×

Uh-oh, it looks like your Internet Explorer is out of date.

For a better shopping experience, please upgrade now.

El secreto de la sombra (The Secret of the Shadow)
     

El secreto de la sombra (The Secret of the Shadow)

by Debbie Ford
 

See All Formats & Editions

Product Details

ISBN-13:
9788497777056
Publisher:
Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date:
02/15/2011
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
208
Product dimensions:
4.90(w) x 7.40(h) x 0.60(d)

Read an Excerpt

El secreto de la SOMBRA

Cómo reconciliarte con tu propia historia


By Debbie Ford

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2009 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-527-4



CHAPTER 1

Tú y tu historia


Imagina que al nacer sabes que vas a ser un maestro, o una maestra, que eres sumamente poderoso, que posees unos dones inmensos y que lo único que necesitas para poder entregar tus dones al mundo es tu deseo. Imagina que llegas a este mundo con el corazón lleno del poder sanador del amor y que lo único que quieres es entregar ese amor a los que te rodean. Imagina que tienes una habilidad innata para crear y que tienes todo lo que deseas y todo lo que necesitas. ¿Es posible que en algún momento dado en tu vida hayas sabido que no había nadie como tú en el mundo? ¿Y que en cada fibra de tu ser supieras que no sólo poseías la luz del mundo, sino que además eras la luz del mundo? ¿Es posible que en algún momento supieras quién eras a un nivel muy profundo y que te regocijaras en tus dones? Ahora, tómate unos minutos y fíjate si puedes recordar algún momento en el que supieras la verdad sobre quién eres realmente.

Entonces, ocurrió algo. Tu mundo cambió. Algo, o alguien, arrojó una sombra sobre tu luz. A partir de ese momento, temiste que tú y tu preciado don ya no ibais a estar a salvo en el mundo. Sentiste que si no ocultabas tu don sagrado podrían maltratarlo, dañarlo o quitártelo. En lo más profundo de ti, sabías que este don era un niño (o una niña) precioso e inocente que debías proteger. Entonces hiciste lo que haría cualquier buen padre o madre: ocultaste toda tu magnificencia muy dentro de ti para que nadie pudiera descubrirla jamás, para que nadie pudiera hacerle daño o quitártela. Luego, con la creatividad de un niño, la disimulaste. Creaste una actuación, una persona, un drama, una historia para que nadie sospechase jamás que eras el guardián de tanta luz. Fuiste muy listo –brillante, en realidad– al ocultar tu secreto. No sólo convenciste a los demás de que no eras eso, sino que también te convenciste a ti mismo, y lo hiciste porque estabas siendo un buen padre del don que tenías. Era tu secreto, tu secreto profundo y oscuro, que solamente tú conocías. Fuiste tan creativo que manifestaste exactamente lo opuesto a aquello que en realidad eres, para poder protegerte de las personas que pudieran sentirse molestas o furiosas por tus dones innatos.

Pero cuando llevabas días, meses y años ocultando tu valioso tesoro, empezaste a creerte tu historia. Te convertiste en el personaje que habías creado para proteger tu secreto. En ese momento olvidaste que tú habías enterrado tu valioso don. No sólo olvidaste dónde lo habías ocultado, sino que además olvidaste que lo habías ocultado. Tu luz, tu amor, tu grandeza y tu belleza se perdieron dentro de tu historia. Olvidaste que tenías un secreto.

A partir de ese momento te sentiste perdido, solo, separado y asustado. Súbitamente, tomaste conciencia de que te faltaba algo, y así era. El dolor de haberte separado de tu tesoro fue como haber perdido a tu mejor amigo. Dentro de ti, anhelabas regresar a tu verdadero Yo, de modo que empezaste a buscar fuera de ti algo que llenara ese vacío y que hiciera que te sintieras mejor. Buscaste en las relaciones, en otras personas, en tus logros y recompensas, intentando encontrar aquello que te faltaba. Buscaste en tu cuerpo y en tu cuenta bancaria, intentando recuperar ese sentimiento. Quizás tú, al igual que yo, te sintieras impulsado por unos sentimientos de falta de valía que estaban en un lugar tan profundo que te pasaste la mayor parte de tu vida buscando frenéticamente algo que te hiciera sentir completo. Pero buscaras donde buscaras, acababas sintiéndote vacío.

Cuando tenía cinco años, estaba muy familiarizada con la voz que tenía en mi cabeza que me decía que yo no era lo bastante buena, que nadie me quería y que estaba fuera de lugar. Desesperada por sentirme querida y aceptada, emprendí la agotadora tarea de lograr que otras personas confirmaran mi valía. En lo más profundo, creía que algo no funcionaba en mí, y me esforzaba muchísimo por ocultar mis defectos. Aprendí rápidamente a seducir a las personas, esbozando mi mayor sonrisa para conseguir que se fijaran en mí. Yo creía que si tenía más talento que mi hermana mayor o era más lista que mi hermano mayor, me sentiría a gusto y mi familia me colmaría con todo el amor y la aceptación que yo anhelaba. Creía que si ellos me querían lo suficiente, entonces ya no tendría que oír los horribles pensamientos que llenaban mi mente, o que soportar los dolorosos sentimientos que consumían mi pequeño cuerpo.

Con el paso de los años me volví una experta en encontrar maneras de ocultar mi dolor: a ocultarlo de mí misma y de los demás. Cuando no conseguía encontrar a alguien que me validara o que me dijera que yo era aceptable, cruzaba la calle y me iba al supermercado más cercano, donde me compraba un paquete de magdalenas de chocolate y una botella de Coca-Cola. La dosis de azúcar realmente parecía hacer efecto. Pero cuando llegué a la edad de doce años, mi dolor era demasiado grande como para ocultarlo: me sentía demasiado alta, demasiado rara y demasiado estúpida. Envidiaba a las niñas que parecían encajar, que llevaban la ropa correcta y que tenían las familias adecuadas. Durante años, lloré todos los días, intentando dejar salir el dolor interior que me consumía. Mis lágrimas de tristeza siempre tenían el mismo mensaje: «¿Por qué nadie me quiere? ¿Qué hay de malo en mí? Por favor, ¿podría alguien ayudarme?».

Luego, para empeorar las cosas todavía más, un sábado por la tarde, cuando yo tenía doce años, mi madre nos informó a mi hermano y a mí de que, mientras estábamos en la playa, mi padre se había ido de casa. Su matrimonio había llegado a su fin y se iban a divorciar. La ruptura de mi familia se sumó a mi profundo temor a no ser normal, a estar dañada y tener mala suerte en la vida. El divorcio de mis padres dio rienda suelta a todo el dolor que estaba almacenado dentro de mí. En un instante, todos los malos sentimientos que yo creía que tenía bajo control salieron de mí a borbotones. Mi dolor era tan abrumador que tenía que entumecerlo con drogas y cigarrillos, y haciendo amigos rápidamente en un intento desesperado por encajar y conseguir el amor y la seguridad que no podía encontrar en mi familia, ni en mí misma.

Luchando por encontrar un significado en el vacío que sentía en mi interior, decidí que el éxito era mi último boleto a la libertad. Empecé a trabajar a los trece años, y a los diecinueve ya tenía mi propia tienda. Tenía buen ojo para la moda y me encantaba diseñar nuevos estilos para que los llevaran las mujeres. Llevar buena ropa siempre hacía que me sintiera mejor. Era como si pudiera ocultar mi vergüenza, al menos durante un día, poniéndome una ropa que gustaba a todo el mundo. Me esforzaba por tener los estilos más fabulosos, más al día y más a la moda, para poder finalmente sentirme feliz y cómoda. Y, según todas las apariencias externas, lo conseguía: tenía el coche adecuado, la ropa adecuada y lo que yo consideraba que era un grupo de amigos adecuados. Finalmente había conseguido formar parte de la gente «de moda». Pero, a pesar de mis éxitos y de todos mis amigos, seguía sintiéndome perdida e increíblemente sola. Por mucho éxito que tuviera en el mundo exterior, jamás parecía escapar a la voz interior que me decía que nunca haría nada y que en realidad mi vida no tenía importancia. En el silencio de la noche, mi desesperación me abrumaba. Me sentía llena de defectos, pequeña, insignificante y dolorosamente sola.

Conseguir mantener mi equilibrio mental se convirtió en un trabajo a tiempo completo. Empecé a intentar acallar el constante ruido interior ahogándome en las drogas. Estaba hipnotizada por mi continuo diálogo interior, por la historia que me contaba a mí misma una y otra vez de que jamás lo conseguiría, de que jamás tendría el amor, la seguridad y la paz interior que tan desesperadamente deseaba. Esa voz llenaba mi cabeza día y noche, criticando cada cosa que hacía y saboteando mi búsqueda del éxito y la felicidad. Había pensado que si me mantenía suficientemente ocupada, que si comía suficientes bizcochos, que si añadía suficientes sustancias químicas o acumulaba suficientes coches y ropa, podría elevarme por encima de la desesperación y la desesperanza que aparecían después de cada momento de alegría. Pero no funcionó. La cinta que sonaba en mi cabeza no hacía más que aumentar su volumen, mostrándome mis defectos y reforzando mis limitaciones autoimpuestas. Esa voz me reñía continuamente, diciéndome que yo no merecía amor y que siempre estaría sola. Finalmente, agotada, me rendía a mi tirano interior, diciéndole: «Muy bien, tú ganas». Entonces buscaba una bolsa de M&M's, un cigarrillo o un tranquilizante y aliviaba temporalmente mi angustia. Pero el odio hacia mí misma sólo tardaba unos minutos en regresar y la historia sobre lo desastrosa que era se reiniciaba ahí donde se había quedado.

A partir de los veinte años, añadí a los hombres a mi receta para aliviar el dolor. Desafortunadamente, en mis relaciones con ellos siempre parecía salirme el tiro por la culata. Empezaban con un subidón que contenía la promesa de la salvación y acababan con un bajón que me dejaba todavía más hundida en el agujero que al principio. Entretanto, mi consumo de drogas aumentó hasta el punto que yo sabía que si continuaba por ese camino no viviría mucho tiempo. Me pasé años entrando y saliendo de centros de tratamiento para drogodependientes, intentando enmendar mi vida. Entonces, un día, mientras me encontraba en mi cuarto centro de tratamiento, participando en otra sesión de terapia de grupo, tuve una gran revelación. Estando ahí sentada escuchando a los demás hablar de su sufrimiento, me dejé hechizar por sus palabras. Mientras escuchaba a otros miembros de mi grupo hablar de sus problemas y dificultades, de sus fracasos y decepciones, me di cuenta de que un tema común (un argumento) salía de la boca de cada persona. Me asombró lo comprometida que estaba cada una de ellas con su doloroso drama individual y lo seguras que estaban todas de que su historia era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Vi a personas de mi grupo sacrificar el amor para rendir homenaje a las propias historias negativas que contaban sobre sus vidas y para seguir fieles a ellas. Observé cómo se aferraban, como si de su propia vida se tratara, a sus miserables sagas, intentando convencernos a todos de lo horribles y ciertas que eran sus historias. Algunas personas estaban orgullosas de ellas, como si, de alguna manera, sus luchas y sacrificios las hicieran superiores al resto de nosotros. Otras tenían aires de superioridad moral en virtud de la profundidad de su sufrimiento. Súbitamente, en un destello de claridad, pude oír algo por debajo de la saga de cada persona: Sus historias eran simplemente, eso: historias, cuentos de ficción que de tanto contarlos se habían convertido en una distracción que enmascaraba una verdad mucho más profunda.

Recuerdo vívidamente un sesión de grupo en particular. Jessica era una mujer rubia y bonita, de veintiocho años, que mantenía su rostro bajo por la amargura y la derrota. Aquel día inició nuestra sesión recitando dramáticamente la misma historia que nos venía contando desde hacía ocho o nueve semanas. Era algo así: «Mi madre no me quiere, mi padre me abandonó cuando yo tenía tres años, mi novio no sabe quién soy ...». Me sentí frustrada, con ganas de tirarme de los pelos. Sencillamente, ya no podía seguir escuchando la misma historia ni un minuto más. Jessica era como un disco rayado que hacía sonar una y otra vez la misma mala canción. Pensé que lo menos que Jessica podía hacer era ponernos una nueva canción. Sentí ganas de ponerme de pie y gritar: «¡Sal de tu historia! ¿No te das cuenta? ¡¿Es que no ves que te estás contando una historia que siempre acaba igual?!». Deseaba con todas mis fuerzas que Jessica viera que se mantenía atascada dentro de su historia sin salida. Pero, por supuesto, yo estaba atada por las limitaciones de lo que ahora sé que era mi propia historia, que me decía: «Tú no sabes nada. No sabes de qué estás hablando, así que quédate en tu silla y mantén esa bocota cerrada». Obedeciendo a esa voz, me hundí en mi silla y volví a sumergirme más profundamente en mi propia historia. Mi silencio, en sí mismo, era una prueba de que mi historia tenía un poder absoluto sobre mí.

Puesto que no soportaba escuchar a Jessica quejarse ni un minuto más, desconecté y puse toda mi atención en mí misma. Mientras la voz de Jessica desaparecía en el fondo, empecé a oír mi propio diálogo interno: «Nadie me quiere. No puedo hacer esto. Jamás seré feliz. Soy demasiado delgada y demasiado fea. Mi vida no tiene importancia», y el siempre conocido «Yo no le importo a nadie». Mientras estaba ahí sentada, me di cuenta de que, como Jessica, yo también estaba repitiendo un diálogo interno una y otra vez, recitando una versión de mi vida que ya había oído un millón de veces. Me conmocionó descubrir que el argumento de mi historia no era muy distinto del de Jessica; ella simplemente estaba contando el suyo en voz alta. Mientras estaba ahí escuchándome a mí misma, oí el tema de mi historia cantado como un mantra en mi mente: «Pobre de mí, pobre de mí, pobre de mí». Entonces, súbitamente, se me encendió una luz y me di cuenta: «Ay, Dios mío, mi vida también es simplemente una historia».

Hasta ese día, mientras me encontraba en un centro de tratamiento en West Palm Beach, Florida, había estado dormida dentro de mi historia. Había estado dejando que mi historia gobernara mi vida sin mi conocimiento de ello. Todo lo que hacía era coherente con esa historia y estaba limitado por ella, y mis actos eran intentos desesperados de hacer que la prisión de mi historia fuese un poquito mejor, un poco más agradable, un poco más vivible. Siempre estaba haciendo algún pequeño ajuste (un novio nuevo, un nuevo empleo, un nuevo corte de pelo) en un intento de enterrar mi dolor y esconder las «pruebas» de mis defectos. Había confundido de tal manera mi historia con la realidad, que hacer todos esos cambios era como reordenar las sillas en la cubierta del Titanic: el barco se hundía mientras yo, cegada a la realidad de la situación, estaba ocupada tratando de hacer que tuviera buen aspecto e intentando sentirme mejor mientras lo hacía.

Finalmente, se me ocurrió que yo debía de ser algo más que la historia que me estaba contando a mí misma. Del mismo modo que podía ver que Jessica, aunque estuviera atrapada en su propia historia, era más que lo que ella creía ser, me di cuenta de que yo también debía de ser más que lo que mis pensamientos negativos me decían que era. Y en ese momento me rendí ante el hecho de que aunque, inconscientemente, me había pasado años intentando arreglar mi historia, no podía hacerlo. Sin duda formaba parte de mí, pero ciertamente no era todo lo que yo era. Aunque no tenía ni idea de lo que había más allá de mi historia, ese día emprendí un viaje para intentar entender por qué había creado esa historia y cuál era su finalidad.

Pasé los siguiente diez años de mi vida examinando no sólo mi propia historia, sino también las historias de los demás. Mientras realizaba ese viaje, aprendí tres cosas muy importantes: primero, que creamos nuestras historias de vida en un intento de llegar a ser alguien o algo; segundo, que nuestras historias tienen la clave de nuestra finalidad única en la vida y de su realización; y tercero, que oculto en la sombra de nuestra historia hay un secreto muy especial, y cuando se revele ese secreto, nos maravillaremos ante la magnificencia de nuestra propia humanidad.


La historia, el tema y la sombra

Nuestras historias tienen una finalidad. Aunque establecen nuestras limitaciones, también nos ayudan a definir quiénes somos para que no nos sintamos completamente perdidos en el mundo. Vivir dentro de ellas es como estar dentro de una cápsula transparente. Las finas paredes transparentes actúan como una concha que nos atrapa. Aunque podemos ver el exterior y contemplar el mundo que nos rodea, nos quedamos atrapados dentro, seguros, cómodos con el terreno conocido, atados por el conocimiento interno de que, no importa lo que hagamos, pensemos o digamos, no podemos ir más lejos. Nuestras historias nos separan y establecen unas fronteras claras entre nosotros, los demás y el mundo. Limitan nuestras capacidades y nos cierran nuestras posibilidades. Nuestras historias nos mantienen separados, incluso mientras suplicamos pertenecer a un lugar y encajar. Nos quitan nuestra energía vital, haciendo que nos sintamos cansados, vacíos y sin esperanza. La previsibilidad de nuestras historias alimenta nuestra resignación y asegura nuestro futuro. Cuando estamos viviendo dentro de nuestras historias, tenemos hábitos repetitivos, comportamientos abusivos y diálogos internos abrasivos.

Como todas las buenas historias, nuestros dramas personales siempre tienen un tema, el cual se representa una y otra vez a lo largo de nuestras vidas. Podemos descifrar nuestros temas únicos escuchando detenidamente las conclusiones a las que hemos llegado sobre los acontecimientos de nuestras vidas. Esas conclusiones dan forma a nuestra existencia e impulsan nuestras personalidades. Nuestras conclusiones se convierten en nuestras creencias-sombra, las creencias inconscientes que controlan nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros comportamientos. Nuestras creencias-sombra establecen nuestros límites. Nos dicen cuánto amor, cuánta felicidad y cuánto éxito nos merecemos o no nos merecemos. Dan forma a nuestros procesos de pensamiento y definen nuestras fronteras personales. Disfrazándose de verdad, nuestras creencias-sombra nos privan de la expresión de nosotros mismos y aplastan nuestros sueños. Pero lo importante es que nos demos cuenta de que nuestras creencias-sombra contienen la sabiduría que necesitamos para trascender nuestras limitaciones actuales y nuestro descontento. Nos motivan a compensar nuestras deficiencias y nos impulsan a ser lo opuesto a lo que nos decimos ser. Nuestras creencias-sombra nos impulsan a demostrar que valemos, que somos dignos de amor y que somos importantes. Pero si dejamos de vigilarlas, estas creencias-sombra se vuelven contra nosotros, saboteando las cosas que más deseamos al permitir que sus mensajes negativos limiten nuestras vidas.


(Continues...)

Excerpted from El secreto de la SOMBRA by Debbie Ford. Copyright © 2009 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Customer Reviews

Average Review:

Post to your social network

     

Most Helpful Customer Reviews

See all customer reviews