor de maratón, y ...

-He corrido maratones.

-No me va a decir que hizo ejercicios durante su dura experiencia.

-No, claro que no.

-Su respiración parece normal. También su presión sanguínea, al igual que su nivel de azúcar y todo lo demás.

-Entonces, prepáreme la máquina de ejercicios.

* * *

Irene estaba nerviosa. Tenía la esperanza de que Raimundo, debido a la experiencia tan horrible por la que acababa de pasar, fuera más sensible y receptivo a lo que le acababa de suceder a ella. Sin embargo, no quiso dar esto por sentado, así que comenzó su relato con mucho tino.

-Recuerdas que lo he contado acerca de Jackie, la señora con la que me veo en el porque ...

-Sí, la fanática religiosa que lo llama Ire.

-Ella no es una fanática religiosa, Raim.

-Segun lo que me has contado, sí parece serlo -respondió él, encogiéndose de hombros-. Siempre está tratando de que vayas a la iglesia; siempre está hablando acerca de Jesús como su Salvador personal y de cosas por el estilo. Me recuerda a un fastidioso amigo que yo tenía cuando era niño.

-Entonces, olvídalo -replicó Irene, tirando los hombros hacia abajo.

-No lo tomes a mal, cariño. Solo estaba tratando de decirte que sí sé de quién me estás hablando.

-Pero si piensas que ella es una fanática, tal vez no te va a gustar lo que sucedió.

-No le dijiste que iremos a visitar su iglesia, ¿verdad? Espero que no sea eso.

-No. La verdad es, Raim, que ya casi me estaba colmando la paciencia. Llegué al punto en que yo ya no quería escucharla. Me dijo que su iglesia estaba llena de cristianos nacidos de nuevo, quienes solo trataban de ayudar a otros a llegar también al cielo.

-Ves, eso es justamente a lo que me refiero -dijo Raimundo poniéndose de pie-. Deberían preocuparse de llegar ellos mismos al cielo y deberían dejarnos a los demás en paz.

-No entiendes, ellos ya son nacidos de nuevo.

-¡Qué rayos significa eso!

-Que ellos ya están en camino al cielo. Jackie dice que su pastor toma sus ensenanzas directamente de la Biblia.

-Qué aburrido.

-Además, ella me preguntó si en nuestra iglesia nos enseñaban acerca de la salvación.

-¿Salvación? Bueno, desde luego. ¿Verdad, Irene? ¿Acaso no todas las iglesias lo hacen? Nos reunimos, cantamos, alabamos, ayudamos a otra gente, aprendemos cómo ser mejores personas y con eso somos parte del equipo de los buenos. Ya sé que no he tomado en serio a la iglesia, pero ahora que hice estas promesas a Dios, creo que ya no tendrás que preocuparte por mí y tampoco yo tendré que preocuparme por mí mismo.

-No le dije que iríamos a su iglesia -continuó Irene, sabiendo que la conversación no iba por buen camino.

(Continues...)


Excerpted from EL RÉGIMEN by Tim LaHaye Jerry B. Jenkins Copyright ©2006 by Tim LaHaye y Jerry B. Jenkins. Excerpted by permission.
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