El rostro de la traicion (Face of Betrayal)

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Lis Wiehl, corresponsal jurídica de Fox News legal y ex fiscal federal ha creado una novela de suspense que es tan oportuna como los titulares de mañana.

Mientras estaba en casa pasando vacaciones navideñas, una asistente del Senado de 17 años saca a pasear a su perro y no vuelve más. La reportera
Cassidy Shaw es la primera en dar la noticia. La resultante tormenta en los medios de comunicación rápidamente ...

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Lis Wiehl, corresponsal jurídica de Fox News legal y ex fiscal federal ha creado una novela de suspense que es tan oportuna como los titulares de mañana.

Mientras estaba en casa pasando vacaciones navideñas, una asistente del Senado de 17 años saca a pasear a su perro y no vuelve más. La reportera
Cassidy Shaw es la primera en dar la noticia. La resultante tormenta en los medios de comunicación rápidamente atrapa a la fiscal federal Allison
Pierce y la agente especial del FBI Nicole Hedges. Las dos mujeres excepcionales son amigas de toda la vida de Cassidy. Al parecer la joven asistente estaba envuelta románticamente con un senador, el cual es ahora sospechoso de su desaparición.

Mientras las tres mujeres corren contra el tiempo para encontrar a la chica desaparecida,
Cassidy, Allison y Nicole luchan por localizarla antes de que sea demasiado tarde. El incremento de su participación emocional en esta investigación saca a relucir sus propios demonios internos y enemigos externos.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602553781
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 5/4/2010
  • Language: Spanish
  • Series: Triple Threat Series , #1
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 320
  • Product dimensions: 5.50 (w) x 8.30 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Lis Wiehl

Lis Wiehl es una egresada de Harvard Law School y ex fiscal federal. Una analista jurídica muy popular y comentarista que trabaja para Fox News Channel, Wiehl aparece en O'Reilly Factor y es copresentadora junto con Bill O'Reilly en el programa radial de amplia difusión, The Radio Factor.

Lis Wiehl es una egresada de Harvard Law School y ex fiscal federal. Una analista jurídica muy popular y comentarista que trabaja para Fox News Channel, Wiehl aparece en O'Reilly Factor y es copresentadora junto con Bill O'Reilly en el programa radial de amplia difusión, The Radio Factor.

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EL ROSTRO DE LA TRAICIÓN

Una novela de La Triple Amenaza
By LIS WIEHL APRIL HENRY

Thomas Nelson

Copyright © 2010 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-378-1


Chapter One

NOROESTE DE PORTLAND 13 de diciembre

-Vamos, Jalapeño!

Katie Converse tiró de la correa del perro. De mala gana, el chucho negro mezcla de labrador levantó el hocico y la siguió. Katie quería darse prisa, pero parecía que todo invitaba a Jalapeño a detenerse, olfatear y alzar la pata. Y no había tiempo para eso. Hoy no.

Ella había crecido a menos de tres kilómetros del lugar, pero esa tarde todo parecía diferente. Era invierno, de hecho, casi Navidad. Y ya no era la misma que la última vez que había estado allí, hacía menos de un mes. Entonces era una chiquilla jugando a ser mayor. Ahora era una mujer.

Al final encontró el punto de acuerdo. Todavía se sentía sacudida por lo que había dicho menos de dos horas antes. Lo que había exigido.

Ahora lo único que le quedaba era esperar. Y eso no era fácil para una impaciente joven de diecisiete años.

Escuchó pies que rozaban el suelo detrás de ella. Incapaz de reprimir una sonrisa, Katie pronunció su nombre mientras se daba la vuelta.

Al ver esa cara, Jalapeño gruñó con expresión de rabia.

PALACIO NACIONAL DE JUSTICIA MARK O. HATFIELD 14 de diciembre

Mientras caminaba hacia el estrado, la fiscal federal Allison Pierce se tocaba la crucecita de plata que le colgaba de una fina cadena. La llevaba oculta bajo su blusa de seda color crema, pero siempre estaba ahí, junto al corazón de Allison. Su padre se la había regalado al cumplir los dieciséis.

Allison iba ataviada con lo que ella consideraba su "uniforme" de juzgados, un traje azul marino con falda que, pese a la longitud de sus piernas, le llegaba por debajo de las rodillas. Esa mañana había doblegado sus rizos castaños en un moño bajo y se había puesto unos pequeños pendientes de plata. Tenía treinta y tres años, pero en los tribunales quería asegurarse de que nadie la tomara por una mujer joven o inexperta.

Respiró hondo y miró al juez Fitzpatrick.

-Señoría, solicito la sentencia máxima para Frank Archer. Este hombre planeó de manera fría, calculadora y alevosa el asesinato de su esposa. Si hubiera tratado con un verdadero asesino a sueldo en lugar de con un agente del FBI, Toni Archer estaría hoy muerta. De todos modos, hoy tiene que esconderse y teme por su vida.

Un año antes, Frank Archer había tenido lo que él explicó a sus amigos como un problema de metro sesenta: Toni. Ella quería el divorcio. Archer era ingeniero y se le daban bien las matemáticas. El divorcio significaba dividir sus bienes y pagar para la manutención de su hijo. Pero, ¿y si Toni muriese? Entonces Archer no solo se libraría de la sentencia de divorcio, sino que se beneficiaría de los trescientos mil dólares de la póliza del seguro de vida de Toni.

Archer le preguntó a un antiguo amigo de la secundaria (que resultó ser también un ex presidiario) si sabía de alguien que pudiera ayudarle. El colega encontró a Rod Emerick, pero Rod no era un asesino a sueldo: era agente del FBI. Archer convino encontrarse con Rod en una habitación de hotel, donde el FBI escondió dispositivos de vigilancia. En una furgoneta sin ventanillas aparcada afuera, Allison siguió los movimientos del monitor en blanco y negro, que ofrecía una imagen granulada, de mala calidad, esperando para dar la orden en cuanto tuvieran lo suficiente para realizar la detención. Apretando los dientes, había observado a Archer entregar una foto de Toni, su número de matrícula, su horario de trabajo y cinco mil dólares en billetes de cincuenta y cien. A veces podía entender a los acusados de crímenes pasionales, pero los asesinos movidos por la codicia la ponían enferma.

Dada la contundencia de las pruebas, Archer no había tenido más opción que reconocerse culpable. Ahora, al argumentar su solicitud de sentencia máxima, Allison no le pasó por alto ni una. Era bajo, con ralo cabello rubio y gafas. No parecía otra cosa que un asesino. Pero, después de cinco años como fiscal federal, Allison había aprendido que pocos asesinos lo parecían.

Después de concluir, regresó a la mesa de la fiscalía junto a Rod y escuchó la triste letanía de excusas del abogado defensor. Archer no sabía lo que estaba haciendo, estaba angustiado, sometido a un enorme estrés, sin poder dormir bien, y en ningún momento pretendió llegar hasta el final. Mentiras que todos los presentes podían distinguir con claridad.

-¿Hay algo más que quisiera decir antes de que el tribunal dicte sentencia? -le preguntó el juez Fitzpatrick a Archer.

Archer se puso en pie, con los ojos rebosando de lágrimas de cocodrilo.

-Lo siento, lo siento mucho. No hay palabras para expresar cómo me siento. Todo ha sido un enorme error. Yo quiero mucho a Toni.

Allison no se percató de estar meneando la cabeza hasta que sintió el mocasín del 45 de Rod tocando la punta de sus delicados zapatos de charol azul marino.

Se levantaron todos para oír la sentencia.

-Frank Archer, se ha reconocido usted culpable del cobarde y despreciable acto de preparar el asesinato de su esposa -dijo el juez Fitzpatrick con el rostro de piedra-. La sentencia de hoy debería transmitir un mensaje firme a los cobardes que creen que pueden esconderse pagando a un desconocido para que cometa un crimen. Por la presente le condeno a diez años por intento de asesinato a sueldo, seguidos de dos años de libertad vigilada.

Allison tuvo una sensación de alivio. Llevaba una racha excelente, pero el caso precedente en que había ejercido la acusación había sacudido su confianza. El novio violador había sido declarado inocente, lo que había dejado a su víctima conmocionada, asustada y furiosa; y le dejó a Allison un sentimiento de culpa que no había podido quitarse de encima en años. Por lo menos, ahora había hecho del mundo un lugar más seguro.

Un segundo después, se le vino abajo el buen humor.

-Ustedes tienen la culpa! -gritó Archer, pero no se dirigía a Toni. La ex esposa tenía demasiado miedo como para estar en la sala del tribunal. Señalaba a Allison y Rod.

-Me han tendido una trampa! -vociferaba Archer mientras lo sacaban a rastras de la sala de tribunal.

-No te preocupes -dijo Rod, acariciándole el brazo-. Lo vigilaremos.

Ella movió la cabeza y esbozó una sonrisa. Sí, había sentido una pizca de miedo, pero,¿iba a regresar el tipo dentro de diez años para vengarse?

Allison se quitó de encima los malos presagios y salió de ese palacio de justicia que los habitantes de Portland conocían como el edificio Maquinilla de Afeitar, por la forma del techo. Llamó a Toni para darle las buenas noticias. En el aparcamiento, sacó el llavero, presionó el mando de apertura del coche y se sentó al volante, todavía hablando. Solo después de haber recibido las gracias de Toni y de haberle dicho adiós se percató del periódico publicitario que le habían puesto bajo el limpiaparabrisas. Refunfuñando contra la publicidad chatarra, salió del coche y agarró el periódico gratuito.

Entonces lo desplegó.

La parte profesional de Allison comenzó inmediatamente a tomar nota. Nota uno: excepto en películas, nunca había visto una amenaza escrita con letras recortadas de una revista. Nota dos: ¿estaba tapando con sus propias huellas dactilares las de la persona que había hecho esto?

Pero el lado humano de Allison no podía menos que temblar. Con toda su capacidad de distanciamiento, no pudo aplastar el miedo que le entró al leer el mensaje.

Voy a violarte. Y te va a gustar. Y luego voy a cortarte en trocitos. Y me va a gustar.

MYSPACE.COM/THEDCPAGE Mejor no me dejes hablar con chicos 5 de septiembre

Hola! Soy ordenanza del Senado, en el Capitolio. Este blog tratará sobre mis experiencias aquí en el País de los Ordenanzas.

Washington DC está lleno de rascacielos, bocinas de taxi y una humedad que te hace sentir como tapada bajo una manta de vapor. Además, hay un olor de peste. Como a basura caliente.

Resulta que el Memorial de Vietnam, el Monumento a Washington y la estatua de Lincoln están un par de calles más allá. Mi madrastra, V, ha estado tratando de llevarme a todos los sitios famosos, y eso que cada dos fines de semana hay viajes solo para los ordenanzas. (Ahora está dormida y escribo esto en el cuarto de baño del hotel, que tiene conexión a Internet gratis.)

No puedo creer que haya estado lloviendo todo el tiempo entero que llevamos aquí. Por alguna razón, nunca pensé que llovería en DC. Por suerte, un tipo en la calle vendía paraguas.

Después de todas las visitas a lugares de interés, fuimos a la cena con el senador X. Él me consiguió este puesto de becaria, pero yo probablemente no le veré demasiado. Voy a trabajar para todos los senadores, sobre todo para los cincuenta republicanos, no solo para él. (Trabajar en el Senado es mejor que en la Casa. Dicen que allí tienes que fijarte en cientos de fotos y memorizar todas las caras y nombres de su partido. Comparado con eso, cincuenta senadores está chupado.)

Comimos en un elegante restaurante japonés, donde probé muchas cosas que no puedo pronunciar. Los japoneses no solo son buenos para el anime, también saben cocinar.

Antes de que llegaran nuestros platos, V les dijo a los de la mesa de al lado que controlaran a su hijo. El crío tenía una taza de Cheerios y estaba tirando algunos al suelo. Por supuesto, tenía que hacerse la mandona. Luego V se puso a decirle al senador que mejor que me vigilen y no me dejen hablar con chicos. Yo solo quería desaparecer bajo la mesa, aunque ellos fingían estar bromeando.

¿Es que no se da cuenta de que ya no soy una niña? Dentro de ocho días voy a cumplir diecisiete!

RESIDENCIA DE LOS PIERCE el 14 de diciembre

Allison puso el test de embarazo en el borde de la bañera. Marshall estaba en la sala de estar, haciendo estiramientos delante de las noticias de TV, preparándose para salir a correr.

Toda la tarde había tenido este momento aparcado en la mente, aportándole una conveniente distracción de la ansiedad que tenía al pensar en la nota amenazante. Rod había venido en cuanto ella le llamó y se había llevado el periódico como prueba. Le preguntó si no tendría algún enemigo, pero ambos sabían que la pregunta era una broma.

Desde luego que Allison se había hecho enemigos; el más reciente, Archer. Era fiscal de la acusación, de tercera generación, así que sabía que eran gajes del oficio.

No era tan complicado tratar con delincuentes de poca monta, ladrones de bancos y camellos. Para ellos, ser detenidos y pasar un tiempo preso era un riesgo asumido, inherente al trabajo. Eran profesionales, como ella. De algún modo extraño, entendían que Allison solamente hacía su trabajo.

Eran los otros, los que habían sido pulcros ciudadanos de nivel alto hasta que estallaban en medio de la cena y apuñalaban a la esposa o decidían que atracar un banco era la manera perfecta de equilibrar el presupuesto familiar. Con esos era con los que había que tener cuidado. Los sentimientos de estos hacia Allison eran personales. Personales y peligrosos. Por ahora, tendría un extra de cuidado, y Rod había alertado a la policía de Portland para que pusiera patrullas adicionales delante de su casa.

Su reloj marcaba las 6:21. Allison se dijo que no revisaría la varilla blanca hasta las 6:30. La prueba solo tardaba tres minutos, pero ella quería estar segura. ¿Cuántas veces había mirado alguno de estos estúpidos tests, deseando que se destacaran dos líneas cruzadas en la pantallita de resultados, pero solo había salido una?

-Vuelvo en cuarenta minutos, cariño -le dijo Marshall desde la sala de estar. Ella oyó el sonido de la puerta de la calle al cerrar.

Allison no le había dicho que se iba a hacer la prueba hoy. Tenía un retraso de cuatro días, pero ese retraso ya lo había tenido otras veces. Después de tantas pruebas fallidas, de tantos meses en los cuales hasta un día de retraso la había hecho especular de manera vehemente, Marshall dejó de interesarse demasiado en todos los detalles.

Cuando emprendieron esta travesía, hacía dos años, estaba segura de que concebirían fácilmente. Cualquier adolescente podía tener un bebé. ¿Qué dificultad podrían encontrar? Ella y Marshall siempre fueron escrupulosos en cuanto al control de natalidad. Ahora esto parecía una broma pesada. Se había gastado cientos de dólares en prevenir algo que de todos modos nunca habría pasado.

Habían comenzado a intentarlo un mes después de su trigésimo primer cumpleaños, con el vértigo de "jugar sin red". Al final del primer mes, Allison estaba segura de estar embarazada: se sentía los pechos diferentes, el sabor de los alimentos había cambiado, y tenía vértigos con frecuencia al levantarse. Pero entonces le llegó el período, puntual.

Con el paso de los meses se lo tomó más en serio, hacía seguimiento de su temperatura y realizaba cuadros con los datos. Aunque había leído que todas las estadísticas indican que la fertilidad disminuye cada año que pasa, no parecía que se aplicara a ella.

¿A cuántas víctimas de crímenes había conocido que nunca habían creído que nada malo pudiera pasarles a ellos? ¿Es que eran especiales?

-Está en tus manos, Señor -murmuró. Era una idea con la que luchaba cada día, en casa y en el trabajo. ¿De cuánto era ella responsable? ¿Cuánto estaba fuera de su control? Nunca se le había dado bien dejar correr las cosas sin más.

Para distraerse, Allison encendió el pequeño televisor que tenían en el dormitorio, sobre una cómoda alta de roble. Después de un anuncio de Subaru, habló el presentador del Canal Cuatro:

-Y ahora tenemos un boletín especial de nuestra reportera de sucesos, Cassidy Shaw. ¿Cassidy?

La vieja amiga de Allison estaba de pie delante de una hermosa casa blanca victoriana. Llevaba un conjunto color coral que le resaltaba su media melena rubia hasta el hombro. Sus ojos azules sorprendían por su apariencia de topacios; o llevaba lentillas o es que había que ajustar mejor la tele.

-Una familia pide ayuda para encontrar a su hija adolescente que falta de su casa en el Noroeste de Portland desde ayer por la tarde -dijo Cassidy, con la expresión que los reporteros reservan para los acontecimientos serios-. Katie Converse, de diecisiete años, dejó a sus padres una nota diciendo que sacaba al perro a dar un paseo, y desde entonces no se la ha vuelto a ver. Aquí tenemos una foto reciente de Katie, que se encuentra en sus vacaciones de invierno de su trabajo en el programa de becarios ordenanzas del Senado de los Estados Unidos.

La cámara enfocó la fotografía de una bonita chica rubia, de nariz chata y con pecas. A Allison se le cortó el aliento. Aunque Katie era rubia y Lindsay tenía el pelo negro, era casi como ver a su hermana con la edad de Katie. La nariz era la misma, la forma de sus ojos, hasta la misma sonrisa medio tímida. Lindsay, años atrás, cuando era joven e inocente y estaba llena de vida.

-Katie mide uno sesenta y pesa cuarenta y ocho kilos -siguió Cassidy-. Tiene los ojos azules, el pelo rubio, y pecas. La última vez que la vieron llevaba un suéter negro, vaqueros azules, una parka azul marino de Columbia y zapatillas Nike. El perro, llamado Jalapeño, es un labrador negro mestizo.

-Las autoridades están investigando. La familia les ruega que, si han visto a Katie, llamen por favor el número que ven en pantalla. Informó Cassidy Shaw, desde el Noroeste de Portland.

Allison elevó una rápida oración para que la muchacha estuviera a salvo. Pero una joven así no tendría ninguna razón para escaparse; no si ya vivía lejos de casa. Tampoco era probable que se hubiera ido de fiesta. Allison conocía un poco el programa de ordenanzas becarios. Era extremadamente competitivo, y atraía a estudiantes inteligentes, serios, preuniversitarios cuya idea de diversión era la representación de una asamblea legislativa del Estado. La clase de niña que Allison había sido, tiempo atrás, cuando ella y Cassidy estaban en el instituto. Miró el reloj y se sorprendió al ver que eran ya las 6:29. Se esforzó para esperar hasta que el reloj marcara las 6:30, luego alcanzó la prueba de embarazo. La primera vez compró solo un test, segura de que era todo lo que necesitaría. Ahora, dos años más tarde, los compraba por paquetes en Costco.

En la pantallita de control había una línea rosa horizontal. Y en la otra, la de resultados, una cruz rosa.

No eran unas líneas rosadas cualquiera.

Estaba embarazada.

(Continues...)



Excerpted from EL ROSTRO DE LA TRAICIÓN by LIS WIEHL APRIL HENRY Copyright © 2010 by Grupo Nelson. Excerpted by permission.
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